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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
El opio del pueblo
El amor es un invento del cine. Si no fuera cine y fuera la World Wide Web -ámbito que, creáis que no, domino-, diría que el truco está en generar contenidos. Los escritores de guiones y los escultores y los poetas y todos los listillos que durante siglos se erigen en portavoces del sentimiento las pasan putas por culpa del deseo sexual y de la falta de permanencia inherente a nuestra raza, y a todos los complejos, necesidades y egoísmos varios que surgen de estas carencias los agrupan bajo el epígrafe del amor. Así que uno, que cuando es niño es espectador, aprende que eso del amor es muy importante y necesario. Pero no es cierto. Lo que pasa es que lo aprendes a fuego, total que sí que termina siendo necesario. Es como la Nocilla. No necesitabas Nocilla en tu vida, a no ser que la hubieras probado una vez. Y no quiero decir que una vez que pruebas el amor repites, no soy tan tópico; digo que el amor -el objeto amado, I mean- es una muleta a cuya sujección te acostumbras. Pero podrías venir apoyándote en otra cosa.

Y es un lío. Dices "te quiero" cuando justo piensas que no quieres, cuando esperas oír lo recíproco a continuación, cuando vas a pedir algo que no sientes que te merezcas. Nunca dices "te quiero" cuando quieres. Cuando quieres sonríes y te dejas llevar. Y no siempre quieres cuando tienes al objeto de tu amor delante. Quieres porque deseas, porque la vida se pone cuesta arriba y te sientes como un niño que pierde la mano de su mamá. Y te preguntas a ti mismo: ¿qué necesito para dejar atrás tanto desconsuelo? De pequeño te bastaba con meterte el dedo en la boca. Después necesitabas un bocadillo de Nocilla. Ahora necesitas ser querido, respetado y comprendido por uno de tus congéneres. O que tú lo creas, que tanto da.

Encuentro recientemente en mi familia -y otros animales, como titulara Durrell, el hermano del de lo de Alejandría- ejemplos claros de desorientación. Porque claro, es un coñazo que aprendas que de verdad necesitas Nocilla en tu vida. Si lo aprendes mucho, realmente la necesitas. Necesitas Nocilla y un cuchillo y un poco de pan y que la Nocilla no esté dura y que lo blanco no se haya acabado y hasta que quede un poco en la tapa, para pillarlo con el cuchillo -previa dentera, si rascas el plástico azul- y llevártelo a la boca. Son un montón de necesidades alrededor de la Nocilla, y no digamos de tu pareja. Y es que habías aprendido que ésa era la persona, que era única, que sólo las cosas que hacías con ella son las que te gustan. Nunca nada más en el mundo te gustará jamás por los siglos de los siglos, si no es con esa persona.

Falacias. Todos hemos sido personas antes de las personas que amamos. Todos disfrutábamos de cosas e ignorantes de dicho congénere en concreto. Todos nos iremos solos, igual que vinimos solos -esto no es cierto del todo, porque los mellizos vinimos acompañados-. Animo a mis lectores que aman y aún no están decepcionados o no dan nada por hecho, a los que aman apasionadamente y como en las películas, a los que se sienten soprendidos por algún revés amatorio, a mis lectores que se comen la cabeza, vamos, a recordarse a sí mismos el día de antes de conocer al sujeto amado o desamado en cuestión. Y no me vale eso de "estaba en un pozo". Eso no es cierto. Estábais de puta madre. Fijo. O no mucho peor que ahora. Que el amor, como la Nocilla, es una cosa mundana.

Jaaaaaaarrr!!

Toda esta paja mental del amor viene porque mi vida laboral se bifurca y dudo qué hacer, a pesar de estar ya pisando la isleta, las largas inundando de blanco cegador el chirimbolo de plástico verde con dos flechas opuestas. Puede que no se bifurque, que adelante acontecimientos, pero hostias, me siento bifurcado y dubitativo y tocado los cojones. ¿Os habéis fijado que cuando estóy imbécil anímicamente no hay ni una sola cosa en el mundo que no sienta torcida? ¿Seré gilipollas? Con lo felices que érais vosotros y yo cuando os hablaba de mi tía la monja que me pillaba en calzoncillos.

Os decía que el amor es el opio del pueblo. Pero qué más da, si con el opio ves gigantes en vez de molinos como si en verdad fueran gigantes. Pues lo serán. Estaremos tan atados como decidamos sentirnos. Y yo veré tantos cruces de caminos como quiera ver. Besos para todos.
No