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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
Acerca de
Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Hemos venido arrastrándonos...
Mientras escribo esto estoy a la espera de ser atendido por un técnico, que continúa ocupado, de Direct Seguros, ya que el viernes night ostié mi mierda Corsa contra un pivotillo de esos invisibles que protegen las aceras de nuestra ciudad, para mayor gloria de las compañías de seguros. Lo que me sorprendió es la velocidad que logré alcancar en tan exíguo espacio al desaparcar, que casi necesitamos collarín y todo. Pero no nos dirigimos a casa, qué va, era una noche accidentada: al Zoo le habían robado su cartera en “La Escalera de Jacob”, un sitio en el que ponen a Dylan y a Fatboy Slim sin solución de continuidad, cosa que acepto y me encanta, y por eso vamos, pero que aglutina la mayor densidad de moritos cacos –mi deber en este caso es describir la realidad, no ser políticamente correcto- de Lavapiés, que ya es decir mucho –tal vez esto último no sea político, pero “I have no time for the corner boys, down in the street making all that noise”, cito a Tom Waits, a él sí que no lo ponen en La Escalera, y tampoco pasa nada, que no hay quien lo baile-.

Vamos, que denunciamos en una oscura comisaría de Puerta de Toledo y el motor abrasado de mi coche –rotura del radiador, no lo averiguaría hasta el día siguiente, cuando hubimos de dejarlo a la sombra de una acacia e irnos a comer un kebab- nos arrastró penosamente hasta casa del Zoo, felizmente reconciliados –hasta la próxima-. Así que ha sido un fin de semana accidentado. A todo esto, la Rosita es testigo de todas nuestras desventuras, testigo mudo y sonriente, y actúa como un catalizador de nuestras iras y decepciones. Ella siempre está ahí, sacándose cafés de las máquinas de café en polvo del mundo, resistiendo estoica nuestras discusiones sin sentido o nuestras carantoñas, aportando sabiduría unos ratos e ingenuidad en otros, siempre desconcertante, siempre la geisha de Usera. La veo surgir de la tormenta del desierto –o sea, las obras de la M30- con su vaso de plástico humeante y su sonrisa perenne y sus gafas de sol a lo Audrey Hepburn. Cómo es ella.

Así, que se nos jodió la comida en el Asian y nos quedamos tirados en mitad de General Ricardos bajo un sol de completa injusticia, y nos comimos un kebab, servidor postrado ante él como cuaquier occidental que lo tiene todo y se ahoga en un vaso de agua, pensando qué iba a ser de mí sin coche, qué desgraciada era mi vida, cómo iba a montármelo yo durante la semana, iba que tener que levantarme a las cinco y toda esa clase de pensamientos catastrofistas, y ya me llegaba en que iba a estrellar también el coche de mi hermana si me lo prestaba, y lo tiene a terceros, cuando me llamó el tío de la grúa con que dónde cojones estaba y le dije que a la sombra, que estaba loco si esperaba encontrarme bajo el sol, que la sombra de la solitaria acacia solo daba para el Corsa, me dijo que se piraba, le dije que un minuto y me olvidé de pajas mentales y salí corriendo dejando veinte euros para pagar mi kebab, como en las películas. Allí se quedaron el Zoo y la Rosita para que me trajeran las vueltas, que no estoy loco. Uno no pasa de ser rata a no serlo de un día para otro.

El caso es que mi Corsa nos abandonó en mitad de la calima caminando sobre sus propias ruedas –las grúas de hoy día son una puta mierda-. Me despedí de él con una lágrima de pena –o de sudor- rodando por mis mejillas, recordando los buenos momentos que pasamos juntos, suspirando por la boca de metro más próxima y pensando el la parte trasera de mi cerebro si aplico el “punch boost” al master de mis canciones o si opto por una compresión con menos ataque. Sí, hijos míos, la triste realidad últimamente es que puedo estar haciendo cualquier cosa –estrellar mi coche, besar a mi novio o comer sushi, que una parte de mi cerebro sigue trabajando en el master de mi nuevo lanzamiento mundial-. Mi vida es así. Nunca dejaré de ser el músico mediocre pero ilusionado que pegaba los carteles del próximo concierto en las paredes de mi pueblo, con más ímpetu que acierto, con más ganas que habilidad al mástil. Pero escribí aquello de “hemos venido arrastrándonos / mi dignidad y yo / entre muros de indiferencia / entre excusas y alcohol” y eso, lo diga quien lo diga, es una buena estrofa. Besos para todos.
 
Comentario:
Pues (también en mi papel de músico mediocre) yo optaría con una compresión de menos ataque sobr eel master, que últimamente he estado leyendo en internet sobre lo que en inglés llaman las "loudness wars" y cada vez que escucho un CD nuevo me obsesiono y me parece que está todo sobre-comprimido...

(por ejemplo el último de U2, que he estado escuchando mucho últimamente)
 
Comentario:
Pues (también en mi papel de músico mediocre) yo optaría con una compresión de menos ataque sobr eel master, que últimamente he estado leyendo en internet sobre lo que en inglés llaman las "loudness wars" y cada vez que escucho un CD nuevo me obsesiono y me parece que está todo sobre-comprimido...

(por ejemplo el último de U2, que he estado escuchando mucho últimamente)
No