Momento Eureka
Llevo un par de días frotándome los ojos, incrédulo, ante la forma que de repente han tomado los datos de mi experimento. Esos datos los tomé hace algo más de un mes y no había manera de reconciliarlos con la teoría. Y como la discrepancia era de varios órdenes de magnitud, pues se antojaba improbable que mi experimento fuera a romper moldes y a cambiar la física tal y como la conocemos hoy en día. Es decir, sabemos que la teoría de Ginzburg-Landau es limitada, pero tanto, tanto...
Así que debía de haber algo mal en mi análisis. Y vualá, que un día después de mi cumpleaños, allá por el jueves pasado, se me ocurre aplicar mi vieja táctica de "olvida todo lo que sabes y empieza de cero" que uso cuando me atasco con algo, es decir, siete de cada cinco veces.
La historia es como sigue. Mi muestra es una película de helio tres de unos 130 nanómetros de espesor distribuida a lo largo de un centímetro cuadrado, más o menos. Esa película se forma en la base (y en parte también en el techo) de una celda de unas 100 micras de altura (algo más que el grosor de un cabello humano; un cabello de la cabeza, entiéndase, no un pelo cojonera, que esos son algo más gruesos). Y, claro, la celda es circular y tiene paredes. Tú ponle una pared a un líquido y observa lo que pasa. No, no es magia. Se llama "capilaridad". En efecto, el líquido "se sube por las paredes". Y sube, exactamente, hasta que la fuerza de Van der Waals, la gravedad y la tensión superficial se compensan. De modo que, para tener mi película de 130 nanómetros tengo que poner "un poquito más de líquido" que llene las paredes formando un anillo en los bordes de la celda.
El objetivo del experimento es medir la dependencia de la superfluidez del helio tres con el grosor de la lámina. Para eso uso un oscilador torsional, es decir, una especie de "péndulo" de periodo conocido (no como algunas, ejem) del que la celda forma parte. Una vez el helio tres sufre la transición de fase, el superfluido se "desacopla" y eso repercute en el periodo del oscilador. Hasta aquí todo sencillo. Pero ahora se empiezan a complicar las cosas. Porque el helio en las paredes se comporta como el helio ordinario en tres dimensiones, cuya temperatura de transición está bien determinada, mientras que la lámina, objeto de mis pesquisas, tiene un comportamiento más exótico que es, precisamente, el tema de mi tesis. Yo mido, pues, el cambio en el periodo, y he de extraer el comportamiento de la lámina. El problema, como ya habrá vislumbrado el avieso lector, es que ese cambio en el periodo contiene información tanto de las paredes como de la lámina. ¿Cómo separar, pues, el trigo de la paja para medir lo que realmente quiero medir? ¿Habrá manera alguna? ¿Sí? ¿No? ¿Será una rosa? ¿Será un clavel?
Esas eran las preguntas que me quitaban el sueño (nota mental: dedicar un post a mi insomnio un día de estos) durante las últimas semanas. Pero hete aquí, o no te heas, que he hallado la solución. No voy a entrar en tecnicismos acerca de todas las guarrerías que les hago a los datos antes de ponerlos de manera presentable, con la cara lavada y recién "peinaos". Baste saber que lo que hice fue tratar el anillo y la lámina como si fueran (que lo son) dos sistemas diferentes. Ese es el primer punto crítico. El segundo es darse cuenta de que hay que trabajar con el periodo, no con la frecuencia, ya que cuando uno tiene dos sistemas el periodo total es la suma de los periodos (por ser estos proporcionales al momento de inercia), pero la suma de las frecuencias no es la frecuencia total. Una vez hecho esto con los datos, los representé junto con un experimento hecho en los 80 en Cornell donde estudiaban el mismo sistema pero en tres dimensiones.
Oh...
¡Oh!...
Mis datos caían exactamente sobre la curva de Cornell hasta llegar a 0.72 mK, lugar en el que ambas curvas se separaban en lo que no había ninguna duda era la transición de la lámina. Toma ya. Los datos de la lámina, además, seguían el comportamiento de Ginzburg-Landau cerca de la temperatura de transición, como debe ser.
Hay momentos en la vida en los que algo hace click y uno sabe que está en lo cierto, que no hay vuelta de hoja, que la realidad es incontestable... Ese fue uno de esos momentos. La física me había hecho un precioso regalo de cumpleaños.
