Las bodas
Tiene razón Casti que estoy cayendo en barrena, y más mi hermana melliza, que dice que no friega tanto y que qué va a pensar la gente de Aguilar. Yo le digo que en Aguilar también se friega mucho ya que no hay que coger autobuses para ir a ningún lado, y por lo tanto la peña tiene más tiempo libre para fregar, salir a la plaza por la tarde, ir al gimnasio –se va mucho al gimnasio en Aguilar, ¿os habéis dado cuenta?-, tomarte el vermut –qué placer, el vermut en Aguilar, calle del Puente arriba y abajo-, pasearte hasta el pantano si no sale el norte, o con el norte, que se te queda el jeto tipo Amundsen el día antes de espicharla, o lo que sea que quieras hacer. Así que no me va a quedar otra que volver a hablar de mi familia.
El mayor agravio del mundo se ha producido hace menos de un mes, que una prima mía se ha casado y no hemos ido a la boda. Un dramón, sobre todo para mi madre, que siempre lo dramatiza todo; o algo es un drama o, simplemente, no ocurre. El hecho minúsculo de que ella tampoco ha ido a la boda –digamos que porque no le ha salido de los cojones, aunque ha utilizado un montón de excusas- no parece mermarle su numerito, que nos lo monta cada dos por tres, y dice que somos unos malos primos, que nuestras primas siempre nos han querido, que ya veremos si un día nos casamos nosotros, que hay que ver, y que soy un ridículo y un absurdo –ya sabéis que esto, así y por este orden, es lo que me llama mi madre cada vez que tiene ocasión-.
Hace meses yo pensaba que iba a ir, bien lo sabe el cielo, pero es que se me fueron quitando las ganas. Entre que mi relación deja la Guerra de los Rose en un cuento fraternal para niños y que no tengo que ponerme, me dije “a tomar por culo”. Lo de las bodas es una movida. No te puedes comprar la ropa en cualquier sitio porque alguien te lo repite y puedes caer muerto en la mismísma bancada de la iglesia, con todo lo que ello implica. Y si te dejas la pasta, para qué. Luego te pones a bailar, pongamos que con el novio de tu amiga la que emigró a United Kingdom a labrarse un porvenir –y a dejar el alcohol, venga-, y luego éste quiere sobarte según baila –sí, el novio-, y tú le empujas para apartarte, pero como los dos estáis borrachos –el alcohol no se deja- acabas en el suelo, con un metacarpio roto y la manga de la camisa colgando de un hilo. Y la cosa es que en breve se casa otra prima mía, y como no fui a la boda de una, tampoco voy a ir a la de la otra, digo yo. Que nunca necesite yo la ayuda de mi familia materna, virgen santa, que nunca la necesite porque flipo.
Si yo un día me caso, quién lo sabe, de qué me serviría ahora repudiar el matrimonio si cuanto antes abres la boca antes te la cierra la vida, no sé lo que haré. Para empezar, me haré unas invitaciones de diseño, que parezcan más un flyer del Cool –sin tabletas de chocolate, que mi desnudo es poco fibroso y peludo- que una invitación al uso, de esas de pergamino con letras góticas y anillos entrelazados. A no ser que se me permitiera el sarcasmo, en cuyo caso sí, usaría una de las típicas, pero escribiendo en gótica “un anillo para unirlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”, que puede ser una definición del matrimonio tan buena como cualquier otra.
Haría la boda por la tarde, que madrugar es fatal para la piel, y me pondría un traje molón, algo atípico. Lo jodido es que no me podría casar en una iglesia, porque bajarían hileras de ángeles cegadores y furibundos, y subirían demonios candentes a llevarme al infierno con sus sonrisas de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda y habría allí una pelea entre ángeles y demonios de tres pares de cojones, y a mis familiares mayores les daría un síncope con semejante espectáculo y sería una lástima de boda. Y todo porque sería una boda entre dos tíos, y eso, al de arriba, al menos según la iglesia, no le sentaría ni un poquito bien. Así que no me podré casar en una iglesia románica con sus capiteles y sus arcos de medio punto, con lo que me gustan, con lo fresquitas que son y lo que reverberan, y lo reverente de su atmósfera y lo atemporal, y lo sereno –la serenidad es como la piedra filosofal para mí, en pos de ella viajo-, y yo allí con mi traje “slim fit” y mi corbata mod, y todo feliz, prometiendo amor eterno, que es algo que en mi sano juicio no debería yo prometer jamás. Bueno. Buscaré algún otro sitio con encanto. Algún sitio antiguo. Besos para todos.
El mayor agravio del mundo se ha producido hace menos de un mes, que una prima mía se ha casado y no hemos ido a la boda. Un dramón, sobre todo para mi madre, que siempre lo dramatiza todo; o algo es un drama o, simplemente, no ocurre. El hecho minúsculo de que ella tampoco ha ido a la boda –digamos que porque no le ha salido de los cojones, aunque ha utilizado un montón de excusas- no parece mermarle su numerito, que nos lo monta cada dos por tres, y dice que somos unos malos primos, que nuestras primas siempre nos han querido, que ya veremos si un día nos casamos nosotros, que hay que ver, y que soy un ridículo y un absurdo –ya sabéis que esto, así y por este orden, es lo que me llama mi madre cada vez que tiene ocasión-.
