Mudanza
Cuando uno piensa en la mudanza de un estudiante de doctorado que aún usa abono de transportes imagina a un joven encorvado arrastrando una maleta oscura tras de sí, vademecums que arrinconan un puñado de ropa sin planchar. Sin embargo, el sábado –me lo había temido, que conste-, yo no ayudé a un estudiante de docturado a hacer su mudanza, sino a Imelda Marcos.
¿Una furgoneta de Pepe Cars alquilada a jornada completa? 59 euros. ¿Ver los ojos como platos de los nuevos compañeros del Zoo cuando abrieron la puerta de la habitación de éste, cegada por hileras de cajas de cartón hasta el techo? No tiene precio. Yo, de hecho, no me quise perder el espectáculo. Y, por dios, que se me regaló. Aquel alemán de espíritu cuadriculado sintió aflojarse las rodillas cuando vio todo lo que, encerrado en cajas de cartón del Mercadona y rotulado profusamente –“ropa de cama y pantalones”, “conchas” o lacónicamente “cosméticos”, no os imaginéis aquí una caja precisamente pequeña-, necesita el Zoo para pasar por este mundo. Me había dicho la cuñada del Zoo al oído:
-Lleva más cajas que nosotros cuatro en conjunto.
Y la creías.
Así que me deslomé para ayudarle con su mudanza, y hay que reconocer que el Zoo es buena gente, pero con las mudanzas se escabulle una miaja. Que llevó cajas, que las organizó en la furgonta, que hasta subió con ellas a un segundo sin echar a perder el gotelé de sus nuevos vecinos. Pero evitó los auténticos puntos negros del traslado: bajar a pulso por las escaleras un armario en el que hubieran cabido tres cadáveres holgados, desde un quinto hasta la calle. Os hablo de la casa de la M30. No sabéis lo que me alegro, y toco madera, toco todos los bosques de pino del mundo, de no tener que volver a ese sitio. La sugestión lo puede todo, estoy de acuerdo, hijos míos. Pero es que yo no gozo de tanta entereza. Cogí manía a la casa, cogí manía al barrio, por no hablar de alguna de las personas, que uno nunca sabe quién le leerá. No tengo nada en contra de Usera, bien lo sabe la Virgen de los Siete Puñales, de hecho allí he comido yo en mi época de Pris el mejor pulpo a la gallega de Madrid, pero que me alegro de perderlo de vista, vamos. Según es el destino, seguro que mi próximo trabajo es en mitad de Usera, o cambia la ley y tengo que volver a hacer una objeción de conciencia de trece meses en un centro vecinal allí, o algo. Mejor me callo.
Pues el Zoo no nos ayudó a bajar el armario enorme –que ahora descansa en una luminosa habitación de Fuenabrada, donde se traladaron los hermanos y cuñados del Zoo-, y allí dejamos nudillos y espalda y parte de nuestra vida, en suma. Fue un día largo, sin duda. Pero quedó atrás. Ahora Zoo se tendría que aprender Majadahonda, cosa que le llevaría dos vidas como la suya, así que bastará con que se aprenda las calles adyacentes a su urbanización, el camino recto hasta el autobús y el propio hasta el supermercado más cercano. Orientación cero, la del Zoo. Él mismo lo reconoce.
Diréis que sólo le saco fallos. Es que las cosas buenas en él son tan intensas, tan estimables, que me tienen anonadado. El cariño que siente por sus hermanos –tanto que la segunda mitad del sábado ocurrió en medio de una especie de luto y de añoranza contenida, hasta que ya no se pudo contener-, a pesar de que uno de ellos no se ha portado precisamente bien, es conmovedor. Les quiere y siente una especie de protección paternal por ellos, a pesar de que ahora es bastante fácil pensar que es él a quien ellos han dejado tirado. Es demasiado bueno. Y eso no me gusta, pero me gusta un poco. No sé cómo explicarlo.
