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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Gula
He seguido con gases en diversas partes de mi cuerpo, incluso en aquellas que yo consideraba sólidas, hasta bien entrado el martes por la tarde. Ayer salía en la tele el Luis del Olmo -ese hombre que tiene un no sé qué que qué sé yo que te cae mal, aunque tu intelecto a veces desea inclinarse hacia lo contrario- entregando no sé qué premios y la cosa se celebraba con botillo.

Casi poto.

De todas formas, sé que mi body se regularizará definitivamente en un par de días y seguiré considerando el botillo como un manjar, y llegará agosto y me volverá a apetecer tomarlo en compañía de mis hermanas, aún sabiendo que la tarde consiguiente será la tarde más cálida de mi verano particular.

De hecho, hoy tengo hasta hambre. He notado estos días que voy labrándome poco a poco una injusta fama de tragador entre mis amigos. Se reían porque me pillaban con unas Pim’s de naranja a la media hora del cocido maragato, y yo juro que no es gula, es que me apetecían las Pim. La cosa está en que se reían. ¿Por qué es gracioso? No le veo la gracia. Si como las Pim’s lo que hay que hacer es compadecerse de mi, tratar mi ansiedad, hacerme una reducción de estómago, lo que sea. No reírse. Hombre ya.

En otro orden de cosas: me he pedido el día del puente, ya que sólo me quedaba un día de vacaciones, huérfano y solitario como Oliver Twist, y lo he usado para apañarme estos días. La cosa es que ya no quedan viajes baratos –sabéis que viajo con un becario-, pero lo que tengo claro es que quiero pirarme por ahí. Pero si ya te has pirado el finde pasado, me diréis, ¿no has tenido suficiente con casi morir a manos de unas jornadas gastronómicas?, me diréis, ¿no te das cuenta de que tu Mierda Corsa no está para trotes y pronto tendrás que buscarte un coche nuevo?, me diréis. Me diréis muchas cosas porque os gusta sentiros mi madre por un momento, y todas serán chorradas, como las que me dice mi madre, y yo haré lo mismo que haría si fuérais mi madre: ignoraros y apartaros para seguir viendo la tele.

¿Qué sabéis vosotros de mis huidas interiores, que proyecto infructuosamente hacia el exterior, queriendo huir de Madrid, de España, incluso en uno de esos artefactos voladores en los cuáles no confío? ¿Qué sabéis de mis necesidades profundas, inpronunciables, que me asustan incluso a mí, que procuro estar de vuelta de todo? ¿Acaso pretendéis conocerme?

Pues si llegáis a conocerme no me lo digáis, que me cago. La cosa es que voy a ver si pillo un viaje guapo y me piro el puente. Ya os voy contando. Besos para todos.
 
Sobrevivir al botillo
En el botillo está la explicación de los agujeros negros. Físcos del mundo, sentaos alrededor de un botillo –echad la cabeza hacia atrás cuando se destape la olla, que podéis morir calcinados en vapor incandescente- y desentrañad el por qué de la atracción en un punto, la absorción ilimitada de energía, la densidad infinita. Me comí botillo el sábado, hubo un antes y un después. Antes era un ser humano, después fui un pelele gaseoso. Les pedí a mis amigos que me sujetaran con una cuerda para no salir volando.

Veo botillos por todos los lados, botillos alados que revolotean a mi alrededor como en una pesadilla, como un sueño de Dumbo. No contentos con ello, cenamos bacalao al estilo del Bierzo, diversas tartas de queso, y ayer, como en una huída hacia delante, almorzamos cocido maragato en la mismísima Astorga. Ya sabéis cómo va, se empieza por la carne y se termina por la sopa. Luego visitamos la catedral. Yo me tuve que sentar en un hueco silencioso y meditar allí, pensé en la vida y la muerte, frente a unos trípticos que aleccionaban sobre el pecado. En uno de ellos había un demonio con una cara barbuda en la entrepierna, y yo lo miraba y mi cerebro no funcionaba, ya que globos inmensos de gas ascendían por mi esófago provinientes del agujero negro maragato que yo tenía en mi estómago, y éstos impedían que la sangre llegara a mi cerebro. Así que permanecí como en un éxtasis teresiano un buen rato, sentado en aquella bancada de coro en la que no te podías sentar, contemplando aquel comic en fascículos del siglo XVI que se desplegaba policromado ante mis ojos, y cuya moraleja estaba bien clara: hagas lo que hagas, si es placentero, el demonio vendrá a por ti y ya te puedes despedir de un final digno sobre la tierra.

