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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
The times they are a'changin'
Sí, hijos míos, los tiempos están cambiando.

A partir de ahora me encontraréis aquí. Actualizad vuestros favoritos, vuestros RSS, vuestras cabezas pensantes... lo que sea, pero acompañadme un ratito más...
 
El animal que yo llevo dentro
Ay, hijos míos, diréis que he tardado poco en volver a abandonar el blog, lectores pesimistas como sóis, pero ha sido algo mucho más prosaico: ¡he cogido anginas! Sí, como cuando era pequeño, que comía helados y pillaba anginas cada 15 días, sobre todo en agosto. Tengo las anginas como manzanas reinetas, pero yo no sabía que los tiempos habían adelantado una barbaridad con el tema de los antibióticos. Me han recetado uno que son sólo tres pastillas, y te las tomas cada 24 horas, y yo creo que es como las tabletas esas de Dixan que se van soltando poco a poco. Mira, no sé, pero santo remedio.

Mi estancia en casa 24h-a-day no ha sido tan dura como pensaba. Hace unos años, cuando tuve un gripazo que casi me barre, o así me sentía yo, más cerca del coro celestial que de la vida terrenal, la percepción febril que yo tenía era la de un condenado a galeras vigilado por comandantes moriscos de caras brillantes, deformes, ropajes suntuosos de morisco y látigos, lenguas incomprensibles, miradas furibundas. Eran mis padres, naturalmente, y mi madre es muy pesada –sobre todo porque tiene esa percepción de posguerra de que si te has puesto malo es por tu culpa-, pero la fiebre me llevaba a verlo así, y no fue agradable.

Pero las cosas han mejorado, y he descubierto varias cosas de quién soy yo en la enfermedad. Aunque hay cosas que no cambian –por ejemplo, cuando estoy malo me sigo masturbando lo normal, aunque el llamado clímax no es lo mismo-, yo no seré un buen enfermo. No señor. Me aburro. Y la fiebre me hace tener pensamientos oscuros. Son tan oscuros que no me atrevo a airearlos. ¿Serán mi verdadero yo? ¿Soy sólo la última capa de una cebolla que por dentro no es blanca sino púrpura, y después multicolor? Quién sabe. Me aferro a mi última capa, blanca y conocida, y tan confortable…

He descubierto, por ejemplo, que mi hermana melliza llama a mi madre todos los días y la tiene como gurú sentimental. Yo no tendría a mi madre como gurú sentimental ni aún bajo el efecto de hongos alucinógenos. Si tú eres hijo de mi madre y un día apareces por casa con un chico feo –muy feo, no feo como lo somos todos-, con muchos granos y piel lechosa, ella te diría:
-Vamos, date con un canto en los dientes. ¿Dónde vas a ir tú que más valgas?
Las carestías de la guerra –yo todo lo achaco a lo mismo-, la educación machista y en el miedo hacen de mi madre un verdadero peligro andante, en su condición de gurú sentimental. Su táctica es minarte la autoestima para que te sientas cómodo en tu agujero. Es una manera tal vez efectiva para acercarte a la felicidad –todos estamos de acuerdo en la cosa zen de no desear para ser feliz-, pero los seres humanos, a saber por qué, estamos condenados a ponernos en peligro aún a costa de la felicidad.

Y es que yo, por un lado, estoy con lo zen, pero por otro, hijos míos, una vez que asomas la cabeza a la noche, con sus esquinas oscuras y sus sonrisas relucientes, con sus falsas promesas –pero tan excitantes-, no estoy tan seguro que el impulso innato haya dejado de ser la procreación, y haya dejado su puesto ésta a la felicidad. La felicidad es para después de la menopausa, para después de las erecciones, para cuando el animal que yo llevo dentro –como lo denomina genialmente Battiato- nos ha dejado en paz. Antes de todo eso, y vale que es una era idealizada porque cada vez nos hacemos más viejos, no hay felicidad, ni paz, ni nada que se le parezca. Sólo hay pasión y búsqueda, y dolor en las esquinas, y placeres fugaces, explosivos por los que comemos, dormimos –a ratos-, cambiamos de trabajo y hasta matamos. Es cansado sí, pero por encima de todo, pongámonos como nos pongamos, es… inevitable.
 
