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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Convivencias
La primera vez que probé un porro fue en las convivencias previas a la confirmación -el sacramento-. Aguilar de Campoo, hijos míos, Palencia, 1990. 2 AM. Pasábamos el fin de semana en un monasterio en medio del campo, bebidas prohibidas -las botellas no cabían en un saco de dormir-, los chicos dormíamos en un ala del edificio y las chicas en el otro, la Fernanda -una monja vestida de paisano, gafas de culo botella y pelo de escarola- dormía con su saco en en medio del pasillo que separaba ambas.
-Hay que llegar a la habitación de las tías como sea -dijo Pedro Sierra-, tienen el mechero.
La cocina salvaba el pasillo por un lado, aupamos a Pedro Sierra entre Luis Doce y yo a través de un ventanuco alto, subiéndonos en una cacerola gigante -de esas para dar de comer a cien mil monjas-.
-Que no puedo respirar. Hostia, la Fernanda -murmuró Pedro, medio cuerpo dentro, medio fuera-. El ventanuco, lejos de dejar el obstáculo atrás, se levantaba justo encima del saco de la Fernanda y de la propia Fernanda dentro, roncando. Sí, roncaba. Luis Doce le dio un último empujón y Pedro Sierra cayó al otro lado. "Te acabas de pasar" apunté. Un golpe sordo, un grito, carreras por la cocina, portazos, diversas menciones a los santos del cielo.

Más tarde, a Luis Doce se le caería el porro por la ventana de nuestra habitación -"mierda, es el último que nos quedaba"-, se arrojaría al vacío en mitad de la noche sin pensárselo dos veces y aterrizaría en una mata de ortigas. En calzoncillos. Empezó a dar saltitos, nunca había escuchado aquel sacro claustro juramentos semejantes. La Fernanda lo hubiera atribuído a la justicia divina, pero nunca se enteró. Fue la última vez que los aspirantes a confirmación se irían de convivencias en mi pueblo.

Siempre hubo curas e iglesia rondando por ahí durante nuestra adolescencia. Yo salí del armario por primera vez con un cura. Quince años. No os imaginéis nada sórdido, era un cura muy enrollado. Se lo conté, lloré lo que quise en su despacho y luego me relató sus deslices con las mujeres, como para ponerse a la par. "Como sacerdote te diría que eso no está bien, pero como ser humano te digo que olé tus cojones". Tal cuál me dijo. Después nos fuimos a un bar al otro lado de la plaza y nos tomamos un calimocho. Fue importante para mí. Si soy ateo no es por culpa de los curas enrollados que aún quedan.
 
Comentario:
a mi me encantan los porros, aunque ultimamente me fumo uno y me quedao muelta
No