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Las cosas que me pasan (ellas a mí)
las noches y los días, aventuras y desventuras, los chicos del centro y la periferia
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Este soy yo en una de las pocas instantáneas en que no salgo con cara capullo. Tal vez dentro de veinte carretes vuelva a sonar la flauta.
Sindicación
 
Otra de mi madre
El otro día, aprovechando que echaban lo de las mujeres desesperadas on TV y mi madre se descojonaba en plan progre de lo que allí acontecía, salté, en plan casual pero mirando de reojo:
-Ah, que sepas que en agosto se viene el Zoo a pasar unos días a Aguilar.
-Ya me lo temía yo -se pone. Pero le daba la risa-. ¿Y dónde se va a quedar?
-En casa -repuse, pasándome de cauto.
-Me supongo. ¿En qué habitación?
-En la mía -vi que le seguía dando la risa y que le importaba menos que si se le desata un zapato y añadí-: No te preocupes, que no haremos ruido.
-Ten en cuenta que al lado dormimos tus padres. Tenlo en cuenta -repitió, y siguió a lo suyo.

Yo creo que mi madre, ya en la edad dorada, se ha pasado de vueltas y le da todo igual. Tener un hijo mosesual ha sido sólo la guinda a una vida llena de sobresaltos con sus hijos, cuñados y hermanos. Sobre todo con sus hermanos, que le querían chulear unas tierras de la abuela Jandra -ay, si me leen, puedo darme por repudiado... aunque creo que me toca los cojones... sí, confirmado, me los toca-.

Mi madre, sin embargo, no es rencorosa. Sólo ha tardado tres años y medio en perdonar a sus hermanos por chulearla, y no os riáis, os puedo asegurar que, para los plazos que los odios interfamiliares manejan, esto no es tiempo. Así que, ahora, sus hermanos van de vez en cuando a casa y mi madre les pone Kas de naranja y las pastas que ellos mismos le regalan. Pero siempre quedan algunas, y yo me las tomo para desayunar. Le digo a mi madre:
-Ponles unas galletas de las mías y que se jodan. Así me quedo yo las pastas -no soy un egoísta, pero es que, si no tomo para desayunar algo que me guste, tengo arcadas.
-No seas así -dice ella-. Son mis hermanos y se merecen lo mejor.
-Mamá, recuerda lo que te quisieron hacer con las tierras.
-Ay, es verdad -se pone ella, los ojos fugazmente entrecerrados y vidriosos-. Pero no -se repone-, son mis hermanos y yo los quiero.
-Mamá, tú sólo quieres a tus hijos y a papá.
-Ay, es verdad -y sigue limpiando la campana. La limpieza es lo único que no la detiene.

Por dios, hijos míos, pero qué bruto soy, acabo de estirarme en plan orangután, me han crujido los codos que pensé que se me arrancaban los antebrazos y se clavaban en el aire acondicionado, y me he dado cuenta, porque tampoco he podido ahogar un gemido, de que varias personas de esta santa empresa me observaban estupefactas. Acabo de ser un maleducado de la hostia y la peña se ha coscao. Muy bien, julito, tú sigue así.


 
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