¿Una furgoneta de Pepe Cars alquilada a jornada completa? 59 euros. ¿Ver los ojos como platos de los nuevos compañeros del Zoo cuando abrieron la puerta de la habitación de éste, cegada por hileras de cajas de cartón hasta el techo? No tiene precio. Yo, de hecho, no me quise perder el espectáculo. Y, por dios, que se me regaló. Aquel alemán de espíritu cuadriculado sintió aflojarse las rodillas cuando vio todo lo que, encerrado en cajas de cartón del Mercadona y rotulado profusamente –“ropa de cama y pantalones”, “conchas” o lacónicamente “cosméticos”, no os imaginéis aquí una caja precisamente pequeña-, necesita el Zoo para pasar por este mundo. Me había dicho la cuñada del Zoo al oído:
-Lleva más cajas que nosotros cuatro en conjunto.
Y la creías.
Así que me deslomé para ayudarle con su mudanza, y hay que reconocer que el Zoo es buena gente, pero con las mudanzas se escabulle una miaja. Que llevó cajas, que las organizó en la furgonta, que hasta subió con ellas a un segundo sin echar a perder el gotelé de sus nuevos vecinos. Pero evitó los auténticos puntos negros del traslado: bajar a pulso por las escaleras un armario en el que hubieran cabido tres cadáveres holgados, desde un quinto hasta la calle. Os hablo de la casa de la M30. No sabéis lo que me alegro, y toco madera, toco todos los bosques de pino del mundo, de no tener que volver a ese sitio. La sugestión lo puede todo, estoy de acuerdo, hijos míos. Pero es que yo no gozo de tanta entereza. Cogí manía a la casa, cogí manía al barrio, por no hablar de alguna de las personas, que uno nunca sabe quién le leerá. No tengo nada en contra de Usera, bien lo sabe la Virgen de los Siete Puñales, de hecho allí he comido yo en mi época de Pris el mejor pulpo a la gallega de Madrid, pero que me alegro de perderlo de vista, vamos. Según es el destino, seguro que mi próximo trabajo es en mitad de Usera, o cambia la ley y tengo que volver a hacer una objeción de conciencia de trece meses en un centro vecinal allí, o algo. Mejor me callo.
Pues el Zoo no nos ayudó a bajar el armario enorme –que ahora descansa en una luminosa habitación de Fuenabrada, donde se traladaron los hermanos y cuñados del Zoo-, y allí dejamos nudillos y espalda y parte de nuestra vida, en suma. Fue un día largo, sin duda. Pero quedó atrás. Ahora Zoo se tendría que aprender Majadahonda, cosa que le llevaría dos vidas como la suya, así que bastará con que se aprenda las calles adyacentes a su urbanización, el camino recto hasta el autobús y el propio hasta el supermercado más cercano. Orientación cero, la del Zoo. Él mismo lo reconoce.
Diréis que sólo le saco fallos. Es que las cosas buenas en él son tan intensas, tan estimables, que me tienen anonadado. El cariño que siente por sus hermanos –tanto que la segunda mitad del sábado ocurrió en medio de una especie de luto y de añoranza contenida, hasta que ya no se pudo contener-, a pesar de que uno de ellos no se ha portado precisamente bien, es conmovedor. Les quiere y siente una especie de protección paternal por ellos, a pesar de que ahora es bastante fácil pensar que es él a quien ellos han dejado tirado. Es demasiado bueno. Y eso no me gusta, pero me gusta un poco. No sé cómo explicarlo.
Lo aprendido
Este fin de semana se presenta movidito. El Zoo se traslada de casa. Deja de vivir en medio de la nube de polvo de las obras de la M30 –los amortiguadores de mi coche y mi propia paciencia lo agradeceremos infinito- y se va a una urbanización pija con piscina y vistas a un parquecito bucólico en Majadahonda, detrás justo del ambulatorio de psiquiatría, por si las ansiedades.
