Mi fiesta de cumpleaños
Si me preguntáis, hijos míos, cómo fue mi cumpleaños, no puedo contestaros:
-De la hostia.
Más bien os contestaré:
-La hostia.
Porque no pasará mi fiesta de cumpleaños a los anales del disfrute, por lo menos en lo que a mí respecta. Qué más quisiera yo que contaros otra cosa. Abreviando, la cosa estuvo bien hasta que el Zoo me montó el cristo por haber comprado un paquete de tabaco la noche anterior. ¿Sólo por eso? Sólo por eso. Quiero creer que está pasando una mala racha –ver cómo tu familia te hace la catorce quince jode-. Quiero creer que el tiempo le dará la sabiduría esa que consiste en desdramatizar y tolerar. Cierto que yo no le di un buen viernes, pero creo que se pasó tres pueblos el sábado en mi fiesta.
Sin embargo, estoy dispuesto a contaros sólo lo positivo. Y a modo de “tips”, como se dice en esta santa empresa, donde mezclamos el inglés y el español sin prejuicios –y así queda, si Quevedo levantara la cabeza-.
En un momento dado, estando yo como una cuba, de los mismos nervios que tenía y para ahogar el pavor que sentía viendo a mi madre aleccionando a los hermanos de Zoo, que asentían estupefactos a su arenga, alguien me agarro y de pronto me vi rodeado de agua y de mosaico azul. Me habían tirado a la piscina. Los peores deseos de mi hermana, en cuya casa tenía lugar el evento, se habían hecho realidad. Aquello iba a dejar de ser una reunión familiar y se iba a convertir en la tercera parte de Porky’s.
En cuanto mi corazón volvió a latir me hice un par de largos, subí y arrojé a Pichina a la piscina. Hice lo mismo con Rosita. Rosita se empezó a hundir como una piedra y tuvimos que rescatarla. Pánico en Las Rozas.
Mi hermana anfitriona se dedicó a rellenar los vasos ajenos –y el propio- con whisky de 15 años y ron de otros tantos, todo el rato, sin parar. El hermano del Zoo, que es un santo, estuvo toda la noche con un vaso en una mano y otro en la otra, y mi hermana le rellenaba indistintamente, y se lo bebía todo mientras atendía al speech pro humanismo gay de mi madre. También le echó whisky a mi padre en su Kas de naranja, y terminó dormido en un sofá de la sala.
Encendimos antorchas por todo el perímetro, aquello parecía que iba a aparecer Paula Vázquez con un bikini de cuero en cualquier momento, en plan “escribe en la pizarra el nombre de tu nominado”. Quedaba guay, aunque mi sobrina estuvo todo el rato llamándome “ingeniero”, porque me había pasado la tarde dando indicaciones de cómo se rellenaban de parafina mientras me daba un baño plácido en la piscina.
Pichina tuvo que cambiarse con ropa mía de la tarde, porque el frío de la sierra se deja notar cuando sales borracho de un remojón, y terminó la fiesta con un bañador azul celeste cortito y una camiseta verde clarito con palmeras. Pero él siguió en su línea de desconcertar a la Rosita y beberse todo el whisky añejo que mi hermana servía.
En mi borrachera nada lúcida era divertido ver cómo mi madre me echaba la charla para hacerse la chula delante de los hermanos del Zoo –cuyo único pensamento debía ser “¿Esto es el producto de la civilización? ¿Pijos borrachos?”- por estar borracho y fumar, ver al Zoo asentir cruzado de brazos a su espalda, a mi hermana sacando una nueva botella de whisky que volcar en recipientes desprevenidos y muchas otras escenas dantescas de cuyo nombre no quiero acordarme.
Yorch y Noe me regalaron “Night on earth” en DVD y casi me da algo de la emoción. El Zoo me regaló tres camisetas que me hacían sentir como haciendo submarinismo a pulmón en las fosas Marianas. Que me estaban pequeñas, vamos. A explotar, prácticamente. Te mueves menos dentro de esas camisetas que don Pimpón en una cama de velcro. Este chico se piensa que estoy más delgado de lo que estoy, no sé si sentirme halagado o no.