Grabé en video aquellas estampas –no se podía grabar en video-, llamé a mis amigos para ver dónde estaban –no se podía usar el móvil-, maldije las jornadas gastronómicas del Bierzo y mi propia falta absoluta de autocontrol con la comida –usar el nombre de dios en vano es lo que está más prohibido ahí-. Si no grabé en aquella sillería coral con la punta de mi llave del coche algo tipo “aquí yace un martir de la gastronomía leonesa” es porque estaba demasiado ocupado tratando de eructar antes de sufrir un paro cardíaco.

Y qué decir del viaje de vuelta. Zoo dormía a mi lado y yo conducía. Me dormía. Me daban sobresaltos. Taquicardias. Eructos nocivos como gas mostaza. Gas mostaza por algún otro orificio. La coca cola no me ayudaba. La tónica tampoco. Tenía ganas de abalanzarme sobre el carril contrario y terminar con todo aquello.

Pero sobreviví.

Así que sigo aquí y puedo decir que ha sido un fin de semana cojonudo. Rober, Marisa –anfitriones-, Nuri, Casti, Laín, Susana, Rober’s sister and cuñado –peazo choza in the middle of Ponferrada-… parafraseando a Bono… thanks for giving us a great life. Besos para todos.
 
salgo de Madrid
Hijos míos, mañana salgo de Madrid. Como lo oís. Se me estaba poniendo cara de oso y madroño, y paso. Nos vamos al norte, a ver si salimos un poco del calentamiento global, que queda un mes para Christmas y no he pasado de las cazadoras de verano –lo cuál mola, porque tengo varias, al contrario que de invierno, que también tengo muchas pero no me gusta ninguna… si alguien conoce una cazadora de invierno que me pueda hacer feliz y que cueste menos de 200 euros, por favor que me lo haga saber… estoy en mi etapa consumista, entendedme, no enseñéis este blog a nadie de un país en desarrollo, no es un buen ejemplo-.

La cosa es que nos vamos al Valle del Silencio –no sé si el pueblo al que vamos está en el Valle del Silencio, pero me gusta pensar que sí-, en esa zona donde León es más León y te encuentras pintadas nacionalistas –leonesas- en paredes de adobe o en los tejados de pizarra. En la humilde opinión de un servidor, los nacionalismos son un ejercicio de manipulación socio-histórica y, en general, morro, pero es que hay algunos que te partes la caja. Aunque, bien pensado, cuanta más gente haya enfrascada en la estupidez reaccionaria, más podremos ocuparnos los demás en dejar las fronteras atrás… aunque, en estos tiempos, ser nacionalista parece garantía de privilegios cuando se trata de pillar de la bolsa común, y el dinero tenemos todos muy claro que es muy importante si quieres hacer algo en la vida. En realidad, a excepción del África negra que desaparece, no podemos desligarnos los unos de los otros, y todos pagamos la obsesión de muchos por sus territorios –en el fondo es obsesión por la pasta, pero eso creo que ya lo sabéis-. Vamos, que estamos muy lejos de desprendernos del afán territorial, devastador de la tierra conquistada que se debe abandonar y, en fin, violento, del mismo modo que aún tenemos rabadilla y hemos tardado unos cuantos millones de años en que la evolución se dignara a retirarnos aquella cola inservible.

Que me enrollo. Nos vamos a tirar el finde entero haciendo degustaciones gastronómicas, voy a ver si hoy me conformo con una ensalada. Mentira. A quién quiero engañar.

