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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Domigo en casa del Zoo
El Zoo no tiene conosimiento ni lo ha conosío -pequeño homenaje a las madres murcianas anónimas-. Oyes, que es la segunda vez en nueve meses que llevamos de relación -que vamos a romper aguas, oiga- que está a punto de espicharla por comer marisco. Que no es marisco, que en realidad la palmaría por comer cualquier cosa que salga del mar y que no sea un pez. Que se pone malísimo, vaya. Que se tiene que tomar no sé qué pastilla inmediatamente o se queda con la cara más inflada que el gordo de Seven. Y es que, encima, el Zoo es lo que yo definiría como un grupo de riesgo: en su esquema de vida, la gula no es un pecado capital, es su modus operandi, la razón de sus días, el motivo para despertarse cada mañana. No puedo con él.

Pues que se vino la Rosita todo diligente con dos bolsas de comida para preparar -a las tres de la tarde, con lo que comimos a las cinco, pero es que la Rosita es de Hong Kong y no le puedes pedir más con occidente- y mira que pensó en él y trajo pollo además de gambas, pero le echó a todo una salsa que ponía "salsa de ostras" y nosotros pensándonos que era agridulce. Pero no fue eso lo que casi mata al Zoo, de haber sido eso no hubiera sido la gula, sino la negligencia. Y os digo que, en su caso, es la gula. Y es que, como tenía mucha hambre y no quería esperar, la emprendió con un plato de macarrones que había hecho su hermana y que habían quedado de otro día, y resulta que tales macarrones tenían chipirones. Mira, yo que sé. El caso es que se hiperventila exactamente a los ocho minutos y se pone fatal y se tiene que tomar la pastilla, y luego se tira el resto de la tarde como si se hubiera fumado un peta. Él, que es tan anti drogas ilegales -ya que de las de venta en farmacia tiene un neceser lleno-.

Pero estuvo bien la velada en casa de Zoo, porque a su cuñado, que me conoce y se conoce a sí mismo, le dio por servir whiskys de dos en dos, uno para él y otro para mí, y cayeron como cuatro -Red Label con agua del grifo- a lo largo de la jornada, el primero mientras picábamos pimientos para la receta de la Rosita. Para el último, el Zoo y su hermana nos miraban fatal, en plan parienta mosqueada. Te reías. Y vimos el vídeo de la boda -impagables esos directores anónimos, como las madres murcianas, amantes del zoom y de la panorámica que más que filmar parece que te hacen una radiografía- y me descojoné con el Miguelito -el ya esposo, mejor que novio, de la hermana de Zoo-, que una cosa es que fuera una boda informal, pero eso de no quitarte el abrigo en toda la ceremonia, por corta y civil que fuera, oyes, es pasarse. Que no vas a sacar una entrada para el cine, joder, que te estás casando. Pero es un puntazo, el Miguelito, un tío genial. Ya se lo dice el padre del Zoo en el vídeo, que ahora tiene tres hijos y una hija, y que lo importante, dice, con ese tono que delata procedencia docente, es "con quién te has casado, hija, ahora no puedes sino estar a la altura de las circunstancias por quien ya ocupa un lugar en nuestro corazón". Y no seáis cabrones, no queráis hacerme hablar. Que sóis unos cabrones. Besos para todos.
No