Cositas privadas
Yo, es que soy la hostia. La hostia de tonto. Ayer me pongo a jugar con el celo -papel de ese de celo, de cello, como se diga- porque lo había estado usando laboralmente antes, total que me pongo una tira muy larga de celo desde la cara interna del codo hasta la muñeca, me da gustirrinín ver cómo se me arruga en la piel.
-Julio, ¿tienes preparada la defensa de la propuesta? -oigo detrás de mí. Mi jefe. Putada, casi nunca aparece por aquí. Y yo con el celo en el brazo.
-Sí. En seguida te la mando -digo, y me cruzo de brazos, pero el celo aún asoma. Veo que el jefe pasa fugazmente la vista por mi brazo y se detiene en los extraños pliegues. Opta por quitar la vista, en vez de detenerse a averiguar qué coño hacía este celo ahí. Mi cara es un poema de amor y comprensión. Hacia mí mismo, o algo.
Y hoy me he tomado un café con Zoo en su Facultad de Químicas y luego me ha llevado a conocer su laboratorio. Pues allí he estado, con los matraces y las pipetas. Yo me hubiera imaginado algo más tecnológico, pero no, hijos míos. Es como si abres cien cajas de Quimicefa y lo extiendes todo por ahí. Los tubitos con roña en el fondo, mucho vidrio y olor a azufre. Creo que mi amiga la Barb -a la que, como sabéis, los entornos médicos y de investigación la excitan sexualmente, literal- hubiera humedecido un poco las bragas.
Pues me han mostrado un líquido que si te toca la piel te deja una mancha morada durante varios días, y allí que metí el dedo. Efectivamente. Mi meñique izquierdo parece de los pitufos, y lo parecerá hasta el lunes o el martes, por mucho que me duche. Ahora me arrepiento un poco, igual que con lo del celo.
Eso, por no contaros que, cuando toco la guitarra, pierdo media horita o así poniéndome la cejilla en la mano y apretando suavemente, a ver cuánto dolor aguanto. Me encanta. Creo que, alguna vez, me he erectado.
¿Y sabéis el gusto que da coger un lapicero y enrollar en él tu párpado y notar el fresquito que se mete por la parte superior, nunca suficientemente aireada, del glóbulo ocular? Un placer.
Bueno, dejémoslo aquí. No quiero que empecéis a pensar que estoy como un cencerro. Sé que aún no lo pensáis. Buen fin de semana a todos.
-Julio, ¿tienes preparada la defensa de la propuesta? -oigo detrás de mí. Mi jefe. Putada, casi nunca aparece por aquí. Y yo con el celo en el brazo.
-Sí. En seguida te la mando -digo, y me cruzo de brazos, pero el celo aún asoma. Veo que el jefe pasa fugazmente la vista por mi brazo y se detiene en los extraños pliegues. Opta por quitar la vista, en vez de detenerse a averiguar qué coño hacía este celo ahí. Mi cara es un poema de amor y comprensión. Hacia mí mismo, o algo.
Y hoy me he tomado un café con Zoo en su Facultad de Químicas y luego me ha llevado a conocer su laboratorio. Pues allí he estado, con los matraces y las pipetas. Yo me hubiera imaginado algo más tecnológico, pero no, hijos míos. Es como si abres cien cajas de Quimicefa y lo extiendes todo por ahí. Los tubitos con roña en el fondo, mucho vidrio y olor a azufre. Creo que mi amiga la Barb -a la que, como sabéis, los entornos médicos y de investigación la excitan sexualmente, literal- hubiera humedecido un poco las bragas.
Pues me han mostrado un líquido que si te toca la piel te deja una mancha morada durante varios días, y allí que metí el dedo. Efectivamente. Mi meñique izquierdo parece de los pitufos, y lo parecerá hasta el lunes o el martes, por mucho que me duche. Ahora me arrepiento un poco, igual que con lo del celo.
Eso, por no contaros que, cuando toco la guitarra, pierdo media horita o así poniéndome la cejilla en la mano y apretando suavemente, a ver cuánto dolor aguanto. Me encanta. Creo que, alguna vez, me he erectado.
¿Y sabéis el gusto que da coger un lapicero y enrollar en él tu párpado y notar el fresquito que se mete por la parte superior, nunca suficientemente aireada, del glóbulo ocular? Un placer.
Bueno, dejémoslo aquí. No quiero que empecéis a pensar que estoy como un cencerro. Sé que aún no lo pensáis. Buen fin de semana a todos.