Está muy bien el sitio, y el alemán y el de Valladolid –sus compañeros- parecen majos. Salón grande, Doby 5.1 a compartir, aunque una lástima de películas, de La Jungla de Cristal III –la mala- para abajo. Hablando de terceras partes, en mis cascos suena Bat out of hell III, Meat Loaf más grande que nunca, y no me pidáis explicaciones. Lo adoro. Pues eso, que mi egoísmo y mi lado desintersado pugnan por hacerse con el control de mi noche de viernes, y hasta después de la siesta no sé quién ganará. ¿Dormiré en casa del Zoo y me despertaré con las actividades de mudanza de sus hermanos a las 7 de la mañana? ¿Dormiré en mi casa e iré a la suya a las 10 cuando ya se trate de empezar con la de Zoo? Ay, hijos míos, cuando uno es un estómago bien alimentado de occidente, los debates internos son de este calibre. Pero son debates. Vergüenza me debería dar. Parafraseo a Felipe, el de Mafalda: “Ah, cómo, ¿no me da? Vaya, nunca termina uno de conocerse”.
Para rematar, mañana mismo, al final de la jornada, he comprometido yo una cena en casa del Charles junto con otros compis del curro, ya colegas, y es que este trabajo intenso une. El Zoo, convencido de que yo siempre me encuentro al borde de la noche y el desenfreno en que una vez me zambullí, le tiene miedo al Charles, quien, desde luego, está más que zambullido aún. A la casa del Charles –a 5 minutos de Malasaña, 6 de Bilbao y 7 de Chueca, 10 del pecado mortal- entras por un hall que es un canto al clubbing: montañas de vinilos de 45 alfombran los suelos, carteles de oscuros afters desaparecidos pueblan las paredes, sesiones, una mesa de mezclas con dos platos y etapas Bose, luz matizada detrás de sábanas étnicas. Un cuarto de baño dedicado íntegramente al crecimiento de una planta de marihuana, como un templo budista. Accedes al salón y allí está, perenne, su amiga estadounidense, que sólo fuma marihuana y no toma azucar porque está en sus quince días de limpiarse las venas. No alcohol, nada de pasta, sólo maría.
Así que no extrañas que al Zoo, que es como el policía vocacional de un pueblo mormón, se le haga cuesta arriba el plan. Le dije ayer que no problem, que lo dejábamos en suspenso. Porque yo creo que iremos. Tendré que utilizar todos mis conocimientos de la psique humana. Aunque me he leído un libro de lo mucho que marca la naturaleza (versus lo aprendido) en los humanos y estoy un poco descorazonado. Después de todo, mis padres no tienen la culpa de todo lo que ha ocurrido en este mundo, mi mundo, a partir de 1973. Pero qué cojones, mi madre te echa la culpa a veces hasta de lo que pasó antes de que nacieras. Pues nada, seguiré creyendo en el entorno, en la cultura, en la culpa de mis padres. Seguiremos culpándonos unos a otros, que, pensadlo bien, es más divertido.
Por cierto, no sé si son mis genes o mi entorno o qué, pero ayer me partí la caja viendo cómo metían miedo a los de Gran Hermano. Oyes, que me pasaba de la risa. Que tuve que llamar a mi hermana para ver si lo estaba viendo y, efectivamente, es cosa de genes, porque estaba partida el eje en su casa. Y me vengo al curro y lo cuento y me miran como las vacas al tren. Hay que ver. Ayer por la tarde salí del curro, me fui al Corte Inglés a cambiar un libro de la historia de la filosofía occidental –había leído en Amazon que tiraba un poco a facha, en plan Tomás de Aquino the best, Nietzche the worst- y me pillé uno de la historia de la E Street Band, el “Así habló Zarathrusta… [o como se escriba!!]”, que me lo ojeé y entre que me escandalizó y flipé, y mangué uno con un par de obras de teatro de Jardiel Poncela, que era bastante menos franquista de lo que podéis imaginar. Y llegué a casa y me empecé el de Jardiel Poncela y mola. Pero lo dejé porque me quedé riéndome con lo del Gran Hermano.
