el hijo de Juliete
Alguien me dice en un comentario que si puedo hablar con mi padre –Juliete- para arreglar una moto. La intención es buena, incluso arranca un deje de añoranza, pero no way. Mi padre hará diez años que no toca una moto. Traspasó el negocio. Pero vamos, hace ya una eternidad. Hubo un momento, a finales de los noventa, en que mi padre me dijo:
-¿Quieres el negocio?
Yo me lo pensé durante doscientos nanosegundos –bastante menos que una milésima de segundo- y respondí:
-No.
-Tú sabrás.
-No, no sé nada. Pero no.
A lo mejor es justificarse, pero creo que mi padre deseaba esa respuesta. Primero, porque le gustaba que su hijo siguiera su propio camino, aunque fuera un camino que él no entendiera muy bien. Segundo, porque recordaba muy bien los pies fríos del invierno, las noches en vela despiezando un motor, los fines de semana llevando motos nuevas a pueblos recónditos -servicio a domicilio y puesta en marcha gratuitos, cortesía de Ramos Enterprises, que mi madre sabía mucho de márketing pero era porque ella no tenía que pillarse el coche e ir a entregar una moto a San Periquitín del Baile en mitad de la nevada-. Seamos honestos: mi padre quería mandar el negocio a tomar por culo. Le importaban un cojón de pato la cartera de clientes, el valor de la marca y todas esas pijotadas. No creía en la empresa, y hacía bien –cualquiera que crea en la empresa por encima de lo que alcanza su sueldo o el valor de sus acciones es gilipollas y merece todos los disgustos y todas las canas que su posición burguesa e inconsciente le otorgue-. La empresa había sido su modo de vida, no el objeto de ella. Cuando llego el momento de mirar por la propia existencia, cerró la puerta, traspasó el negocio sin miramientos y se fue a su casa.
Sin embargo, para no ser un exclavo de la absurda de idea de empresa, mi padre fue el pináculo –para estos ojos, al menos- de lo que una empresa debe ser, según el tercer estadio de la mercadotecnia –el que ahora rula, el de el cliente por encima del todo-. Sacrificó sus fines de semana, atendió a todos y cada uno de los potenciales clientes que traspasaban aquella puerta de metal con una sonrisa en la boca y se preocupaba sinceramente de que sus problemas o necesidades encontraran solución. Siempre le vi hacerlo. Jamás le vi incumplir con su trabajo, aunque le costara horas extras o salud. Y me enseñó mucho a distinguir la necedad de lo demás. Porque cuando alguien era necio sonreía aún más y se compadecía.
Total, que mi padre pasa olímpicamente de motos, así que cuaquier queja, al defensor del pueblo. Ahora que lo pienso, el otro día entro por la puerta de casa y me encuentro una BH de niño de color rosa en mitad de la entrada. Una de dos, o mi hermana melliza había adoptado una niña crecidita o la típica regresión de las personas mayores a la niñez –por parte de padre o madre- había llegado demasiado lejos. Pero no. Era que mi padre iba a arreglar la bici de la hijita de algún vecino.
Recuerdo el olor de las bicis viejas y de la grasa, del agua sucia donde buscabas los pinchazos y de las chispas de la afiladora de motosierras. Recuerdo el sonido del motor de inflar ruedas y el de la muela de lijar, y más olores, el de virutas de cartón cuando sacabas una bici nueva, el del jabón para limpiar la grasa… oh, me he emocionado. Que no me he emocionado, joer, que es que me ha caído un correo de Alemania como aquel cielo que caía sobre la cabeza a los galos. Buen fin de semana a todos.
-¿Quieres el negocio?
Yo me lo pensé durante doscientos nanosegundos –bastante menos que una milésima de segundo- y respondí:
-No.
-Tú sabrás.
-No, no sé nada. Pero no.
A lo mejor es justificarse, pero creo que mi padre deseaba esa respuesta. Primero, porque le gustaba que su hijo siguiera su propio camino, aunque fuera un camino que él no entendiera muy bien. Segundo, porque recordaba muy bien los pies fríos del invierno, las noches en vela despiezando un motor, los fines de semana llevando motos nuevas a pueblos recónditos -servicio a domicilio y puesta en marcha gratuitos, cortesía de Ramos Enterprises, que mi madre sabía mucho de márketing pero era porque ella no tenía que pillarse el coche e ir a entregar una moto a San Periquitín del Baile en mitad de la nevada-. Seamos honestos: mi padre quería mandar el negocio a tomar por culo. Le importaban un cojón de pato la cartera de clientes, el valor de la marca y todas esas pijotadas. No creía en la empresa, y hacía bien –cualquiera que crea en la empresa por encima de lo que alcanza su sueldo o el valor de sus acciones es gilipollas y merece todos los disgustos y todas las canas que su posición burguesa e inconsciente le otorgue-. La empresa había sido su modo de vida, no el objeto de ella. Cuando llego el momento de mirar por la propia existencia, cerró la puerta, traspasó el negocio sin miramientos y se fue a su casa.
Sin embargo, para no ser un exclavo de la absurda de idea de empresa, mi padre fue el pináculo –para estos ojos, al menos- de lo que una empresa debe ser, según el tercer estadio de la mercadotecnia –el que ahora rula, el de el cliente por encima del todo-. Sacrificó sus fines de semana, atendió a todos y cada uno de los potenciales clientes que traspasaban aquella puerta de metal con una sonrisa en la boca y se preocupaba sinceramente de que sus problemas o necesidades encontraran solución. Siempre le vi hacerlo. Jamás le vi incumplir con su trabajo, aunque le costara horas extras o salud. Y me enseñó mucho a distinguir la necedad de lo demás. Porque cuando alguien era necio sonreía aún más y se compadecía.
Total, que mi padre pasa olímpicamente de motos, así que cuaquier queja, al defensor del pueblo. Ahora que lo pienso, el otro día entro por la puerta de casa y me encuentro una BH de niño de color rosa en mitad de la entrada. Una de dos, o mi hermana melliza había adoptado una niña crecidita o la típica regresión de las personas mayores a la niñez –por parte de padre o madre- había llegado demasiado lejos. Pero no. Era que mi padre iba a arreglar la bici de la hijita de algún vecino.
Recuerdo el olor de las bicis viejas y de la grasa, del agua sucia donde buscabas los pinchazos y de las chispas de la afiladora de motosierras. Recuerdo el sonido del motor de inflar ruedas y el de la muela de lijar, y más olores, el de virutas de cartón cuando sacabas una bici nueva, el del jabón para limpiar la grasa… oh, me he emocionado. Que no me he emocionado, joer, que es que me ha caído un correo de Alemania como aquel cielo que caía sobre la cabeza a los galos. Buen fin de semana a todos.
Comentario:
Ya era hora que le dedicases unas lineas a tu padre, ese peazo Juliete hombre! a quién no le arregló alguna vez un pinchazo cuando la bici lo era todo??
Por otro lado hoy hemos inagurado la placa que nos diseñaste y ha quedado mu chula, asiq a ver cuando te pasas a verla!
Besos
Por otro lado hoy hemos inagurado la placa que nos diseñaste y ha quedado mu chula, asiq a ver cuando te pasas a verla!
Besos





