Caperucita y el Lobo
Hace un año, Caperucita decidió dar un giro inesperado al cuento. Cambió la candidez por la picardía, una relación perfecta junto a un hombre perfecto por vivir peligrosamente, y la cestita por unos zapatos de tacón de aguja.
Ahora Caperucita procura que no entren en sus exposiciones los razonamientos categóricos, porque no puede defender algo que puede cambiar mañana. Porque ya no cree en el "para siempre", sino en el ahora. Porque asume que lo que piensa hoy puede verse alterado en cualquier momento, y no porque no confíe firmemente en lo que siente hoy, sino porque la vida es un cambio constante. Porque fue víctima de sus instintos y se descubrió haciendo cosas que jamás soñó hacer... por eso se ríe de si misma cuando la vida decide ponerla a prueba y tropieza, y aprende... y sonríe... porque de nuevo le ha enseñado una importante lección, y es entonces cuando el "Nunca" pasa a ser "¿Quién puede saberlo?".
Caperucita ya no se llama así, prefiere algo menos delatador... mucho más sugerente. Caperucita se ha deshecho de su caperuza, aunque conserva los zapatos rojos que reserva para las noches especiales en las que cruza el bosque, donde los lobos se esconden y aúllan, hambrientos por seducir jovencitas... Ya no hay madre que la espere en casa ni abuelita que la reciba. Lamentablemente, por no haber, no hay apenas lobos.
Caperucita sabe muy bien lo que quiere. No busca que la adulen, no anhela que la digan que es maravillosa, preciosa y encantadora... Caperucita está cansada de cursilerías. Busca algo diferente, busca acción, busca morbo, busca alejarse de lo moral y busca rendirse a sus deseos. No busca sexo de una noche, eso sería demasiado fácil, y a ella le apasionan los retos. Ya no pretende resultar interesante a los ojos de los hombres, sino seductora, misteriosa y cautivante. Caperucita desea que la halaguen con las manos, con caricias encendidas bajo el mantel de algún restaurante caro, con miradas lascivas, con intenciones claras, con noches interminables de sexo salvaje. Busca sexo, busca pasión, busca fuego y seducción de la auténtica... de la que sólo los lobos pueden ofrecer.
Necesita un lobo... un buen lobo, como los que había antes, como los que la miraban por la calle cuando era una niña vestida de rojo... como los que su madre decía que eran peligrosos. Caperucita busca eso, busca deseo, busca maldad y busca mentira. Busca un hombre capaz de engañar a su mujer y a su amante para irse con ella, un hombre que sin conocerla de nada, vaya hacia ella y le diga que la desea, que quiere morder sus labios... busca algo más que malas intenciones y bromas maliciosas. Busca hombres. Hombres sin reparos, capaces de dar placer hasta la extenuación, hombres a quien no les importe lo que dice la sociedad sobre las jovencitas y lo que no pueden hacer. Busca un hombre que no le importe su estado civil o su edad, uno que sólo se preocupe del tamaño de sus pechos y de cómo besa... uno que no quiera enamorarse, ni comprometerse, uno que no la pida el teléfono para volverse a ver, aunque inevitablemente ambos saben que será así... uno que sólo quiera lo que ella quiere.
Se arregla y sale a la calle, radiante y espléndida. Hoy incluso lleva una prenda íntima roja, a juego con los zapatos, el bolso y los labios. Podría entregarse a cualquier hombre interesante que le propusiera algo, pero para despertar su interés, entender su mirada y descifrar que ha cruzado el bosque demasiadas veces, tendría que ser un lobo... y quedan pocos.
Entra en un bar desconocido y pide un capuchino. Cruza las piernas con lentitud y comprueba el largo de su falda. De repente, nota una mano en su hombro, una mano cálida y sutil que dibuja una caricia. Se gira esperando encontrar al lobo que ha estado buscando y sonríe. Lee en los ojos verdes de su acompañante el deseo anhelado, la lujuria, la pasión y la maldad más puras que nunca antes imaginó. Atractivo en extremo, carismático y mujeriego, un canalla, un sinvergüenza... encantador.
