La Marián
Tendríamos diez o doce años, era verano. Yo me tiraba todo el día con mi vecino Daniel -era guapo de pequeño y lo siguió siendo de mayor, hasta que se quedó calvo, y si me atrevo a reflejar esto es porque ahora está mucho más calvo que yo- y su hermana Marián. La Marián era viroja, no de un ojo, sino de los dos. Lo mejor que podías hacer era no mirarla a los ojos cuando hablaba y adivinar a quién se refería por el contexto. De otro modo, te despistarías. Total, que iba siempre con un ojo tapado, cada cierto tiempo le cambiaban el parche de lado, y le iban a operar de los dos ojos en algún momento de su pre-adolescencia. El rollo del parche no le libraba de necesitar, además, gafas de culo de botella, que le hacían ojo y parche minúsculos como lentejas. Podía ser muy duro calzar semejante aspecto en un pueblo como el nuestro.
Lo que tenía la Marián, no sé si a causa de lo anterior o además de lo anterior, es que era muy patosa. Raro era el verano que no se rompía un brazo o una pierna. Pero yo me lo pasaba muy bien con ella, porque ya entonces sospechaba lo que hoy sé que es cierto: que, con la ropa puesta y en líneas generales, las tías son mucho más divertidas que los tíos.
Aquella tarde, bajábamos los tres hacia el portal después de "El coche fantástico", Daniel y yo saltando las escaleras de tres en tres, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco. Y llegamos al penúltimo tramo, que constaba de quince escalones. Daniel y yo hicimos lo de siempre, nos apoyamos en la pared y en el pasamanos y saltamos los quince escalones de golpe. Pero, esta vez, la Marián anunció:
-Voy a saltarlo yo también.
-Esta niña es idiota -dijo el Daniel, que conocía bien a su hermana-. Mi madre me mata -es que era un poco más pequeña que nosotros.
-Déjala, yo creo que puede -dije yo, que en el fondo confiaba en ella.
Y ella, que estaba un poco a por mí, por culpa de las gafas que le distorsionaban la realidad, se lanzó.
Pues la Marián rodó a partir del peldaño octavo, rebotó contra la pared, hizo de espaldas el descansillo y bajó el último tramo hasta la puerta alternándose con la cabeza y la rabadilla. Yo nunca había visto nada igual. Corrimos a por ella y lo primero que dije yo fue:
-Tiene algo raro en la cara.
-Hala -exclamó el Daniel-. Se le ha puesto bien un ojo.
-Qué tonterías dices.
Fuimos a llamar a su madre y se la llevaron al hospital a Palencia, pasmados. Los médicos se quedaron igual de pasmados, le hicieron pruebas, regresaron al día siguiente.
-Se le ha arreglado un ojo del golpe -me contó su hermano. Dábamos vueltas por las eras, como todas las tardes-. Sólo le van a operar de un ojo, del otro. ¿Y si la tiramos otra vez por las escaleras?
-No seas bruto -me llevó a decir el sentido común.
-Es verdad. No vaya a ser que nos carguemos otra vez el bueno.
Lo que tenía la Marián, no sé si a causa de lo anterior o además de lo anterior, es que era muy patosa. Raro era el verano que no se rompía un brazo o una pierna. Pero yo me lo pasaba muy bien con ella, porque ya entonces sospechaba lo que hoy sé que es cierto: que, con la ropa puesta y en líneas generales, las tías son mucho más divertidas que los tíos.
Aquella tarde, bajábamos los tres hacia el portal después de "El coche fantástico", Daniel y yo saltando las escaleras de tres en tres, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco. Y llegamos al penúltimo tramo, que constaba de quince escalones. Daniel y yo hicimos lo de siempre, nos apoyamos en la pared y en el pasamanos y saltamos los quince escalones de golpe. Pero, esta vez, la Marián anunció:
-Voy a saltarlo yo también.
-Esta niña es idiota -dijo el Daniel, que conocía bien a su hermana-. Mi madre me mata -es que era un poco más pequeña que nosotros.
-Déjala, yo creo que puede -dije yo, que en el fondo confiaba en ella.
Y ella, que estaba un poco a por mí, por culpa de las gafas que le distorsionaban la realidad, se lanzó.
Pues la Marián rodó a partir del peldaño octavo, rebotó contra la pared, hizo de espaldas el descansillo y bajó el último tramo hasta la puerta alternándose con la cabeza y la rabadilla. Yo nunca había visto nada igual. Corrimos a por ella y lo primero que dije yo fue:
-Tiene algo raro en la cara.
-Hala -exclamó el Daniel-. Se le ha puesto bien un ojo.
-Qué tonterías dices.
Fuimos a llamar a su madre y se la llevaron al hospital a Palencia, pasmados. Los médicos se quedaron igual de pasmados, le hicieron pruebas, regresaron al día siguiente.
-Se le ha arreglado un ojo del golpe -me contó su hermano. Dábamos vueltas por las eras, como todas las tardes-. Sólo le van a operar de un ojo, del otro. ¿Y si la tiramos otra vez por las escaleras?
-No seas bruto -me llevó a decir el sentido común.
-Es verdad. No vaya a ser que nos carguemos otra vez el bueno.
Comentario:
Jajajajajajjaaaaa me parto. Seguro que la Marian sabía que se iba a cambiar algo después de ese golpe; pensaría: si me tiro... o me destrozo del todo o me quedo mejor.
:)
:)
Comentario:
JAJAJAJAJAJAJAJA
Genial genial genial, hijo, lo que no te pase a tí... Impresionante, ay, que me troncho XDDDDDDDDDD
Gracias por esta aspirina de risa que lo cura todo todo y todo.
Un besín
Genial genial genial, hijo, lo que no te pase a tí... Impresionante, ay, que me troncho XDDDDDDDDDD
Gracias por esta aspirina de risa que lo cura todo todo y todo.
Un besín