Por otro lado, mi hermana melliza se va con su novio a Canarias. Él tiene que divisar unas cuantas enanas marrones a millones de años luz. La indudable aplicación práctica de semejante hallazgo me la tiene que explicar un día. Que es broma, que a dónde vamos a llegar sin investigación científica. Qué sería de nosotros, hiperactivos seres humanos. Ocuparíamos energías en inventarnos más fronteras, más países, más raíces históricas –qué maleable la historia, qué fácil inventar nexos increíbles a partir de ella- con el problema consiguiente. Imaginaos un telediario donde, en vez de 1 país y 3 regiones básicas dando el coñazo –las regiones frente al país, el país frente al continente- hubiera, pongamos 15 regiones intra-país y 325 países intra-continente hablándonos de sus motivos, sus justificaciones, sus glorias y sus antepasados. No habría marcos en el mundo para enmarcar tanto retrato, museos para albergar tantas cunas nacionales, papel para escrir tantos libros que se titularan “Breve historia de…” –nunca son breves-… qué coñazo! Y qué decir del fútbol y el mundial y los cuartos de final! Los cuartos de final serían una liguilla en sí misma! Mi primo el de Cervera y yo jugaríamos en selecciones distintas! No, no queremos nada de eso. Seguro que allende las estrellas encontramos alguna explicación. Leed a Stanislav Lem y aprended qué fácil es encontrar el parecido dentro cuando se ve lo distinto que es fuera. Coño, que pedante. No, no es pedantería, es una recomendación de lectura navideña en lugar de “La catedral del mar” o algún otro best seller medieval.
 
Decencia
Qué buenos son los padres escolapios que nos llevan de excursión este próximo viernes al valle del silencio. En el valle del silencio yo estrené mi cámara de vídeo, la que me va a hacer famoso, yo lo sé, con ella grabé la vuelta de las carpas, Arman y yo borrachos como orcos, escena que constituye el principio de mi película “Mirándolo con tiempo”, a estrenar en breve como sabéis. Las carpas son unas carpas –escuetas por lo demás- que constituyen el núcleo de la movida de Ponferrada y uno de los mejores recuerdos nocturnos de que uno tiene memoria.

Nuestras vacaciones de verano declinaban a un calamitoso final. Moni y Vic no andaban en su mejor momento, la cosa es así, y se hallaban sumidas en una profunda crisis existencial, por decirlo rápido. Problemas estomacales, intestinales y otros de origen psicosomático las acuciaban como el hambre en Etiopía, y pocas soluciones cabían más allá del suicidio colectivo, tipo Romeo y Julieta. Armando y yo, espectadores pacientes –yo menos que él- asistíamos a ello mientras visitábamos Astorga y otros sitios leoneses. Hay que decir que desde que Arman y yo tenemos conocimiento, la juerga es una de nuestras principales motivaciones. No importa que tengamos pareja, o que la perdamos, o que tengamos trabajo, o lo perdamos. Si es bueno, hay que celebrarlo; si es malo, hay que olvidarlo. Lo que quiero decir es que había motivos de sobra para salir corriendo de aquella casa rural.

Así que nos pusimos guapos, condujimos por carreteras sinuosas –entre Espinoso de Compludo y Ponferrada no hay autovía-, esquivamos un par de lechones y un bicho no identificado con cuernas como pértigas olímpicas, y nos presentamos en la sin par movida ponferrense, o ponferroide o como se diga.

Ponferrada tiene tíos buenos, de eso no me cupo la menor duda. Y tías buenas, de eso no le quedaba duda a Arman. Y mucho, mucho alcohol. Así que nos hicimos amigos de una tal Julia –esto lo sé gracias al vídeo que grabamos a la vuelta, precioso testimonio gráfico- y nos pusimos tibios. Fuimos invitados a la casa de una prima de Julia. No me acuerdo de este extremo.

Dicho testimonio gráfico prueba que la vuelta fue terrible: casi nos estrellamos con una rotonda lumínica, casi cogemos otra autovía a otro pueblo del Valle del Silencio... un montón de “casis” que, de haberse cumplido, no estaría yo aquí escribiendo estas líneas. De hecho, ahora caigo que las noches de juerga del mundo vienen siendo particularmente benévolas con Arman y conmigo. Por lo que a mí respecta, que algunos sitios oscuros, algunos trayectos en coche, incluso algunos sitios húmedos –además de oscuros- no hayan mermado mis facultades físicas, sólo puedo agradecérselo a la suerte. El hecho de no haber perdido a nuestras parejas a causa de dichos “casis” no se lo agradezco a la suerte, sino a la mano izquierda, casi de equilibrista, que Arman y yo venimos manejando en los últimos tiempos. Nunca hemos dejado de ser unas bellísimas personas, pero la decencia –por usar un adjetivo que le gusta mucho a mi madre, lo usa mucho cuando relaciona la noche madrileña o aguilarsense con mi persona- es algo que hemos dejado en alguna parte del camino, muy al principio. Besos para todos.
 
de compras en el Carrefour
Tengo mi Mierda Corsa –escribo completo el nombre del modelo- en el taller de nuevo, por cuarta o quinta vez este año. No sé si es que yo cuido poco los coches o que mi coche ha salido malo, como suele decir la gente cuando se refiere a estos imponderables. Sólo sé que mi karma y hasta mi autoestima son vapuleados cada vez que me enfrento a un taller y/o al personal de un taller. No voy a entrar en pormenores, porque es lo de siempre. Ellos se ríen de mí y yo me deprimo.

