Ahora que vamos despacio...
Me he pasado el fin de semana haciendo transformadas de Fourier en dos dimensiones y no he hallado tiempo para escribir el cuento prometido. Los próximos tres días se presentan repletos de compromisos personales y laborales, con lo que el relato habrá de esperar al fin de semana una vez más.
Me siento miserable cuando falto a mis promesas, pero como últimamente me siento miserable en todo momento la sensación no resulta del todo insostenible. Si acaso, incómoda.
Me marcho a dar clase a los alumnos de primero. A ver qué aparato destrozan hoy...
Por cierto, comenté que me iba a enzarzar en la lectura del "Ulysses". Tras una rápida ojeada por encima me di cuenta de que olvidé adquirir, a la par que el libro, el manual de instrucciones para leerlo. Porque dicho manual debe de existir. De otro modo no me queda suficiente tiempo de vida para poder abarcar tamaña historia. Traté de leer un par de páginas y no le encuentro ni pies ni cabeza. Aunque se respira calidad en sus palabras, me encuentro inerme ante semejante coloso. ¿Alguien trató de leerlo y lo consiguió con éxito? Si es así, que me eche un cable. Al cuello, si hace falta.
Ay, Joyce nuestro, que estás en los cielos...
Me siento miserable cuando falto a mis promesas, pero como últimamente me siento miserable en todo momento la sensación no resulta del todo insostenible. Si acaso, incómoda.
Me marcho a dar clase a los alumnos de primero. A ver qué aparato destrozan hoy...
Por cierto, comenté que me iba a enzarzar en la lectura del "Ulysses". Tras una rápida ojeada por encima me di cuenta de que olvidé adquirir, a la par que el libro, el manual de instrucciones para leerlo. Porque dicho manual debe de existir. De otro modo no me queda suficiente tiempo de vida para poder abarcar tamaña historia. Traté de leer un par de páginas y no le encuentro ni pies ni cabeza. Aunque se respira calidad en sus palabras, me encuentro inerme ante semejante coloso. ¿Alguien trató de leerlo y lo consiguió con éxito? Si es así, que me eche un cable. Al cuello, si hace falta.
Ay, Joyce nuestro, que estás en los cielos...
Pero... ¿de qué demonios trata este blog?
Nunca pensé crear este blog para atraer a las masas. Del mismo modo que, y líbreme de equiparame a él, Thomas Mann tampoco escribió "Der Zauberberg" para regocijo del populacho. Sería bastante fácil hacerse un nombre en la blogosfera. Sólo haría falta soltar cada día alguna cosilla rancia y un puñado de polémica y lanzarse a comentar con el bisturí preparado en las más populares bitácoras españolas, siempre dejando mi seña de identidad. De hecho, sería posible, al cabo, ganarse la vida de ese modo como hacen algunas personas. Ya se sabe... al pueblo pan y mierda, y luego quitarle el pan.
Pero no. Creé este rincón como una extensión de mí mismo, un lugar donde dejar caer mis sueños, ilusiones, frustraciones, fracasos, pasiones... Y me gusta tenerlo así, ordenadito y tranquilo, sin apenas comentarios, aunque los pocos que caen significan mucho para mí. Al igual que cada uno de los que me visita más o menos periódicamente. Casi podría afirmar que os conozco a todos, no personalmente, pero sí a través de internet. Si alguna vez dije, que lo dije, que escribía esto sólo para mí, pues mentí un poquito. Porque esto también es vuestro. Una gran parte de lo que uno escribe en su vida es para que sea leído por otras personas.
Me gustaría escribir más a menudo, pero no soy una persona que suela hacer las cosas de manera metódica, no, al menos, la mayoría de las cosas. Últimamente mi vida anda discurriendo por derroteros no muy plácidos. Existe una lucha en mi interior entre lo que quiero y lo que creo que debo hacer. Por una parte, mi vida sigue estando en Zaragoza. Todo lo que más quiero está allí, mi princesa, mis recuerdos, mi identidad... Quisiera dejarlo todo y marcharme a mi ciudad y ganarme la vida de cualquier forma, dedicando mi tiempo libre a mi familia, tener hijos y redescubrir con ellos la sencilla belleza de la vida. Por otra parte, sé que puedo hacer algo por el mundo. Será una pequeña aportación, pero así es como ha evolucionado nuestra especie, con pequeños pero trascendentales pasos dados por individuos muchas veces anónimos. Y esa opción implica seguir en el exilio, colgado del teléfono y soltando alguna lágrima con una frecuencia más o menos semanal.
