Mi tía la monja
Era yo adolescente y visitábamos a mi tía la monja. El monasterio está a las afueras de mi pueblo, pero íbamos a verla lo mismo que si estuviera en el sur de Francia. Clarisas: pelo cubierto, sotanta negra, de esas que si las ves de lejos parecen buñuelos de chocolate.
-Qué ilusión, teneros a todos aquí-decía ella, detrás de los barrotes, y empezaba con las alabanzas. Qué pesada y qué agradecida que era. Y mi estómago rugiendo, pensando en los pasteles, que eran mi motivación principal.
Pues saca la monja las manos por la reja, me estruja la cara y se pone, la muy zorra:
-Uy este chiguito, lo que ha afeao. Con lo guapo que era de pequeño.
Hija de puta. Hubiera abierto los barrotes con mis propias manos y le hubiera roto el cuello. Porque entonces no tenía datos, que si no, hubiera respondido:
-¿Sabes? Las monjas tenéis tres veces más probabilidades de sufrir cáncer de ovarios. Se debe a que no utilizáis el coño.
Mi madre, que debido a su educación judeo-cristiana y franquista tiene el sentido del humor en el culo y se ríe de las desgracias ajenas, se partía la caja. Mi hermana, la muy cabrona, habiendo nacido en el 73, también se descojonaba.
Pero tuve mi venganza años más tarde, cuando un día de verano, en mi pueblo, me levanté de resaca por la mañana a mear y me tropecé con un bulto en el pasillo. Que sepáis que iba sólo en calzoncillos y estaba empalmao -verídico-. Pues no era un bulto, era mi tía la monja, que, no me preguntéis por qué, estaba en mi casa. Casi la tiro al suelo, pero me agarré a ella, como una escena barata de película porno -solo que mi tía la monja no pondría ni a Robinson Crusoe cuatro años después de llegar a la isla- y nos fundimos ambos en un abrazo de pasión interreligiosa e intergeneracional, los vuelos de la sotana flotando a nuestro alrdedor como pétalos del amor.
-Virgen de Trapapalucos -balbució mi tía, que no me soltaba.
-Hostia puta -dije yo. La devolví a su centro de masas, el tocado ladeado, y me encerré en el baño.
Más tarde, mi madre empezó a decirme:
-Has dejado asustada a tu tía. ¿Se puede saber qué...?
Me escapé como pude. No quise dar explicaciones y no pude volver a mirar a mi tía la monja a la cara. Ni ella a mí.
-Qué ilusión, teneros a todos aquí-decía ella, detrás de los barrotes, y empezaba con las alabanzas. Qué pesada y qué agradecida que era. Y mi estómago rugiendo, pensando en los pasteles, que eran mi motivación principal.
Pues saca la monja las manos por la reja, me estruja la cara y se pone, la muy zorra:
-Uy este chiguito, lo que ha afeao. Con lo guapo que era de pequeño.
Hija de puta. Hubiera abierto los barrotes con mis propias manos y le hubiera roto el cuello. Porque entonces no tenía datos, que si no, hubiera respondido:
-¿Sabes? Las monjas tenéis tres veces más probabilidades de sufrir cáncer de ovarios. Se debe a que no utilizáis el coño.
Mi madre, que debido a su educación judeo-cristiana y franquista tiene el sentido del humor en el culo y se ríe de las desgracias ajenas, se partía la caja. Mi hermana, la muy cabrona, habiendo nacido en el 73, también se descojonaba.
Pero tuve mi venganza años más tarde, cuando un día de verano, en mi pueblo, me levanté de resaca por la mañana a mear y me tropecé con un bulto en el pasillo. Que sepáis que iba sólo en calzoncillos y estaba empalmao -verídico-. Pues no era un bulto, era mi tía la monja, que, no me preguntéis por qué, estaba en mi casa. Casi la tiro al suelo, pero me agarré a ella, como una escena barata de película porno -solo que mi tía la monja no pondría ni a Robinson Crusoe cuatro años después de llegar a la isla- y nos fundimos ambos en un abrazo de pasión interreligiosa e intergeneracional, los vuelos de la sotana flotando a nuestro alrdedor como pétalos del amor.
-Virgen de Trapapalucos -balbució mi tía, que no me soltaba.
-Hostia puta -dije yo. La devolví a su centro de masas, el tocado ladeado, y me encerré en el baño.
Más tarde, mi madre empezó a decirme:
-Has dejado asustada a tu tía. ¿Se puede saber qué...?
Me escapé como pude. No quise dar explicaciones y no pude volver a mirar a mi tía la monja a la cara. Ni ella a mí.
Comentario:
que sí mari que sí, que las dejan salir, con causas especiales... era cuando tenía que cuidar a mi abuela Jandra, que se turnaban entre mi madre y ella, y la monja salía del convento y se daba la vida padre por aguilar cuidando a mi abuela... un día de estos dedico un post a la Jandra, veréis!
Comentario:
¿Una monja de clausura fuera del convento? Ay Julitros, Julitros.
Comentario:
Si esta historia no la hubiese oido en el mismisimo momento en q sucedió pensaría q es mentira,...