Armado con semejante conocimiento, sólo me queda demagnetizar dos muestras más (decirlo es más fácil que hacerlo) antes de coger el vuelo a Florida el 10 de agosto y dar por terminada la etapa experimental de mi tesis. A partir de septiembre todo será escribir. Si Murphy me es benévolo podré completar un bonito juego de datos y enseñaré orgulloso la tesis a mis nietos. Si no... Mi tesis tendrá probablemente quince páginas, ocho de las cuales serán los agradecimientos.
En otro orden de cosas hoy es sábado... Y, como todos los sábados, estoy acojonadísimo. Porque los sábados toca hacer sentadillas con 50 kg. a las espaldas. Y eso duele. Mucho. Mis compañeros de pisos ya no se asustan, pero al principio creo que llegaron a pensar que estaba filmando películas snuff en la privacidad de mi cuarto, tales eran los gritos y alaridos que salían de mi mazmorra. Tras la sesión suelo emplear unos veinte minutos en bajar a la cocina agarrado al pasamanos y con las piernas temblando como si me hubiera dado un tabardillo. Una hora más tarde, de nuevo en mi cuarto tras el delicioso batido de suero y dextrosa, me tumbo en el lecho y relajo las piernas. No hay sensación más dulce en este mundo. Raro es el día que no caigo frito.
Pero, como ya digo, pese al letargo posterior, la sesión acojona. El resto de sesiones semanales (brazos, espalda, abdominales...) simplemente duelen. Los sábados acojonan. Además, los domingos me paso el día andando como Chiquito de la Calzada sobre un colchón de fakir.
Supongo que la mayoría de la gente no entiende por qué hago esto. Yo mismo tengo mis dudas. Supongo que me gusta explorar los límites de mi cuerpo.
Pura curiosidad científica, como todo lo que hago.
Así que debía de haber algo mal en mi análisis. Y vualá, que un día después de mi cumpleaños, allá por el jueves pasado, se me ocurre aplicar mi vieja táctica de "olvida todo lo que sabes y empieza de cero" que uso cuando me atasco con algo, es decir, siete de cada cinco veces.
La historia es como sigue. Mi muestra es una película de helio tres de unos 130 nanómetros de espesor distribuida a lo largo de un centímetro cuadrado, más o menos. Esa película se forma en la base (y en parte también en el techo) de una celda de unas 100 micras de altura (algo más que el grosor de un cabello humano; un cabello de la cabeza, entiéndase, no un pelo cojonera, que esos son algo más gruesos). Y, claro, la celda es circular y tiene paredes. Tú ponle una pared a un líquido y observa lo que pasa. No, no es magia. Se llama "capilaridad". En efecto, el líquido "se sube por las paredes". Y sube, exactamente, hasta que la fuerza de Van der Waals, la gravedad y la tensión superficial se compensan. De modo que, para tener mi película de 130 nanómetros tengo que poner "un poquito más de líquido" que llene las paredes formando un anillo en los bordes de la celda.
El objetivo del experimento es medir la dependencia de la superfluidez del helio tres con el grosor de la lámina. Para eso uso un oscilador torsional, es decir, una especie de "péndulo" de periodo conocido (no como algunas, ejem) del que la celda forma parte. Una vez el helio tres sufre la transición de fase, el superfluido se "desacopla" y eso repercute en el periodo del oscilador. Hasta aquí todo sencillo. Pero ahora se empiezan a complicar las cosas. Porque el helio en las paredes se comporta como el helio ordinario en tres dimensiones, cuya temperatura de transición está bien determinada, mientras que la lámina, objeto de mis pesquisas, tiene un comportamiento más exótico que es, precisamente, el tema de mi tesis. Yo mido, pues, el cambio en el periodo, y he de extraer el comportamiento de la lámina. El problema, como ya habrá vislumbrado el avieso lector, es que ese cambio en el periodo contiene información tanto de las paredes como de la lámina. ¿Cómo separar, pues, el trigo de la paja para medir lo que realmente quiero medir? ¿Habrá manera alguna? ¿Sí? ¿No? ¿Será una rosa? ¿Será un clavel?
Esas eran las preguntas que me quitaban el sueño (nota mental: dedicar un post a mi insomnio un día de estos) durante las últimas semanas. Pero hete aquí, o no te heas, que he hallado la solución. No voy a entrar en tecnicismos acerca de todas las guarrerías que les hago a los datos antes de ponerlos de manera presentable, con la cara lavada y recién "peinaos". Baste saber que lo que hice fue tratar el anillo y la lámina como si fueran (que lo son) dos sistemas diferentes. Ese es el primer punto crítico. El segundo es darse cuenta de que hay que trabajar con el periodo, no con la frecuencia, ya que cuando uno tiene dos sistemas el periodo total es la suma de los periodos (por ser estos proporcionales al momento de inercia), pero la suma de las frecuencias no es la frecuencia total. Una vez hecho esto con los datos, los representé junto con un experimento hecho en los 80 en Cornell donde estudiaban el mismo sistema pero en tres dimensiones.