También estoy peleado con el Zoo un rato largo, porque yo creo que él no hace nada por mí y él cree lo mismo a la vicevérsica, y ahí andamos. No sólo los dos somos del género masculino –no soy nada determinista en este aspecto, pero lo hago notar porque sé que para muchos de vosotros será explicación suficiente-, sino que no damos nuestro brazo a torcer ni aunque esté en juego nuestra madre y estemos jurando, digamos, que la torre de Pisa es una astronave provenente de fuera de la Vía Láctea. El caso es que estamos peleados, y como ninguno de los dos ha sido educado –siento culpar de nuevo a los progenitores aquí, pero es que estoy absolutamente seguro de que es una cuestión de educación, de ambiente, si se prefiere, para descargar responsabilidades- para ser positivo, o constructivo, pues nuestro abismo de Helm se agranda y se agranda, y harán falta algunos ejércitos Hobbits para salvarlo –perdonadme freaks de El Señor de los Anillos, estoy improvisando y no me puedo detener en menudeces, ya sé que no hay ejércitos de Hobbits, cojones-.

Ayer caí tan bajo en mi compulsión trapo-consumista que hasta me revisé el textil del Carrefour, con eso os lo digo todo. Había una bandolera muy chula de la marca esa de Carrefour que tiene una “X” por el medio, pero recordé que a las bolsas con que vengo a currar les cojo en seguida manía. Mi hermana melliza ya lo decía:
-Me jode comprarme ropa para trabajar. No me hace ilusión.
Ella es que deposita mucha ilusión en las compras, la verdad. Pero ya estoy harto de que se nos critique a los consumistas. El consumismo es una mierda, estamos de acuerdo, es mucho mejor bajarse una montaña haciendo snow surf, pero una cosa es el consumismo y otra los consumistas. Los consumistas somos los espíritus sensibles de la sociedad occidental, la retaguardia en una guerra. Pero las guerras no son ganadas por las vanguardias. La influencia de la retaguardia aún no está clara, vale. Todo lo que sé es que los dirigentes de las civilizaciones suelen ser ejemplarmente consumistas. No seguiré por aquí, que me estoy perdiendo. En resumen, que miro a los consumistas con simpatía. Les –nos- entiendo perfectamente.

Así que no me compré la bandolera, pero me probé varios pares de zapatillas y estornudé de nuevo con el algodón ambiental de los probadores. Y eso que ni siquiera entré en alguno.

Después me fui al cine y vi la de “Los fantasmas de Goya” y, para mi propia sorpresa, me gustó. Resulta que el cine de Milos Forman es más de autor de lo que parece. La peli es extraña, irregular. No hay un guión férreo, no hay personajes consecuentes, pero hay una tesis. Entré extrañado y salí complacido. Besos para todos.
 
Ser estúpido
Tengo entendido que hay alguien en mi pueblo que se ha sentido ofendido por cierto episodio que narro muy atrás en este blog, relacionado con nuestras convivencias de confirmación, que habéis de saber que uno ha cumplido teóricamente para ser un cristiano como dios manda, valga la redundancia. Ni lo que cuento es objetivamente para tanto ni hay en mí ningún ánimo de ofender –menos aún a alguien que siempre ha contado con mi simpatía-, pero, por supuesto, todo el mundo tiene derecho a ofenderse –lo que me hace responsable de la ofensa- y por lo tanto pido disculpas desde aquí. Tendré más cuidado con los nombres reales. Sólo puedo decir que, si lo cité, es porque verdaderamente no tenía ningún ánimo más allá de ofrecer una anécdota divertida y de la que no considero que nadie pueda salir mal parado. Espero que no se termine el buen rollo y sigamos saludándonos cuando nos crucemos de nuevo en la noche aguilarense…

