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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
La mudanza
El sábado pasado ayudé a Zoo a hacer su mudanza. Alquilamos una furgoneta y nos hicimos a la M-30 como navegantes pioneros a la mar. Pero el romanticismo terminó pronto, porque la M-30 no es el Pacífico Sur -más bien parece el puto Scalextric de Dios-, Zoo y yo no estábamos llenos de grandes ideas sino de mierda hasta las cejas y, por supuesto, nuestro destino no era una isla llena de mangos sino un quinto piso entre las obras de la M-30 -uno no sabía ya si el Manzanares te pasaba por encima o por debajo de la cabeza- y esos parques tenebrosos de Usera. Lo que sí nos unía a los conquistadores de antaño, pongamos a Cristobal Colón, es que nosotros también hicimos tres viajes. E igual de jodidos.

Si no llegamos a las manos fue porque también nos acompañaba el novio de su hermana. Pero pensé que íbamos a protagonizar una pelea callejera cuando Zoo me dijo:
-Cuidado con el ventilador.
-¿Qué ventilador? -y tiré de la cama plegable sin esperar respuesta. Trataba de sacarla de la furgoneta. Sonó catacrás a mi espalda. Ese ventilador ya nunca más daría aire frío. A partir de entonces, nuestra tarde fue una sucesión de insultos y miradas asesinas. Nos faltaba azucar en el cerebro, eso hubiera dicho mi hermana Pilé -para quien todos los problemas derivan de que a la gente le falta azucar en el cerebro, y yo estoy de acuerdo con ella-, y es que no paramos a comer y estuvimos de acá para allá desde las doce hasta las seis de la tarde.

Yo creo que si se pusieran uno encima de otro todos los kilos de mercancía que yo cargué aquel día podría reducirse Torre Picasso a una moneda de diez céntimos. Muy fuerte. El Zoo tiene abrigos como si hubiera vivido siete vidas -también porque varios de ellos parecen más apropiados para cuando mi abuelo aún no había hecho caja-. Y mesas, y camas, y varias maletas cargadas hasta los topes, y cajas de cartón llenas de libros de química, apuntes, bolsas que contenían decenas de bolsos a su vez... como os digo, tres viajes repletitos hasta arriba -no perdamos de vista que lo que llenábamos era una furgoneta de carga-.

Y nos hablábamos en plan:
-Zoo, ¿te importaría ayudarme un poco con este somier? Se me está resbalando.
-Dame un segundo, por favor, que estoy terminando de desmontar la aspiradora -todo eran tonos gélidos e irreprochables, y el aire podía cortarse entre ambos. Y la Rosita doblándole cuidadosamente las camisas pijas, y yo, en bajito:
-Méteselas de cualquier manera que hay que devolver la furgoneta y no hay tiempo -que se jodiera.

A las siete de la tarde comimos en un chino horrible y el Zoo me dijo, en mitad de una conversación cruzada:
-¿Luego vas a tener tiempo para que hablemos un segundo?
-Cómo no -y le solté una de mis miradas y seguí hablando con la Rosita sobre lo distinta y exquisita que es, en realidad, la comida china tradicional.

Así que, entre que lo hablamos, discutimos, nos enfadamos, estuve a punto de irme a mi casa y nos arreglamos, nos dieron las siete de la mañana. No está mal, ¿no? Como podéis ver, siempre hay alguien más tonto que tú. Besos para todos.
 
Comentario:
pero qué vago estás!!!.. hace días que no nos cuentas na..
aaaay, señor!! va a ser el amor..¿?

bsins.
No