Hace meses yo pensaba que iba a ir, bien lo sabe el cielo, pero es que se me fueron quitando las ganas. Entre que mi relación deja la Guerra de los Rose en un cuento fraternal para niños y que no tengo que ponerme, me dije “a tomar por culo”. Lo de las bodas es una movida. No te puedes comprar la ropa en cualquier sitio porque alguien te lo repite y puedes caer muerto en la mismísma bancada de la iglesia, con todo lo que ello implica. Y si te dejas la pasta, para qué. Luego te pones a bailar, pongamos que con el novio de tu amiga la que emigró a United Kingdom a labrarse un porvenir –y a dejar el alcohol, venga-, y luego éste quiere sobarte según baila –sí, el novio-, y tú le empujas para apartarte, pero como los dos estáis borrachos –el alcohol no se deja- acabas en el suelo, con un metacarpio roto y la manga de la camisa colgando de un hilo. Y la cosa es que en breve se casa otra prima mía, y como no fui a la boda de una, tampoco voy a ir a la de la otra, digo yo. Que nunca necesite yo la ayuda de mi familia materna, virgen santa, que nunca la necesite porque flipo.
Si yo un día me caso, quién lo sabe, de qué me serviría ahora repudiar el matrimonio si cuanto antes abres la boca antes te la cierra la vida, no sé lo que haré. Para empezar, me haré unas invitaciones de diseño, que parezcan más un flyer del Cool –sin tabletas de chocolate, que mi desnudo es poco fibroso y peludo- que una invitación al uso, de esas de pergamino con letras góticas y anillos entrelazados. A no ser que se me permitiera el sarcasmo, en cuyo caso sí, usaría una de las típicas, pero escribiendo en gótica “un anillo para unirlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”, que puede ser una definición del matrimonio tan buena como cualquier otra.
Haría la boda por la tarde, que madrugar es fatal para la piel, y me pondría un traje molón, algo atípico. Lo jodido es que no me podría casar en una iglesia, porque bajarían hileras de ángeles cegadores y furibundos, y subirían demonios candentes a llevarme al infierno con sus sonrisas de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda y habría allí una pelea entre ángeles y demonios de tres pares de cojones, y a mis familiares mayores les daría un síncope con semejante espectáculo y sería una lástima de boda. Y todo porque sería una boda entre dos tíos, y eso, al de arriba, al menos según la iglesia, no le sentaría ni un poquito bien. Así que no me podré casar en una iglesia románica con sus capiteles y sus arcos de medio punto, con lo que me gustan, con lo fresquitas que son y lo que reverberan, y lo reverente de su atmósfera y lo atemporal, y lo sereno –la serenidad es como la piedra filosofal para mí, en pos de ella viajo-, y yo allí con mi traje “slim fit” y mi corbata mod, y todo feliz, prometiendo amor eterno, que es algo que en mi sano juicio no debería yo prometer jamás. Bueno. Buscaré algún otro sitio con encanto. Algún sitio antiguo. Besos para todos.
300 o así
Como no quiero hablar del amor, porque el amor se me escapa –no el sentimiento, que amo siempre y todo el día, de qué si no iba a estar yo tan calvo, sino la definición-, hablaré de cine. Mis compis, estetas de la guerra como sólo puede serlo un chico bien alimentado de occidente, llevan meses con el “making of” de “300” en la iPod. Mucho croma, mucha hormona en tetas y bíceps, mucho 3D indisimulado. Que me he empapado yo de la batalla de las Termópilas, que me las sé desde el primer día hasta el cuarto, y por un monográfico de El Mundo, que es peor. No me ha hecho falta leer mucho para resumirme en que aquello no fue más que una batalla romantizada y utilizada por la propaganda Ateniense del momento para encabronar a su ejército y conseguir que éste se empleara a fondo en la derrota de los persas. Y los derrotaron, cuenta de ello da la historia. Pero vamos, que la propaganda no la inventaron los nazis, ni los atenienses 25 siglos antes, que la propaganda es conocida por el ser humano desde que se organizó en sociedad y los listos supieron que era relativamente fácil organizar a los tontos para que muriesen y conquistasen un palmo de terreno. El terreno es necesario para que nadie te de el coñazo, y el truco está en convencer a un montón de gente para que asegure su posesión. Dos tácticas básicas: primera, no educar. La educación acerca a la gente al libre albedrío, y vaya movida. Segunda, ponerlos a procrear. Hacen falta muros humanos de repuesto cuando la vanguardia cae. Así que la propaganda está de moda en el mundo más que los jerseys de rayas este año –con lo que engordan-, y de ella se sirvieron griegos, romanos, judíos, napoleónicos, revolucionarios, comunistas –éstos leyeron a Marx al revés, lástima de Allende-, fascistas y todos y cada uno de los gobiernos democráticos que sirven hoy en día a las sociedades anónimas y a los grupos de presión. A mí me encanta la propaganda, pero si la hago yo.