Oh...
¡Oh!...
Mis datos caían exactamente sobre la curva de Cornell hasta llegar a 0.72 mK, lugar en el que ambas curvas se separaban en lo que no había ninguna duda era la transición de la lámina. Toma ya. Los datos de la lámina, además, seguían el comportamiento de Ginzburg-Landau cerca de la temperatura de transición, como debe ser.
Hay momentos en la vida en los que algo hace click y uno sabe que está en lo cierto, que no hay vuelta de hoja, que la realidad es incontestable... Ese fue uno de esos momentos. La física me había hecho un precioso regalo de cumpleaños.
Armado con semejante conocimiento, sólo me queda demagnetizar dos muestras más (decirlo es más fácil que hacerlo) antes de coger el vuelo a Florida el 10 de agosto y dar por terminada la etapa experimental de mi tesis. A partir de septiembre todo será escribir. Si Murphy me es benévolo podré completar un bonito juego de datos y enseñaré orgulloso la tesis a mis nietos. Si no... Mi tesis tendrá probablemente quince páginas, ocho de las cuales serán los agradecimientos.
En otro orden de cosas hoy es sábado... Y, como todos los sábados, estoy acojonadísimo. Porque los sábados toca hacer sentadillas con 50 kg. a las espaldas. Y eso duele. Mucho. Mis compañeros de pisos ya no se asustan, pero al principio creo que llegaron a pensar que estaba filmando películas snuff en la privacidad de mi cuarto, tales eran los gritos y alaridos que salían de mi mazmorra. Tras la sesión suelo emplear unos veinte minutos en bajar a la cocina agarrado al pasamanos y con las piernas temblando como si me hubiera dado un tabardillo. Una hora más tarde, de nuevo en mi cuarto tras el delicioso batido de suero y dextrosa, me tumbo en el lecho y relajo las piernas. No hay sensación más dulce en este mundo. Raro es el día que no caigo frito.
Pero, como ya digo, pese al letargo posterior, la sesión acojona. El resto de sesiones semanales (brazos, espalda, abdominales...) simplemente duelen. Los sábados acojonan. Además, los domingos me paso el día andando como Chiquito de la Calzada sobre un colchón de fakir.
Supongo que la mayoría de la gente no entiende por qué hago esto. Yo mismo tengo mis dudas. Supongo que me gusta explorar los límites de mi cuerpo.
Pura curiosidad científica, como todo lo que hago.
Fauna de aquí. Segunda entrega: la "calor que te torras"
Son las nueve de la mañana y me dispongo a prepararme un café bien cargado de agua para poder lidiar con las vicisitudes que el criostato tenga a bien ofrecerme hoy. Entro en la cocina y me encuentro a Sheila, la secretaria del departamento, con una vigilante de la playa. Aquí agua tenemos mucha, pero playa, lo que se dice playa, no la vemos ni hartos de ponche. Así que me pregunto qué hace este espécimen de hembra tan lejos de su entorno natural.
Y en un departamento de física, para más inri.
Mientras le doy al botoncito para calentar el agua, me siento observado. Mi intrusión en la cocina se ha visto acompañada de un incómodo silencio. Hace un par de años, cuando los niños me paraban por la calle para pedirme autógrafos creyendo que yo era Don Pimpón, me habría sentido incómodo con cualquier par de ojos femeninos hincándoseme en la nuca. Pero hoy no. Ya no. Ahora soy maratoniano, tengo un 10% de grasa corporal y calculo que para el próximo otoño habré conseguido el tan ansiado sueño del cuerpo perfecto. Un peldaño más en mi búsqueda de Leonardo.
Así que me dejo querer. Cuando me vuelvo compruebo con pesar que los ojos que me escrutan son los de Sheila que, siendo la secretaria más eficiente y competente del Reino de aquí, es el complemento a uno de Monica Belucci. Apuesto a que en su boda todos besaron al novio.
Por su parte, "calor qué tetorras" le hace ojitos a las baldosas del suelo. Es la nueva ayudante de secretaria y estará en el departamento durante el verano. Sheila nos presenta y yo muevo un poquito las tetas de puros nervios. Es lo que tiene hacer press de banca, que a uno le dan tics en los pectorales en los momentos más inoportunos y no hay manera de contenerse. Como además uso camisetas que parecen pintadas en mi piel, pues el pecheo es evidente.
