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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
El cumple de mi madre
¿Creíais que no lo iba a contar? ¿Creíais que habéis tenido suficiente de mi madre? ¿Creíais vosotras, hermanas mías, que me pongo alguna frontera en lo que concierne a nuestra intimidad familiar? Pues tal vez sí, pero aún ha sido descubierta. Así que lo contaré: mi madre, que nos invitó ayer a comer a todos los hijos, hijos de los hijos y allegados, le había metido el dinero a mi padre en el bolsillo y se lo había cerrado con un imperdible.
-Pues no hay un dios que lo saque -se puso mi padre, que llevaba peleando con el pantalón desde antes de pedir el postre.
-A ver si te vas a pinchar -le preveníamos. Y mi hermana Pilar, carcajadas.
Nosotros nos reímos mucho porque aquí, en esta casa, nadie ha abandonado del todo algún tipo de conducta pueblerina. No te pones imperdibles en los bolsillos -o te los coses con hilo, que también se ha dado- pero algún comportamiento paleto conservas.
-Mi madre también se lo hace a mi padre -dice Zoo, como si ello nos salvara de la quema.

¿Y por qué no se había puesto mi madre el dinero con el imperdible? ¿Qué quería, que los cacos se llevaran el dinero y el pantalón de mi padre y a mi padre con él? Porque los cacos no se amedrentan y casi es peor el remedio que la enfermedad, no sé si mi madre lo sabe.

El caso es que lo pasamos muy bien, y luego nos tomamos algo en las terrazas de Chueca. Era una pasada, mis padres adelantaban en 40 años al siguiente más joven de toda la plaza y ahí estaban, disfrutando del panorama. El Zoo aguantó -gracias Zoo- por enésima vez mi broma de que tiene la nariz operada, pero es que mola, porque sueltas, de pronto:
-Pues el zoo se hizo la estética en la napia.
Y dieciséis ojos se posan en su nariz y la gente tuerce el gesto y alguien atrevido pero conciliador suelta:
-Ah, pues te la han dejado muy bien. ¿Pero cómo la tenías, más aguileña?
Y Zoo empieza, con su paciencia infinita:
-No la tengo operada. A ver, sí, es que tenía el tabique desviado y de pequeño...
Y yo le corto:
-Vamos, que se hizo un dos por uno -y ahí, ya sin remisión, Zoo tiene que emplear quince minutos de su vida explicando que no, que fue algo únicamente patológico. Pero ya todo el mundo le mira la nariz para siempre. Yo es que me parto. Puedo ser muy pesado, es cierto, pero es que no lo puedo evitar. Qué fácil es hacerme feliz.

Bueno, hijos míos, voy a volver al trabajo, a ver si encuentro en alguna esquina del Photoshop algo de la motivación laboral que últimamente me falta. Besos para todos.
No