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Historias de Natalie
...te esperaré despierta en esta oscuridad...
Acerca de
Soy como la noche... Te rodeo, te envuelvo, te ahogo, sin ofenderte, sin ni siquiera tocarte...
Sindicación
 
Reencuentros

Cuando te reencuentras con un ex, existen dos posibilidades. Que en ese momento inunden tu cabeza todas las discusiones, enfrentamientos y sentimientos hostiles que marcaron el final de la relación, o que suceda todo lo contrario. Que la ocasión sea una oportunidad para recordar viejos tiempos, o para hablar del presente y de proyectos nuevos. A mí me sucedió lo segundo en ambos casos. Supongo que esto significa que pese al sinfín de reproches y de peleas absurdas llevadas al extremo durante los últimos meses, el balance que queda al final de la relación es positivo.

Soy bastante optimista en todos los aspectos de mi vida, siempre almaceno los buenos momentos de todas mis vivencias y elimino de forma natural los malos. Puedo disfrutar de un ligero toque masoquista en mi vida sexual, pero jamás en la sentimental. Él, por el contrario, lo guarda todo, lo bueno y lo menos bueno. En los últimos meses desarrolló una extraña facilidad para desenterrar asuntos que parecían olvidados, surgiendo inseguridades y celos que me descubrieron un hombre muy distinto al que yo conocía y del que me enamoré, rozando, en ocasiones, la frialdad extrema e incluso la crueldad. Él podría, con toda certeza, reproducir cada una de las discusiones que mantuvimos durante el último año y las palabras exactas que nos dijimos en cada una de ellas.

Había reservado mesa en uno de mis restaurantes favoritos. Pedimos un buen vino y la comida fue muy agradable. Inevitablemente, ambos nos descubrimos tratándonos como si aún fuésemos pareja. Se colaban las palabras de afecto continuamente en la conversación , los "cielo", "cariño" o "mi niña" que nos regalábamos a todas horas, las miradas tiernas, el cogernos la mano, darnos a probar nuestros respectivos platos o brindar mirándonos a los ojos. Estábamos solos él y yo, en el restaurante no había nadie más.

Él, tan elegante y caballero como siempre. Sus ojos verdes no apartaban la mirada de mí en ningún momento: recorrían mis piernas enfundadas en medias negras, la forma de mis pechos a través de la camisa blanca, mis labios maquillados en color rojo, mis ojos...

La botella de vino dio paso a otra de cava en los postres y rápidamente comenzamos con los juegos y coqueteos inocentes. Me entretuve acariciando con mi zapato de tacón su pierna mientras le observaba seductora a través de mi copa. Él hizo lo propio, deslizando su mano por mi pie y subiendo por mi tobillo, contemplándome excitado, posiblemente intentando adivinar a través de mis ojos si debajo de mi pantalón tipo short se escondía uno de los ligueros que tanto le encendían. A modo de confirmación crucé mi pierna derecha, permitiendo con el movimiento que el short se subiese lo justo para dejarle ver el elástico de la media. Dos minutos después ya habíamos salido del restaurante y estábamos dentro de su coche nuevo.

-Vamos a casa, tengo un par de botellas de vino que te van a encantar.

-¿A tu casa? Creí que íbamos al cine... -le sonrío con picardía.

-Cambio radical de planes. Además, en casa tengo un par de películas nuevas en DVD cojonudas.

-Por cierto, D. me encanta tu coche nuevo, no le hace justicia al anterior...


Me mira, le miro, y sobran las palabras. Sonríe. "Me vuelves loco", y detiene el coche.

 
Algo Más

Llevo toda la semana deseando ver a Carlos y por fin estoy allí, aparcando el coche enfrente de su casa. Mientras recorro la distancia que nos separa, sólo se escucha el sonido de mis zapatos de tacón en la calle desierta y, aunque hace frio, no puedo evitar excitarme y humedecerme pensando en lo que va a ocurrir a continuación.

