Una novela buscando un título.
Avanzó rápido por la acera mojada por la lluvia. No podía esperar. Debía ponerse a ello cuanto antes. Tan solo quedaban 60 días para la entrega y todavía no se le había ocurrido nada.
Le iba dando vueltas a su cabeza y no se daba cuenta que iba empapado. Subió rápidamente las escaleras hasta su casa. Le resultó dificil abrir la puerta, no encontraba la llave que era. Sin siquiera cambiarse se sentó en una silla cogió un trozo de papel y un bolígrafo y se estremeció. El pelo mojado hacía que gotas cayeran sobre el papel y lo convirtieran en algo sobre lo que era imposible escribir. Hizo una bola con el folio y lo tiró a la papelera.
Era tarde. LLevaba mucho tiempo sin comer. Los intestinos producían sonidos desagradables. Se acercó hasta el frigorífico y lo abrió con cuidado. Sabía que poca cosa encontraría en él, pero todavía le quedaba la esperanza de que algo no se hubiera podrido y le sirviera de cena. Estuvo mirando las fechas de caducidad de algunos artículos envasados al vacio y al final encontró una pizza que ya llevaba una semana caducada Le quitó el film de plástico que la envolvía y la metió en el microondas. Cenó decentemente y se echó en el sofá. Miraba al techo blanco. Quería que le diera alguna idea para poder empezar su tercera novela. Pero seguía sin ocurrírsele nada. Una sensación de ansiedad recorrió todo su cuerpo. Al final consiguió dormirse.
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Se levantó con los lumbares hechos polvo y se dirigió al cuarto de baño a orinar. Qué alivio!, pensó. Se dió media vuelta y se miró al espejo. Abrió el grifo y colocándo las manos en forma de concavidad, las llenó y se echó el agua a la cara. Estaba muy fría. Los cabellos estaban totalmente descolocados y los aplacó mojándolos y peinándolos. Ahora ya se veía de otra manera.
Bajó los dos escalones hasta la cocina. Desenroscó la cafetera. Le echó agua y café y la volvió a enroscar. La colocó sobre el fuego y esperó a que el olor a café recién hecho invadiera toda la casa.
Seguía...
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lloviendo. Miró por la ventana hacia la calle. Los transeuntes corrian para guarecerse en los portales.
De pronto vió un paraguas que creyó reconocer. Aquellos colores le eran familiares. Se visitió rápidamente y sin quitarse las zapatillas bajó hasta la entrada del edificio. Abrió la puerta y miró a la izquierda. El paragüas seguia moviendose portado por una chica que llevaba una gabardina gris. Corrió tras ella y la agarró del brazo suavemente para que se parara. Se giró y sus miradas se cruzaron.
Ambos no podían creer que volvian a estar juntos después de tantos años y debajo de aquel chaparrón.
La besó y la llevó hasta la entrada de su casa. Ella no dijo nada...
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Paloma era una chica menuda con un pelo liso entre castaño y rubio.
Era ella quien siempre encontraba solución a los problemas que se presentaban. Su ironía se mezclaba con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos como la nieve. Y sería ella quien a partir de ahora ayudaría a Jon en la difícil tarea de acabar el trabajo que tenía entre manos. Donde hay un gran hombre, siempre hay una mujer más grande.
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Se sentaron en el sofá y se miraron mutuamente. Callados, sonreían. Estaban juntos después de mucho tiempo. Jon se levantó y, ligeramente nervioso, empezó a moverse por el apartamento.
Ella lo miraba y se reía. Al final le dijo: -Jon, ven aquí, siéntate a mi lado. Cuéntame que es de tu vida. Creí que nunca nos volveríamos a ver después de aquella tarde en Marlandia.
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Le iba dando vueltas a su cabeza y no se daba cuenta que iba empapado. Subió rápidamente las escaleras hasta su casa. Le resultó dificil abrir la puerta, no encontraba la llave que era. Sin siquiera cambiarse se sentó en una silla cogió un trozo de papel y un bolígrafo y se estremeció. El pelo mojado hacía que gotas cayeran sobre el papel y lo convirtieran en algo sobre lo que era imposible escribir. Hizo una bola con el folio y lo tiró a la papelera.
Era tarde. LLevaba mucho tiempo sin comer. Los intestinos producían sonidos desagradables. Se acercó hasta el frigorífico y lo abrió con cuidado. Sabía que poca cosa encontraría en él, pero todavía le quedaba la esperanza de que algo no se hubiera podrido y le sirviera de cena. Estuvo mirando las fechas de caducidad de algunos artículos envasados al vacio y al final encontró una pizza que ya llevaba una semana caducada Le quitó el film de plástico que la envolvía y la metió en el microondas. Cenó decentemente y se echó en el sofá. Miraba al techo blanco. Quería que le diera alguna idea para poder empezar su tercera novela. Pero seguía sin ocurrírsele nada. Una sensación de ansiedad recorrió todo su cuerpo. Al final consiguió dormirse.
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Se levantó con los lumbares hechos polvo y se dirigió al cuarto de baño a orinar. Qué alivio!, pensó. Se dió media vuelta y se miró al espejo. Abrió el grifo y colocándo las manos en forma de concavidad, las llenó y se echó el agua a la cara. Estaba muy fría. Los cabellos estaban totalmente descolocados y los aplacó mojándolos y peinándolos. Ahora ya se veía de otra manera.
Bajó los dos escalones hasta la cocina. Desenroscó la cafetera. Le echó agua y café y la volvió a enroscar. La colocó sobre el fuego y esperó a que el olor a café recién hecho invadiera toda la casa.
Seguía...
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lloviendo. Miró por la ventana hacia la calle. Los transeuntes corrian para guarecerse en los portales.
De pronto vió un paraguas que creyó reconocer. Aquellos colores le eran familiares. Se visitió rápidamente y sin quitarse las zapatillas bajó hasta la entrada del edificio. Abrió la puerta y miró a la izquierda. El paragüas seguia moviendose portado por una chica que llevaba una gabardina gris. Corrió tras ella y la agarró del brazo suavemente para que se parara. Se giró y sus miradas se cruzaron.
Ambos no podían creer que volvian a estar juntos después de tantos años y debajo de aquel chaparrón.
La besó y la llevó hasta la entrada de su casa. Ella no dijo nada...
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Paloma era una chica menuda con un pelo liso entre castaño y rubio.
Era ella quien siempre encontraba solución a los problemas que se presentaban. Su ironía se mezclaba con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos como la nieve. Y sería ella quien a partir de ahora ayudaría a Jon en la difícil tarea de acabar el trabajo que tenía entre manos. Donde hay un gran hombre, siempre hay una mujer más grande.
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Se sentaron en el sofá y se miraron mutuamente. Callados, sonreían. Estaban juntos después de mucho tiempo. Jon se levantó y, ligeramente nervioso, empezó a moverse por el apartamento.
Ella lo miraba y se reía. Al final le dijo: -Jon, ven aquí, siéntate a mi lado. Cuéntame que es de tu vida. Creí que nunca nos volveríamos a ver después de aquella tarde en Marlandia.
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