A lo que iba, que “300” es lo que es, una ditraba militarista y maniquea, y es que dentro de poco a la palabra libertad le va a pasar como a la bandera de España, que a unos cuántos nos va a dar pereza esgrimirla, de tanta apropiación indebida. Desde que Reagan empezó a usar la palabra libertad cuando quería decir lo contrario, desde que Aznar, un poco más vergonzoso, hablaba de “libertades”, resulta que ahora uno puede usar un término que suena bien, que a todo el mundo le gusta, y ponerse a desfacer entuertos por medio de las armas. Frank Miller es un fachilla de medio pelo a lo Tom Clancy, eso lo sabemos todos, y a ambos dos se les da bien contar historias –nosotros en España no tenemos fachillas que cuenten historias, ahora que de nuestro Nobel sólo queda una esposa ruborizante-, así que la peli no deja de ser un espejo de su padre, el autor del cómic.
A muchos les joderá, pero la libertad que promulgaban los griegos, además de en el ejercicio científico de la guerra, que ciertamente lo practicaban, también consistía en comerse la polla unos a otros sin prejuicio judeo-cristiano que valga –al cúal le quedaban unos siglos por nacer-, por ejemplo. Cerrad los ojos o lo que queráis, hijos míos, pero es lo que hay. Se comían las pollas con una alegría del copón. La libertad es Aristóteles, pero eso a Frank Miller y a los propagandistas de Bush, que meten mano en Hollywood más que un marionetista de Canal + al guiñol de Zaplana, no les mola. Frank Miller, como muchos americanos medios, era un tipo listo pero nunca folló lo suficiente, o sea que está reprimido. Propone una visión militarista y masculinizada y absurda, y que me caiga un rayo ahora mismo o los autores de la peli han terminado resaltando el efecto filo gay sin quererlo, para regocijo mío, que me encanta ver cómo los fachillas la cagan. Y eso que ponen a Jerjes, el jefe de los malos, como un gogó dancer del Spank, buscando la risa del respetable. Filo gay porque la vista se te va –aunque no seas gay, y sed sinceros si la habéis visto- a los abdominales de los protas más que a sus rostros o sus lanzas, y los niños del cine, unos están pensando en apuntarse al gym, y otros –los menos, vale, pero no lo desdeñemos- están teniendo una erección inapropiada; sin detrimento de esa mayoría, por supuesto, que ni se erecta ni piensa en el gym, pero se traga hasta el fondo –valga la expresión, a ver si me entendéis, respetos al máximo- la tesis de que el único camino hacia la libertad es ponerse un taparrabos y hacer la guerra.
Así que “300” es propaganda disfrazada. Es decirle a la gente que la libertad se obtiene a través de la muerte del enemigo. Obviarle que el poder auténtico se dirime en despachos de empresas privadas, en los parlamentos de los estados, que el dinero de un lado y los votos del otro son las flechas y los escudos de hoy, son los objetos, son el fin, y que soldados y civiles no son otra cosa que herramientas. Obviarle que sólo la educación y la formación nos convierte en héroes –en cuanto un héroe no es otra cosa que un sujeto capaz de terminar, sólo o acompañado, con una situación injusta-. O tal vez no sea para tanto y la peli ésta sólo sea como un partido de fútbol, una representación idealizada del deseo territorial que tan sublimado anda en este mundo de hoy. Sí, es cierto, me gustaría pensar que nadie se la toma en serio.
En fin. Te ríes. Unos se lo creen, otros se empalman y sólo los auténticos héroes –en su mayoría chicas, digámoslo-, se aburren como una ostra. Besos para todos.
A lo que iba, que “300” es lo que es, una ditraba militarista y maniquea, y es que dentro de poco a la palabra libertad le va a pasar como a la bandera de España, que a unos cuántos nos va a dar pereza esgrimirla, de tanta apropiación indebida. Desde que Reagan empezó a usar la palabra libertad cuando quería decir lo contrario, desde que Aznar, un poco más vergonzoso, hablaba de “libertades”, resulta que ahora uno puede usar un término que suena bien, que a todo el mundo le gusta, y ponerse a desfacer entuertos por medio de las armas. Frank Miller es un fachilla de medio pelo a lo Tom Clancy, eso lo sabemos todos, y a ambos dos se les da bien contar historias –nosotros en España no tenemos fachillas que cuenten historias, ahora que de nuestro Nobel sólo queda una esposa ruborizante-, así que la peli no deja de ser un espejo de su padre, el autor del cómic.
A muchos les joderá, pero la libertad que promulgaban los griegos, además de en el ejercicio científico de la guerra, que ciertamente lo practicaban, también consistía en comerse la polla unos a otros sin prejuicio judeo-cristiano que valga –al cúal le quedaban unos siglos por nacer-, por ejemplo. Cerrad los ojos o lo que queráis, hijos míos, pero es lo que hay. Se comían las pollas con una alegría del copón. La libertad es Aristóteles, pero eso a Frank Miller y a los propagandistas de Bush, que meten mano en Hollywood más que un marionetista de Canal + al guiñol de Zaplana, no les mola. Frank Miller, como muchos americanos medios, era un tipo listo pero nunca folló lo suficiente, o sea que está reprimido. Propone una visión militarista y masculinizada y absurda, y que me caiga un rayo ahora mismo o los autores de la peli han terminado resaltando el efecto filo gay sin quererlo, para regocijo mío, que me encanta ver cómo los fachillas la cagan. Y eso que ponen a Jerjes, el jefe de los malos, como un gogó dancer del Spank, buscando la risa del respetable. Filo gay porque la vista se te va –aunque no seas gay, y sed sinceros si la habéis visto- a los abdominales de los protas más que a sus rostros o sus lanzas, y los niños del cine, unos están pensando en apuntarse al gym, y otros –los menos, vale, pero no lo desdeñemos- están teniendo una erección inapropiada; sin detrimento de esa mayoría, por supuesto, que ni se erecta ni piensa en el gym, pero se traga hasta el fondo –valga la expresión, a ver si me entendéis, respetos al máximo- la tesis de que el único camino hacia la libertad es ponerse un taparrabos y hacer la guerra.