Mientras oigo el nombre de la moza me enfado conmigo mismo por estar nervioso. Yo soy un hombre comprometido y ni un ejército de sirenas ninfómanas podría hacer tambalear mi monogamia. Atribuyo mis nervios al australopiteco que anida en mi seno y me sirvo el tanquenazo de café. Me doy cuenta de que no he pillado el nombre y me parece grosero preguntarlo otra vez, con el consiguiente bamboleo de tetas por mi parte.
Como los hervidores de agua del departamento son una mierda caliente, el agua se desparrama por la encimera y Sheila me mira, severa. "Calor qué tetorras" sonríe mientras le pestañea a los baldosines. Sheila comenta que soy español, no sé si para justificar mi acento o mi falta de pericia en el escanciar.
A media mañana el departamento es un hervidero de testosterona. Los chiquillos recién licenciados andan dando botes por los pasillos tras ver a Calor e incluso uno de ellos me pregunta si he visto el monumento que han puesto en secretaría. Le digo que sí con indiferencia y el tipo me pregunta si es soltera. Pues ni zorra. Tú a quien tienes que preguntar es a Dennis, que para estas horas ya debe saber hasta el color del tanga de la madre de la chiquilla. El tipo asiente con mirada de Homer Simpson frente a un donut, con babas y todo. Tiene un granillo pajero junto a la comisura de la boca que hace que se me corte el agua del café en el estómago.
Dennis se me acerca tras el almuerzo a contarme las nuevas que para mí no lo son.
- Me he enamorao - comenta.
- ¿Cuántas veces desde esta mañana? - respondo.
Porque a Dennis le gusta todo lo que lleva faldas. No tiene sentido del ridículo y eso hace que tenga éxito donde quiera que ponga el punto de mira. Dennis merecerá su propio capítulo de "Fauna de aquí" un día de estos.
Aprovecho para preguntarle el nombre de Pamela Andersson.
- Po-ppy - dice.
- ¿Mande?
- Po-ppy.
- ...
- Po-ppy.
- ...
- Sí, joder, como Mary Poppins.
- Mary Poppins. Ya. Bueno, yo la llamaré "Calor", que es más fácil.
Me mira con extrañeza y me pasa una mano por el hombro. Se vuelca un poquito en mí y me aprieta un pecho.
- Estás echando tetas - comenta, un día más.
- Es lo que tienen las almendras, que son muy ricas en grasas insaturadas pero hacen mucho pecho.
Y nos alejamos así, juntitos, por el pasillo camino del criostato, gastándonos bromas que sólo él y yo, por ser ambos mediterráneos, comprendemos.
Al pasar por la puerta de secretaría Dennis, aún con la mano en mi pecho, le tira un beso sonoro y tal vez un pelín demasiado largo a "Calor". Ella sonríe mientras yo pienso que antes de septiembre habrá caído en las redes de Dennis.
Con el italiano colgado de mis teteras y la Bombi luciendo pestañas a su paso no puedo evitar sentirme parte de una película de Luis Buñuel.
Y en un departamento de física, para más inri.
Mientras le doy al botoncito para calentar el agua, me siento observado. Mi intrusión en la cocina se ha visto acompañada de un incómodo silencio. Hace un par de años, cuando los niños me paraban por la calle para pedirme autógrafos creyendo que yo era Don Pimpón, me habría sentido incómodo con cualquier par de ojos femeninos hincándoseme en la nuca. Pero hoy no. Ya no. Ahora soy maratoniano, tengo un 10% de grasa corporal y calculo que para el próximo otoño habré conseguido el tan ansiado sueño del cuerpo perfecto. Un peldaño más en mi búsqueda de Leonardo.
Así que me dejo querer. Cuando me vuelvo compruebo con pesar que los ojos que me escrutan son los de Sheila que, siendo la secretaria más eficiente y competente del Reino de aquí, es el complemento a uno de Monica Belucci. Apuesto a que en su boda todos besaron al novio.
Por su parte, "calor qué tetorras" le hace ojitos a las baldosas del suelo. Es la nueva ayudante de secretaria y estará en el departamento durante el verano. Sheila nos presenta y yo muevo un poquito las tetas de puros nervios. Es lo que tiene hacer press de banca, que a uno le dan tics en los pectorales en los momentos más inoportunos y no hay manera de contenerse. Como además uso camisetas que parecen pintadas en mi piel, pues el pecheo es evidente.