En fin, hijos míos. Son las 3.30 y me entra el sueño del viernes. Me voy a casa. Meat Loaf está cantando ahora una muy bonita y muy lenta. Besitos para todos.
Está muy bien el sitio, y el alemán y el de Valladolid –sus compañeros- parecen majos. Salón grande, Doby 5.1 a compartir, aunque una lástima de películas, de La Jungla de Cristal III –la mala- para abajo. Hablando de terceras partes, en mis cascos suena Bat out of hell III, Meat Loaf más grande que nunca, y no me pidáis explicaciones. Lo adoro. Pues eso, que mi egoísmo y mi lado desintersado pugnan por hacerse con el control de mi noche de viernes, y hasta después de la siesta no sé quién ganará. ¿Dormiré en casa del Zoo y me despertaré con las actividades de mudanza de sus hermanos a las 7 de la mañana? ¿Dormiré en mi casa e iré a la suya a las 10 cuando ya se trate de empezar con la de Zoo? Ay, hijos míos, cuando uno es un estómago bien alimentado de occidente, los debates internos son de este calibre. Pero son debates. Vergüenza me debería dar. Parafraseo a Felipe, el de Mafalda: “Ah, cómo, ¿no me da? Vaya, nunca termina uno de conocerse”.
Para rematar, mañana mismo, al final de la jornada, he comprometido yo una cena en casa del Charles junto con otros compis del curro, ya colegas, y es que este trabajo intenso une. El Zoo, convencido de que yo siempre me encuentro al borde de la noche y el desenfreno en que una vez me zambullí, le tiene miedo al Charles, quien, desde luego, está más que zambullido aún. A la casa del Charles –a 5 minutos de Malasaña, 6 de Bilbao y 7 de Chueca, 10 del pecado mortal- entras por un hall que es un canto al clubbing: montañas de vinilos de 45 alfombran los suelos, carteles de oscuros afters desaparecidos pueblan las paredes, sesiones, una mesa de mezclas con dos platos y etapas Bose, luz matizada detrás de sábanas étnicas. Un cuarto de baño dedicado íntegramente al crecimiento de una planta de marihuana, como un templo budista. Accedes al salón y allí está, perenne, su amiga estadounidense, que sólo fuma marihuana y no toma azucar porque está en sus quince días de limpiarse las venas. No alcohol, nada de pasta, sólo maría.
Así que no extrañas que al Zoo, que es como el policía vocacional de un pueblo mormón, se le haga cuesta arriba el plan. Le dije ayer que no problem, que lo dejábamos en suspenso. Porque yo creo que iremos. Tendré que utilizar todos mis conocimientos de la psique humana. Aunque me he leído un libro de lo mucho que marca la naturaleza (versus lo aprendido) en los humanos y estoy un poco descorazonado. Después de todo, mis padres no tienen la culpa de todo lo que ha ocurrido en este mundo, mi mundo, a partir de 1973. Pero qué cojones, mi madre te echa la culpa a veces hasta de lo que pasó antes de que nacieras. Pues nada, seguiré creyendo en el entorno, en la cultura, en la culpa de mis padres. Seguiremos culpándonos unos a otros, que, pensadlo bien, es más divertido.
Por cierto, no sé si son mis genes o mi entorno o qué, pero ayer me partí la caja viendo cómo metían miedo a los de Gran Hermano. Oyes, que me pasaba de la risa. Que tuve que llamar a mi hermana para ver si lo estaba viendo y, efectivamente, es cosa de genes, porque estaba partida el eje en su casa. Y me vengo al curro y lo cuento y me miran como las vacas al tren. Hay que ver. Ayer por la tarde salí del curro, me fui al Corte Inglés a cambiar un libro de la historia de la filosofía occidental –había leído en Amazon que tiraba un poco a facha, en plan Tomás de Aquino the best, Nietzche the worst- y me pillé uno de la historia de la E Street Band, el “Así habló Zarathrusta… [o como se escriba!!]”, que me lo ojeé y entre que me escandalizó y flipé, y mangué uno con un par de obras de teatro de Jardiel Poncela, que era bastante menos franquista de lo que podéis imaginar. Y llegué a casa y me empecé el de Jardiel Poncela y mola. Pero lo dejé porque me quedé riéndome con lo del Gran Hermano.