Dicho esto, al turrón. ¿Cómo va la organización de ese fin de semana en el norte? Espero que vaya adelante. No tengo nada nuevo que contar, a excepción de que ayer y el sábado me probé tantos vaqueros en las tiendas de Madrid que creo que he cogido alergia al algodón. Los pelillos de las piernas se me han quemado de tanto subirme y bajarme vaqueros lavados a la piedra, tantas tallas, tantos cortes Bragg, Lad y Classic, tantos botones semioxidados y tantas etiquetas cortantes como navajas. Y te tienes que pelear en los probadores, y guardar cola en éstos y en las cajas y hasta para pillar una talla en un mostrador, todos ellos vigilados por adolescentes cansados que cuidan del concierto en las tiendas como si fuéramos señoras que se mean en el baño del teatro.

Me compré una bandolera que no necesitaba y la devolví a los diez minutos. Me probé miles de vaqueros y cientos de camisetas y decenas de cinturones. Y algún gorro. Anduve varios kilómetros sin salir de la misma tienda, no creo que en el éxodo judío se haya caminado más. Revisé todas las etiquetas en apretadas hileras de prendas hasta que perdí la huella dactilar en el índice. Aguardé colas inútiles que parecían de refugiados en probadores con el máximo permitido de prendas, para salir después con que ninguna me valía, ya fuese un problema de talla, de hechura o de la propia hechura de uno, que no es para anuncio de calzoncillos, desde luego. Mis piernas están como separadas una de la otra –como demasiado separadas- y mi barriga se deshace de los tiros altos como una raqueta de una pelota de tenis. Las patas estrechas me hacen efecto Epilady y las anchas me hacen efecto morsa chilena. Los caídos me hancen efecto adolescente quiero y no puedo y los subidos efecto Obelix, quiero y puedo. Los de pana sólo me valen para el invierno y los de color camel con bolsitos son rollo Dr Livingstone o fotógrafo de viajes, y como que nadie se traga lo del espíritu aventurero si tu cara es la de no salir de la Gran Vía.

Y qué decir de los cinturones: me gustan los de tachuelas, pero a ellos no les gusto yo –que tengo teinta y tres tacos, cojones, y muy poco pelo en la cabeza-. Pienso que puedo rematarlo con los accesorios, pero tampoco, que ponerte un colgante casual y terminar pareciendo un ídolo inca de los demasiado recargados incluso para ellos es dos puntos seguidos de la misma línea.

Vamos, que no sabes como hacerlo. Sobre todo si tienes un fin de semana estúpido, que fue mi caso. Uno de esos en que eres estúpido con los demás y estúpido contigo mismo, y te sobran energías para cumplir con ambas tareas. Para rematar, llegué a casa y me vi la última hora de Mar Adentro, con la depresión consiguiente. ¿No os digo que soy estúpido? Besos para todos.
 
aburrirse
Ayer estuvimos en casa de Moni y Vic hasta las dos de la mañana. Me dejé llevar por la envidia a quienes no tenían que trabajar hoy, y claro, pago las consecuencias. A pesar de que tenemos que entregar el Monasterio de El Escorial en formato electrónico dentro de un mes, aquí estoy yo, escuchando a Little Feat, porque no soy capaz de hacer nada más. Diréis que soy un irresponsable. No. Simplemente, no tengo edad.

Ayer hablábamos del amor, de no echar balones fuera, de volver los ojos sobre uno mismo como único método posible para sentirse bien y hacer al otro sentirse bien, de qué poco hago yo esto y qué poco lo hace el Zoo, y de qué poco damos nuestro brazo a torcer. También hablamos de la guerra civil, un ámbito en el que yo me siento más cómodo, porque, hijos míos, me da igual que la peña sea capaz de ver juicios de valor como hechos, de que las posiciones equilibradas sean las más valoradas en el ámbito intelectual. Los hechos son los hechos. Y los hechos son que entre los hombres no hay piedad. Y la única opinión que defenderé, una vez leídos unos cuantos libros, es la que proviene de quién me cae más simpático. No es lo mismo la consecuencia de 40 años de dictadura que cualquier otra consecuencia. Lo que pasa es que al final estábamos todos de acuerdo, así que presiento, que, en vez de guerra, seguíamos hablando del amor, ese tema que subyace en todos –cuando digo amor, quiero decir sexo-.