Es así que no sé qué hacer. Hasta dónde yo sé sólo vivimos una vez y no estoy seguro de dónde puse el libro de instrucciones para la vida. Ignoro si debo dedicar mi tiempo a ser feliz y dar bienestar a los que me rodean o a crear algo valioso para las generaciones venideras. Aparquemos por un instante las falsas modestias, todos sabemos dónde están nuestros límites, si bien no siempre conscientemente, y yo sé que mi mente se desenvuelve con razonable brillantez en determinadas circunstancias. Pero llevo ya unos cuantos años sintiendo cómo la tristeza va empapando mis horas, dejando a su paso un olor a recuerdos rancios e imágenes en sepia. En estos momentos me siento incapaz de embarcarme en otros dos o tres años de cautividad espiritual. En estos momentos, porque hay días en que lo veo claro, seguiré en la investigación y haré algo hermoso. Lo malo, lo realmente incómodo, es que no me queda mucho tiempo para decidir. Si acaso, un mes, dos...
No es hoy el mejor día, en cualquier caso, para tomar una decisión. Si alguien puede abrirme (o cerrarme) los ojos, es más que bienvenido.
Estoy escuchando "La consagración de la primavera", de Stravinsky. Es tan bello que casi duele escucharlo. Cosas así me hacen reconciliarme con la condición humana.
Hace una semana me compré el "Ulysses" de Joyce en versión original. Me he propuesto leerlo antes de que termine el año e insto a quien esto leyere a que haga lo propio. Pocas cosas más fructíferas hay en que emplear el tiempo. Me encanta el olor de un libro nuevo. En especial si es un libro bueno. Me embriaga el tacto de sus páginas, secas y firmes. El simple sonido de la palabra "libro" me produce algo que yo definiría como cercano a la felicidad. Lo mismo ocurrer con la palabra "palabra", fonéticamente muy cercana a "libro". Durante mis largas sesiones de carrera continua me suelo llevar un audio libro en el mp3, pongamos "El Quijote", y me sorprendo a menudo haciendo caso omiso de la historia, toda mi atención centrada en el sonido de las palabras en su música semántica y argentina.
Qué bello es vivir. Qué efímero. Qué mágico.
Recuerdo que os debo un cuento. Trataré de cumplir durante el fin de semana.
Pero no. Creé este rincón como una extensión de mí mismo, un lugar donde dejar caer mis sueños, ilusiones, frustraciones, fracasos, pasiones... Y me gusta tenerlo así, ordenadito y tranquilo, sin apenas comentarios, aunque los pocos que caen significan mucho para mí. Al igual que cada uno de los que me visita más o menos periódicamente. Casi podría afirmar que os conozco a todos, no personalmente, pero sí a través de internet. Si alguna vez dije, que lo dije, que escribía esto sólo para mí, pues mentí un poquito. Porque esto también es vuestro. Una gran parte de lo que uno escribe en su vida es para que sea leído por otras personas.
Me gustaría escribir más a menudo, pero no soy una persona que suela hacer las cosas de manera metódica, no, al menos, la mayoría de las cosas. Últimamente mi vida anda discurriendo por derroteros no muy plácidos. Existe una lucha en mi interior entre lo que quiero y lo que creo que debo hacer. Por una parte, mi vida sigue estando en Zaragoza. Todo lo que más quiero está allí, mi princesa, mis recuerdos, mi identidad... Quisiera dejarlo todo y marcharme a mi ciudad y ganarme la vida de cualquier forma, dedicando mi tiempo libre a mi familia, tener hijos y redescubrir con ellos la sencilla belleza de la vida. Por otra parte, sé que puedo hacer algo por el mundo. Será una pequeña aportación, pero así es como ha evolucionado nuestra especie, con pequeños pero trascendentales pasos dados por individuos muchas veces anónimos. Y esa opción implica seguir en el exilio, colgado del teléfono y soltando alguna lágrima con una frecuencia más o menos semanal.
