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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Pantera Rosa
Me ha sido referenciado –como diría mi jefe, que tiene todo el puto día la palabrita en la boca- que soy un poco pesado con el tema físico. Más concretamente, me comporto todo el día como una bulímica virtual, quejándome de lo gordo que estoy después de comer un trozo –está bien, dos- de Pantera Rosa, que es el bollo que el demonio inventó para jodernos la vida. Soy virtual porque lo único que me aleja de un bulímico convencional es que no vomito después de pegarme el atracón. Pero el complejo de culpa, la ira, la ansiedad generalizada y la cara de repugnancia, idénticos.

Por cierto, que cada vez que uso el vocablo “repugnante” me viene a la cabeza la escena de nuestro amigo Sergio al comer un postre en una cena de pandilla, que, sin reparar que tenía la camarera a la chepa, sentenció:
-Esto está repugnante.
Y lo peor de todo, es que intentó explicarle a la chica que aquel no era un adjetivo intrínsecamente malo. Ahí lo tienes.

A lo que iba, que llego tarde a la operación bikini y ayer comprobé que peso 75 kilos. En ayunas. Yo, que venía pesando entre 79 y 71 desde los 17 años. La barriga me ha crecido y nadie sabe cómo ha sido. O sea, yo sí lo sé. La culpa es de la charlota –un postre de huevo y azucar también ideado en las cocinas del averno- que me jalo de postre de lunes a jueves, sé que no debo, pero no lo puedo evitar, de que apenas ando hacia y desde el trabajo, de que mi trabajo es sendentario, de que llego a casa todos los días por la noche con más hambre que el perro de un ciego, y lejos de controlarme, me como todo lo que encuentro en el frigorífico, y a ello le añado una lata de mejillones. ¿Os creéis que bromeo? No perdono la lata de mejillones. Ni una sola noche.

Total, que le como a todo el mundo alrededor la oreja con que estoy gordo, alimentando el mito del marica obsesionado con el cuerpo, superficial y divina, pero yo no soy superficial y sólo un poco divina, y ya he hartado a varios y me han dicho:
-Déjanos en paz con el puto michelín. Ay que ver que coñazo de tío.
Pero yo no lo puedo evitar, necesito sentirme querido y delgado. Una chica de aquí me mira las tetas y me dice que me sientan muy bien mis camisetas ajustadas, y yo le digo al borde de las lágrimas que no es eso, que me están pequeñas porque llevo un año y medio engordando sin parar. Ella me dice que no es cierto, y yo, como bulímico virtual, lejos de alegrarme, le digo que gracias, que agradezco el cumplido, pero por favor déjalo ahí. He tenido que empezar a comprarme camisetas talla L, y Zoo va por el tercer cambio de una camiseta que me regaló para mi cumple, porque no me cabe ni de coña, y las tallas se están acabando.

Y ahora me he comido dos trozos de Pantera Rosa y uno de Tigretón, y eso que a mí nunca me había gustado el Tigretón, pero cada año que pasa me gusta más el dulce. Me ha dicho mi jefe, que boxea y por lo tanto también tiene una relación extraña con su físico, que lo que tengo que hacer es no tomar nada de calorías vacías a partir de las 12 de la mañana. La cosa es que yo no entiendo lo de las calorías vacías, es como hablar de pedos fragantes. Es una entelequia. Todas las calorías están llenas, llenas de calorías dulces y jugosas.

Hoy no había comido charlota de postre, pero no puede contenerme ante la bollería industrial. Esa es mi vida. Nunca lo conseguiré. Llegará un momento en el que sea más fácil saltarme que darme la vuelta. Está escrito. Besos para todos.
No