Así que “300” es propaganda disfrazada. Es decirle a la gente que la libertad se obtiene a través de la muerte del enemigo. Obviarle que el poder auténtico se dirime en despachos de empresas privadas, en los parlamentos de los estados, que el dinero de un lado y los votos del otro son las flechas y los escudos de hoy, son los objetos, son el fin, y que soldados y civiles no son otra cosa que herramientas. Obviarle que sólo la educación y la formación nos convierte en héroes –en cuanto un héroe no es otra cosa que un sujeto capaz de terminar, sólo o acompañado, con una situación injusta-. O tal vez no sea para tanto y la peli ésta sólo sea como un partido de fútbol, una representación idealizada del deseo territorial que tan sublimado anda en este mundo de hoy. Sí, es cierto, me gustaría pensar que nadie se la toma en serio.
En fin. Te ríes. Unos se lo creen, otros se empalman y sólo los auténticos héroes –en su mayoría chicas, digámoslo-, se aburren como una ostra. Besos para todos.
Teorías
Las teorías de mis hermanas acerca de lo que me pasa en el cerebro al respecto de mi actual novio son dispares. Una de ellas piensa que ya se me pasará, que hay que dejarme en paz, que no habría que hacerme las cosas en casa y que estoy muy consentido. Otra opina directamente lo siguiente:
-Vaya, otro que no pone sentimientos.
Ésta habla directamente también de su ex y está con el tema de los sentimientos, que son esas cosas que siente cualquier persona viva desde las 0 hasta las 24 horas de todos los días de su vida, desde su primer día fuera del útero hasta el día en que dices “hasta luego Lucas”. Lo que quiero decir yo es que estoy condenado a tener sentimientos. Condenado a sentirme necesitado, a necesitar, a ser demandado, a demandar, a pedir por esta boquita o a quedarme mudo para siempre si me llevo un susto muy gordo. Siento, y siento bastante la verdad. Lo siento por mí, por mi novio, por las hormigas que en este extraño día de marzo en que hace sol y caen copos de nieve han decidido salir de sus agujeritos porque huele a flores, pero no es primavera. Lo siento por el tiempo gastado y por el que me queda, y por los chicos que bailan profesionalmente y por las chicas holandesas que vienen a España y se echan un novio de Sevilla, porque de ellas será el reino de los cielos. No te jode… y no sólo siento. Estoy, como digo, condenado a sentir. Pongo sentimientos en cada músculo que ejercito para teclear algo en el ordenador, para girar el volante de mi coche o para llevarme una onza –es la octava- de una tableta de Milka a la boca. Y no me refiero a sentidos. Me refiero a todo lo que cualquiera interpreta por sentimientos. De hecho, creo que lo que me pasa es que pongo sentimientos en sitios donde no hace falta. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llego.
Otra de mis hermanas dice que tengo demasiado tiempo libre. Esta es mi hermana melliza, y yo le dije a mi madre que mi hermana melliza ha heredado lo peor de ella, su progenitora, a saber, ese afán sin límites por la limpieza del hogar. Así, es imposible tener tiempo, lógicamente. O sea, es cierto que yo tengo tiempo libre, pero es probable que, uno, yo no herede en esta vida tal abnegación en la limpieza –tal vez en la próxima, cuando sea amapola en un cerro en Helecha de Valdivia y entonces las fregonas me vendrán grandes-, y dos, que incluso cuando llegue el momento de que hasta la última mota de polvo o muestra de fritura en una sartén sean responsabilidad mía, yo me las arregle para seguir teniendo tiempo libre a diario. Dios, espero que se me logre así. Bien porque pueda pagar a algún profesional que lo haga por mí –con el positivo efecto colateral de reactivación económica-, bien porque viva en el ascetismo más radical –no necesite comer y todo lo mío suponga un impacto mínimo en el mundo-, bien porque me pegue la paliza los domingos.
Hoy me voy de concierto con la Aida, a ver a otro de esos grupos de origen madrileño e inspiración gaditana, tipo El Bicho. El grupo es lo de menos, nos tomaremos algo y variaré mi plan diario de zona noroeste. Estoy más harto del triángulo Pozuelo – Majadahonda – Las Rozas que Heidi del invierno. También me gustaría encontrar un plan para esta Semana Santa, pero he tardado en descubrir que estoy en una edad muy mala. Los amigos de uno tienen sus planes, la gente no se va de vacaciones con otras parejas a no ser que vayan a hacer intercambios y cosas raras, y a mí me gustan las cosas raras, pero lo que no me gusta es follar con gente que no me pone… vamos que nadie se va de viaje conmigo. Si encuentro algo que me guste para ir solo ya os lo comentaré. Besos para todos.
-Vaya, otro que no pone sentimientos.