En fin, hijos míos. Son las 3.30 y me entra el sueño del viernes. Me voy a casa. Meat Loaf está cantando ahora una muy bonita y muy lenta. Besitos para todos.
Tara
Entiendo, hijos míos, que debería recuperarme yo para este blog, que sé que entrais y vuestras caras se entristecen al ver que vuestro referente cultural, vuestro norte espiritual, la fuente que sacia vuestras oscuras ganas de saber qué opino de mis parientes del pueblo de mi madre, es decir, yo, no he añadido ni una sola letra a esta cumbre del relato español, cual Montaña Mágica de la meseta castellana.
Pues nada, que tuve mucho trabajo y ahora, que tengo algo menos, estoy vago. Simplemente. Y qué puedo contaros, a parte de lo evidente –reconocer que tengo esto más abandonado que el prota de Queer as Folk al rubito-. Pues poca cosa. Llueve en Madrid, ya era hora. El Zoo, o sea mi novio –no puedo evitar poneros en antecedentes, que tenéis la memoria de un mosquito- se cambia de casa, ya que su familia se muda al más allá –Fuentelabrada-. ¿Es Fuentelabrada? Es que cada vez que voy a mencionar dicho municipio me viene a la cabeza la Carrá –imitada por Martes y Trece- diciendo “fonto-labratta” y ya no sé cuál es el modo correcto. Que me perdonen los fontolabroides, si es que me lee alguno. Pues sí, se viene a vivir a Majadahonda, a compartir un piso con dos chicos más aburridos que “Vete de mí” –le peliculita esa que han hecho entre el hijo de Victor Belén y Ana Manuel, el hijo de Rosa León y no sé qué otros hijos pijos de padres intelectuales, que es más pesada que una vaca en brazos, y peor aún, pretenciosa, que de cine tiene poco, y sabéis que me jode poner verde a los rojos, que los adoro, pero es que los hijos de los rojos es otra cosa-. Pero es un piso precioso y los chicos son muy limpios, y yo creo que ninuno es maricón, así que no creo que me levanten al novio. Todo en orden.
Hablando de homosexualidad, aquí mismo tengo al lado, su culo a la altura de mi mirada, al tío más bueno con diferencia de esta empresa, válgame el cielo que no puedo decir su nombre, que quién sabe quién lee esto y mi carrera profesional, o al menos mi cedibilidad, al garete. Va con su jersey verde y su camisa por fuera, y nada de esto importa, porque de inmediato le desnudo con la mirada y a la mente me vienen las directas reflexiones de un personaje de Happiness, que la vi ayer en VHS y me impactó, no sé si contribuyó a ello el palpitar de mi video Siemens del año 88 –no exagero- no apto para epilépticos ni para nadie, qué cojones. Pues decía aquel personaje: “te la clavaría hasta que te saliera por la boca”. Bien, esto es lo que pienso yo del… eh, casi se me escapa el nombre.
Y es que yo creo que las hormonas, a pesar de que las canas colonizan poco a poco las laderas de mis sienes –único sitio donde preveo que la alopecia no va a terminar campando a sus anchas-, las tengo como nuevas. Como recién estrenadas en el cuerpo tembloroso de un adolescente. Una lástima. Tengo deseos sexuales por mi novio, por los chicos del gimnasio –no por todos, pero sí por una inmensa mayoría-, por algunos del trabajo –una inmensa minoría- y por el 15% de las personas que me cruzo por la calle. No podemos culpar a la primavera, evidentemente. Tampoco podemos culpar a la insatisfacción sexual. Tampoco a la Rosi, mi progenitora, quien para escribir un compendio de conocimiento sexual tendría que recurrir directamente al género de la ciencia ficción. Ni a mi padre, que se educó en la misma cultura de posguerra.