Esa noche, hace ocho meses, Caperucita se rinde por primera vez a los placeres que le brinda esa mano experta... la misma mano que hoy continua siendo esclava de sus deseos por tiempo indefinido.
Cada mañana, después de una noche intensa de sexo, una de tantas, su lobo se despierta y ella le sonríe, maliciosa y desnuda desde el tocador. Caperucita piensa entonces en lo que dice siempre su amiga Sandra mientras entrelaza el dedo índice con sus rizos rubios:
Olvídate de ese lobo, Caperucita
Y Caperucita sonríe de nuevo... y vuelve a la cama del lobo una mañana más, sedienta de más sexo...

Ahora Caperucita procura que no entren en sus exposiciones los razonamientos categóricos, porque no puede defender algo que puede cambiar mañana. Porque ya no cree en el "para siempre", sino en el ahora. Porque asume que lo que piensa hoy puede verse alterado en cualquier momento, y no porque no confíe firmemente en lo que siente hoy, sino porque la vida es un cambio constante. Porque fue víctima de sus instintos y se descubrió haciendo cosas que jamás soñó hacer... por eso se ríe de si misma cuando la vida decide ponerla a prueba y tropieza, y aprende... y sonríe... porque de nuevo le ha enseñado una importante lección, y es entonces cuando el "Nunca" pasa a ser "¿Quién puede saberlo?".
Caperucita ya no se llama así, prefiere algo menos delatador... mucho más sugerente. Caperucita se ha deshecho de su caperuza, aunque conserva los zapatos rojos que reserva para las noches especiales en las que cruza el bosque, donde los lobos se esconden y aúllan, hambrientos por seducir jovencitas... Ya no hay madre que la espere en casa ni abuelita que la reciba. Lamentablemente, por no haber, no hay apenas lobos.
Caperucita sabe muy bien lo que quiere. No busca que la adulen, no anhela que la digan que es maravillosa, preciosa y encantadora... Caperucita está cansada de cursilerías. Busca algo diferente, busca acción, busca morbo, busca alejarse de lo moral y busca rendirse a sus deseos. No busca sexo de una noche, eso sería demasiado fácil, y a ella le apasionan los retos. Ya no pretende resultar interesante a los ojos de los hombres, sino seductora, misteriosa y cautivante. Caperucita desea que la halaguen con las manos, con caricias encendidas bajo el mantel de algún restaurante caro, con miradas lascivas, con intenciones claras, con noches interminables de sexo salvaje. Busca sexo, busca pasión, busca fuego y seducción de la auténtica... de la que sólo los lobos pueden ofrecer.
Necesita un lobo... un buen lobo, como los que había antes, como los que la miraban por la calle cuando era una niña vestida de rojo... como los que su madre decía que eran peligrosos. Caperucita busca eso, busca deseo, busca maldad y busca mentira. Busca un hombre capaz de engañar a su mujer y a su amante para irse con ella, un hombre que sin conocerla de nada, vaya hacia ella y le diga que la desea, que quiere morder sus labios... busca algo más que malas intenciones y bromas maliciosas. Busca hombres. Hombres sin reparos, capaces de dar placer hasta la extenuación, hombres a quien no les importe lo que dice la sociedad sobre las jovencitas y lo que no pueden hacer. Busca un hombre que no le importe su estado civil o su edad, uno que sólo se preocupe del tamaño de sus pechos y de cómo besa... uno que no quiera enamorarse, ni comprometerse, uno que no la pida el teléfono para volverse a ver, aunque inevitablemente ambos saben que será así... uno que sólo quiera lo que ella quiere.
Se arregla y sale a la calle, radiante y espléndida. Hoy incluso lleva una prenda íntima roja, a juego con los zapatos, el bolso y los labios. Podría entregarse a cualquier hombre interesante que le propusiera algo, pero para despertar su interés, entender su mirada y descifrar que ha cruzado el bosque demasiadas veces, tendría que ser un lobo... y quedan pocos.