Es así que no sé qué hacer. Hasta dónde yo sé sólo vivimos una vez y no estoy seguro de dónde puse el libro de instrucciones para la vida. Ignoro si debo dedicar mi tiempo a ser feliz y dar bienestar a los que me rodean o a crear algo valioso para las generaciones venideras. Aparquemos por un instante las falsas modestias, todos sabemos dónde están nuestros límites, si bien no siempre conscientemente, y yo sé que mi mente se desenvuelve con razonable brillantez en determinadas circunstancias. Pero llevo ya unos cuantos años sintiendo cómo la tristeza va empapando mis horas, dejando a su paso un olor a recuerdos rancios e imágenes en sepia. En estos momentos me siento incapaz de embarcarme en otros dos o tres años de cautividad espiritual. En estos momentos, porque hay días en que lo veo claro, seguiré en la investigación y haré algo hermoso. Lo malo, lo realmente incómodo, es que no me queda mucho tiempo para decidir. Si acaso, un mes, dos...
No es hoy el mejor día, en cualquier caso, para tomar una decisión. Si alguien puede abrirme (o cerrarme) los ojos, es más que bienvenido.
Estoy escuchando "La consagración de la primavera", de Stravinsky. Es tan bello que casi duele escucharlo. Cosas así me hacen reconciliarme con la condición humana.
Hace una semana me compré el "Ulysses" de Joyce en versión original. Me he propuesto leerlo antes de que termine el año e insto a quien esto leyere a que haga lo propio. Pocas cosas más fructíferas hay en que emplear el tiempo. Me encanta el olor de un libro nuevo. En especial si es un libro bueno. Me embriaga el tacto de sus páginas, secas y firmes. El simple sonido de la palabra "libro" me produce algo que yo definiría como cercano a la felicidad. Lo mismo ocurrer con la palabra "palabra", fonéticamente muy cercana a "libro". Durante mis largas sesiones de carrera continua me suelo llevar un audio libro en el mp3, pongamos "El Quijote", y me sorprendo a menudo haciendo caso omiso de la historia, toda mi atención centrada en el sonido de las palabras en su música semántica y argentina.
Qué bello es vivir. Qué efímero. Qué mágico.
Recuerdo que os debo un cuento. Trataré de cumplir durante el fin de semana.
Os voy a contar ungüento.
Se me acaba de ocurrir un cuento.
Si encuentro el tiempo, las ganas y la sonrisa de las musas, lo pondré aquí mismo dentro de unos siete o diez días. El tema está tan manido que me extrañaría que la ocurrencia no fuera en realidad una reminiscencia. Vaya por delante que nada se aparta más de mi ruta por la vida que la idea de cualquier tipo de plagio. Sin embargo, el cuento tendrá aspecto de homenaje a un escritor en particular o, en realidad, a todo un género.
El título: "... de la mano de Dios". Y no tiene nada que ver con el fútbol.
CCD (Cycle Carbing Diet) es el mejor invento de la humanidad desde la máquina de pelar gambas. Después de dos ciclos ya le he cogido el truco y casi puedo sentir cómo se derrite la grasa del flotador. Mi peso, sin embargo, apenas varía, lo que quiere decir que lo que se pierde en grasa se gana en masa muscular. Los tres primeros días de cada ciclo son muy chungos, pero luego hasta me tengo que forzar para comer todo lo programado. Por ejemplo, ahora mismo me tengo que meter entre pecho y espalda un platazo de arroz, coles de bruselas y pollo que maldito lo que me apetece. Pero tan importante es el déficit calórico durante los tres primeros días como la completa nutrición durante los tres últimos.
Mi experiencia en la vida real me dice que a la gente mis experimentos físico-nutricionales se la sudan generosamente. Siempre que algo implique esfuerzo y/o resultados a largo plazo, zas, orejas cerradas. Luego están los que ni buscan ni necesitan ningún tipo de resultados porque son felices con sus vidas tal como están. Este grupo de personas suelen ser los únicos consistentes consigo mismos. Me quito el sombrero. A los que no soporto es a los quejicas que andan para arriba y para abajo refunfuñando a todas horas porque no se gustan, mientras se consuelan con cerveza, hamburguesas y chocolates. Y no los soporto tal vez porque uno ha sido cocinero antes que fraile y, sí, yo también fui uno de esos, de los quejicas.
