Azucar en el cerebro
Qué bien, mañana se vienen finalmente la Nuri y el Casti a pasar el finde en Madrid. Por lo que respecta a mi día de hoy, mi cerebro está alcanzando el nivel de saturación, por lo menos en la parte -pequeña, apenas un pliegue- que dedico al trabajo. Antes he dicho:
- La impresora de la home lo está sacando sin tinta-. Me refería a la impresora sita en la "entrada" de esta santa empresa. Si llamo home a un espacio físico de una oficina, algo va mal en mi vida. Carcajadas alrededor de mí, vosotros hijos míos sabéis que no me importa ser el puto bufón, pero al menos me gusta serlo cuando lo elijo, no cuando quiero ser una persona normal.
Ayer me había obligado a mí mismo a buscar un gimnasio cerca de aquí para dejar de ser un enclenque y poder este verano, tal vez, lucir camisetas sin mangas -nunca lo he hecho, no creo que lo haga este verano, qué hostias-. Bajo las indicaciones de una supuesta vecina, estuve dando vueltas a varias manzanas indefinidas del Barrio del Pilar mientras la nieve me sepultaba. No encontré el gimnasio prometido. Mis huesos y yo nos metimos en La Vaguada, nos compramos una bolsa de aceitunas preñadas -sé que en madrid las llamáis de otra manera, pero no lo recuerdo- y nos la ventilamos mientras mirábamos escaparates y libros de saldo. La Vaguada me gusta, pero es lo peor. No sé si siempre que me meto ahí, como es a estas horas, me falta azucar en el cerebro o qué, el caso es que alucino con las personas que me cruzo, las tiendas a las que me asomo y lo desorientado que me siento cuando salgo de una de ellas. Nunca sé si venía de un lado o del otro. Soy como una brújula en un polo magnético.
A Yorch todavía le quedan unas cuantas horas aquí, lidiando con las impresoras y con el gerente del proyecto. Que te sea leve un día más, Yorch. Yo me piro con tu novia de cañas.
- La impresora de la home lo está sacando sin tinta-. Me refería a la impresora sita en la "entrada" de esta santa empresa. Si llamo home a un espacio físico de una oficina, algo va mal en mi vida. Carcajadas alrededor de mí, vosotros hijos míos sabéis que no me importa ser el puto bufón, pero al menos me gusta serlo cuando lo elijo, no cuando quiero ser una persona normal.
Ayer me había obligado a mí mismo a buscar un gimnasio cerca de aquí para dejar de ser un enclenque y poder este verano, tal vez, lucir camisetas sin mangas -nunca lo he hecho, no creo que lo haga este verano, qué hostias-. Bajo las indicaciones de una supuesta vecina, estuve dando vueltas a varias manzanas indefinidas del Barrio del Pilar mientras la nieve me sepultaba. No encontré el gimnasio prometido. Mis huesos y yo nos metimos en La Vaguada, nos compramos una bolsa de aceitunas preñadas -sé que en madrid las llamáis de otra manera, pero no lo recuerdo- y nos la ventilamos mientras mirábamos escaparates y libros de saldo. La Vaguada me gusta, pero es lo peor. No sé si siempre que me meto ahí, como es a estas horas, me falta azucar en el cerebro o qué, el caso es que alucino con las personas que me cruzo, las tiendas a las que me asomo y lo desorientado que me siento cuando salgo de una de ellas. Nunca sé si venía de un lado o del otro. Soy como una brújula en un polo magnético.
A Yorch todavía le quedan unas cuantas horas aquí, lidiando con las impresoras y con el gerente del proyecto. Que te sea leve un día más, Yorch. Yo me piro con tu novia de cañas.





