Necesito una anécdota
Ayer me cambiaron mis camisetas a una talla más ponible. Ahora no es que se deslicen grácilmente por mi cuerpo, pero por lo menos no me las desenrollo desde el primer tramo, como un condón en el pene de Nacho Vidal. Y son bonitas, oyes, hoy he estrenado una con un espermatozoide y la leyenda "me long time ago" que está causando sensación. Me queda otra en la que pone “no nos rompan los cojones”, así, en argentino, y el nombre de la marca –“De Puta Madre”- en una manga. Esta no me atreveré a llevarla entre semana.
Después de cambiar las camisetas, tiempo que yo ocupé en la Fnac viendo cómo gastar mis dos tarjetitas de 30€, la Rosita se piró a casa a ver el partido –los anfitriones perdieron, estas cosas siempre dan morbo- y Zoo y yo nos dimos un paseo triangular Callao-Argüelles-Bilbao. Se notaba entre nosotros la tirantez post numerito del día de mi cumple. Pero llegas a la conclusión de que no hay que hablar de todo, no hay que examinarlo todo ni buscarle a todo una explicación. La obsesión por buscarle a todo efecto su causa me viene tocando los cojones desde el 79, que es el primer año en que yo tuve conciencia de año, ya os explicaré esto otro día. Nací en el 73, así que soy un obsesivo-analítico precoz. Qué coñazo.
Me doy cuenta de que no tengo muchas cosas que contar aquí, y eso es porque mi vida cada vez se vuelve más rutinaria. Como echo tantas horas aquí y participo sin complejos de la obsesión venezolana por el cuerpo –lo que traduzco en tres visitas al gimnasio por semana, de una hora exacta cada una, que a la hora uno siente que ha cumplido y salgo de allí prácticamente corriendo, como si escapara de algo, como si de pronto la sensación de haber estado perdiendo el tiempo convirtiera mi culo en un saquito de pimienta- pues resulta que tiro de disco duro y no encuentro nada excitante que contar.
¿Qué puedo contar? ¿Qué me he registrado como prensa para ver si me cuelo en cierto festival madrileño? ¿Que ya sólo quedan entradas para ver a Dylan en Valladolid, y me pregunto yo intrigado cómo casará aquello de Dylan y la capital del Pisuerga? ¿Le pedirá una parte del público que vuelva a “Sensación de vivir”? Que no digo yo que los vallisoletanos no estén enterados, que no llamaría yo a nadie cateto sin asegurarme de que yo no lo soy más, sólo digo que Valladolid y Dylan no son dos conceptos que se anden cerca en mi tejido neuronal. ¿Cuento que a mis padres les hemos comprado un móvil porque se van a Aguilar a finales de semana a poner en pie esa casa –no hay ni frigo ni calefacción, y vosotros sabéis que la calefacción allí es necesaria a finales de agosto- y mi hermana se sacó ayer la regla memotécnica de los semáforos para explicarles que verde es llamar y rojo colgar? ¿Cuento que a lo mejor nos invitaban a una fiesta este fin de semana en la que probablemente puede haber drogas y le he prevenido al Zoo que no monte el pollo si la peña se empieza a hacer unas rayas, que una cosa es no querer y otra joderle a alguien dos mil duros por un resoplido mal dado o una patada en la mesa?
Como véis, no tengo muchas cosas que contar. Hoy me iré al gimnasio al salir de aquí y mi día se balanceará inexorablemente a su fin sin pena ni gloria. Por cierto, que cambio de gimnasio, ya que en el que estaba cerró, que los alquileres en la Avda. de Europa están caros. Me voy a uno chungo de boxeadores de barrio y banderas de España, veremos si salgo indemne. Lo que digo, que hoy no veré a Dylan ni escribiré una buena canción –no vale el chiste fácil de que el día de esto último aún no ha visto la luz-. Probablemente no vea una buena película ni lea un párrafo decente. Bueno, esto sí, que me estoy leyendo a Stanislaw Lem y sus “Diarios de las estrellas” son sabiduría concentrada.
Dios mío, me recuerdo a mí mismo cuando estoy en plan coñazo. Tal vez a alguien más. ¿He oído alguna risita detrás de tu monitor, malvado lector? Rápido, necesito una anécdota de mi madre. O de mi tía la monja. Bueno, de cualquiera de mis tíos –no, es broma-. Besos para todos.