Digo, pues, que a la gente se la trae bien floja todo esto del ejercicio y la dieta y yo tiendo a pasarme un tanto de la raya hablando de ello, pues me apasiona.
Pero como este es mi blog, pues pongo lo que me sale de los concejales. No me da miedo perder 100 ó 200 lectores.
Ja, ja, ja, ja, ja... Ehem... Ja.
Y les digo más: JA.
Si encuentro el tiempo, las ganas y la sonrisa de las musas, lo pondré aquí mismo dentro de unos siete o diez días. El tema está tan manido que me extrañaría que la ocurrencia no fuera en realidad una reminiscencia. Vaya por delante que nada se aparta más de mi ruta por la vida que la idea de cualquier tipo de plagio. Sin embargo, el cuento tendrá aspecto de homenaje a un escritor en particular o, en realidad, a todo un género.
El título: "... de la mano de Dios". Y no tiene nada que ver con el fútbol.
CCD (Cycle Carbing Diet) es el mejor invento de la humanidad desde la máquina de pelar gambas. Después de dos ciclos ya le he cogido el truco y casi puedo sentir cómo se derrite la grasa del flotador. Mi peso, sin embargo, apenas varía, lo que quiere decir que lo que se pierde en grasa se gana en masa muscular. Los tres primeros días de cada ciclo son muy chungos, pero luego hasta me tengo que forzar para comer todo lo programado. Por ejemplo, ahora mismo me tengo que meter entre pecho y espalda un platazo de arroz, coles de bruselas y pollo que maldito lo que me apetece. Pero tan importante es el déficit calórico durante los tres primeros días como la completa nutrición durante los tres últimos.
Mi experiencia en la vida real me dice que a la gente mis experimentos físico-nutricionales se la sudan generosamente. Siempre que algo implique esfuerzo y/o resultados a largo plazo, zas, orejas cerradas. Luego están los que ni buscan ni necesitan ningún tipo de resultados porque son felices con sus vidas tal como están. Este grupo de personas suelen ser los únicos consistentes consigo mismos. Me quito el sombrero. A los que no soporto es a los quejicas que andan para arriba y para abajo refunfuñando a todas horas porque no se gustan, mientras se consuelan con cerveza, hamburguesas y chocolates. Y no los soporto tal vez porque uno ha sido cocinero antes que fraile y, sí, yo también fui uno de esos, de los quejicas.
Digo, pues, que a la gente se la trae bien floja todo esto del ejercicio y la dieta y yo tiendo a pasarme un tanto de la raya hablando de ello, pues me apasiona.
Pero como este es mi blog, pues pongo lo que me sale de los concejales. No me da miedo perder 100 ó 200 lectores.
Ja, ja, ja, ja, ja... Ehem... Ja.
Y les digo más: JA.
Mi tesis ya está parida
Empiezo a ver la luz al final del túnel. El jefe me ha dado luz verde para mandar la tesis a la Senate House Library de la Universidad de Londres. El resto es mera burocracia. Y digo mera sarcásticamente, pues desde que se manda la tesis hasta que tiene lugar la defensa pueden transcurrir hasta cuatro meses (!!!). De hecho, y a pesar de que mandé mi solicitud en Octubre, mi supervisor aún no ha recibido la carta preguntando por mis examinadores. El proceso es lento: una vez que mi supervisor sugiere el nombre de los dos examinadores, el comité de tesis (este no es su nombre oficial) tiene que aprobar la elección. Pero, ay, dicho comité se reúne una vez al mes y la próxima reunión no tendrá lugar hasta Marzo. Y aún entonces podrían declinar nuestra propuesta sin estar obligados a dar una razón oficial. Dichas declinaciones son más habituales de lo que sería deseable, así que bien podría ser que me dieran las uvas, literalmente, sin armarme caballero.
Mis examinadores, si todo anda bien, serán George Pickett y Mike Lea. Ambos son expertos en mi campo, por lo que la defensa se avecina jugosa y disputada.