Ésta habla directamente también de su ex y está con el tema de los sentimientos, que son esas cosas que siente cualquier persona viva desde las 0 hasta las 24 horas de todos los días de su vida, desde su primer día fuera del útero hasta el día en que dices “hasta luego Lucas”. Lo que quiero decir yo es que estoy condenado a tener sentimientos. Condenado a sentirme necesitado, a necesitar, a ser demandado, a demandar, a pedir por esta boquita o a quedarme mudo para siempre si me llevo un susto muy gordo. Siento, y siento bastante la verdad. Lo siento por mí, por mi novio, por las hormigas que en este extraño día de marzo en que hace sol y caen copos de nieve han decidido salir de sus agujeritos porque huele a flores, pero no es primavera. Lo siento por el tiempo gastado y por el que me queda, y por los chicos que bailan profesionalmente y por las chicas holandesas que vienen a España y se echan un novio de Sevilla, porque de ellas será el reino de los cielos. No te jode… y no sólo siento. Estoy, como digo, condenado a sentir. Pongo sentimientos en cada músculo que ejercito para teclear algo en el ordenador, para girar el volante de mi coche o para llevarme una onza –es la octava- de una tableta de Milka a la boca. Y no me refiero a sentidos. Me refiero a todo lo que cualquiera interpreta por sentimientos. De hecho, creo que lo que me pasa es que pongo sentimientos en sitios donde no hace falta. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llego.
Otra de mis hermanas dice que tengo demasiado tiempo libre. Esta es mi hermana melliza, y yo le dije a mi madre que mi hermana melliza ha heredado lo peor de ella, su progenitora, a saber, ese afán sin límites por la limpieza del hogar. Así, es imposible tener tiempo, lógicamente. O sea, es cierto que yo tengo tiempo libre, pero es probable que, uno, yo no herede en esta vida tal abnegación en la limpieza –tal vez en la próxima, cuando sea amapola en un cerro en Helecha de Valdivia y entonces las fregonas me vendrán grandes-, y dos, que incluso cuando llegue el momento de que hasta la última mota de polvo o muestra de fritura en una sartén sean responsabilidad mía, yo me las arregle para seguir teniendo tiempo libre a diario. Dios, espero que se me logre así. Bien porque pueda pagar a algún profesional que lo haga por mí –con el positivo efecto colateral de reactivación económica-, bien porque viva en el ascetismo más radical –no necesite comer y todo lo mío suponga un impacto mínimo en el mundo-, bien porque me pegue la paliza los domingos.
Hoy me voy de concierto con la Aida, a ver a otro de esos grupos de origen madrileño e inspiración gaditana, tipo El Bicho. El grupo es lo de menos, nos tomaremos algo y variaré mi plan diario de zona noroeste. Estoy más harto del triángulo Pozuelo – Majadahonda – Las Rozas que Heidi del invierno. También me gustaría encontrar un plan para esta Semana Santa, pero he tardado en descubrir que estoy en una edad muy mala. Los amigos de uno tienen sus planes, la gente no se va de vacaciones con otras parejas a no ser que vayan a hacer intercambios y cosas raras, y a mí me gustan las cosas raras, pero lo que no me gusta es follar con gente que no me pone… vamos que nadie se va de viaje conmigo. Si encuentro algo que me guste para ir solo ya os lo comentaré. Besos para todos.
Nas y lo demás
Llamémosla Nas. Es de ascendencia iraní, ojos almendrados, morena, unas tetas como cabezas de niño chico. Hace un par de semanas le paró la Policía de Las Rozas, ella iba con Madonna a todo trapo en su Saab berlina, bailando en el asiento, sin papeles ni seguro, porque las chicas de Las Rozas se mueven en Las Rozas como vaqueros en el lejano oeste, a sus aires, conquistando el terreno virgen. Se saltó un semáforo en rojo, pero como Madonna y ella se encontraban en el culmen del dueto, no vieron las sirenas ni oyeron el altavoz. El coche de policía la siguió un par de calles y por fin ella se dio cuenta. Salió Nas del vehículo, tan pequeñita, sonrió y el policía terminó dándole el teléfono.
El otro día le dice una compi:
-Qué bonitos los tangas con triangulito de metal para pillar las tiras por detrás.
Ella se excita y viene corriendo:
-¿A que sí?
-Es que el tuyo se te sale.
Ayer me llama y me dice:
-Ay lo que me ha pasado. Otra vez con la policía.
Y me cuenta que la pillaron otra vez, esta vez varios policías, y ella sin papeles y dos stops sin parar a la chepa. Le pidieron los papeles. Y le pusieron la multa. Y el poli le preguntó:
-¿Se puede saber qué hace una chica con un coche tan grande?
Lejos de parecerle estúpida esta pregunta –se lo pareció, pero Nas no tiene un pelo de tonta-, le contó su vida:
-Nada, me quedé con él. Era de mi exmarido. También me quedé con el piso –y se echa a reír-. Pero lo quiero vender, es muy grande para mí.
-Yo acabo de comprarme uno, pero si no, te lo compraría. Es un coche cojonudo.
-Pues cómpramelo.
-Ya no puedo. Pero dame tu número, que a lo mejor conozco un tío que lo compraría.
