Mi madre
Está bien hijos míos; lo bueno que tenéis, hijos de puta, es que me hacéis pensar: lo digo por el Peq y el Casti. Puede que tengáis razón, lo mismo lo mío es un complejo de edipo mal curao. ¿Y sabéis qué os digo? Que me da igual. Por seguir abundando, relataré aquí la única vez que mi madre intentó agredirme.
Tendría yo doce años y mi madre esperaba en frente de una sartén al fuego con un huevo en la mano.
-¿Qué prefieres, huevo frito o tortilla francesa? -me había preguntado. Era la hora de cenar.
-Huevo frito -respondí yo, la atención volcada en un tebeo de Superlópez encima de un plato vacío-. Bueno no, tortilla francesa -lo pensé mejor-. No, huevo frito -me desdije. Así estuve un buen rato. De pronto, un objeto volador atravesó el éter entre mi nariz y el tebeo. El huevo se estrelló en la ventana contigua y chorreó hacia abajo. Volví la vista a mi madre y ahí estaba ella, con la mano aún levantada.
A mi madre se le agotaba la paciencia conmigo enseguida. Y con mi hermana. La Moni siempre recuerda a mi madre persiguiendo a mi hermana con una cámara vieja de bici en la mano, tratando de engancharla, alrededor de la manzana, como unos Tom y Jerry de la vida real aguilarense. Todo por llegar tarde un día de diario y andarse un con una chica nueva que había venido al pueblo, creo que se llamaba Cristina, a quien una fama de "ligera de cascos" -según la terminología habitual entonces- le había precedido desde Santander. Pero mi hermana corría mucho cuando se trataba de huir de una cámara de bici. Mi hermana es que era una pieza, de niña. No como yo, que era un santo. Podéis creerme o no, pero yo era un santo.
A mí, aquella Cristina me caía genial. Mi hermana la subía a escondidas a casa y yo me quedaba embobado escuchando sus historias de ligera de cascos de ciudad. Hasta tal punto me gustaba, que eso es lo que soy yo ahora: un ligero de cascos de ciudad.
Tendría yo doce años y mi madre esperaba en frente de una sartén al fuego con un huevo en la mano.
-¿Qué prefieres, huevo frito o tortilla francesa? -me había preguntado. Era la hora de cenar.
-Huevo frito -respondí yo, la atención volcada en un tebeo de Superlópez encima de un plato vacío-. Bueno no, tortilla francesa -lo pensé mejor-. No, huevo frito -me desdije. Así estuve un buen rato. De pronto, un objeto volador atravesó el éter entre mi nariz y el tebeo. El huevo se estrelló en la ventana contigua y chorreó hacia abajo. Volví la vista a mi madre y ahí estaba ella, con la mano aún levantada.
A mi madre se le agotaba la paciencia conmigo enseguida. Y con mi hermana. La Moni siempre recuerda a mi madre persiguiendo a mi hermana con una cámara vieja de bici en la mano, tratando de engancharla, alrededor de la manzana, como unos Tom y Jerry de la vida real aguilarense. Todo por llegar tarde un día de diario y andarse un con una chica nueva que había venido al pueblo, creo que se llamaba Cristina, a quien una fama de "ligera de cascos" -según la terminología habitual entonces- le había precedido desde Santander. Pero mi hermana corría mucho cuando se trataba de huir de una cámara de bici. Mi hermana es que era una pieza, de niña. No como yo, que era un santo. Podéis creerme o no, pero yo era un santo.
A mí, aquella Cristina me caía genial. Mi hermana la subía a escondidas a casa y yo me quedaba embobado escuchando sus historias de ligera de cascos de ciudad. Hasta tal punto me gustaba, que eso es lo que soy yo ahora: un ligero de cascos de ciudad.
Comentario:
Si es lo que to digo, uno se hace a sí mismo por sus negaciones, y llega el día en que hay que romper -figuradamente- con la santa madre de uno o pretenderá seguirte dando el besito de buenas noches con 35 años...
...sí, es duro, pero es que la vida trae mucha letra pequeña.
...sí, es duro, pero es que la vida trae mucha letra pequeña.





