artistas callejeros
Uno debe estar orgulloso de pocas cosas –si estás orgulloso de mucha es que eres imbécil o se te pasan los detalles- pero yo no puedo evitar estar orgulloso últimamente de una: mi pueblo. Estuvimos este fin de semana –me acompañaron el Zoo y la Rosita, esta última aferrándose a este país con uñas y dientes, pues habíamos hecho su despedida el fin de semana anterior y a la gente le sorprendía verla de nuevo por aquí, cuando ya la daban por regresada al país del suelo rico, hombres pobres y operaciones de estética-. Los días de verano en mi pueblo son lo mejor del mundo: hace sol –y pica- pero anda una brisilla estupenda, el cielo es añil, se oyen los gorriones volando bajo a las 11 de la mañana, mezclados con el murmullo de los chopos y el chocar de los vasos y las conversaciones en las terrazas. Aguilar en verano es terrazas y bicicletas y pantano y mercado.
El tío que lleva la oficina de turismo –o eso me pareció- que es padre de una chica de mi edad que no me acuerdo de cómo se llama pero que siempre me cayó bien aunque nunca hablé con ella, me dijo:
-¿Ah, pero tú eres el hermano de Rosa? –ella y mi cuñado andaban por ahí, viendo fotos antiguas, mi cuñado señaló que recordaba no sé qué ayuntamiento antiguo del pueblo, y la foto era de 1906, yo creo que se le piró la pinza.
Asentí tímidamente. Me encanta hacerme el tímido, me quita años. Creo.
-Fíjate tú, si te veo por la calle no te reconozco –todos los años oigo algo parecido. No sabes cómo tomártelo.
-No vengo mucho. O sea, sí vengo, pero no salgo mucho. Bueno, sí salgo, pero… vamos… será que salimos a distintas horas –lo bordo, lo de hacerme el tímido, os lo juro.
-Fíjate –prosigue, sonriente, y mira mucho más arriba de mis ojos, donde siempre mira la gente cuando me mira a la calva, que yo percibo como una mirada inusitadamente cenital, como si miraran al segundo piso de una casa que yo tuviera detrás-, y ya te quedan cuatro pelos.
En mi pueblo es así, te llaman calvo a la puta cara y lo tienes que aceptar. Porque ellos no lo hacen con mala idea, es ese carácter campechano que dejas atrás y te sorprende cuando lo reencuentras.
Lo que me jode estar perdiéndome es los jueves en El Chili, me han dicho que llevan hasta gogós –masculinos también, qué en mi pueblo hay igualdad de sexos- y se pone hasta arriba y te tomas las copas tan feliz en nuestra particular versión de Caños de Meca, solo que aquí los hippies no tienen perro –no son tan auténticos, en definitiva- y el agua del pantano, que lleva anticongelante, está aproximadamente unos cincuenta grados por debajo de la del Atlántico. Por cierto, que digo yo que a esos gogós les dejen ponerse pieles o algo así, algo que abrigue sin necesidad de renunciar al look, porque el viento norte del pantano a esas horas no es cosa de broma. Una ráfaga bien dada, de esas que, habiendo lamido todo el hielo del Curavacas, se hacen Brañosera – Aguilar en siete segundos, te mata a un gogó así, en un abrir y cerrar de ojos. Te deja al gogó así, como en la biblia, cuando no sé quién miró atrás en Sodoma, covertido en purita escarcha.
Me gustó también la exposición llamada “rom”, una de esas visitas comprensivas con sistema de sonido 5.0 que ahora se llevan tanto –léase post del año pasado al respecto de El Soplao-. Por fin en Aguilar saben vender la moto. Que nuestro monasterio de Santa María la Real le da mil vueltas a esa cueva con cuatro estalactitas, y allí lo tienen con lista de espera.
Así que me estoy pensando si volver este fin de semana que viene, el último antes de mis vacaciones. Este finde es la movida de los artistas callejeros, y eso me mola sobremanera. Siempre me pasa lo mismo. Siempre siento una punzada de envidia y pienso que, en el fondo, lo único que me realizaría en la vida sería ser artista callejero. Pero eso ya os lo contaré otro día. Besos para todos.
El tío que lleva la oficina de turismo –o eso me pareció- que es padre de una chica de mi edad que no me acuerdo de cómo se llama pero que siempre me cayó bien aunque nunca hablé con ella, me dijo:
-¿Ah, pero tú eres el hermano de Rosa? –ella y mi cuñado andaban por ahí, viendo fotos antiguas, mi cuñado señaló que recordaba no sé qué ayuntamiento antiguo del pueblo, y la foto era de 1906, yo creo que se le piró la pinza.
Asentí tímidamente. Me encanta hacerme el tímido, me quita años. Creo.
-Fíjate tú, si te veo por la calle no te reconozco –todos los años oigo algo parecido. No sabes cómo tomártelo.
-No vengo mucho. O sea, sí vengo, pero no salgo mucho. Bueno, sí salgo, pero… vamos… será que salimos a distintas horas –lo bordo, lo de hacerme el tímido, os lo juro.
-Fíjate –prosigue, sonriente, y mira mucho más arriba de mis ojos, donde siempre mira la gente cuando me mira a la calva, que yo percibo como una mirada inusitadamente cenital, como si miraran al segundo piso de una casa que yo tuviera detrás-, y ya te quedan cuatro pelos.
En mi pueblo es así, te llaman calvo a la puta cara y lo tienes que aceptar. Porque ellos no lo hacen con mala idea, es ese carácter campechano que dejas atrás y te sorprende cuando lo reencuentras.
Lo que me jode estar perdiéndome es los jueves en El Chili, me han dicho que llevan hasta gogós –masculinos también, qué en mi pueblo hay igualdad de sexos- y se pone hasta arriba y te tomas las copas tan feliz en nuestra particular versión de Caños de Meca, solo que aquí los hippies no tienen perro –no son tan auténticos, en definitiva- y el agua del pantano, que lleva anticongelante, está aproximadamente unos cincuenta grados por debajo de la del Atlántico. Por cierto, que digo yo que a esos gogós les dejen ponerse pieles o algo así, algo que abrigue sin necesidad de renunciar al look, porque el viento norte del pantano a esas horas no es cosa de broma. Una ráfaga bien dada, de esas que, habiendo lamido todo el hielo del Curavacas, se hacen Brañosera – Aguilar en siete segundos, te mata a un gogó así, en un abrir y cerrar de ojos. Te deja al gogó así, como en la biblia, cuando no sé quién miró atrás en Sodoma, covertido en purita escarcha.
Me gustó también la exposición llamada “rom”, una de esas visitas comprensivas con sistema de sonido 5.0 que ahora se llevan tanto –léase post del año pasado al respecto de El Soplao-. Por fin en Aguilar saben vender la moto. Que nuestro monasterio de Santa María la Real le da mil vueltas a esa cueva con cuatro estalactitas, y allí lo tienen con lista de espera.
Así que me estoy pensando si volver este fin de semana que viene, el último antes de mis vacaciones. Este finde es la movida de los artistas callejeros, y eso me mola sobremanera. Siempre me pasa lo mismo. Siempre siento una punzada de envidia y pienso que, en el fondo, lo único que me realizaría en la vida sería ser artista callejero. Pero eso ya os lo contaré otro día. Besos para todos.