Ay, qué aburrido estoy. Aburrirse el fatal, es el peor síntoma de todos. No se me ocurre qué puedo hacer para dejar de aburrirme. Trabajar no, no me quita el aburrimiento. Tengo una mierda de coche al que llevo al taller el lunes, por quinta vez –o así- este año, y esta tarde atiendo mi piso, que viene un perito a ver la gotera que recorre en diagonal la pared de la sala. Podréis decir que qué suerte, que soy un propietario, pero soy un propietario de bienes en ruinas, y como cualquier propietario de esos que a todos no caen mal, mi preocupación son mis ruinas, y no parece que nada me haga feliz. Tengo que llamar a la vecina para que saque el cadaver del armario que linda con mi sala, o que llame a su seguro, tengo que explicarle al del taller que se supone que ya arregló mi avería con el refrigerante, también tengo que explicarles a los de HP que la bandeja de CD de mi portátil no lee bien los discos, y que es una avería evidentemente dentro de la garantía. Tengo que explicarles a todos estos desalmados mis problemas con una sonrisa en los labios. Una sonrisa telefónica, en el caso correspondiente -me han dicho que existe algo así-. Lo que pasa es que yo pienso que los de los talleres y los de los seguros, son, en líneas generales y con profusas excepciones, unos hijos de puta. Los de HP lo llevan en el nombre, así que no hay que abundar.

Como véis, estoy escribiendo el post más aburrido e inútil de este blog. Así que mejor lo dejo aquí. Tengo ganas de pegarme ese finde con mis amigos por tierras leonesas. Besos para todos.
 
Me lo paso como los indios
Sí, hijos míos, estas navidades, o quizá antes en alguna tierra perdida y húmeda en el valle del silencio, si es que allí llega la electricidad y la tecnología DVD –que una cosa es que el nieto del asunto sea un reputado jefe de proyectos informáticos y otra muy distinta es que la abuela del mismo sea una freak del vídeo digital-, se estrena “Mirándolo con tiempo”, la última obra maestra del reputado cineasta Julitros, quien, cual hombre del renacimiento, ha pasado de la música al relato, y de éste a lo audiovisual, y ahí se anda metido en los últimos meses. Que estoy obsesionado. Que ando por mi cuarto documental, uno sobre Aguilar de Campoo que pretenderá arrancar alguna lágrima a mis hermanas, a quienes parecía habérseles olvidado lo apasionante y divertido que es nuestro pueblo, y lo han recordado –todas y de golpe- este verano pasado.

Así que llego todos los días después del gym o de cualquier otra cosa con que ocupe el final de mis tardes, ceno rápida y copiosamente, y me pongo a la edición de vídeo con mi HP –algunos no somos tan suertudos de haber sido obsequiados con un Mac, Mari- y me tiro hasta la una o las dos, y teniendo que trabajar, como trabajo, al día siguiente. Pero es que me apasiona, oyes. No os digo más que el otro día ví a un coche andando hacia atrás para aparcar y mi mente lo interpretó como un simple clip de película de coche circulando hacia delante al que hubieras dado la vuelta en la línea de tiempo. La línea de tiempo, qué hubiera sido de Platón y de toda la filosofía occidental si Platón hubiera tenido una línea de tiempo por la que moverse con un giro de muñeca. En fin, los obsesos del Tetris entenderán hasta qué punto distorsiona tu mente la realidad si pegas tu cabeza al cristal de un mundo virtual cualquiera.

Y estoy en el curro y busco de tapadillo samples con sonidos de ríos y pajaritos, porque tu río no tiene pajaritos y sabes que el sonido lo hace todo. Y fuerzas el azul de los cielos y usas música desconocida para que las discográficas no se te echen encima si un día saltas a la fama como un Amenábar tardío. Y saboreas el placer de inventarte una tensión inexistente entre un niño y un artista callejero con sólo jugar al plano y contraplano. Eres un poco como dios. Sin salir de tu HP. Con el volumen bajado de la tele. Como sacar a una modelo yonki de la cama y convertirla, maquillaje aquí, Photoshop allá, en la reina de la pasarela.

