El animal que yo llevo dentro
Ay, hijos míos, diréis que he tardado poco en volver a abandonar el blog, lectores pesimistas como sóis, pero ha sido algo mucho más prosaico: ¡he cogido anginas! Sí, como cuando era pequeño, que comía helados y pillaba anginas cada 15 días, sobre todo en agosto. Tengo las anginas como manzanas reinetas, pero yo no sabía que los tiempos habían adelantado una barbaridad con el tema de los antibióticos. Me han recetado uno que son sólo tres pastillas, y te las tomas cada 24 horas, y yo creo que es como las tabletas esas de Dixan que se van soltando poco a poco. Mira, no sé, pero santo remedio.
Mi estancia en casa 24h-a-day no ha sido tan dura como pensaba. Hace unos años, cuando tuve un gripazo que casi me barre, o así me sentía yo, más cerca del coro celestial que de la vida terrenal, la percepción febril que yo tenía era la de un condenado a galeras vigilado por comandantes moriscos de caras brillantes, deformes, ropajes suntuosos de morisco y látigos, lenguas incomprensibles, miradas furibundas. Eran mis padres, naturalmente, y mi madre es muy pesada –sobre todo porque tiene esa percepción de posguerra de que si te has puesto malo es por tu culpa-, pero la fiebre me llevaba a verlo así, y no fue agradable.
Pero las cosas han mejorado, y he descubierto varias cosas de quién soy yo en la enfermedad. Aunque hay cosas que no cambian –por ejemplo, cuando estoy malo me sigo masturbando lo normal, aunque el llamado clímax no es lo mismo-, yo no seré un buen enfermo. No señor. Me aburro. Y la fiebre me hace tener pensamientos oscuros. Son tan oscuros que no me atrevo a airearlos. ¿Serán mi verdadero yo? ¿Soy sólo la última capa de una cebolla que por dentro no es blanca sino púrpura, y después multicolor? Quién sabe. Me aferro a mi última capa, blanca y conocida, y tan confortable…
He descubierto, por ejemplo, que mi hermana melliza llama a mi madre todos los días y la tiene como gurú sentimental. Yo no tendría a mi madre como gurú sentimental ni aún bajo el efecto de hongos alucinógenos. Si tú eres hijo de mi madre y un día apareces por casa con un chico feo –muy feo, no feo como lo somos todos-, con muchos granos y piel lechosa, ella te diría:
-Vamos, date con un canto en los dientes. ¿Dónde vas a ir tú que más valgas?
Las carestías de la guerra –yo todo lo achaco a lo mismo-, la educación machista y en el miedo hacen de mi madre un verdadero peligro andante, en su condición de gurú sentimental. Su táctica es minarte la autoestima para que te sientas cómodo en tu agujero. Es una manera tal vez efectiva para acercarte a la felicidad –todos estamos de acuerdo en la cosa zen de no desear para ser feliz-, pero los seres humanos, a saber por qué, estamos condenados a ponernos en peligro aún a costa de la felicidad.
Y es que yo, por un lado, estoy con lo zen, pero por otro, hijos míos, una vez que asomas la cabeza a la noche, con sus esquinas oscuras y sus sonrisas relucientes, con sus falsas promesas –pero tan excitantes-, no estoy tan seguro que el impulso innato haya dejado de ser la procreación, y haya dejado su puesto ésta a la felicidad. La felicidad es para después de la menopausa, para después de las erecciones, para cuando el animal que yo llevo dentro –como lo denomina genialmente Battiato- nos ha dejado en paz. Antes de todo eso, y vale que es una era idealizada porque cada vez nos hacemos más viejos, no hay felicidad, ni paz, ni nada que se le parezca. Sólo hay pasión y búsqueda, y dolor en las esquinas, y placeres fugaces, explosivos por los que comemos, dormimos –a ratos-, cambiamos de trabajo y hasta matamos. Es cansado sí, pero por encima de todo, pongámonos como nos pongamos, es… inevitable.
Mi estancia en casa 24h-a-day no ha sido tan dura como pensaba. Hace unos años, cuando tuve un gripazo que casi me barre, o así me sentía yo, más cerca del coro celestial que de la vida terrenal, la percepción febril que yo tenía era la de un condenado a galeras vigilado por comandantes moriscos de caras brillantes, deformes, ropajes suntuosos de morisco y látigos, lenguas incomprensibles, miradas furibundas. Eran mis padres, naturalmente, y mi madre es muy pesada –sobre todo porque tiene esa percepción de posguerra de que si te has puesto malo es por tu culpa-, pero la fiebre me llevaba a verlo así, y no fue agradable.
Pero las cosas han mejorado, y he descubierto varias cosas de quién soy yo en la enfermedad. Aunque hay cosas que no cambian –por ejemplo, cuando estoy malo me sigo masturbando lo normal, aunque el llamado clímax no es lo mismo-, yo no seré un buen enfermo. No señor. Me aburro. Y la fiebre me hace tener pensamientos oscuros. Son tan oscuros que no me atrevo a airearlos. ¿Serán mi verdadero yo? ¿Soy sólo la última capa de una cebolla que por dentro no es blanca sino púrpura, y después multicolor? Quién sabe. Me aferro a mi última capa, blanca y conocida, y tan confortable…
He descubierto, por ejemplo, que mi hermana melliza llama a mi madre todos los días y la tiene como gurú sentimental. Yo no tendría a mi madre como gurú sentimental ni aún bajo el efecto de hongos alucinógenos. Si tú eres hijo de mi madre y un día apareces por casa con un chico feo –muy feo, no feo como lo somos todos-, con muchos granos y piel lechosa, ella te diría:
-Vamos, date con un canto en los dientes. ¿Dónde vas a ir tú que más valgas?
Las carestías de la guerra –yo todo lo achaco a lo mismo-, la educación machista y en el miedo hacen de mi madre un verdadero peligro andante, en su condición de gurú sentimental. Su táctica es minarte la autoestima para que te sientas cómodo en tu agujero. Es una manera tal vez efectiva para acercarte a la felicidad –todos estamos de acuerdo en la cosa zen de no desear para ser feliz-, pero los seres humanos, a saber por qué, estamos condenados a ponernos en peligro aún a costa de la felicidad.
Y es que yo, por un lado, estoy con lo zen, pero por otro, hijos míos, una vez que asomas la cabeza a la noche, con sus esquinas oscuras y sus sonrisas relucientes, con sus falsas promesas –pero tan excitantes-, no estoy tan seguro que el impulso innato haya dejado de ser la procreación, y haya dejado su puesto ésta a la felicidad. La felicidad es para después de la menopausa, para después de las erecciones, para cuando el animal que yo llevo dentro –como lo denomina genialmente Battiato- nos ha dejado en paz. Antes de todo eso, y vale que es una era idealizada porque cada vez nos hacemos más viejos, no hay felicidad, ni paz, ni nada que se le parezca. Sólo hay pasión y búsqueda, y dolor en las esquinas, y placeres fugaces, explosivos por los que comemos, dormimos –a ratos-, cambiamos de trabajo y hasta matamos. Es cansado sí, pero por encima de todo, pongámonos como nos pongamos, es… inevitable.
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Comentario:
Aun a riesgo de quedar como un ignorante...Battiato? el Italiano de narices prosaicas? heavy...??? necesito una aclaración.Cuidate majete q tienes que estar en plena forma para el puente..jejeje