Mis sobrinos majísimos, mis hermanas majísimas, todo el mundo muy enrollado y yo muy feliz, o bastante, hasta que el Zoo me la montó por el tabaco. Fumé bastante, también es cierto. En fin, dijimos que sólo lo positivo.
Terminé la noche con mis sobrinos y sus amigos –allí yo era el abuelo-, todos sentados en círculo, hablando de música y compartiendo de piernas para abajo una manta de manchas de leopardo. Mi hermana se había ido a dormirla, mis padres hacía rato habían hecho lo propio, Pichina bajo a la familia de Zoo y al propio Zoo a Madrid y la fiesta había terminado. Así que juntamos el whisky que quedaba, pusimos a Dylan –sí hijos, un biólogo de pelo ingobernable había llevado a Dylan, para mi éxtasis- nos arropamos bajo aquella manta y arreglamos el negocio musical de un plumazo. Me recordé a mí mismo hace 9 años. Qué parecidos son todos los adolescentes. Qué equivocados están, pero cuánto tiempo tienen por delante. Besos para todos.
-De la hostia.
Más bien os contestaré:
-La hostia.
Porque no pasará mi fiesta de cumpleaños a los anales del disfrute, por lo menos en lo que a mí respecta. Qué más quisiera yo que contaros otra cosa. Abreviando, la cosa estuvo bien hasta que el Zoo me montó el cristo por haber comprado un paquete de tabaco la noche anterior. ¿Sólo por eso? Sólo por eso. Quiero creer que está pasando una mala racha –ver cómo tu familia te hace la catorce quince jode-. Quiero creer que el tiempo le dará la sabiduría esa que consiste en desdramatizar y tolerar. Cierto que yo no le di un buen viernes, pero creo que se pasó tres pueblos el sábado en mi fiesta.
Sin embargo, estoy dispuesto a contaros sólo lo positivo. Y a modo de “tips”, como se dice en esta santa empresa, donde mezclamos el inglés y el español sin prejuicios –y así queda, si Quevedo levantara la cabeza-.
En un momento dado, estando yo como una cuba, de los mismos nervios que tenía y para ahogar el pavor que sentía viendo a mi madre aleccionando a los hermanos de Zoo, que asentían estupefactos a su arenga, alguien me agarro y de pronto me vi rodeado de agua y de mosaico azul. Me habían tirado a la piscina. Los peores deseos de mi hermana, en cuya casa tenía lugar el evento, se habían hecho realidad. Aquello iba a dejar de ser una reunión familiar y se iba a convertir en la tercera parte de Porky’s.
En cuanto mi corazón volvió a latir me hice un par de largos, subí y arrojé a Pichina a la piscina. Hice lo mismo con Rosita. Rosita se empezó a hundir como una piedra y tuvimos que rescatarla. Pánico en Las Rozas.
Mi hermana anfitriona se dedicó a rellenar los vasos ajenos –y el propio- con whisky de 15 años y ron de otros tantos, todo el rato, sin parar. El hermano del Zoo, que es un santo, estuvo toda la noche con un vaso en una mano y otro en la otra, y mi hermana le rellenaba indistintamente, y se lo bebía todo mientras atendía al speech pro humanismo gay de mi madre. También le echó whisky a mi padre en su Kas de naranja, y terminó dormido en un sofá de la sala.
Encendimos antorchas por todo el perímetro, aquello parecía que iba a aparecer Paula Vázquez con un bikini de cuero en cualquier momento, en plan “escribe en la pizarra el nombre de tu nominado”. Quedaba guay, aunque mi sobrina estuvo todo el rato llamándome “ingeniero”, porque me había pasado la tarde dando indicaciones de cómo se rellenaban de parafina mientras me daba un baño plácido en la piscina.
Pichina tuvo que cambiarse con ropa mía de la tarde, porque el frío de la sierra se deja notar cuando sales borracho de un remojón, y terminó la fiesta con un bañador azul celeste cortito y una camiseta verde clarito con palmeras. Pero él siguió en su línea de desconcertar a la Rosita y beberse todo el whisky añejo que mi hermana servía.