Mientras oigo el nombre de la moza me enfado conmigo mismo por estar nervioso. Yo soy un hombre comprometido y ni un ejército de sirenas ninfómanas podría hacer tambalear mi monogamia. Atribuyo mis nervios al australopiteco que anida en mi seno y me sirvo el tanquenazo de café. Me doy cuenta de que no he pillado el nombre y me parece grosero preguntarlo otra vez, con el consiguiente bamboleo de tetas por mi parte.
Como los hervidores de agua del departamento son una mierda caliente, el agua se desparrama por la encimera y Sheila me mira, severa. "Calor qué tetorras" sonríe mientras le pestañea a los baldosines. Sheila comenta que soy español, no sé si para justificar mi acento o mi falta de pericia en el escanciar.
A media mañana el departamento es un hervidero de testosterona. Los chiquillos recién licenciados andan dando botes por los pasillos tras ver a Calor e incluso uno de ellos me pregunta si he visto el monumento que han puesto en secretaría. Le digo que sí con indiferencia y el tipo me pregunta si es soltera. Pues ni zorra. Tú a quien tienes que preguntar es a Dennis, que para estas horas ya debe saber hasta el color del tanga de la madre de la chiquilla. El tipo asiente con mirada de Homer Simpson frente a un donut, con babas y todo. Tiene un granillo pajero junto a la comisura de la boca que hace que se me corte el agua del café en el estómago.
Dennis se me acerca tras el almuerzo a contarme las nuevas que para mí no lo son.
- Me he enamorao - comenta.
- ¿Cuántas veces desde esta mañana? - respondo.
Porque a Dennis le gusta todo lo que lleva faldas. No tiene sentido del ridículo y eso hace que tenga éxito donde quiera que ponga el punto de mira. Dennis merecerá su propio capítulo de "Fauna de aquí" un día de estos.
Aprovecho para preguntarle el nombre de Pamela Andersson.
- Po-ppy - dice.
- ¿Mande?
- Po-ppy.
- ...
- Po-ppy.
- ...
- Sí, joder, como Mary Poppins.
- Mary Poppins. Ya. Bueno, yo la llamaré "Calor", que es más fácil.
Me mira con extrañeza y me pasa una mano por el hombro. Se vuelca un poquito en mí y me aprieta un pecho.
- Estás echando tetas - comenta, un día más.
- Es lo que tienen las almendras, que son muy ricas en grasas insaturadas pero hacen mucho pecho.
Y nos alejamos así, juntitos, por el pasillo camino del criostato, gastándonos bromas que sólo él y yo, por ser ambos mediterráneos, comprendemos.
Al pasar por la puerta de secretaría Dennis, aún con la mano en mi pecho, le tira un beso sonoro y tal vez un pelín demasiado largo a "Calor". Ella sonríe mientras yo pienso que antes de septiembre habrá caído en las redes de Dennis.
Con el italiano colgado de mis teteras y la Bombi luciendo pestañas a su paso no puedo evitar sentirme parte de una película de Luis Buñuel.
MANOS BLANCAS
Por todos esos que hoy no han podido volver a casa...
Por todos los que se han quedado en el hogar esperando a quien nunca más volvería...
Por todos los que llamaban a un teléfono ya sin dueño...
Por todos los que han visto hoy los sueños de toda una vida arrancados de cuajo, no por culpa de un puñado de locos, sino debido al fanatismo y al afán vengativo que tan común ha sido a nuestra especie durante mas de medio millón de años...
Por todos ellos, por los niños que tardarán años en entender que papá ya nunca volverá del trabajo, por las personas para las que hoy empieza una nueva vida que más bien parece una grotesca caricatura de la muerte, por los inocentes que no merecían esto...
Por ti, que estás leyendo, seas quien seas...
Por todo aquel que, como yo, piensa que hoy es un día perfecto para empezar a creer en Dios...
Miro al cielo, rezo a la vida y levanto mis palmas blancas y esperanzadas al amor de la brisa nocturna.
Y, triste, sonrío, porque sé que un día acabará todo esto. Y sonrío también porque dar rienda suelta a la rabia que me embarga es un lujo que no me puedo (no nos podemos) permitir en estos momentos.
Dejemos que el amor inunde nuestras vidas.
Os quiero, hombres, animales y cosas... Os quiero a pesar de todo.
Por todos los que se han quedado en el hogar esperando a quien nunca más volvería...
Por todos los que llamaban a un teléfono ya sin dueño...
Por todos los que han visto hoy los sueños de toda una vida arrancados de cuajo, no por culpa de un puñado de locos, sino debido al fanatismo y al afán vengativo que tan común ha sido a nuestra especie durante mas de medio millón de años...
