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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
La cosa de las oportunidades
Ay hijos míos, qué noche de perros he pasado, y justo hoy elijo para volver a escribir en este santo blog, que tan abandonado tengo. Mira que me tengo dicho que no debo tomar café por la tarde, pues nada: ayer cayeron un té y un café a eso de las cinco, y a mí me daban las cuatro de la mañana y yo pensando en distintos tipos de reverb para las pistas vocales de mis canciones. Por cierto, que os daré información puntual, pero en breve, unos meses, asistiréis al lanzamiento mundial y simultáneo de mi nuevo disco. Va de las relaciones entre los hijos y los padres, y de todo eso de la familia. Como sabéis, que la familia no es necesariamente un entorno de amor y confianza es algo que vengo aprendiendo recientemente, y así queda reflejado en mis letras. Me sé de unos cuántos que se darían por aludidos.

Es cierto: en casa del Zoo mi nivel de mala hostia fluctúa los fines de semana más que la marea si la luna estuviera a un cuarto de hora en teleférico. El otro día les llevé, pasión cultivadora la mía, a los Renoir a ver “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, en plan repaso de grandes clásicos. Pues a los parientes horizontales del Zoo –por no ser más explícito-, aún diciendo que la peli les gustó –para congraciarse con el cánon occidental, más que otra cosa, que yo creo que más que gustarles les asustó- les horrorizó el personaje de la mi Verónica Abril, más o menos diciendo que ella había dejado pasar las oportunidades, que era una alcohólica que no quería salir de su vicio –Jesús, cómo le gusta a la peña la palabra “vicio”, yo es que no lo entiendo- y que vamos, que era lo peor. Y claro, yo, y ahí se subía al carro el Zoo, mal que me pese, debo reconocer que la gente es lo que es, me lo tienen dicho, y allá con lo que yo haga, así que a mi alrededor se extendía un coro –de pringados, como diría Sabina- que reclamaba mi cabeza al grito de “rojo”, y de que lo perdono todo y lo entiendo todo sistemáticamente y yo qué sé qué otros despropósitos. Mira, a tomar por culo. No les dejé tirados allí en la calle de milagro. Yo creo que mi Zoo es bueno. Que se debate entre los dictados de la inteligencia y el empuje natural de la inercia cultural que ha mamado. Es lo que quiero creer. Dejadme que lo crea.

Vamos, que les hice meternos en un bar alemán –el primero que pillé- y devoré una ensalada de patata y pepinillo y la regué con la cerveza de mayor graduación que pillé en la carta en un vano intento doble de, primero, tranquilizarme, y segundo, asemejarme a la Victoria Abril en su alcoholismo. Porque ella en la peli y yo tenemos una cosa muy clara: como al prójimo no se le puede cambiar, cuécete un poco y verás que, al menos, se le deforma la cara.

Así que a ratos. Porque la susodicha parienta horizontal del susodicho a veces pone cara de no romper un plato, y conmigo yo entiendo que hay que tener paciencia, que me cuesta más fregar un cubierto después de comer que al Piraña subir el K2 con la mochila del colegio a la espalda, pero uno, lo sabéis, está harto de esa actitud de “el primer mandamiento de mi religión es ‘Vete a saco sobre todas las cosas’”.

Les contaba la movida de la peli a las Supernenas –Vic y Moni, qué bien me trataron el otro día en su casa, cómo me alegro de que estén tan bien, qué bueno es recordar lo mucho que quiero a quien siempre será mi alma gemela- y me gustó encontrar comprensión a mi rebufo emocional. Vamos, que no estoy loco.

Pero, hijos míos, ¿y lo bueno que es ver también la parte positiva de las cosas? Oyes, que las hay. Pero las desglosaremos en otro momento, que está de nuevo el boss a mi vera. Bueno, y no os he contado que ayer aterrizó en Barajas el hermano del Zoo, tercero en discordia. Con su flamante mujer. Para quedarse. Y a vivir en la misma casa. El resto será producto de vuestra propia imaginación. Besos para todos.
 
Comentario:
Ni paciencia ni p... Es que hay cosas que no deberían pasar y a veces somos nosotros los culpables. Si no estás a gusto con alguien pues que le den. Y tú eres el responsable de que le den o no.
 
Comentario:
idem
 
Comentario:
idem
 
Comentario:
Paciencia, que es la madre de la ciencia. Hay veces que hay que escuchar cosas que nos hierve la sangre y te tienes que callar para mantener el status quo.
No