Las lecturas de tesis en Londres son algo diferentes a lo que uno está acostumbrado en España. Aquí, la defensa se hace en privado y sólo están autorizados a asistir los dos examinadores y el supervisor, este último bajo mi consentimiento. El supervisor, caso de asistir, no puede decir ni mu. En mi caso no es probable que el jefe asista, no tiene costumbre. A mí me la trae bien floja, en cuanto me pongo a hablar de física se me olvida quién está en la audiencia y mi cerebro incluso borra momentáneamente el concepto de especie humana. Me ha ocurrido llevándoles la contraria a más de un premio Nobel en las conferencias a las que he asistido. Parecerá increíble, pero acabaron callándose la boca, supongo que por suponer que yo era un caso perdido.
Pensaba llevar mañana la tesis a Londres y encuadernarla. Pero me temo que no va a ser posible: aún tengo que imprimirla, lo que llevará la mayor parte de la mañana, visto cómo funcionan últimamente las impresoras láser del departamento y, por otra parte, en este país los comercios cierran alrededor de las 17 horas, probablemente para tener tiempo de llegar al coma etílico en el pub de turno antes de que llegue la hora de las brujas. Y mire usted, que no me gusta generalizar, pero los pubs ingleses a partir de las 6 de la tarde están de bote en bote.
En otro orden de cosas, llevo unos 10 días comiendo mierda. ¿Por qué?, me preguntará usted, sabiamente. Pues porque soy gilipollas. No voy a dar ninguna excusa porque no la tengo, igual que no la tiene nadie que se dedique a comer esas porquerías. Simplemente hay fases de mi vida en las que soy mi peor enemigo. Tengo una faceta altamente autodestructiva en mi personalidad. Afortunadamente estos episodios duran poco, aunque lo suficiente para causar daños notables en mi aspecto físico. He debido de pasar de 10% de grasa corporal a 15%. Así de eficiente es el cuerpo humano cuando se trata de almacenar grasa. No en vano evolucionamos en un entorno donde las calorías tenían un alto precio y el hecho de que ahora mismo estemos aquí es consecuencia de nuestra facilidad para engordar.
He decidido, por lo tanto, agarrar el toro por los cuernos y comenzar un plan de choque que me lleve a un 7% de grasa corporal. Un punto donde no he estado en toda mi puñetera vida. Y ya va siendo hora. Mi plan está extraído del libro "Sliced" de Bill Reynolds y Negrita Jayde. En breve, se trata de establecer ciclos de seis días y dividirlos en dos partes: en la primera parte, o de depleción, se ingieren aproximadamente la mitad de las calorías necesarias para mantener el peso del individuo. La restricción calórica proviene, en su mayor parte, de carbohidratos. Durante estos tres días uno se tiene que pelar el culo en el gimnasio y levantar pesas como un animal salvaje, con dos cojones, sangre en el ojo y "Eye of the tiger" sonando de fondo. Cuando uno deja la última mancuerna en el suelo no se mete en la ducha, no. Se calza las bambas y sale a correr una horita llueva, nieve o caigan chuzos de punta. Luego, sí, ya se puede meter uno en la ducha y, posteriormente, echar un vistazo al menú para lo que queda del día, con dos lagrimones resbalando suavemente por las rosadas mejillas al darse cuenta de que todo lo que hay es un puñado de coles de bruselas, un bistec cocinado a pelo, sin aceite ni sal ni nada, y una cucharadita de aceite de linaza. Esto se repite, como digo, por tres días. Para cuando llega la noche del tercer día uno tiene más mala leche que Fernando Fernán Gómez en mitad de un atasco camino del aeropuerto.