Por todos ellos, por los niños que tardarán años en entender que papá ya nunca volverá del trabajo, por las personas para las que hoy empieza una nueva vida que más bien parece una grotesca caricatura de la muerte, por los inocentes que no merecían esto...
Por ti, que estás leyendo, seas quien seas...
Por todo aquel que, como yo, piensa que hoy es un día perfecto para empezar a creer en Dios...
Miro al cielo, rezo a la vida y levanto mis palmas blancas y esperanzadas al amor de la brisa nocturna.
Y, triste, sonrío, porque sé que un día acabará todo esto. Y sonrío también porque dar rienda suelta a la rabia que me embarga es un lujo que no me puedo (no nos podemos) permitir en estos momentos.
Dejemos que el amor inunde nuestras vidas.
Os quiero, hombres, animales y cosas... Os quiero a pesar de todo.
Carta desde el más allá
Como si hubiera leído mi post de hace un par de días, Richard P. Feynman me ha mandado una postal desde el pasado. O desde el futuro o desde donde demonios quiera que esté. El caso es que hoy alguien ha puesto esa postal en mis manos. No tenía destinatario, pero he sentido claramente que iba dirigida a mí en esos justos momentos.
No voy a extenderme porque el mensaje habla por sí solo.
Dice así:
Dear Sir,
What do I advise? Forget it all. Don't be afraid. Do what you get the greatest pleasure from. Is it to build a cloud chamber? Then go on doing things like that. Develop your talents whenever they may lead. Damn the torpedoes - full speed ahead!
If you have any talent, or any occupation that delights you, do it, and do it to the hilt.
Sincerely,
Richard P. Feynman.
No voy a extenderme porque el mensaje habla por sí solo.
Dice así:
Dear Sir,
What do I advise? Forget it all. Don't be afraid. Do what you get the greatest pleasure from. Is it to build a cloud chamber? Then go on doing things like that. Develop your talents whenever they may lead. Damn the torpedoes - full speed ahead!
If you have any talent, or any occupation that delights you, do it, and do it to the hilt.
Sincerely,
Richard P. Feynman.
Un puñado de versos
He aquí el primer soneto que me publicaron. Después ha habido varios otros, pero ninguno tuvo el significado mágico de éste, tal vez por el cariño que lo inspiró, tal vez porque llegó a gustarme a mí mismo...
Os dejo con los catorce.
Bosquejos de sonidos silenciosos.
Retazos de color, reminiscencias...
Lamentos, tempestades, paz, violencia...
Sublime arte pulcro y cadencioso.
Quisiera ser el soplo más hermoso
del aire del jarrón de tus esencias.
Quisiera alimentarme con tu ciencia.
Quisiera no sentirme tan dichoso.
¡Oh, diosa de la música y del arte!
No tengo muchas cosas que ofrecerte.
No tengo casi nada para darte.
Hoy me he encontrado en ti sin merecerte.
Mañana moriré sin olvidarte,
sin ser siquiera digno de quererte.
Os dejo con los catorce.
Bosquejos de sonidos silenciosos.
Retazos de color, reminiscencias...
Lamentos, tempestades, paz, violencia...
Sublime arte pulcro y cadencioso.
Quisiera ser el soplo más hermoso
del aire del jarrón de tus esencias.
Quisiera alimentarme con tu ciencia.
Quisiera no sentirme tan dichoso.
¡Oh, diosa de la música y del arte!
No tengo muchas cosas que ofrecerte.
No tengo casi nada para darte.
Hoy me he encontrado en ti sin merecerte.
Mañana moriré sin olvidarte,
sin ser siquiera digno de quererte.
¿Qué quieres ser de mayor?
Hay gente que nace con la bendición de saber exactamente cuál es su misión en la vida. Y es éste uno de los más preciosos tesoros que nos pueden ser dados junto con un cuerpo y (en ocasiones) un alma. Quien nace sabiendo a lo que va a dedicarse tiene ya logrado lo más difícil. El resto es garabatear renglones hasta hacerlos perfectos, crear el guión de los días propios, ser, en suma, autores de nuestras propias vidas. No importa la meta. Ya sea ésta pisar la luna, alcanzar a comprender los más intrínsecos misterios del genoma humano, comercializar la pizza de chocolate con mayonesa o convertirse en el padre perfecto... Si uno tiene un porqué, el cómo surge fácil.
Es importante distinguir entre sueños y caprichos, en cualquier caso. Si uno quiere ser piloto de aviones de guerra o pastor de vacas en una tribu masai, por poner dos ejemplos comunes, y no lo consigue, eso no era un sueño: era un capricho. La mente humana es fascinante y tiene el poder de convertir en realidad aquello en lo que realmente cree.
