Les juntamos y que sea lo que Dios quiera
Oyes, que nos vamos a un pueblo perdido de la sierra de Valencia -yo me hice esa misma pregunta que bulle en vuestra cabeza, "¿pero Valencia tiene sierra?"-, a sesenta kilómetros de la capital, a ver si pillamos cacho de Fallas. Y nos vamos un grupo heterogéneo, como esos de los que gusta el Hollywood independiente: el Sergio -"Pichina", y no repetiré más veces, que ya va siendo hora de conocerle por su nombre auténtico-, la Rosita, el Zoo y yo. La Rosita y el Sergio hicieron muy buenas migas el sábado pasado, y hasta ahí puedo leer. Yo no entro ni salgo en las conversaciones nocturnas de la Rosita con un compañero de laboratorio, y las risas que se pasa ella consigo misma durante el transcurso de éstas -que la tenemos dicho que si no quiere nada con ese chico, lo cuál está por ver, que no le baile el agua, que en España tenemos una palabra muy fea para eso-, como tampoco me voy a meter en la vida privada que-no-me-grabes-coño del Sergio, que además me consta que la otra parte me lee y no quiero incurrir en efectos mariposa. Lo que está claro es que les vamos a meter a los dos en una misma habitación, y que sea lo que Dios quiera. Que si Dios y/o las feromonas no quieren, no querrán, pero espero que el Sergio tenga la delicadeza de no poner la mesita de noche entre las dos camas, como hacía cuando dormía conmigo, que se pensaba que ser marica era sinónimo de obseso sexual, y oye, no me tiréis de la lengua, pero en principio no es lo mismo.
Hoy es el cumple del Zoo, y, ¿sabéis lo que voy a hacer? Es que no está en Madrid, está en El Escorial atendiendo a unas jornadas donde les ponen fotos de cánceres y acto seguido les invitan a comer un filete poco hecho. Pues voy a subir por sorpresa a celebrar el cumple con él y sus compañeros. Lo he consultado con su amiga Little -la llama así, qué queréis que os diga- y me dice que sí, que lo haga, que le va a hacer ilusión. La última vez que me presenté por sorpresa en un sitio me dieron por culo, y si bien fue sólo en sentido figurado, dolió bastante. Claro, que aquel era un imbécil y este no, aunque aquel me traía ositos de fresa y los ositos de fresa, a causa de mi sorpresa bajo las palmeras polvorientas de la estación de Atocha, se terminaron de raíz.
Lo que yo digo es que las sorpresas amorosas sólo gustan en las películas, porque en la vida real tú estás a tu rollo, bebiendo o fumando -lo que en mi caso estaría a la altura de que me pillaran con otro, por ejemplo, es que el Zoo es muy radical con aquello de la salud-, flirteando con alguien, fardando o contando un chiste grueso, y te pilla fatal la sorpresa, porque tenías el chip en otro lado. No sé, a lo mejor a vosotros no os pasa, pero es que a mí me tiene muy dicho mi hermana Mari que soy un cantamañanas, y como mi vida adulta se caracteriza por un empeño en dejar de serlo -para mí madurar consiste en ser cada día un poco menos cantamañanas-, pues seguro que algo así me pasaría. Joder, vosotros seréis perfectos. No te digo...
El caso es que estoy decidido a dar mi sorpresa, pero no soy gilipollas, tengo el teléfono de Little para asegurarme de que no hago el imbécil. La llamaré con tiempo para no ser inoportuno -también tengo que tener cuidado con el asunto de que Zoo no está del todo fuera del armario en su curro, y tengo un barullo mental con quién lo sabe y quién no-.
Pero bueno, lo que mola es lo de Valencia y su sierra. Allí nos plantaremos el sábado y será la primera vez en mi vida que mis ojos vean el Mediterráneo. Lo juro. A mis 32 años. Joer, que me gusta eso de que me queden tantas cosas por vivir. Besos para todos.
Hoy es el cumple del Zoo, y, ¿sabéis lo que voy a hacer? Es que no está en Madrid, está en El Escorial atendiendo a unas jornadas donde les ponen fotos de cánceres y acto seguido les invitan a comer un filete poco hecho. Pues voy a subir por sorpresa a celebrar el cumple con él y sus compañeros. Lo he consultado con su amiga Little -la llama así, qué queréis que os diga- y me dice que sí, que lo haga, que le va a hacer ilusión. La última vez que me presenté por sorpresa en un sitio me dieron por culo, y si bien fue sólo en sentido figurado, dolió bastante. Claro, que aquel era un imbécil y este no, aunque aquel me traía ositos de fresa y los ositos de fresa, a causa de mi sorpresa bajo las palmeras polvorientas de la estación de Atocha, se terminaron de raíz.
Lo que yo digo es que las sorpresas amorosas sólo gustan en las películas, porque en la vida real tú estás a tu rollo, bebiendo o fumando -lo que en mi caso estaría a la altura de que me pillaran con otro, por ejemplo, es que el Zoo es muy radical con aquello de la salud-, flirteando con alguien, fardando o contando un chiste grueso, y te pilla fatal la sorpresa, porque tenías el chip en otro lado. No sé, a lo mejor a vosotros no os pasa, pero es que a mí me tiene muy dicho mi hermana Mari que soy un cantamañanas, y como mi vida adulta se caracteriza por un empeño en dejar de serlo -para mí madurar consiste en ser cada día un poco menos cantamañanas-, pues seguro que algo así me pasaría. Joder, vosotros seréis perfectos. No te digo...
El caso es que estoy decidido a dar mi sorpresa, pero no soy gilipollas, tengo el teléfono de Little para asegurarme de que no hago el imbécil. La llamaré con tiempo para no ser inoportuno -también tengo que tener cuidado con el asunto de que Zoo no está del todo fuera del armario en su curro, y tengo un barullo mental con quién lo sabe y quién no-.
Pero bueno, lo que mola es lo de Valencia y su sierra. Allí nos plantaremos el sábado y será la primera vez en mi vida que mis ojos vean el Mediterráneo. Lo juro. A mis 32 años. Joer, que me gusta eso de que me queden tantas cosas por vivir. Besos para todos.





