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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
La Cuqui
La Cuqui era la que nos vendía la leche cuando éramos pequeños, en mi pueblo. Leche directa de la vaca. Íbamos allí -casi siempre me tocaba a mí- a las 10 de la noche con nuestra lecherita de latón, hacíamos cola en aquel pequeño despacho que olía a vaca y leche a partes iguales y ella nos llenaba las lecheras. La Cuqui era muy gorda y tenía unos brazos como mis piernas y unas piernas como pies de farola. Yo me descojonaba con ella. Hablaba a voces, de tal forma que cuando salías a la noche con tu lechera llena te pitaban los oídos, y una frase de las finas suyas podía ser:
-Me cago en la puta jodía de la vaca, me ha dado un pisotón hoy que casi me parte el espinazo.

Agarraba una lechera de cien litros con un brazo, casi tan alta como ella, y la volcaba en el medidor y del medidor a tu lechera, todo sin derramar una sola gota.
-¿Tú cuánto llevas hoy, chiguito?
-Dos y medio.
-Trae para acá -e iniciaba el trasvase-. Dile a la jodía de tu madre que si quiere pan el sábado que me diga cuántas barras, que siempre anda tarde, mal y nunca.

Pero aquel día, al levantar el bidón de cien litros, un ratón salió de debajo. La Cuqui empezo a gritar como una loca y a dar saltos por todo el local sin soltar la lechera, empujándonos. Salió por su boca tal cantidad de imprecaciones, algunas de ellas blasfemias, que las mujeres que hacían cola se santiguaban. Alguna se fue de la cola y dijo "ya volveré mañana". La Cuqui cabreada era peligrosa, y resulta que los ratones eran la única cosa en el mundo capaz de doblegar su espíritu. Cuando se hubo ido el ratón y ella se hubo tranquilizado, dijo:
-Es que me tiemblan hasta las putas de las piernas.
Pero esto lo decía con el bidón aún bajo el brazo, y sin que una sola gota hubiera resbalado de él. Cuando lo posó, sí se notó que le temblaban. Yo no pude contener la risa y las señoras que se habían quedado me miraron fatal, ni que se fuera a cortar la leche. La Cuqui me entendió y termino riéndose también.

Desde aquel día, mi hermana y yo no nos volvimos a pelear por no ir a por la leche. Yo siempre me ofrecía voluntario. En el trayecto desde mi casa a la de la Cuqui soñaba con que volviera a aparecer un ratón y ella empezara a blasfemar como nunca antes se había oído en un pueblo cristiano, y con que la leche directa de la vaca terminara duchando los tupés lacados y las permanentes de aquellas beatas mujeres.

No ocurrió, que yo supiera. Pero echo de menos ir donde la Cuqui a por leche. Gracias a ella aprendí que cagarte en la virgen y que te cayera un rayo en la cabeza no era necesariamente una relación causa-efecto directa.
 
Comentario:
En aquella época feliz yo veraneaba en un pueblillo cerca de Cervera de Pisuerga, pero el ritual de la lechería era idéntico. Aquella dieta basada en grasaza (en la leche, en la morcilla...) fue fatal para mi acné juvenil y acabó definitivamente con mi autoestima.
 
Comentario:
jeje, yo tb recuerdo los trasvases...

xo nunca salió un ratón!!
 
Comentario:
¡¡¡Venga Nuri, con lo rica que estaba la mantequilla sacada de esa grasaza amarillenta!!! Buenos recuerdos, desde luego.
 
Comentario:
La tienda adonde yo bajaba a por pan y leche ahora es un pub muy majo y el dueño es el hijo de la lechera-panadera.
Un saludo desde aquí Juanín jejjee
 
Comentario:
Mira pues yo iba donde La Juncal que por aquel entoces era la hija de la lechera, para mi madre lo sigue siendo.
 
Comentario:
Yo también echo de menos ir a por leche,aunque me diese un asco terrible beberla, con su capa de nata amarilla,.......puajjjjjj!!!!
No