Entra en un bar desconocido y pide un capuchino. Cruza las piernas con lentitud y comprueba el largo de su falda. De repente, nota una mano en su hombro, una mano cálida y sutil que dibuja una caricia. Se gira esperando encontrar al lobo que ha estado buscando y sonríe. Lee en los ojos verdes de su acompañante el deseo anhelado, la lujuria, la pasión y la maldad más puras que nunca antes imaginó. Atractivo en extremo, carismático y mujeriego, un canalla, un sinvergüenza... encantador.
Esa noche, hace ocho meses, Caperucita se rinde por primera vez a los placeres que le brinda esa mano experta... la misma mano que hoy continua siendo esclava de sus deseos por tiempo indefinido.
Cada mañana, después de una noche intensa de sexo, una de tantas, su lobo se despierta y ella le sonríe, maliciosa y desnuda desde el tocador. Caperucita piensa entonces en lo que dice siempre su amiga Sandra mientras entrelaza el dedo índice con sus rizos rubios:
Olvídate de ese lobo, Caperucita
Y Caperucita sonríe de nuevo... y vuelve a la cama del lobo una mañana más, sedienta de más sexo...

Sexo de una Noche de Verano
Noche de verano en la ciudad.
Cocktail Lounge para dos en su apartamento después del trabajo. Nos acomodamos en el sofá de tres plazas y descorchamos la primera botella. Únicamente con una mirada nos embriagan los deliciosos aromas sexuales... nos bebemos a sorbos lentos, nos provocamos... me acosa... le acoso... enloquecemos de deseo y comenzamos a escribir una nueva historia de sexo frenético.
Calor ... mucho calor...
El sudor de los cuerpos... la ropa se convierte en una tela asfixiante que se pega a la piel y estorba... entre besos y caricias atrevidas le ruego que se deshaga de la mía y él, por supuesto, obedece y ataca. Me tumba violentamente sobre el sofá y agrede sin piedad. Arranca mi ropa... desgarra mi piel... encaja los dientes... muerde y tritura... y a mí me encanta...
Aunque me excita la idea de estar medio desnuda y él completamente vestido, me incorporo seductora sobre el elegante sofá blanco, incitándole para que se asome a mi escote y, sujetándole de la corbata, le susurro al oído...
...“desnúdate para mí”.
Ver a Carlos de pie, quitándose lentamente la ropa, me estimula sobremanera… sí, es una de mis muchas perversiones ocultas. El gesto de desanudar la corbata… el pausado desabrochar de la camisa…. La visión de un cuerpo hecho para el disfrute mostrándose poco a poco y el leer en sus ojos el deseo, me pierden...
Juguetona, enredo con su ropa a medida que se despoja de cada una de las prendas… me divierto incitándole, magreando mis pechos, recorriendo mi cuerpo semidesnudo con su corbata mientras le observo con un gesto indecente... Al caer el pantalón, sonrío golosa con la visión de su miembro erecto a través del bóxer de licra ajustado, palpitante y luchando por salir a mi encuentro
Sin dejarle terminar, le sujeto las caderas con ambas manos y le acerco hacia mí. De rodillas sobre el sofá, mirándole desde abajo, comienzo a acariciarle suavemente con el dedo índice los costados, el pecho… trazo dibujos imaginarios por su torso, consiguiendo que su piel se encrespe, se desperece... que todo él responda...
Despacio acerco mi lengua a su cuerpo, beso su ombligo, descendiendo por la línea imaginaria y dejando resbalar mis dedos alrededor del contorno de la cinturilla del slip. Con la punta de mis dedos lo sujeto y ,poco a poco, con cuidado, lo voy bajando, dejando ante mí la espléndida perspectiva de su sexo, que es acorde con todo él... Impresionante.
De nuevo sobre el sofá. La humedad en el espejo... el único, con el que disfruto observando el reflejo descarado de mi cuerpo cabalgando con soltura sobre el suyo, ¿para qué más espejos?
Escucho su respiración agitada en mi cuello, él percibe mis movimientos sensuales... me pierdo con sus besos, caricias y dulces susurros saturados de lascivia al ritmo que entro y salgo de su cuerpo, plenamente consciente de mi condición de diosa... El vestido de corte oriental desabotonado y mis pechos, apenas contenidos en un sostén de blonda blanco que marca mis pezones, libres para sus mordiscos. No hace falta hablar... sólo gozar. Hablar cansa y desquicia cuando el deseo se une en una comunión indescriptible.