Y Nas, todo nerviosa, porque ella no piensa en follar, os lo juro que no piensa, pero todo el mundo quiere follar con ella. Y ese no enterarse es lo que les da las ganas a los demás. El caso es que le dio el número, y a la media hora, en casa, le llamó el policía para perdonarle la multa. Sí, habéis oído bien: le perdonó la multa. ¿Puede hacerse eso? ¿No hay bases de datos u otros rollos patata? No lo sé. Pero le PERDONÓ la multa.
Lo que yo os iba a contar, en cualquier caso, es que mi actual novio y yo, ese novio cuyo amor yo pregoné a los cuatro vientos, está, por decirlo rápidamente, a puntito de mandarme a tomar por culo. ¿Y por qué? Diría que me lo pregunto, pero no es así, y es que conozco muy bien el porqué. La verdad es que estoy un poco extraño. El otro día le expliqué a mi madre, que está todo el día dándome el coñazo –lleva la cuenta de los días que llevo sin verme con Zoo, creo que van para veinte-, que yo lo que tengo son un montó de deseos sexuales. Le dije que ella no lo entiende porque es mujer, y mis hermanas tampoco por lo mismo, y que ya estoy harto de que me miren con los ojos como platos, porque tener deseos sexuales, digamos omnidireccionales, no significa ser intrínsecamente un desalmado. Ellas intentan hablar de ética cuando se habla de naturaleza, y yo, desde que he descubierto a Nietzsche, me he dado cuenta de que lo mío es cosa de la naturaleza, y que tales impulsos no se deben cercenar, y que lo natural es virtud mucho más que lo ético.
Entonces, mi madre, ayer día del padre, ha ido hermana por hermana contándoles mi teoría de lo masculino incomprendido en esta casa, y cada una de mis hermanas le ha dado una opinión. Por teléfono en mi casa se habla mucho de mí, y a mí eso me gusta. Yo creo que vivo demasiado bien y que esta es la raíz de mis problemas. Pero como estoy seguro de que pagaré por elló, me perdono. Besos para todos.
El otro día le dice una compi:
-Qué bonitos los tangas con triangulito de metal para pillar las tiras por detrás.
Ella se excita y viene corriendo:
-¿A que sí?
-Es que el tuyo se te sale.
Ayer me llama y me dice:
-Ay lo que me ha pasado. Otra vez con la policía.
Y me cuenta que la pillaron otra vez, esta vez varios policías, y ella sin papeles y dos stops sin parar a la chepa. Le pidieron los papeles. Y le pusieron la multa. Y el poli le preguntó:
-¿Se puede saber qué hace una chica con un coche tan grande?
Lejos de parecerle estúpida esta pregunta –se lo pareció, pero Nas no tiene un pelo de tonta-, le contó su vida:
-Nada, me quedé con él. Era de mi exmarido. También me quedé con el piso –y se echa a reír-. Pero lo quiero vender, es muy grande para mí.
-Yo acabo de comprarme uno, pero si no, te lo compraría. Es un coche cojonudo.
-Pues cómpramelo.
-Ya no puedo. Pero dame tu número, que a lo mejor conozco un tío que lo compraría.
Y Nas, todo nerviosa, porque ella no piensa en follar, os lo juro que no piensa, pero todo el mundo quiere follar con ella. Y ese no enterarse es lo que les da las ganas a los demás. El caso es que le dio el número, y a la media hora, en casa, le llamó el policía para perdonarle la multa. Sí, habéis oído bien: le perdonó la multa. ¿Puede hacerse eso? ¿No hay bases de datos u otros rollos patata? No lo sé. Pero le PERDONÓ la multa.
Lo que yo os iba a contar, en cualquier caso, es que mi actual novio y yo, ese novio cuyo amor yo pregoné a los cuatro vientos, está, por decirlo rápidamente, a puntito de mandarme a tomar por culo. ¿Y por qué? Diría que me lo pregunto, pero no es así, y es que conozco muy bien el porqué. La verdad es que estoy un poco extraño. El otro día le expliqué a mi madre, que está todo el día dándome el coñazo –lleva la cuenta de los días que llevo sin verme con Zoo, creo que van para veinte-, que yo lo que tengo son un montó de deseos sexuales. Le dije que ella no lo entiende porque es mujer, y mis hermanas tampoco por lo mismo, y que ya estoy harto de que me miren con los ojos como platos, porque tener deseos sexuales, digamos omnidireccionales, no significa ser intrínsecamente un desalmado. Ellas intentan hablar de ética cuando se habla de naturaleza, y yo, desde que he descubierto a Nietzsche, me he dado cuenta de que lo mío es cosa de la naturaleza, y que tales impulsos no se deben cercenar, y que lo natural es virtud mucho más que lo ético.
Entonces, mi madre, ayer día del padre, ha ido hermana por hermana contándoles mi teoría de lo masculino incomprendido en esta casa, y cada una de mis hermanas le ha dado una opinión. Por teléfono en mi casa se habla mucho de mí, y a mí eso me gusta. Yo creo que vivo demasiado bien y que esta es la raíz de mis problemas. Pero como estoy seguro de que pagaré por elló, me perdono. Besos para todos.