Llamo a la puerta y cuando me ve no se entretiene preguntándome qué tal estoy. Simplemente me mira de arriba abajo con lujuria, se muerde el labio inferior moviendo la cabeza de izquierda a derecha y se lanza a mi boca y a mi cuerpo. Me besa... le beso... me desnuda... le desnudo... me desea... le deseo...

Sabe exactamente qué decir y hacer en cada momento para volverme loca de placer. Me tumba sobre el sofá y su lengua se cuela entre mis piernas, lamiendo y saboreando cada centímetro... mientras, yo no puedo evitar coger sus manos e ir introduciendo cada uno de sus dedos dentro de mí, marcándole el ritmo... uno, dos, tres... cuatro...

-¿Te gusta?

-Me encanta, no pares... más fuerte, por favor...

-¿Te duele?

-Sí...

-¿Quieres que pare?

-Ni se te ocurra... quiero más... fóllame... pero no dejes de hablarme.


Se coloca sobre mí y con mis piernas sobre sus hombros me hace llegar al cielo. Gime y le beso... gimo y sus dedos me llenan la boca... saben a mí...

Yo también sé qué decir y hacer para satisfacerle. Me coloco a cuatro patas sobre el sofá, dejándole una perfecta visión de mi sexo y mi culito, con los que juega su antojo, y me entrego en profundidad a su delicioso miembro. Me muerde las nalgas, las acaricia y me azota fuerte... muy fuerte... en un momento de máxima exitación me regala un "te quiero" que me desconcierta y me hace estremecer al tiempo que toda su esencia inunda mi boca.

Esa noche duermo entre caricias y besos, arropada por el sonido de su respiración. Algo ha cambiado misteriosamente en mí, algo ha cambiado inexplicablemente en él. El sexo sigue siendo fabuloso, increíble, intenso, pero cada uno de nuestros besos delatan algo más íntimo: una conexión que va mucho más alla de la pura atracción física. Cada mirada, cada sonrisa, cada palabra... Ésa es la primera noche desde que nos acostamos juntos que no quiero que termine.

A la mañana siguiente, mientras yo me ducho y me arreglo para ir al trabajo, él me prepara el desayuno, un zumo de naranja natural y dos tostadas. Desayunamos, reimos, compartimos confidencias y no dejamos de besarnos y meternos mano.

-Natalie, creo que vamos a tener que dar un empujoncito importante a esta relación. Sucede como en las ventas, si no se cierra el pedido lo antes posible se corre el riesgo de que llegue otro con una oferta mejor.

-¿Y qué sugieres?

-Necesitas a un hombre como yo... maduro, estable, que respete tu espacio... apuesto a que puedes llegar a intimidar a los chicos de tu edad.

-Te sorprenderías... Carlos, creo que eres demasiado mujeriego para mí -bromeo con él.

-Llevo seis años sin pareja estable y he disfrutado mucho de mi soltería, pero tú has dado un vuelco a mi vida. El sexo y la relación que tenemos ahora es cojonuda, pero quiero más, mucho más. No necesito estar con ninguna otra mujer.

-¿Cenamos juntos el viernes?

-Claro, preciosa. Por cierto, me ha encantado despertarme a tu lado.


-A mí también. Repetimos el viernes, pero esta vez no me traeré pijama...

Salgo de su casa sonriente, feliz... ilusionada, después de tanto tiempo...
 
Daniel

Daniel (Dani para los amigos) es el único tío bueno con pocas neuronas con el que he estado, y eso fue hace varios años. Antes de nada, mis disculpas a todos los tíos buenos con pocas neuronas que lean esto, pero que cada palo aguante su vela, para gustos colores, o siempre hay un roto para un descosido.

Estaba una noche en una discoteca de moda muy conocida de mi ciudad, bailando con mis amigas como una loca, cuando Paula me advierte de lo que se avecinaba:

- Natalie, ten cuidado, chulo de discoteca al sur -típico código entre amigas.

- ¿A qué sur? ¿al tuyo o al mío?

- Joder Natalie, lo tienes detrás, apoyado en la barra, y no deja de desnudarte con la mirada -es que bailo muy bien- le quedan dos minutos para que lo tengamos entre nosotras.

