Blogs.ya.com Quitar publicidad
Hiroshima en tus entrañas...
Instintos, deseo, sexo, placer, locura..., la tentación...
Sindicación
 
La siesta
Me dices que sólo has dormido cuatro horas esta noche y que necesitas una buena siesta. Bendita siesta, un invento tan español que los ingleses han decidido no traducirlo. El submarino, el ChupaChups, la fregona y la siesta son, sin duda y no obligatoriamente por ese orden, las mejores exportaciones patrias.
Pero, volviendo a lo que interesa aquí, donde yo soy Jota, tu Marthita, y el deseo es el fundamento de todo lo escrito, me apostillas que, además, con lo que realmente estás soñando es con una siesta en plan sofá, tele, nadie en casa que perturbe tu momento, tu hora, en el sofá, ante la tele, ocupando toda la casa sólo con tu cuerpecito.
Y yo te digo que, si vas a tener la casa para ti, yo también quiero practicar, contigo, esa siesta tan bien descrita por tus ojos somnolientos y tu boca siempre húmeda cuando me habla.

Y vas tú y respondes que yo nunca me echo después de comer.
Vaya, como si eso importara lo más mínimo, diosa cruel y puntillosa. Tampoco nunca me había follado a nadie en el baño del curro, y mira.

Pero estoy chulo, ya lo sabes, y me gusta, también lo sabes. Así que no cejo en mi empeño.

Marthita, yo…, es que tengo que contarte una cosa. No me suelo echar la siesta, es verdad…pero…lo que sí me pasa siempre, me la eche o no, es…que…cuando tengo mucho sueño y no dejo de estirarme, se me pone, de repente, sin más, dura como una barra de hierro.

Y tú gruñes, como antaño. Y yo sonrío, como siempre te sonrío cuando quiero follarte y tú te haces la remolona. Y me escribes cosas sin sentido en el Messenger, asteriscos y almohadillas entre números sueltos, vocales desparejadas, puntos y guiones, mucho asdf y lkjh. Y yo río. E insisto, claro, en el mismo tono, disimulando no saber qué decirte pero sabiéndolo siempre, y diciéndotelo, mirándote con los ojos entrecerrados a los tuyos expectantes, sin titubeos, con una sonrisa pintándome la cara y las pupilas clavadas en tus entrañas. Diciéndote lo primero que se me pasa por la cabeza, por la polla, por las tripas, por el corazón, por los cojones.

Marthita, nos tumbamos en tu cama, apretaditos, y estirándome se me pondrá dura como aún no la has visto, más todavía, y tú si quieres puedes seguir intentando echarte la siesta. Pero yo te follaré y, luego, si quieres, ya te echas la siesta. Y, si quieres, te la echas solita.

Y gruñes, y asdf y lkjh sin parar. Pero al final ya lo sueltas.

Vete ya, anda, que es tu hora, que sino voy a empezar a arrepentirme.

Cierro mi sesión. Cojo la chaqueta y las gafas de sol y me levanto.
Voy a despedirme de mi jefe. Paso a tu lado. No me miras, pero yo sí, con la misma sonrisa perenne desde hace un par de minutos. De vuelta del hasta luego y buen finde a mi jefe, me paro a tu lado y me pongo en cuclillas a tu altura.

Vale, Marthita. Tú te lo pierdes. Buena siesta.

Y tú me dices que ya sabes lo que te pierdes, y me llamas cabrón igual que cuando me dices ‘venga, cabrón, vamos a follar al baño’. Pero que hoy estás muy cansada. Y yo te sonrió de una forma que ya parece que me he aprendido, me levanto, te toco el pelo y te dejo un hasta luego y buen finde, ya de pie y en voz alta, rindiéndose los susurros y mis pretensiones de follarte justo antes de que te echaras tu siesta.

Manos en los bolsillos, intentando andar lento y tranquilo a pesar de la erección y de las malditas ganas de volver la cara para mirarte y despedirme en silencio hasta el lunes; si sucumbiera, la ya aprehendida sonrisa les descubriría a todos no sólo lo que se me pasa por la mente, sino también lo que me agranda la polla.
Así que ojos al suelo, sonrisa escondida, y hasta luego, y buen finde.

