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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Finde en un pueblo perdido de la montaña palentina
Hay una frase que, según Noe, repetí varias veces este fin de semana a los pies de los Picos de Europa –bueno, no tanto, un pueblecito en el valle que enfila hacia Riaño-:
-Esta gente de pueblo, hay que ver cómo es.
Y es que es verdad. Cómo son. Pero molan. El primo de Alvarito –en la cincuentena- vive con su novia en la casa del pueblo de al lado, en una casa con seis habitaciones que construyó Franco por ser familia numerosa.
-Que la construyó Franco -dice la novia-. Unos cojones. La construyeron los albañiles.
Pasabas dos minutos con ellos y ya eran como tus propios primos. Esa franqueza, esa transparencia, esa humanidad. Y su chorizo de jabalí no puede ser descrito. El Alvarito no me miró con buenos ojos cuando lo empecé antes de cenar, yo creo que se lo quería traer a Madrid, pero es que yo soy muy tonto cuando quiero, y no me doy por enterado. O me dices “no abras el chorizo” o yo abro el chorizo.

Fuimos con diversos objetivos. Un amigo de éstos iba a mirar fincas para comprar, ante el inminente levantamiento de las pistas de esquí en San Glorio. Lo que comúnmente se conoce como especular. Así que forraron los pueblos de la zona con cartelitos de “compro finca”. Ibas paseando y te los econtrabas aquí y allá, como bandos municipales. Los lugareños, avezados, llamaban y podías oír cómo les crecían los dientes en sus encías, y no se cortaban un pelo en preguntar:
-¿Pero lo queréis para la cosa esta del esquí? –calculando mentalmente cuántos millones de más pedirían si aquel era el caso.
El resto de peña y yo mismo íbamos con la intención de beber cervezas bajo las montañas y a la luz de las velas, y sólo tangencialmente hacer un poco de montañismo. Sin embargo, el Zoo iba con la intención de escalarse los Picos de Europa uno detrás del otro por la cara norte, y yo hube de hacer malabarismos para que la poca experiencia social de mi novio no reventara la situación. Así que volví ayer algo decaído, con la sensación de no conocer del todo a este muchacho. Y con algunas agujetas en los glúteos y en un músculo que no sabía que existiera –pero que, por lo visto, tengo- y que se sitúa al lado de las espinillas, porque, en ese afán de no reventar la situación, me caminé en dirección al nacimiento del río Carrión, que yo creo que nos metimos en Asturias. Más mérito tiene la Rosita, que también se caminó todo aquello, tras un Zoo que se detenía de vez en cuando a observar mariposas o gusanos. Él se siente más a gusto entre la minúscula fauna montañesa que entre sus congéneres humanos, sobre todo si son bebedores de cerveza y fumadores de cigarro.

Yo sé que muchos de vosotros lo aprobáis, que decís “qué chico más sano, ya me gustaría a mí”, pero en esto sois poco justos. Alvarito sube montañas como el que más, pero él negocia, aglutina y se preocupa de los demás. Zoo tiene muy claros sus deseos, sus apetencias y, sobre todo, ese gran montón de actitudes de los demás que desaprueba, una larga lista que alimenta y refuerza con el mayor de los mimos. Así que divide sus energías entre proteger sus apetencias, y tal vez las mías, pero porque me considera una parte de, digámoslo así, su mochila vital y censurar, deplorar –y, hasta donde puede, cercenar- las apetencias ajenas. Yo no soy un santo, no soy una víctima y seguro que me porto mal, pero su actitud me obliga a convertirme en un malabarista de las relaciones sociales. Así que yo ocupo mis energías entre conducir el trailer articulado de “tengo-un-novio-y-tengo-amigos-y-una-isla-está-a-un-océano-y-medio-de-la-otra” y divertirme. Y, francamente, termino divirtiéndome poco.

En fin, que nos desayunamos una ruta hasta una cascada muy chula. Ahí encontré yo mi primer mosqueo. Me las prometía feliz, y llegué con el Zoo –los demás se habían dado la vuelta- y me metí en el agua gélida del laguito y estuvo guay –el agua de las cascadas cae como una lluvia de canicas de mármol, pero te quita toda la tontería-. A la vuelta, se me ocurrió tirarle mi calzoncillo mojado al Zoo a la cara, y se dejó llevar por la ira y lo arrojó lo más lejos que pudo ladera arriba, y cayó en unos matorrales frondosísimos. Así que me llené las piernas de arañazos para recuperarlos. No puedo evitarlo, todos los veranos termino con mis piernas que parecen las de un niño hiperactivo en un campamento de Boy Scouts. Diréis que tengo que tengo que tomarme la respuesta a mis bromas con el mismo sentido del humor, que soy la hostia, que debería cambiar de amigos, que mi novio es lo más y se lo merece todo. Mi novio puede que se lo merezca todo. Pero no merece más que lo que merezca yo o que lo que merezcan mis amigos. La vida es así. Cada ser humano vale un punto, ni más ni menos, en la gigantesca diana de dardos que es el mundo. Da igual si es el Zoo, yo, Bush, Teresa de Calcuta, Philip K. Dick –por meter a alguien que pudiera estar cerca de valer dos puntos-, Acebes –por meter a alguien que, en mi opinión, valdría menos tres, es decir, que deberían nacer tres niños nuevos para compensar el agravio que supone lo de este chico sobre el planeta-, Zaplana –menos seis- o un niño de esos que mueren en África cada par de minutos sin haber conocido siquiera un nombre. No sé si se me va la olla, lo que quiero decir es que es una obligación para cada individuo aprender que no está solo, que se debe a los demás, que tanto más humano, más grande y más admirable es cuanto más se integra en el grupo al que pertenece, cuanto más apoya y enriquece a sus individuos. Ello no es perder dignidad, es ganarla. Y mejor aún: sólo la felicidad que se obtiene a través de la interrelación honesta es duradera y no pasa factura.

Por si fuera poco, y aquí sí que entramos de lleno en mi estupidez congénita, ayer se me ocurrió volver por el Puerto de los Leones, y pillé un embotellamiento cuya fotografía ilustrará la definición de “atasco” en la próxima edición del Espasa Calpe. Llegamos a casa a las 12. Habíamos salido a las 5. Pero esto es otra historia y será contada en otra ocasión. Besos para todos.
 
Comentario:
¿Pretendemos confundir gregarismo con inteligencia social? Entonces no he sabido decir lo que quería o no nos hemos enterado de nada. Ser gregario es, si uno decide tirarse por el desfiladero del Cares sin paracaídas, seguirlo ciegamente. La inteligencia social es algo tan sencillo como seguir este mecanismo mental: "tengo todos los fines de semana del año para hacer lo que yo quiero, ir donde quiero y comer lo que yo quiero. Muy bien, ¿cómo de difícil es este fin de semana que comparto con otras 10 personas, cada una con sus apetencias y preferencias, igual de respetables que las mías, ceder y ayudar al consenso, con el único objetivo de que todo el mundo, y por lo tanto yo, pasemos un buen rato?" En mi opinión, los que se hacen esta cuenta y la ven clara en 5 segundos, sin que siquiera se les tuerza la sonrisa, esos lucen inteligencia social. Que son más felices, vamos
 
Comentario:
queria decir Venancio.Perdon por la reiteracion, fue un error.
 
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queria decir Venancio.Perdon por la reiteracion, fue un error.
 
Comentario:
que fue de aquello de "que gregario eres...".Como cambian los tiempos y las gentes Venacio, que te parece.
 
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que fue de aquello de "que gregario eres...".Como cambian los tiempos y las gentes Venacio, que te parece.
No