Qué sabia es Paula, no falla una, al minuto y medio ya se estaba presentando, "Soy Daniel, Dani para los amigos", y a los treinta segundos de la presentación yo le estaba dando un morreo de escándalo con baile sexy de por medio para que cerrara la boquita. Si le dejo hablar treinta segundos más, hoy estaría contándoos otra historia, y esa noche me apetecía experimentar con un hombre así.

Daniel es... un bombón. El típico hombre con físico de escándalo, rasgos perfectos, impecablemente vestido y peinado, pero tiene un defecto. Un grave defecto. Tiene pocas neuronas. Muy poquitas, y no exagero. Puedo aseguraos que más allá de sus musculitos y de su ropa cara de marca hay poco más. Y os lo puedo asegurar porque después de esa noche rompí mi norma y quedé con él dos veces más.

Sí, lo sé, no tengo perdón, de hecho estoy escribiendo esto y me avergüenzo de mis actos, pero tenéis que entenderme. Yo era muy jovencita, me dejé llevar por mis instintos, y pequé. Pensé que se merecía una oportunidad, tal vez a la luz del día cambiaría. Siempre he sufrido los prejuicios de la gente en mis propias carnes y no quería comportarme como ellos. Sé que lo mejor hubiese sido huir con el primer indicio, pero aprendí la lección, y rectificar dicen que es de sabios, ¿verdad? Hoy por hoy estoy totalmente recuperada y puedo asegurar con una sonrisa que no he vuelto a caer en la tentación.

Los siguientes dos encuentros fueron francamente tristes. De cara a la galería éramos un exitazo. Él, guapísimo, con todo en su sitio, estilazo... El fallo: nunca ha ido conmigo el ir de "chica mona" y me gusta demasiado conversar, mala costumbre que tiene una. A pesar de que intentaba por todos los medios besarle para no tener que escucharle demasiado, cada vez que abría la boca mi libido bajaba de una manera brutal. Le empecé a ver incluso feo... insulso... tocar sus perfectos abdóminales dejó de producirme placer e incluso el bailar rozándome con su cuerpo serrano ya no me daba morbo. Era uno más y, encima, sin tema de conversación.

En la segunda cita ya lo tenía decidido, pero el colmo fue que esa tarde me invitó a tomar un helado... en el Burger King.

Qué más puedo decir. Sobran las palabras. Una tiene una categoría, faltaría más.
 
La Primera Vez que... (II)

- Buenos días, princesa. Perdona si te ha despertado mi llamada.

- No te preocupes, me acosté con el sabor de tu cuerpo y me despierto con tu voz y con más ganas de ti... ¿Sabes que tengo dolores en zonas de mi cuerpo que nunca antes había sentido? Cada uno de esas punzadas me hace recordar lo mucho que te deseo, y me encanta.

- Eres increíble Natalie, activas todos y cada uno de mis sentidos. Me tienes loco, loco de pasión, loco por besarte a todas horas. No te aparto de mi mente ni un instante, de hecho ahora mismo estoy en el hospital con Esther y me encantaría mandar todo al carajo y correr a tus brazos. Te follaría ahora mismo... dime que tú también lo quieres.

- Sabes que sí, no pienso en otra cosa... ¿Ella está bien?

- Tranquila, no es grave. Me llamó esta mañana porque se ha torcido un tobillo -suspira resignado-. No aguanto más, esta relación no tiene ningún sentido. Se acabó.

- ¿Estás seguro? Sabes que yo nunca te he pedido que lo hagas... Si das el paso debe ser por ti.

- ¿Tú no estarías conmigo?

- Víctor, me encantas, pero no estoy enamorada de ti, y tú tampoco lo estás de mí. Lo pasamos muy bien juntos, disfrutamos cada segundo, y nos une algo mucho más íntimo que el sexo. Una relación seria sólo complicaría las cosas. Además, iniciar un romance basado en una infidelidad sería un error.

- Lo sé, preciosa, pero yo sí que estaría contigo...