En mi borrachera nada lúcida era divertido ver cómo mi madre me echaba la charla para hacerse la chula delante de los hermanos del Zoo –cuyo único pensamento debía ser “¿Esto es el producto de la civilización? ¿Pijos borrachos?”- por estar borracho y fumar, ver al Zoo asentir cruzado de brazos a su espalda, a mi hermana sacando una nueva botella de whisky que volcar en recipientes desprevenidos y muchas otras escenas dantescas de cuyo nombre no quiero acordarme.
Yorch y Noe me regalaron “Night on earth” en DVD y casi me da algo de la emoción. El Zoo me regaló tres camisetas que me hacían sentir como haciendo submarinismo a pulmón en las fosas Marianas. Que me estaban pequeñas, vamos. A explotar, prácticamente. Te mueves menos dentro de esas camisetas que don Pimpón en una cama de velcro. Este chico se piensa que estoy más delgado de lo que estoy, no sé si sentirme halagado o no.
Mis sobrinos majísimos, mis hermanas majísimas, todo el mundo muy enrollado y yo muy feliz, o bastante, hasta que el Zoo me la montó por el tabaco. Fumé bastante, también es cierto. En fin, dijimos que sólo lo positivo.
Terminé la noche con mis sobrinos y sus amigos –allí yo era el abuelo-, todos sentados en círculo, hablando de música y compartiendo de piernas para abajo una manta de manchas de leopardo. Mi hermana se había ido a dormirla, mis padres hacía rato habían hecho lo propio, Pichina bajo a la familia de Zoo y al propio Zoo a Madrid y la fiesta había terminado. Así que juntamos el whisky que quedaba, pusimos a Dylan –sí hijos, un biólogo de pelo ingobernable había llevado a Dylan, para mi éxtasis- nos arropamos bajo aquella manta y arreglamos el negocio musical de un plumazo. Me recordé a mí mismo hace 9 años. Qué parecidos son todos los adolescentes. Qué equivocados están, pero cuánto tiempo tienen por delante. Besos para todos.
Comentario:
me dio rabia no ir, pero después de leer esto me da aún más rabia... me cagüen to!!
besin.
besin.
Comentario:
Y yo todavía esperando a que os pasárais por el nuevo zulo después de aquel fallido España-Francia... Qué tontona soy.
Estuve todo el día 1 diciéndome llama a Julitros y a Nurita, pero se me fue la pinza. Cuando me acordé era muuuuy tarde. De haberlo sabido, te abría pegado un toque. Je, je.
Un besote. M.
Estuve todo el día 1 diciéndome llama a Julitros y a Nurita, pero se me fue la pinza. Cuando me acordé era muuuuy tarde. De haberlo sabido, te abría pegado un toque. Je, je.
Un besote. M.
Comentario:
tienes toda la razón en el comentario Loi, y dudé cuando iba a escribir la frase, pero es que tampoco creas q tengo tanto tiempo aquí... de todas formas la dejé porque no haber aprendido -cierto que esto, desde un anillo de edad más externo, nos aplica a todos- es, lamentablemente equivocarse. Los adolescentes del otro día se equivocaban en su percepción del negocio musical, sí, y no es malo. Equivocarse es, para empezar, ser consciente de que hay un camino más certero -¿por qué no decir correcto?-. Que todo -absolutamente todo- es relativo es algo que aprendí hace tiempo. Es la máxima de mi vida. Y no hablaría tan tranquilamente de equivocaciones ajenas si no pensar que el estar equivocado es, como todo, un estado transitorio, y, sobre todo, si no fuera por que tengo presente que la expresión "me he equivocado" asoma a mis labios varias veces cada día terrestre. Besitos Loi!
Comentario:
No creo que los adolescentes (¿¿¿tú con nueve años menos eras adolescente???) se equivoquen. Sólo son ya una generación distinta y nos hacen sentirnos no más viejos, sino más expertos (por la experiencia y no por la sabiduría)... y la experiencia solo se adquiere viviendo.
Y puestos en ese punto, ¿nos verán las generaciones anteriores a la nuestra tan inexpertos como nosotros vemos a las posteriores?
Y puestos en ese punto, ¿nos verán las generaciones anteriores a la nuestra tan inexpertos como nosotros vemos a las posteriores?