Vamos, que me lo paso como los indios. Que ni veo el resumen de Gran Hermano. Aunque ello suponga perderme el único programa auténticamente artístico de la televisión gratuíta –ya os explicaré esto otro día-. Bueno, hijos. Vosotros juzgaréis si mis noches en vela merecen la pena. El buen rato pasado mientras lo hacía me lo guardo yo.
 
MIRÁNDOLO CON TIEMPO
¿Quien tiene un amigo tiene un tesoro?

Estas navidades en tu pantalla más cercana.

 
Nuri cumple años
En primer lugar, y antes de nada, empleo esta tribuna para felicitar, oh cielos, a mi querida amiga Nuri, alias Nuri Villarén –Villarén es un pueblo con unas cuevas excavadas en la tierra y donde ponen muy bien de comer, y tiene unos muros demasiado bajos para protegerte del mordisco de los perros, y curvas demasiado cerradas, sobre todo si te persigue un monstruo informe desde las oscuridades del bosque, que te puedes romper un brazo, vamos-.

Es que es el cumple de Nuri Villarén. A Nuri la conocí yo el mismísimo día que lo dejaba con aquella novia que tuve, de Burgos, que se llamaba Mariola, y que seguirá inconsciente –a no ser que lea este blog- de una de las grandes realidades de la vida, y es la de que yo la dejé por ser lo que se dice homosexual. Supongo que ella lo atribuyó a alguna otra cosa y seré el culpable de algún complejo no superado, y no os penséis que no le calé hondo –al verano siguiente volvió a Aguilar y quiso volver conmigo, con mi consiguiente estupefacción-. El caso es que Nuri era amiga de Lourdes –la de “calla, cacho chón”- y a ambas las había enviado el destino –o madre y tía compinchadas, que tanto da- directamente a nuestra pandilla. Nuestra pandilla no era lo peor, pero tampoco era lo más recomendable, y ambas reconocieron más tarde que aquel primer día se asustaron. La Mariola llorando en el baño del Laser, las chicas consolándola; la mitad borrachas y la otra mitad algo peor: adolescentes. No quiero ahora pormenorizar en las peculiaridades que aportaba a la rareza común cada uno de nosotros, pero vamos, que no éramos ningún ejemplo a seguir.

Pero Nuria y Lourdes pronto se pusieron a la par, y ahora sé que no fue por que las corrompiéramos, sino porque ellas llevaban al diablo dentro. Y las risas y los buenos ratos que surgieron desde entonces no han cesado por el momento. A grandes rasgos, Lourdes emigró a Irlanda y no sólo no se convirtió en una teutona borracha –que me perdonen las irlandesas teutonas borrachas, pero la estadística me asiste-, sino que ha pillado por banda a un chico muy mono y bastante responsable –lo de borracho no me atrevería yo a quitárselo- y ya van a por la hipoteca. Y se casaron y en vez de vals pusieron el “All I want is you” de U2, ahí lo llevas.

La Nuri también se caso, no os creáis. ¿Y con quién? Pues con un chico de la misma pandi, el mismísimo Casti. El amor surgió en algún punto entre el Nebraska y el On Off, u otros bares de la época. Las cosas importantes nos han ocurrido a nosotros en los bares, o en los trayectos de bar a bar. Pues la historia del Casti y la Nuri aunó nuestras dos pandillas como un casamiento entre Castilla y Aragón, y así lo celebramos. Y siguen siendo ellos el nexo, que siempre organizan los viajes, las casas rurales y la mayoría de eventos de hermanamiento. Aunque aprovecho la ocasión para resaltar que están incurriendo en abandono de sus responsabilidades, que hace tiempo que no preparan un viajecito, por minúsculo que sea. Y no cometan el error de caer en el “¿Y por qué siempre lo tenemos que organizar nosotros? Que lo haga otro”. No, hijos, no. Lo tenéis que hacer vosotros. ¿Por qué? Porque sí. ¿Es justo? No, pero cada uno tiene que cargar con su cruz. Yo tengo que tolerar las sonrisas cómplices cuando comento que mi coche pierde aceite. Será así siempre que mi coche sufra esa avería. Lo cierto es que la sufre a menudo -¿lo véis, véis cómo os estáis sonriendo?-. Pues bien, Nuri y Casti organizan las excursiones, pagan las señales y llevan el bote. Nosotros protestaremos, pero nos parecerá bien. Es así, y punto.

En fin, feliz cumpleaños Nuri.