Cuando Víctor me abordó en plena calle con predemitación y alevosía, tenía pareja. No vivían juntos, pero ella solía quedarse varias noches a la semana en su casa. La relación entre ambos llevaba un año estancada y al poco tiempo de comenzar las relaciones sexuales entre nosotros, Víctor, después de la conversación anterior mantenida conmigo, decidió dar el paso y rompieron.

Al principio sólo coqueteábamos, salíamos a cenar, a tomar una copa, al cine... en esos encuentros hablábamos mucho, de todo, lo que nos dio la oportunidad de conocernos muy bien y adentrarnos en el apasionante juego de la seducción. Nos excitábamos y provocábamos el deseo mutuamente con gestos, miradas, sonrisas... Víctor jugaba muy bien, era muy sutil.

Cuando la tensión sexual empezó a desbordarnos fue muy sincero conmigo respecto a su pareja. No me importó su situación porque no estaba enamorada de él. Si lo hubiese estado creo que no hubiese sido capaz de seguir viéndole. En el amor me gusta dar y que me lo den todo, no creo en las medias tintas. En el sexo también, por supuesto, y Víctor era casi tan activo y complaciente como yo.

Siempre me trató con mucho respeto, la diferencia de edad entre nosotros le encendía, pero al mismo tiempo le imponía. Yo fui marcando el ritmo a mi antojo, disfrutando del deseo que me transmitían sus ojos, sus gestos y cada una de sus palabras. Me apasionaba sentirle tan entregado a cada una de mis caricias y de mis besos, tan esclavo de mi lengua traviesa... sus suspiros le delataban, sus manos revelaban las ganas contenidas, magreándome sin medir las fuerzas...manoseando, sobando y lamiendo cada centímetro de mi piel.

Sí, yo también le deseaba. Me volví adicta a sus labios, a la destreza de su lengua, a cada uno de sus dedos, expertos como pocos, al sonido de su voz entrecortada susurrando mi nombre y a todas y cada una de sus palabras malsonantes mientras me penetraba hasta lo más hondo. Me enganché a la maestría y al saber hacer de su sexo, a la perfección de su forma, de su tamaño, de su grosor, de su olor y mucho más de su sabor. Me entregué a él sin límites, igual que una esclava lo hace a su amo, a cambio de que me utilizase, de que experimentase conmigo a su antojo y me diese mucho placer.

La relación entre ambos se volvió obsesiva, incluso peligrosa. Yo siempre quería más y él siempre estaba dispuesto a dármelo. Más sexo, más veces, más placer, más orgasmos, más peligro, más morbo, más de todo.

Nos escribíamos cientos de mensajes, mensajes muy calientes, él desde el trabajo y yo desde la facultad. Por las noches, estando su novia con él en casa, me llamaba por teléfono desde el cuarto de baño. Conversaciones de todo menos románticas: "Dime qué llevas puesto", "No dejo de pensar en tu precioso culito", "Te deseo ahora, sin ropa interior en mi coche". Al principio siempre me hacía la cohibida, pero terminaba dejándome llevar por el peligro y el morbo de la situación. Normalmente estas llamadas culminaban con ambos follando como locos en su coche, en frente de su casa, cuando su novia se decidía a irse a dormir.

Nuestros juegos duraron casi un año. Un año con experiencias de todo tipo, con las que aprendí muchísimo: del sexo, de las relaciones sin amor y, sobre todo, de mi misma. Ambos sabíamos que todo terminaría cuando uno de los dos se enamorase de otra persona, y fui yo la que dio ese paso al conocer a D. Ya se sabe, cuando el amor te dice ven, lo mejor es dejarlo todo, máxime si el buen sexo viene incluido en el pack.

Han pasado varios años, pero de vez en cuando Víctor me sigue sorprendiendo con algún mensaje a mi móvil de este estilo: "Estás guapísima con ese nuevo corte de pelo" o "Me encantan el bolso y las gafas de sol que llevabas esta tarde". Otras veces, simplemente me manda un beso.

Cosas del destino, aunque ambos seguimos viviendo en el mismo lugar, no hemos vuelto a coincidir. Sin embargo, por lo que me da a entender, de alguna manera él sigue observándome...

...de la misma forma que hace años, cuando era una colegiala.
 