La primavera
Escucho “Jonás y la ballena” de Miguelito Bosé, de su segundo mejor disco, con su arreglo ochentero y su envidiable melodía. Este chico escribía bien, al contrario de lo que podáis pensaros. Y pienso en un montón de cosas. Pienso que no debo desayunarme nunca más una bolsa de cacahuetes a palo seco. Y que a mí trabajar no me va, que no lo cambiaría por una vida contemplativa, vale, el ideal asceta no es lo mío –lo que hay en mi interior no quiero saberlo ni a tiros-, pero sí lo cambiaría por una vida dedicada a otra cosa. No quiero decir a qué me gustaría dedicarme, que es muy pretencioso. Pero vamos, que no me dedicaría a lo que me dedico yo ahora, eso de la gestión, eso de comerse marrones, eso de negociar. Me he dado cuenta que la cosa fenicia de mi madre la he heredado yo, y se me da bien vender motos, pero no negociar. Para negociar hace falta paciencia, y yo eso lo desconozco. La paciencia me es ajena, igual que el pelo en la cabeza, y no os preocupéis que pago por ambas carencias. Y sólo por una de ellas pago tanto en verano como en invierno.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
Tengo un compañero a mi espalda que cada vez que dice la palabra “queco”, refiriéndose siempre a un muñequito 3D de esos que diseñan, me sube la mala hostia. No es su volumen, que también –valdría para locutor de radio-, no es él –me cae guay-, es la palabra. ¿Queco? ¿¿Queco?? A veces dice “quequito” y me puedo morir. Es la primavera. A mi lado está ahora mismo una pesada de la oficina de España, que es más pesada que una vaca en brazos, lleva vaqueros, polo celeste, una goma celeste para el pelo, unos pendientes celestes y ahora ha subido una pierna en la mesa y veo sus calcetines, también celestes. ¿Os lo podéis creer? Es un almendro en flor. La primavera también ha llegado a ella. Esto a mi izquierda, a mi derecha hay un ventanal que parece una estufa. La primavera ha llegado, hijos míos. Y no pidáis que os cuente algo de mi familia, que no puedo pensar.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
Tengo un compañero a mi espalda que cada vez que dice la palabra “queco”, refiriéndose siempre a un muñequito 3D de esos que diseñan, me sube la mala hostia. No es su volumen, que también –valdría para locutor de radio-, no es él –me cae guay-, es la palabra. ¿Queco? ¿¿Queco?? A veces dice “quequito” y me puedo morir. Es la primavera. A mi lado está ahora mismo una pesada de la oficina de España, que es más pesada que una vaca en brazos, lleva vaqueros, polo celeste, una goma celeste para el pelo, unos pendientes celestes y ahora ha subido una pierna en la mesa y veo sus calcetines, también celestes. ¿Os lo podéis creer? Es un almendro en flor. La primavera también ha llegado a ella. Esto a mi izquierda, a mi derecha hay un ventanal que parece una estufa. La primavera ha llegado, hijos míos. Y no pidáis que os cuente algo de mi familia, que no puedo pensar.
El Nietzsche de los cojones
Me leo al Nietzsche éste de los cojones, que estaba como un cencerro –qué daño hizo en descerebrados tipo el Hitler- pero tenía razón en algunas cosas. Me lo leo ahora, mientras las televisiones se calientan con el tema del etarra éste también de los cojones, y no hago sino asentar mi ya de por sí asentada posición –qué lástima envejecer, cada vez está más seguro uno en sus posiciones, con lo necesariamente malo que debe ser esto-. Yo no creo que los alemanes hereden alguna clase de espíritu heróico y precioso que ha de prevalecer, qué antiguo quedó todo eso, y qué bajitos los alemanes si se les compara, por ejemplo con otros caucásicos centroasiáticos, pero sí creo que la cultura judía ha hecho mucho en contra de cierto tipo de progreso –el que tiene que ver con la felicidad de la raza humana en su conjunto-, y a favor del establecimiento de la sumisión de la plebe para regocijo –debe ser secreto, si no no sería regocijo- de la élite. Los judíos estuvieron encantados con el descubrimiento del poder del miedo y de la propaganda, y pasaron el testigo al cristianismo, que prosperó y perfeccionó en esa línea, y luego muchos estados aprendieron de ello y no veas si lo perfeccionaron a su vez. Vamos, que Madrid se llenó el sábado, y aquí siento decirlo pero yo lo digo, que decir debe ser libre, de productos de la manipulación.
Que un madrileño con un sueldo inferior a 70.000 euros anuales vote a Espe, usufructuaria por derecho carnal de una fortuna de empresarios, es algo que se me escapa. La desinformación hace estragos, pero estar desinformado y ver Telemadrid ya debe ser como de locos. O eso, o es que la mayoría de los pobres, o los no-ricos, de los que no estamos y probablemente no ingresemos jamás en la élite manipuladora, vamos, jamás se ha topado en serio con uno de éstos. Porque yo sí me topé. Y sé cómo son. Y he leído libros de historia y tengo sentido común. Y sé que si los votantes de Espe entendieran hasta qué punto a ella le importan un bledo la democracia, la política y el derecho romano –qué lástima lo de los romanos, que los bárbaros sólo nos dejaron precisos arcos apuntados, pero jodieron todo lo demás, y aquí empieza mi desacuerdo con Nietzsche-, estos españoles votantes, digo se echarían a temblar y jamás votarían a la beneficiaria de Aguirre-Newman. Que los ricos son otra cosa, chicos. Que tienen fiestas privadas y conversaciones que nunca creeríamos. Que su misión en la vida es seguir forrándose y eso de la “sociedad” en el sentido griego del término es algo de lo que se mofan, algo que ni siquiera creen que exista –y en cierta manera tienen razón-. Que digo que si votas a Espe, bueno, allá tú con tu conciencia -y con tu dinero, que es peor-. Pero de ahí a que te creas lo que proponen...