Etiquetas:      
 
Gruñidos
Después de unos días de abstinencia de todos mis vicios por enfermedad, recobro la salud. Y quiero vicio.
Te encuentro en el Messenger, Marthita, antes de irme a trabajar, de ir a donde tú estás desde tan temprano por la mañana.
Me cuentas tu fin de semana. Yo he estado enfermo, poco que contar.

Me dices que el domingo, ayer, acabaste follando toda la noche con un amigo.

Grrrr… te escribo yo. Gruño en la realidad, no celoso, o sí, no lo sé.



Gruño porque yo te llamé ese mismo domingo, ayer, por la tarde y no me lo cogiste. Gruño porque luego te vi en el Messenger, ayer, y te dije que te había llamado porque me apetecía follarte. Gruño porque tú me dijiste, “joder, pues qué pena, porque a mí también me apetece, pero es que ahora he quedado para cenar con un colega”. Colega al que luego te acabarías follando toda la noche, ayer.
Por todo eso gruño. Por todo eso, pero en realidad sin motivo. Aquí cada uno hace lo que le parece, por supuesto, que cada uno se folle a quien quiera, si puede.

Pero qué coño, aún así, gruño.
Y tú, encima, te pones cachonda por ello. Y me lo dices, regodeándote en tu inesperada victoria.

Es lunes por la mañana, yo gruño en mi casa y tú estás en el trabajo, destrozada de tanto sexo dominical y divirtiéndote a mi costa.
Pero eso es por la mañana.
Por la tarde llego al trabajo. Tú estás comiendo con los compañeros. Saludo mientras saco una CocaCola de la maquina, conversación banal entre todos, y me voy a mi sitio a currar. Tú terminas de comer y haces lo propio. Y te conectas al Messenger, dónde te estoy esperando.

Y me escribes “Grrrrr…. Buenas, gruñón”.
Y te contesto “Cállate, perra”.
Y nos ponemos a currar, o eso aparentamos.
E insistes “¿Estás enfadado?”
Y yo sonrío. Me froto las manos. Las relajo y las poso en el teclado. “Claro, quería follarte yo”.
Y tú rematas “Y yo quiero follarte ahora”.
Yo sé que lo harías, pero no te atreves del todo. Así que tiento. “¿Tienes condones? Vamos al baño”.
Sin respirar, sentencias “No, no tengo condones, pero vamos al baño”.

Cierro el Messenger. Me levanto. Ni te miro. Salgo de la oficina. En el pasillo, una chica sale del baño y yo la dejo pasar, para lo cual tengo que girarme, y te veo venir.
Nos metemos en el baño de los minusválidos, amplio, enorme para lo que vamos a hacer.

- ¿Qué pasa, estás muy enfadado? – me besas.
- Claro, eres una zorra – te muerdo.
- Claro… - metes la mano bajo mi camiseta, chupas mis pezones.
- Míralo, eres una zorra golosa – te agarro la cabeza mientras me chupas la polla.
Entonces te levanto. Te empiezo a desabrochar los pantalones.
- ¿Qué haces? – dices sonriendo.
- … - el tanga por los tobillos.
- Pero, ¿estás loco? – y te dejas hacer.

Te estampo contra la pared y te follo. Te agarro de una muñeca y del pelo, y te machaco desde atrás, ordenándote silencio.
Fuera, la puerta de acceso y las de los baños se abren y se cierran. La gente habla, ríe, comenta la goleada del Barça. Yo te follo en el baño, a menos de un metro del mundo, que si se enterara nos envidiaría.
Se te escapa un gemido, agudo, alto. Te muerdes la mano, y gruñes. Ahora gruñes tú. Y te follo con más fuerza, como castigo.
El chasquido de tus nalgas se deja oír en el diáfano servicio. Nuestras respiraciones, ahogadas, y el orgasmo en un susurro. Entonces me empiezo a reír, tú me pegas, te arreglas como puedes, escuchas el exterior, y sales a él corriendo, dejándome a mí muerto de risa, con los pantalones por los tobillos, y el orgullo por las nubes.