La Primera Vez que... (I)

La primera vez que me acosté con un hombre no hice el amor. No hubo te quieros, pero sí mucho deseo. Tampoco miraditas tiernas, más bien fueron lascivas. Fue puro sexo y sucedió así porque yo quise que fuera de esa forma, ni más ni menos, y no me arrepiento en absoluto.

Iba a contaros que le conocí por causalidad, pero no sería del todo cierto. Digamos que él ya se había fijado en mí y esperó el momento oportuno para provocar el primer encuentro, aunque de eso me enteré más tarde. Pese a que vivimos relativamente cerca no había reparado en él, aunque sí en su coche. Solía contemplarlo a menudo aparcado en la puerta de su casa, un modelo que siempre me ha llamado la atención.

No sé si será algo fuera de lo común, pero determinados coches siempre me han dado mucho morbo. Suelo fantasear, imaginando el prototipo de hombre que me gusta al volante del coche en cuestión, lo que activa de forma inmediata mis más íntimos deseos. Con el paso de los años he llegado a la conclusión, y no exagero, que para mí es una especie de "objeto fetiche", algo no imprescindible, pero sí altamente motivador. Me apasiona sobremanera practicar el sexo dentro de un coche que me estimule, a pesar de que existen lugares mucho más cómodos, pero Natalie no suele buscar precisamente la comodidad como factor principal en sus relaciones sexuales.

Víctor y su coche hacían una pareja estupenda. Vamos, que ninguno de los dos tenía desperdicio. Me encantó su descaro y su sentido del humor cuando se decidió a abordarme en plena calle. Me hizo reír, mucho, y tomamos algo en una cafetería cercana esa misma tarde.

Me sorprendió gratamente al revelar que solía verme todos los días durante mi etapa escolar, cuando regresaba del colegio y él lo hacía del trabajo, contándome detalles que me hicieron recordar y sonrojar. Al comenzar mi etapa universitaria, mi uniforme de colegiala (faldita de cuadros incluida) dio paso a los vaqueros, las blusas escotadas, los vestidos y los zapatos altos de tacón y el destino hizo que continuase pasando por esa calle prácticamente a diario. Él sólo tuvo que encontrar el momento adecuado. La buena química y la tensión sexual que surgieron entre ambos desde el principio hicieron el resto.

Una tarde, después de clase, vino a recogerme a la facultad en su maravilloso coche. Íbamos de camino al cine, había comprado un par de entradas para el estreno de una película. No sé en qué momento exacto me desvinculé por completo de la conversación que estábamos teniendo, sólo recuerdo que le pedí que parara el coche. No sé si fue el coche, la llegada del verano, la visión de sus perfectos abdominales a través de la camisa medio abierta o la forma en que manejaba la palanca de cambios, pero supe que ése era mi momento.

Entre besos y tocamientos más que insinuantes por mi parte hizo lo que pudo por dejar el coche medianamente bien estacionado. Recuerdo su lengua por todo mi cuerpo mientras me quitaba el vestido, sus palabras de deseo, cómo me apretaba fuerte con sus manos, tanto que a la mañana siguiente me desperté con señales más que evidentes, y cómo literalmente le rogué que entrase dentro de mí... en la parte trasera de aquel coche me coloqué a horcajadas sobre él, y todo evolucionó de forma natural. Fue mi primera vez, pero creí morir de placer.

En ningún momento supo que él era "el primero". De hecho, nunca se lo dije y creo que ya nunca lo haré. No buscaba que me tratara con ternura, suavidad, delicadeza... en ese momento lo que el cuerpo me pedía era sexo, pasión, desenfreno... ya habría tiempo para hacer el amor estando enamorada, y claro que lo hubo.

Nuestros encuentros fueron frecuentes hasta que conocí a D. y el amor dio un vuelco a mi vida. No exagero si os aseguro en confianza que más de la mitad tuvieron como escenario principal el "coche fetiche", y no precisamente por falta de alternativas.

Aún hoy si pienso en Víctor me viene a la cabeza inmediatamente el recuerdo de ese coche... sigue siendo uno de mis favoritos.