Hijos míos, sólo se hablar de sexo, como véis. Prometo dos cosas: que vuelvo a la regularidad en la escritura de este blog y que nunca más volveré a hablar de… bueno, que nunca más volveré a pasar hambre. Besos para todos.
Pues nada, que tuve mucho trabajo y ahora, que tengo algo menos, estoy vago. Simplemente. Y qué puedo contaros, a parte de lo evidente –reconocer que tengo esto más abandonado que el prota de Queer as Folk al rubito-. Pues poca cosa. Llueve en Madrid, ya era hora. El Zoo, o sea mi novio –no puedo evitar poneros en antecedentes, que tenéis la memoria de un mosquito- se cambia de casa, ya que su familia se muda al más allá –Fuentelabrada-. ¿Es Fuentelabrada? Es que cada vez que voy a mencionar dicho municipio me viene a la cabeza la Carrá –imitada por Martes y Trece- diciendo “fonto-labratta” y ya no sé cuál es el modo correcto. Que me perdonen los fontolabroides, si es que me lee alguno. Pues sí, se viene a vivir a Majadahonda, a compartir un piso con dos chicos más aburridos que “Vete de mí” –le peliculita esa que han hecho entre el hijo de Victor Belén y Ana Manuel, el hijo de Rosa León y no sé qué otros hijos pijos de padres intelectuales, que es más pesada que una vaca en brazos, y peor aún, pretenciosa, que de cine tiene poco, y sabéis que me jode poner verde a los rojos, que los adoro, pero es que los hijos de los rojos es otra cosa-. Pero es un piso precioso y los chicos son muy limpios, y yo creo que ninuno es maricón, así que no creo que me levanten al novio. Todo en orden.
Hablando de homosexualidad, aquí mismo tengo al lado, su culo a la altura de mi mirada, al tío más bueno con diferencia de esta empresa, válgame el cielo que no puedo decir su nombre, que quién sabe quién lee esto y mi carrera profesional, o al menos mi cedibilidad, al garete. Va con su jersey verde y su camisa por fuera, y nada de esto importa, porque de inmediato le desnudo con la mirada y a la mente me vienen las directas reflexiones de un personaje de Happiness, que la vi ayer en VHS y me impactó, no sé si contribuyó a ello el palpitar de mi video Siemens del año 88 –no exagero- no apto para epilépticos ni para nadie, qué cojones. Pues decía aquel personaje: “te la clavaría hasta que te saliera por la boca”. Bien, esto es lo que pienso yo del… eh, casi se me escapa el nombre.
Y es que yo creo que las hormonas, a pesar de que las canas colonizan poco a poco las laderas de mis sienes –único sitio donde preveo que la alopecia no va a terminar campando a sus anchas-, las tengo como nuevas. Como recién estrenadas en el cuerpo tembloroso de un adolescente. Una lástima. Tengo deseos sexuales por mi novio, por los chicos del gimnasio –no por todos, pero sí por una inmensa mayoría-, por algunos del trabajo –una inmensa minoría- y por el 15% de las personas que me cruzo por la calle. No podemos culpar a la primavera, evidentemente. Tampoco podemos culpar a la insatisfacción sexual. Tampoco a la Rosi, mi progenitora, quien para escribir un compendio de conocimiento sexual tendría que recurrir directamente al género de la ciencia ficción. Ni a mi padre, que se educó en la misma cultura de posguerra.
Hijos míos, sólo se hablar de sexo, como véis. Prometo dos cosas: que vuelvo a la regularidad en la escritura de este blog y que nunca más volveré a hablar de… bueno, que nunca más volveré a pasar hambre. Besos para todos.





