La primavera
Escucho “Jonás y la ballena” de Miguelito Bosé, de su segundo mejor disco, con su arreglo ochentero y su envidiable melodía. Este chico escribía bien, al contrario de lo que podáis pensaros. Y pienso en un montón de cosas. Pienso que no debo desayunarme nunca más una bolsa de cacahuetes a palo seco. Y que a mí trabajar no me va, que no lo cambiaría por una vida contemplativa, vale, el ideal asceta no es lo mío –lo que hay en mi interior no quiero saberlo ni a tiros-, pero sí lo cambiaría por una vida dedicada a otra cosa. No quiero decir a qué me gustaría dedicarme, que es muy pretencioso. Pero vamos, que no me dedicaría a lo que me dedico yo ahora, eso de la gestión, eso de comerse marrones, eso de negociar. Me he dado cuenta que la cosa fenicia de mi madre la he heredado yo, y se me da bien vender motos, pero no negociar. Para negociar hace falta paciencia, y yo eso lo desconozco. La paciencia me es ajena, igual que el pelo en la cabeza, y no os preocupéis que pago por ambas carencias. Y sólo por una de ellas pago tanto en verano como en invierno.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
Tengo un compañero a mi espalda que cada vez que dice la palabra “queco”, refiriéndose siempre a un muñequito 3D de esos que diseñan, me sube la mala hostia. No es su volumen, que también –valdría para locutor de radio-, no es él –me cae guay-, es la palabra. ¿Queco? ¿¿Queco?? A veces dice “quequito” y me puedo morir. Es la primavera. A mi lado está ahora mismo una pesada de la oficina de España, que es más pesada que una vaca en brazos, lleva vaqueros, polo celeste, una goma celeste para el pelo, unos pendientes celestes y ahora ha subido una pierna en la mesa y veo sus calcetines, también celestes. ¿Os lo podéis creer? Es un almendro en flor. La primavera también ha llegado a ella. Esto a mi izquierda, a mi derecha hay un ventanal que parece una estufa. La primavera ha llegado, hijos míos. Y no pidáis que os cuente algo de mi familia, que no puedo pensar.
Por lo pronto, la Aida me ha dicho que dónde vamos este fin de semana, que ella va con su hija –su perra-, pero que vamos a algún sitio. Ella sabe que estoy loco por salir a algún lado, en mi vana huída. No me reconozco en los últimos tiempos, hijos míos. Mis famosas sinapsis neuronales, conocidas sobradamente en Madrid, Aguilar y Venezuela, han vuelto a dar por culo. Mis neuronas se han cruzado de brazos. Así que mi cerebro y yo, desorientados, nos encontramos sumidos cada dos por tres en curiosísimos estados de duda. Y muy absurdos. Puedo perfectamente pararme delante de la máquina del curro, la culpable de 750 grs. sobrantes de grasa corporal a ambos lados encima de mis caderas, y notar cómo la duda ingresa en mi mente: ¿Snack de cereales con yogur de fresa o unas cochas Martínez? Y no soy capaz de decidirme. No puedo hacerlo. Mi cerebro entra como en un bucle bipolar, como un electrón moviéndose de un lado a otro de su órbita, como un bit que puede estar en 0 y en 1 alternativamente millones de veces en un segundo, como un no sé qué, y yo no salgo de ahí. No quiero las dos cosas, por culpa de mis bolsas de grasa –la República Popular de Bangladesh se caracteriza por sus bolsas de pobreza, la República Popular de Julio se caracteriza por las suyas de grasa- y soy incapaz de decidirme.
¿No os pasa? ¿Temporadas de indecisión desatada, sea por algo absurdo o por algo trasendental? ¿Una peli u otra, unas patatas fritas u otras, un sabor de helado u otro, un novio u otro? No sé, a mí me pasa. Estoy muy enterado de los mecanismos biológicos y, como os digo, viene a ser más o menos que mis neuronas se cruzan de brazos.
¡Ahora que lo pienso, es la primavera! Es que también me pasa con otras cosas, por ejemplo en el curro. Me explican las cosas y no se me quedan. Mi atención no tiene forma de lanza, tiene forma como de paraguas abierto, es como un escudo en el que rebotan, se desperdigan y refractan todas las ideas, y soy como un niño intentando mantener el agua en un cubo roto. Vamos, que no me entero ni de la misa la media. Y lo mejor de todo es que paso. No sólo mi atención refracta, también mi voluntad.
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