Todo esto viene a cuenta de que no tengo ni la más repajolera idea de cuál es mi función en el mundo. Durante los últimos meses mi consciencia ha despertado a tan incómoda realidad. Dije en mi primer post que siempre quise ser Leonardo da Vinci. Eso, obviamente, era un capricho, porque cualquiera que me conozca sabrá que hay menos distancia entre Nuria Bermúdez y Stephen Wolfram que entre mí y el semidios italiano.
No todas las metas se hacen patentes en la primera infancia: a veces el despertar tiene lugar a edades tardías, sin que por ello se vea afectada la capacidad del individuo para llegar a autorrealizarse plenamente.
Por eso aún tengo esperanzas.
Yo tuve diferentes etapas en la infancia en las que quise ser diferentes cosas, siempre en paralelo con mi capricho de ser Leonardo. Primero, quise ser futbolista, incluso antes de saber escribir mi propio nombre. No me duró mucho la tontería, probablemente porque me aterrorizaban los gritos e insultos que proferían los mayores cuando se colocaban delante de las 625 líneas para ver corretear a aquellos señores en calzones. Mi primo, sin embargo, se las apañó para llegar a primera división y jugar contra Beckham, Ronaldo y compañía. Luego los genes están. Están.
Después quise ser torero hasta que me llevaron a ver tan sangrante espectáculo y me sorprendí animando al toro. No he vuelto a ver una corrida (de toros) desde aquella primera. Ni ganas.
Más tarde me obsesioné con ganar el Nobel de la Paz. Joder, me decía yo a mí mismo, es que mataría por ese premio.
De mis intentos de ser pianista no voy a hablar mucho por ser de infausto recuerdo para el que esto firma. Estuve a puntito de dar el salto internacional. Pero, una vez más, mi falta de ambición me convenció de que ésa tampoco era mi misión en la vida.
Y aquí estoy, a punto de ser doctor en física, lo que me colocaría dentro del 1% más inteligente de la población mundial, y sin saber distinguir el arroz de la nuez moscada. He dedicado una obscena cantidad de horas a diseñar un plan de desarrollo personal y he de confesar que los resultados han sido escasos. A mi entender, se me presentan 5 opciones:
1-. Lo que tenía decidido hace un mes: acabar la tesis, hacerme trader de bolsa, ganar una cantidad de dinero que haría marearse al Sr. Botín y retirarme a hacer ironmanes en Lanzarote y Hawaii.
2-. Lo que tenía decidido hace tres días: acabar la tesis, volver a España, hacer oposiciones para profesor de secundaria, tener más vacaciones que el tipo que hace los doblajes de Harpo Marx, escribir la novela que anida en mi mente desde mis tempranos veinte y, probablemente, terminar acribillado a tiros en un callejón oscuro por un adolescente resentido al que no le sentó nada bien que le suspendiera con un cuatro y medio.
3-. Lo que tenía decidido ayer a las 23:12 GMT: acabar la tesis, escribir la novela y punto. Dando sablazos a familiares y amigos para sobrevivir.
4-. Lo que decidí en la milla 7 del maratón que corrí el pasado abril y desdecidí en la milla 18 porque los dolores de cadera no me dejaban pensar con claridad: acabar la tesis, seguir trabajando en un laboratorio de física hasta que, una de dos, o gane el Nobel y le pague a Pilimindrina lo prometido, o mi novia me deje para fugarse con el trader de bolsa que yo no supe llegar a ser abandonándome con cinco críos que alimentar, el menor de ellos aún dependiente de un pecho que yo no le puedo dar.
5-. Lo que aún no he decidido pero que, de seguir así las cosas, no tardaré en decidir: acabar la tesis, volver a Telepizza, de donde nunca debería haber salido, alquilar un piso compartido, dejar de ser metrosexual y hacerme adicto a la Play Station. Esta última opción sería incompatible con el mantenimiento de este blog.
Lo único que tengo seguro es que voy a acabar la tesis, como habrá quedado claro. Así que creo que no le voy a dar más vueltas al asunto hasta que me doctore, con la esperanza de que un día abriré los ojos antes de la alborada y despertaré a la vida.
Voy a dejar que mi porqué me encuentre a mí, no al contrario.
Entretanto, haré mías las palabras de aquella criaturita que, tras ser preguntada que qué iba a ser de mayor, contetó sin titubeos "más grande".