Después de cambiar las camisetas, tiempo que yo ocupé en la Fnac viendo cómo gastar mis dos tarjetitas de 30€, la Rosita se piró a casa a ver el partido –los anfitriones perdieron, estas cosas siempre dan morbo- y Zoo y yo nos dimos un paseo triangular Callao-Argüelles-Bilbao. Se notaba entre nosotros la tirantez post numerito del día de mi cumple. Pero llegas a la conclusión de que no hay que hablar de todo, no hay que examinarlo todo ni buscarle a todo una explicación. La obsesión por buscarle a todo efecto su causa me viene tocando los cojones desde el 79, que es el primer año en que yo tuve conciencia de año, ya os explicaré esto otro día. Nací en el 73, así que soy un obsesivo-analítico precoz. Qué coñazo.
Me doy cuenta de que no tengo muchas cosas que contar aquí, y eso es porque mi vida cada vez se vuelve más rutinaria. Como echo tantas horas aquí y participo sin complejos de la obsesión venezolana por el cuerpo –lo que traduzco en tres visitas al gimnasio por semana, de una hora exacta cada una, que a la hora uno siente que ha cumplido y salgo de allí prácticamente corriendo, como si escapara de algo, como si de pronto la sensación de haber estado perdiendo el tiempo convirtiera mi culo en un saquito de pimienta- pues resulta que tiro de disco duro y no encuentro nada excitante que contar.
¿Qué puedo contar? ¿Qué me he registrado como prensa para ver si me cuelo en cierto festival madrileño? ¿Que ya sólo quedan entradas para ver a Dylan en Valladolid, y me pregunto yo intrigado cómo casará aquello de Dylan y la capital del Pisuerga? ¿Le pedirá una parte del público que vuelva a “Sensación de vivir”? Que no digo yo que los vallisoletanos no estén enterados, que no llamaría yo a nadie cateto sin asegurarme de que yo no lo soy más, sólo digo que Valladolid y Dylan no son dos conceptos que se anden cerca en mi tejido neuronal. ¿Cuento que a mis padres les hemos comprado un móvil porque se van a Aguilar a finales de semana a poner en pie esa casa –no hay ni frigo ni calefacción, y vosotros sabéis que la calefacción allí es necesaria a finales de agosto- y mi hermana se sacó ayer la regla memotécnica de los semáforos para explicarles que verde es llamar y rojo colgar? ¿Cuento que a lo mejor nos invitaban a una fiesta este fin de semana en la que probablemente puede haber drogas y le he prevenido al Zoo que no monte el pollo si la peña se empieza a hacer unas rayas, que una cosa es no querer y otra joderle a alguien dos mil duros por un resoplido mal dado o una patada en la mesa?
Como véis, no tengo muchas cosas que contar. Hoy me iré al gimnasio al salir de aquí y mi día se balanceará inexorablemente a su fin sin pena ni gloria. Por cierto, que cambio de gimnasio, ya que en el que estaba cerró, que los alquileres en la Avda. de Europa están caros. Me voy a uno chungo de boxeadores de barrio y banderas de España, veremos si salgo indemne. Lo que digo, que hoy no veré a Dylan ni escribiré una buena canción –no vale el chiste fácil de que el día de esto último aún no ha visto la luz-. Probablemente no vea una buena película ni lea un párrafo decente. Bueno, esto sí, que me estoy leyendo a Stanislaw Lem y sus “Diarios de las estrellas” son sabiduría concentrada.
Dios mío, me recuerdo a mí mismo cuando estoy en plan coñazo. Tal vez a alguien más. ¿He oído alguna risita detrás de tu monitor, malvado lector? Rápido, necesito una anécdota de mi madre. O de mi tía la monja. Bueno, de cualquiera de mis tíos –no, es broma-. Besos para todos.
Comentario:
Pues mira, nuestro día tambien se deslizaba implacable hacia la irrelevancia, cuando en la calle Almendro nos cruzamos con V. Vega, en una escala de dos días dentro de uno de sus periplos circulares Lima-Madrid-Extremo Oriente dedicados a comprar zapatos aquí, meter en una maleta sólo un zapato de cada par, llevar la maleta a China para que se los fabriquen iguales pero en barato, y venderlos en el corteinglés de Lima o como se llame allí. Ya sabes, momento repaso-rememoración de viejas glorias, tú incluido.