De sicilianos y americanos
Claro que sí, Nuri. ¡Si yo me pongo melancólico con lo de los hijos porque yo quiero tener uno! Pero bueno, a ese niño habrá que darle un hogar y yo no tengo el mío propio aún. ¿Tarde? Sí ¿Demasiado tarde? Nunca. Así que dadme tiempo y veréis.

El sábado fui yo a ver al Battiato, que es más heavy que Motorhead cuando se pone, creedme, y salí con la sensación de haber asistido a un concierto cojonudo. Cierto es que el Palacio de Congresos de la Comunidad tiene peor acústica que el polideportivo viejo de mi pueblo (donde un buen raquetazo se oye hasta el día siguiente, y un ‘cagüendioshijoputacorreunpocoquenosestánmeando’ reverbera hasta el final de la liguilla). Yo echaría la culpa al Manzano, que lo vendió como el local de medio aforo para espectáculos que Madrid estaba esperando y luego seguramente le pasaría el proyecto al sobrino de su mujer, recién salido de la carrera pero con espíritu liberal, liberal como se entiende ahora, liberal según el Libertad Digital, y quedó en eso: un sitio insufrible, un engendro arquitectónico. Pero claro, diréis que soy un rojo recalcitrante, un masón intelectualoide –también según el Libertad Digital-. La cosa es que fui al concierto con un italiano y su novia española. A él le llegó esa arquitectura pretenciosa, está harto de ruinas, pero ella dio en el clavo:
-Pues a mí me parece un cuarto de baño gigante, con tanto marmol.
Así que me guardé para mí el flagrante hecho de que yo ya conocía el sitio, y desde sus inicios, que recién inaugurado recibí yo allí mi graduación de carrera pija. No tengo yo interés de que mi nuevo amigo italiano conozca un pasado tan turbio.

Después nos fuimos a tomar unas copas –otra de las cosas que yo tengo que hacer antes de tener un hijo es dejar de salir- y les llevé al Gris, naturalmente. Cualquiera que me conoza sabe que es mi bar favorito de la capital, y eso es decir mucho, pero es que estoy tan seguro de las bondades de dicho local que no me duelen prendas. Si no conocéis el Gris os perdéis un sitio con glamour. Y allí van los chicos más guapos de Madrid. Diréis que siempre estoy con lo mismo, que qué obsesión, que relaje la hormona, pero es que son guapos de verdad. Uno no puede pasarlo por alto. Pues en el Gris el italiano y la española se pusieron finos de copas, y me contaron un montón de cosas graciosas que ahora no recuerdo, porque la homeostasis celular en modo fin de semana me requirió su dosis de cerveza, y entre eso y que dividía mi atención entre ellos y un americano más prieto que el novio de la Demi Moore –y en cómo este se dejaba magrear por un español que a su vez se besaba con su novio-, pues no me acuerdo.

Eso fue muy bueno, oyes. El americano se plantaba de espaldas a nosotros y de pronto la mano del español se cirnió sobre su cintura, y el americano se arrimó, y el español besó a su novio, que lo abrazaba por otro lado completamente ignorante de que su pareja, para tener sólo dos manos, se las arreglaba muy bien con las relaciones transatlánticas, y una marea de gente entró en el Gris y se hizo paso a través del angosto pasillo, y el americano y la mano del español se fueron contra mis partes pudendas y yo caí encima del italiano y de su novia, que emitió un leve gritito, y todos durante un segundo participamos de una orgía internacional de primer orden. La escena se recompuso, el americano se deshizo del español, cuyo novio empezaba a estar más atento, y nosotros volvimos a nuestra conversación sobre Battiato y el handicap de ser siciliano en un mundo donde la Liga Norte es quien maneja el cotarro.