Es importante distinguir entre sueños y caprichos, en cualquier caso. Si uno quiere ser piloto de aviones de guerra o pastor de vacas en una tribu masai, por poner dos ejemplos comunes, y no lo consigue, eso no era un sueño: era un capricho. La mente humana es fascinante y tiene el poder de convertir en realidad aquello en lo que realmente cree.
Todo esto viene a cuenta de que no tengo ni la más repajolera idea de cuál es mi función en el mundo. Durante los últimos meses mi consciencia ha despertado a tan incómoda realidad. Dije en mi primer post que siempre quise ser Leonardo da Vinci. Eso, obviamente, era un capricho, porque cualquiera que me conozca sabrá que hay menos distancia entre Nuria Bermúdez y Stephen Wolfram que entre mí y el semidios italiano.
No todas las metas se hacen patentes en la primera infancia: a veces el despertar tiene lugar a edades tardías, sin que por ello se vea afectada la capacidad del individuo para llegar a autorrealizarse plenamente.
Por eso aún tengo esperanzas.
Yo tuve diferentes etapas en la infancia en las que quise ser diferentes cosas, siempre en paralelo con mi capricho de ser Leonardo. Primero, quise ser futbolista, incluso antes de saber escribir mi propio nombre. No me duró mucho la tontería, probablemente porque me aterrorizaban los gritos e insultos que proferían los mayores cuando se colocaban delante de las 625 líneas para ver corretear a aquellos señores en calzones. Mi primo, sin embargo, se las apañó para llegar a primera división y jugar contra Beckham, Ronaldo y compañía. Luego los genes están. Están.
Después quise ser torero hasta que me llevaron a ver tan sangrante espectáculo y me sorprendí animando al toro. No he vuelto a ver una corrida (de toros) desde aquella primera. Ni ganas.
Más tarde me obsesioné con ganar el Nobel de la Paz. Joder, me decía yo a mí mismo, es que mataría por ese premio.
De mis intentos de ser pianista no voy a hablar mucho por ser de infausto recuerdo para el que esto firma. Estuve a puntito de dar el salto internacional. Pero, una vez más, mi falta de ambición me convenció de que ésa tampoco era mi misión en la vida.
Y aquí estoy, a punto de ser doctor en física, lo que me colocaría dentro del 1% más inteligente de la población mundial, y sin saber distinguir el arroz de la nuez moscada. He dedicado una obscena cantidad de horas a diseñar un plan de desarrollo personal y he de confesar que los resultados han sido escasos. A mi entender, se me presentan 5 opciones:
1-. Lo que tenía decidido hace un mes: acabar la tesis, hacerme trader de bolsa, ganar una cantidad de dinero que haría marearse al Sr. Botín y retirarme a hacer ironmanes en Lanzarote y Hawaii.
2-. Lo que tenía decidido hace tres días: acabar la tesis, volver a España, hacer oposiciones para profesor de secundaria, tener más vacaciones que el tipo que hace los doblajes de Harpo Marx, escribir la novela que anida en mi mente desde mis tempranos veinte y, probablemente, terminar acribillado a tiros en un callejón oscuro por un adolescente resentido al que no le sentó nada bien que le suspendiera con un cuatro y medio.
3-. Lo que tenía decidido ayer a las 23:12 GMT: acabar la tesis, escribir la novela y punto. Dando sablazos a familiares y amigos para sobrevivir.
4-. Lo que decidí en la milla 7 del maratón que corrí el pasado abril y desdecidí en la milla 18 porque los dolores de cadera no me dejaban pensar con claridad: acabar la tesis, seguir trabajando en un laboratorio de física hasta que, una de dos, o gane el Nobel y le pague a Pilimindrina lo prometido, o mi novia me deje para fugarse con el trader de bolsa que yo no supe llegar a ser abandonándome con cinco críos que alimentar, el menor de ellos aún dependiente de un pecho que yo no le puedo dar.
5-. Lo que aún no he decidido pero que, de seguir así las cosas, no tardaré en decidir: acabar la tesis, volver a Telepizza, de donde nunca debería haber salido, alquilar un piso compartido, dejar de ser metrosexual y hacerme adicto a la Play Station. Esta última opción sería incompatible con el mantenimiento de este blog.
Lo único que tengo seguro es que voy a acabar la tesis, como habrá quedado claro. Así que creo que no le voy a dar más vueltas al asunto hasta que me doctore, con la esperanza de que un día abriré los ojos antes de la alborada y despertaré a la vida.
Voy a dejar que mi porqué me encuentre a mí, no al contrario.
Entretanto, haré mías las palabras de aquella criaturita que, tras ser preguntada que qué iba a ser de mayor, contetó sin titubeos "más grande".