En fin, hablar del etarra y darle al tema la importancia que no tiene –el que aún crea que si De Juana muere o no dentro o fuera de una carcel tiene alguna relevancia “real” fuera la disquisición legalista o moral que levante la mano, que le sugiero otra pandilla con la que irse de copas, que si somos un grupo grande no nos dejan entrar en las discotecas-, hablar de esta movida, digo, me apetece cero, porque lo que pienso lo pensaba ya y la gente me mira raro, y yo sí creo en eso de la sociedad. Vamos, que me gusta tener amigos, aunque no lleguen a las mismas conclusiones que yo.
Y no os echéis las manos a la cabeza. Ni vosotros ni yo ni el mogollón de desinformados de la Castellana puede devolver a la vida a alguno de los muertos a manos del etarra, si a eso vamos. Aunque tal vez si el PP no hubiera adelantado 54 condenas antes de 2001… venga, ya me callo, que me lío. Quién sabe si yo también estoy desinformado.
En cuanto a lo importante, que es cómo me va con mi novio, pues os diré que las cosas no andan bien. Él se piensa que soy un monstruo con cuatro cabezas, escamas y agujeros en la nariz por los que cabría un melón blanco, y yo me pienso que él es, pues eso, como mi madre. Y en esas andamos. Hoy viene su familia de Venezuela, piensan quedarse unos cuantos meses. Mis padres se quieren ir a Aguilar cuando empiece el calor, los padres de Zoo vienen a Madrid, el Zoo se va a Dinamarca, Sergio –Pichina- se va a Palencia, yo no me voy a mi piso –ya os cuento otro día lo del frigo y de cómo rascar un congelador con un tenedor no es una buena idea-… para que luego digan que el calentamiento global sólo afecta a las mareas. Besos para todos.
Que un madrileño con un sueldo inferior a 70.000 euros anuales vote a Espe, usufructuaria por derecho carnal de una fortuna de empresarios, es algo que se me escapa. La desinformación hace estragos, pero estar desinformado y ver Telemadrid ya debe ser como de locos. O eso, o es que la mayoría de los pobres, o los no-ricos, de los que no estamos y probablemente no ingresemos jamás en la élite manipuladora, vamos, jamás se ha topado en serio con uno de éstos. Porque yo sí me topé. Y sé cómo son. Y he leído libros de historia y tengo sentido común. Y sé que si los votantes de Espe entendieran hasta qué punto a ella le importan un bledo la democracia, la política y el derecho romano –qué lástima lo de los romanos, que los bárbaros sólo nos dejaron precisos arcos apuntados, pero jodieron todo lo demás, y aquí empieza mi desacuerdo con Nietzsche-, estos españoles votantes, digo se echarían a temblar y jamás votarían a la beneficiaria de Aguirre-Newman. Que los ricos son otra cosa, chicos. Que tienen fiestas privadas y conversaciones que nunca creeríamos. Que su misión en la vida es seguir forrándose y eso de la “sociedad” en el sentido griego del término es algo de lo que se mofan, algo que ni siquiera creen que exista –y en cierta manera tienen razón-. Que digo que si votas a Espe, bueno, allá tú con tu conciencia -y con tu dinero, que es peor-. Pero de ahí a que te creas lo que proponen...
En fin, hablar del etarra y darle al tema la importancia que no tiene –el que aún crea que si De Juana muere o no dentro o fuera de una carcel tiene alguna relevancia “real” fuera la disquisición legalista o moral que levante la mano, que le sugiero otra pandilla con la que irse de copas, que si somos un grupo grande no nos dejan entrar en las discotecas-, hablar de esta movida, digo, me apetece cero, porque lo que pienso lo pensaba ya y la gente me mira raro, y yo sí creo en eso de la sociedad. Vamos, que me gusta tener amigos, aunque no lleguen a las mismas conclusiones que yo.
Y no os echéis las manos a la cabeza. Ni vosotros ni yo ni el mogollón de desinformados de la Castellana puede devolver a la vida a alguno de los muertos a manos del etarra, si a eso vamos. Aunque tal vez si el PP no hubiera adelantado 54 condenas antes de 2001… venga, ya me callo, que me lío. Quién sabe si yo también estoy desinformado.
En cuanto a lo importante, que es cómo me va con mi novio, pues os diré que las cosas no andan bien. Él se piensa que soy un monstruo con cuatro cabezas, escamas y agujeros en la nariz por los que cabría un melón blanco, y yo me pienso que él es, pues eso, como mi madre. Y en esas andamos. Hoy viene su familia de Venezuela, piensan quedarse unos cuantos meses. Mis padres se quieren ir a Aguilar cuando empiece el calor, los padres de Zoo vienen a Madrid, el Zoo se va a Dinamarca, Sergio –Pichina- se va a Palencia, yo no me voy a mi piso –ya os cuento otro día lo del frigo y de cómo rascar un congelador con un tenedor no es una buena idea-… para que luego digan que el calentamiento global sólo afecta a las mareas. Besos para todos.