Marthita, ¿ves como sí soy capaz de follarte en el baño del trabajo?


Etiquetas:      
 
Condena.
No te he visto hoy, Marthita, más allá de en mi cabeza.
Día libre en el trabajo, condena para mi imaginación, que sólo se ocupa de ti.

Podría aprovechar y hacer cosas, cosas. Podría. Pero es que sólo quiero hacer una. Verte. Tocarte. Besarte. Y tantas cosas terminadas con arte. Y empezadas.

Así que en mi día de descanso reproduzco mis jornadas laborales. Esas en las que verte me revienta la concentración. Y el pantalón, aunque rime y quede mal. Jornadas laborales en las que nadie más te ve, ni me ve, ni nos ve, furtivos del sexo, qué divertido.



Por eso, en mi día de asueto me aburro. Porque el asueto que me apetece practicar necesita de tu día libre. De una semana de vacaciones. Te haría tantas cosas, Marthita,…. tus mejores vacaciones, entre tus sábanas.

Ya te lo dije, sí, estoy chulo. Y me gusta.

 
Instinto...
Pongamos que me llamo Jota.
Pongamos que ahora me muevo por instintos.
Pongamos que ya no soy el mismo.

Hace una semana, mi conciencia regía mis actos. Hace una semana, sin saberlo, yo no era quien quería ser. Hace una semana le dije a mi compañera, a mi novia, a mi mejor amiga: ya no te quiero.

Hoy, siete días después, tan poco tiempo después, decido contar mi historia. Aquí, donde nadie me conoce. Donde soy Jota.
Hoy reconozco ante ojos desconocidos que deseo a una mujer. A otra mujer. No la deseaba entonces, ni quería ni podía, pero ahora sí. Y la deseo. Quiero desearla. Y no me corto. Ya no.



Puro instinto como motor de mis acciones, ni pudor, ni vergüenza ni ostias.
Sólo respondo ante mí y ya me conozco la respuesta.
Y se lo digo. Marthita, te deseo. Ahora puedo desearte. Nada tuviste que ver en lo que paso hace una semana. Y te deseo.
Marthita abre los ojos y se muerde el labio inferior.
Le susurro al oído “te vas a enterar de lo que es que te follen de verdad”. Chulo, responde. Es verdad, estoy chulo. Me siento chulo. Y me gusta.

Libre. Ligero. Como un buitre leonado, deseando meter la cabeza en las entrañas de Marthita. En las de quien me diga mi instinto.

Dice Eusebio Poncela en Martín H, donde pongamos que se llama Dante, que hay que follarse a las mentes, que él se siente seducido por una cara y un cuerpo cuando ve que hay una mente que lo mueve y que vale la pena conocer.

Estoy de acuerdo. Pero ahora no. Ahora quiero cuerpos. Desconocidos o conocidos, pero que huyan del compromiso también. Follármelos a todos. Porque puedo, y creo que quiero… hasta que apareció Marthita. Es sólo sexo, pero su mente me atrae incluso más que su cuerpo, cuerpazo. Puto Poncela, epicúreo de los cojones. Puedo follarme a quien quiera, pero Marthita… ¿qué? Ni amor ni ostias. Pero complicidad. Mucha complicidad. Tal vez demasiada complicidad si se quiere sólo sexo, si no se quiere caer en algo más, en algo de lo que acabo de salir y no repetiría en mucho tiempo, ni por todo el oro del mundo. O tal vez no. O tal vez la complicidad necesaria para consumar el sexo de entre los sexos. No lo sé, nunca había tenido una relación así, basada en orgasmos, sudor, palabras sucias, y gemidos.
Ahora sí.

Y me gusta. Un cuerpo con mente, una mente con cuerpo, en el momento perfecto, en el sitio perfecto. Me llamo Jota y estoy solo. Me llamo Jota y me estoy reinventando, y Marthita ayuda, mucho.