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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Decencia
Qué buenos son los padres escolapios que nos llevan de excursión este próximo viernes al valle del silencio. En el valle del silencio yo estrené mi cámara de vídeo, la que me va a hacer famoso, yo lo sé, con ella grabé la vuelta de las carpas, Arman y yo borrachos como orcos, escena que constituye el principio de mi película “Mirándolo con tiempo”, a estrenar en breve como sabéis. Las carpas son unas carpas –escuetas por lo demás- que constituyen el núcleo de la movida de Ponferrada y uno de los mejores recuerdos nocturnos de que uno tiene memoria.

Nuestras vacaciones de verano declinaban a un calamitoso final. Moni y Vic no andaban en su mejor momento, la cosa es así, y se hallaban sumidas en una profunda crisis existencial, por decirlo rápido. Problemas estomacales, intestinales y otros de origen psicosomático las acuciaban como el hambre en Etiopía, y pocas soluciones cabían más allá del suicidio colectivo, tipo Romeo y Julieta. Armando y yo, espectadores pacientes –yo menos que él- asistíamos a ello mientras visitábamos Astorga y otros sitios leoneses. Hay que decir que desde que Arman y yo tenemos conocimiento, la juerga es una de nuestras principales motivaciones. No importa que tengamos pareja, o que la perdamos, o que tengamos trabajo, o lo perdamos. Si es bueno, hay que celebrarlo; si es malo, hay que olvidarlo. Lo que quiero decir es que había motivos de sobra para salir corriendo de aquella casa rural.

Así que nos pusimos guapos, condujimos por carreteras sinuosas –entre Espinoso de Compludo y Ponferrada no hay autovía-, esquivamos un par de lechones y un bicho no identificado con cuernas como pértigas olímpicas, y nos presentamos en la sin par movida ponferrense, o ponferroide o como se diga.

Ponferrada tiene tíos buenos, de eso no me cupo la menor duda. Y tías buenas, de eso no le quedaba duda a Arman. Y mucho, mucho alcohol. Así que nos hicimos amigos de una tal Julia –esto lo sé gracias al vídeo que grabamos a la vuelta, precioso testimonio gráfico- y nos pusimos tibios. Fuimos invitados a la casa de una prima de Julia. No me acuerdo de este extremo.

Dicho testimonio gráfico prueba que la vuelta fue terrible: casi nos estrellamos con una rotonda lumínica, casi cogemos otra autovía a otro pueblo del Valle del Silencio... un montón de “casis” que, de haberse cumplido, no estaría yo aquí escribiendo estas líneas. De hecho, ahora caigo que las noches de juerga del mundo vienen siendo particularmente benévolas con Arman y conmigo. Por lo que a mí respecta, que algunos sitios oscuros, algunos trayectos en coche, incluso algunos sitios húmedos –además de oscuros- no hayan mermado mis facultades físicas, sólo puedo agradecérselo a la suerte. El hecho de no haber perdido a nuestras parejas a causa de dichos “casis” no se lo agradezco a la suerte, sino a la mano izquierda, casi de equilibrista, que Arman y yo venimos manejando en los últimos tiempos. Nunca hemos dejado de ser unas bellísimas personas, pero la decencia –por usar un adjetivo que le gusta mucho a mi madre, lo usa mucho cuando relaciona la noche madrileña o aguilarsense con mi persona- es algo que hemos dejado en alguna parte del camino, muy al principio. Besos para todos.
No