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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Flow
Cuando yo era adolescente quería ser como Bruce Springsteen. Pero me faltaban varias cosas: haber nacido en un país anglosajón -ellos inventaron el pop-, haberlo hecho quince años antes, cuando aún no estaba todo dicho en el rock y aquello era una industria emergente, haber sido educado en la valentía y en el presente en vez de en el miedo y en el futuro, y -aquí empiezo a echarme la culpa, no os preocupéis- haber tenido más huevos. Os preguntaréis por qué no echo de menos el talento para esta teoría. Muy bien, hijos míos, tachadlo de vanagloria, pero creo que el talento lo hubiera sacado de algún sitio.

En cualquier caso, escucho alguna de las canciones olvidadas de Bruce que cuelgan de su web y sonrío, imaginando lo afortunado que se debe sentir uno cuando el producto de su estado creativo -lo que los psicólogos llaman "flow", esa especie de trance en el que entra alguien que ocupa su mente con absoluta concentración en una tarea intelectual que le llena de placer- entretiene a millones de personas y, qué hostias, te da dinero para vivir exactamente como te sale de ahí. De hecho, te da dinero como para que un vagon cargado de seres queridos vivan exactamente como les sale de ahí.

Me he comprado un portátil con el único objetivo de reconciliarme con los estados "flow" -bueno, y con el de actualizar mi currículum-. Ya no sueño con ser como Bruce. Pero yo, hijos míos, acumulo varios miles de horas de "flow" a mis espaldas. Y quiero volver a sentirlo. Porque ser feliz en sociedad está bien, tu novio está bien, la gente, las copas y la noche están bien, incluso el trabajo -cuando lo hay y te gusta- está muy bien. Pero encerrarte en ti mismo guitarra en mano, componer una canción en la cabeza, sumirte en la delicada arquitectura de melodías, ritmos, letras y pistas, bajos y baterías, arreglos y quintas vocales, antes siquera de haber tocado una cuerda o pulsado una tecla, es como un orgasmo prolongado. Las horas pasan y no te das cuenta, el mundo exterior y las personas que lo habitan puede esperar. Las endorfinas inundan tus venas como un embalse abierto en primavera para regar las vegas contiguas. Hostias, que te hace feliz y te rejuvenece y se lleva el estrés y se lleva todo lo de mezquino que tiene la vida en occidente -según cuentan, la de oriente también tiene de mezquino-.

Así que ayer, que había quedado con el Zoo para celebrar el día de los enamorados, dediqué un poco más tiempo del debido a instalar una tarjeta de sonido especial para la grabación digital de música en mi flamante portátil, y el chico se coscó. Él, que me había regalado un gorrito de lana con Bart Simpson haciendo de Frankenstein -"Bartenstein"- y se había venido a cenar a mi casa, y lo dejé explicándole los cánceres de mama a mi madre y a mi hermana, y yo me fui a ver por qué cojones mi programa de mezclas no pillaba el ASIO de la tarjeta, necesario para evitar la "latencia" en mis grabaciones, y entré en estado de "flow" y se me fue la olla y me tocaron en el hombro:
-¿Oye, te importaría no dejarme solo con tu madre y con tu hermana? Son las once y me tengo que volver y no me has hecho ni puto caso.
Me quité los cascos de la cabeza y me di cuenta de que, en los últimos tiempos, le había cogido el gusto a compartir mi tiempo con alguien. No sólo eso. Estaba aprendiendo a darme a alguien. Y bueno, me gustaba así. Porque era capaz de recordar que, incluso cuando el "flow" constituía el principal atractivo de mi vida, echaba de menos el tener un noviete guapo y majo y todas esas cosas. Y joder, ahora lo tengo. Así que tendré que arreglármelas para que el "flow" no encuentre como daño colateral que mi novio me mande a tomar por culo. Es lo que tengo, que lo quiero todo. Bueno, ni siquiera esto es cierto. Pero lo dejaremos para otro post. Besos.
No