Lametones, besos, mordiscos, pellizcos, magreos sin medir las fuerzas... los excesos dejarán, sin duda, huellas en mi piel...
Me desea así, semidesnuda, sensual, apetitosa, seductora, femenina, dominante...
Entre nosotros no hay nada de romanticismo, nada de sensiblerías, sólo follamos, palabras soeces y proposiciones indecentes. Es lo que él me sugiere... lo que necesito. Joven, insultantemente joven para algunos, de aspecto dulce, aunque no demasiado virginal en la intimidad, sexualmente sincera, abierta, viciosa sin límites cuando me siento física y sexualmente excitada por un hombre.
Disfruto verdaderamente de lo que hago... él lo nota, me mira y me dispara de nuevo con esa sonrisa canalla, lujuriosa, que tanto me enciende.
Después de siete meses de sexo desenfrenado, ambos sabemos qué necesita escuchar el otro en todo momento.
-Te he echado de menos, Carlos...
- Sexualmente estoy enfermo contigo, Natalie...
- Dámelo...
- ¿Siempre consigues lo que quieres?
- Normalmente... sí.

Serendipias
Me gustan las casualidades, incluso las que no lo son, al ser éstas premeditadas o provocadas por la otra parte... o sí, qué más da, lo importante es que me hacen sonreír.
La casualidad, por ejemplo, jugó un papel primordial en mi primer encuentro con Ernesto. Una capital europea en la que él residía por motivos laborales y a la que yo me desplacé para perfeccionar mis estudios universitarios. Otra ciudad, ajena a ambos, fue cómplice de un inevitable segundo acercamiento una semana después, ésta vez planificado.
Erotismo, sensualidad y pasión desbordantes que diferencian el sexo convencional del sexo sublime. Es algo que se sabe desde el primer momento, una conexión que va mucho más allá del placer físico, y ninguno de los dos pudimos ni pretendimos resistirnos a la tentación. Me desnudé en cada uno de los posteriores encuentros donde deliberadamente se cruzaban nuestros caminos, víctima de una insaciable gula procedente de falsas casualidades que encendían mis ganas y empañaban mi cordura.
Hay personas y circunstancias que pueden dar un giro radical a tu vida. Un beso puede cambiarlo todo... un instante... un segundo. No lo hice por él, ni siquiera por mí, se lo debía a ese momento, a esa condensación de casualidades armónicas que se suceden tan pocas veces en la vida y que dejarlas pasar de largo es casi un sacrilegio.
Un romance furtivo que evidenció mi rebeldía... que me incitó a huir de convencionalismos, de la estabilidad y seguridad emocional, que me adentró en la búsqueda de emociones fuertes...
Actualmente, dos años después, a Ernesto y a mí nos separan más de 9000 Km de distancia. Tomamos distintos caminos profesionales, quién sabe si tal vez algún día éstos se vuelvan a cruzar casualmente... o no. Le sigo deseando, y él lo sabe. Continuo excitándole, y a veces juego con ello.
Esta tarde, al abrir mi buzón de correo electrónico, tenía precisamente un mensaje de mi querido Ernesto:
Mi reina, te remito unas fotografías para que no te olvides de mí. Estas vacaciones he estado en xxxxx, un país increíble, tenemos que ir allá en nuestra luna de miel. Piénsame, preciosa...
Adjuntas, tres instantáneas en una extraordinaria playa de aguas cristalinas y arena blanca que evidencian todos sus encantos.
Sonrío. Menuda casualidad, es la misma playa en la que yo he disfrutado de mis vacaciones. Se trata de un destino poco masificado, no demasiado frecuente entre los turistas.
Ahora me debato entre enviarle una fotografía mía con vistas a la playa exótica...
.... o no decirle nada y dejar que me sorprenda....

Soy como la noche... Te rodeo, te envuelvo, te ahogo, sin ofenderte, sin ni siquiera tocarte...