Antonia San Juan y los padres del Zoo
El sábado temprano aterrizó un avión procedente de Caracas y vomitó sus entumecidos pasajeros, entre ellos los padres de Zoo. Y allí estaban el Zoo y su hermana y el novio de ésta, mientras yo entraba en mi tercera hora de sueño en Pozuelo, y les dieron el recibimiento que unos padres se merecen: abrazos y cantidades de amor filial, ¿qué otra cosa iba a ser?
Pero el buen rollo, por mi parte, se terminó cuando el sábado por la tarde, cuando aún me dolía la mandíbula por la culpita de la Antonia San Juan -no os perdáis sus monólogos en el Alfil- me llama el Zoo y me dice, más o menos, que sus padres no quieren verme ni en pintura.
¿Cómo ha de sentirse uno, hijos míos? Pues me piqué y a tal efecto se lo hice saber al Zoo. Yo soy muy comprensivo, bien lo sabe Nuestra Señora del Abrigo de Pana, y he leído lo suficiente como para entender que la sabiduría extrema es aquella que promulgan los filósofos zen, con lo de que no hay que desear, porque el deseo lleva a la frustración y ésta a las canas prematuras y a las arrugas y hasta a la impotencia, y todo esto al lado oscuro. Y tal vez yo no sepa poner freno al deseo, y tal vez deseaba estrechar la mano del padre de mi novio y agacharme y dar dos besos a su madre, tal vez acompañarlos en un paseo vespertino por el Madrid de los Austrias, que me sé muy bien Madrid, como nos pasa a todos los que somos de fuera pero vivimos aquí.
¿Por qué lo deseaba? Qué sabe nadie, y cito al Raphael. El hecho es que la frustración sobrevino, así que se me atascó el lacón de La Bardemcilla -allí creo que lo llaman "Lacón Mar Adentro"- y llegó el Zoo y me regaló unos bombones exclusivos que, al parecer, me había traído su madre, que era lo más cerca que ella iba a estar de mí jamás, y luego nos fuimos a tomar unas copas, y de camino a casa me pongo:
-Hostias.
-¿Qué?
-Me he dejado los bombones en el bar -musité, el vaho de Ciudad Universitaria salía por mis narices húmedas.
Os podéis imaginar el cristo; que si me los había dejado queriendo, que su madre se había recorrido media Valencia -urbe venezolana natal de esta familia- para conseguirlos... y todo esto ante la interesante perspectiva de montar en el coche y acercar a mi novio a casa -Scalextric de la M-30 incluído, esta vez sepultado en la niebla para añadir tensión argumental al capítulo-, darle un beso en la frente, no sea que papi mirara por la ventana, y hala, cada uno a su casa.
Yo siempre pensé, así como en una especie de ideario vital, que las cosas que cuestan esfuerzo son las que merecen de verdad la pena. No es que todo esto me esté costando un esfuerzo de los terribles, pero sí me pregunto si de verdad merece la pena. Besos para todos.
Pero el buen rollo, por mi parte, se terminó cuando el sábado por la tarde, cuando aún me dolía la mandíbula por la culpita de la Antonia San Juan -no os perdáis sus monólogos en el Alfil- me llama el Zoo y me dice, más o menos, que sus padres no quieren verme ni en pintura.
¿Cómo ha de sentirse uno, hijos míos? Pues me piqué y a tal efecto se lo hice saber al Zoo. Yo soy muy comprensivo, bien lo sabe Nuestra Señora del Abrigo de Pana, y he leído lo suficiente como para entender que la sabiduría extrema es aquella que promulgan los filósofos zen, con lo de que no hay que desear, porque el deseo lleva a la frustración y ésta a las canas prematuras y a las arrugas y hasta a la impotencia, y todo esto al lado oscuro. Y tal vez yo no sepa poner freno al deseo, y tal vez deseaba estrechar la mano del padre de mi novio y agacharme y dar dos besos a su madre, tal vez acompañarlos en un paseo vespertino por el Madrid de los Austrias, que me sé muy bien Madrid, como nos pasa a todos los que somos de fuera pero vivimos aquí.
¿Por qué lo deseaba? Qué sabe nadie, y cito al Raphael. El hecho es que la frustración sobrevino, así que se me atascó el lacón de La Bardemcilla -allí creo que lo llaman "Lacón Mar Adentro"- y llegó el Zoo y me regaló unos bombones exclusivos que, al parecer, me había traído su madre, que era lo más cerca que ella iba a estar de mí jamás, y luego nos fuimos a tomar unas copas, y de camino a casa me pongo:
-Hostias.
-¿Qué?
-Me he dejado los bombones en el bar -musité, el vaho de Ciudad Universitaria salía por mis narices húmedas.
Os podéis imaginar el cristo; que si me los había dejado queriendo, que su madre se había recorrido media Valencia -urbe venezolana natal de esta familia- para conseguirlos... y todo esto ante la interesante perspectiva de montar en el coche y acercar a mi novio a casa -Scalextric de la M-30 incluído, esta vez sepultado en la niebla para añadir tensión argumental al capítulo-, darle un beso en la frente, no sea que papi mirara por la ventana, y hala, cada uno a su casa.
Yo siempre pensé, así como en una especie de ideario vital, que las cosas que cuestan esfuerzo son las que merecen de verdad la pena. No es que todo esto me esté costando un esfuerzo de los terribles, pero sí me pregunto si de verdad merece la pena. Besos para todos.
Comentario:
Qué si hombre Jul que de eso se trata, de ir superando las dificultades, q te lo tengo dicho. Ad+ ya se te ha olvidado cuando la Rosi tb se ponia tensa antes de conocer a Zoo y no le dejó subir a casa a cambiarse el bañador?
Besitosssss
Besitosssss
Comentario:
JULITROSSSSS TRONCOOO ¡cuánto tiempo! Oye, qué cojones, claro que merece la pena, por ti más que nada y también por Zoo. Si yo fuera madre de Zoo, joder, me iba a ir sin conocerte, menuda gilipollez, a lo mejor necesitan tiempo para vete a saber qué. Hay mucho padre reacio a conocer las parejas de sus hijos. Anda y que les den. Besos
Comentario:
¿Te regalan bombones exclusivos pero no quieren ni verte? Yo ya no entiendo nada...