Pero la vida, a veces, guarda una recompensa para aquellos que se sacrifican. Y ahí entra el cuarto día, primero de la segunda mitad del ciclo, o fase de recarga. Durante el cuarto día uno ingiere unas 200 calorías por encima de su nivel de mantenimiento, haciendo especial hincapié en los carbohidratos. Yo me calzaré entre 300 y 400 gramos de carbohidratos. Pero, ojo, no cualquier carbohidrato, no miréis la bolsa de magdalenas con mirada golosa. No. Solamente cosas limpias: patatas asadas (sin aderezo), arroz o pasta integral, avena... Los niveles de energía se disparan entonces; los músculos, secos como una esponja en mitad del desierto tras tres días de restricción calórica y entrenamiento salvaje, hacen acopio de los carbohidratos y no permiten que ni un solo gramo se almacene como grasa. De repente, la vida, que ayer parecía una eterna condena en el averno, es maravillosa. Durante el cuarto día no se entrena. Los siguientes dos días son una copia exacta de el cuarto día, con la diferencia de que uno vuelve a entrenar como si su vida dependiera de ello. Sólo pesas esta vez. Nada de cardio, hay que conservar esos carbohidratos para la próxima fase de depleción.
A este programa se la trae floja el que la semana tenga siete días. El séptimo día es una copia del primero. Es un ciclo, por tanto, de módulo 6 (qué lindos aquellos tiempos en que estudiaba el espacio cociente). Uno puede esperar, con esta estrategia, perder entre medio y un kilo de grasa pura a la semana y, lo que es más, preservar la masa muscular. El cuerpo, por otra parte, es incapaz de adaptarse al régimen de dieta y entrenamiento y la pérdida de grasa es lenta, pero constante, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las dietas hipocalóricas.
Todo esto, claro, es sobre el papel y diferentes individuos pueden responder de manera diferente a este programa. Yo tengo curiosidad por ver si funciona en mí. En el peor de los casos volveré a mi antiguo plan, con el que sé que puedo llegar sin esfuerzo a 10% de grasa corporal y, con infinito esfuerzo, probablemente a 8%.
Si alguien quiere más detalles, que lo dudo, no tiene más que pedírmelos.
Joder, qué tarde se me ha hecho. Actualizo poco, sí, pero cuando lo hago esto parece el Decamerón.
Hala, buenas noches y vayan preparando las tarjetas de crédito, que ya es Navidad en el Corte Inglés.
Mis examinadores, si todo anda bien, serán George Pickett y Mike Lea. Ambos son expertos en mi campo, por lo que la defensa se avecina jugosa y disputada.
Las lecturas de tesis en Londres son algo diferentes a lo que uno está acostumbrado en España. Aquí, la defensa se hace en privado y sólo están autorizados a asistir los dos examinadores y el supervisor, este último bajo mi consentimiento. El supervisor, caso de asistir, no puede decir ni mu. En mi caso no es probable que el jefe asista, no tiene costumbre. A mí me la trae bien floja, en cuanto me pongo a hablar de física se me olvida quién está en la audiencia y mi cerebro incluso borra momentáneamente el concepto de especie humana. Me ha ocurrido llevándoles la contraria a más de un premio Nobel en las conferencias a las que he asistido. Parecerá increíble, pero acabaron callándose la boca, supongo que por suponer que yo era un caso perdido.
Pensaba llevar mañana la tesis a Londres y encuadernarla. Pero me temo que no va a ser posible: aún tengo que imprimirla, lo que llevará la mayor parte de la mañana, visto cómo funcionan últimamente las impresoras láser del departamento y, por otra parte, en este país los comercios cierran alrededor de las 17 horas, probablemente para tener tiempo de llegar al coma etílico en el pub de turno antes de que llegue la hora de las brujas. Y mire usted, que no me gusta generalizar, pero los pubs ingleses a partir de las 6 de la tarde están de bote en bote.
En otro orden de cosas, llevo unos 10 días comiendo mierda. ¿Por qué?, me preguntará usted, sabiamente. Pues porque soy gilipollas. No voy a dar ninguna excusa porque no la tengo, igual que no la tiene nadie que se dedique a comer esas porquerías. Simplemente hay fases de mi vida en las que soy mi peor enemigo. Tengo una faceta altamente autodestructiva en mi personalidad. Afortunadamente estos episodios duran poco, aunque lo suficiente para causar daños notables en mi aspecto físico. He debido de pasar de 10% de grasa corporal a 15%. Así de eficiente es el cuerpo humano cuando se trata de almacenar grasa. No en vano evolucionamos en un entorno donde las calorías tenían un alto precio y el hecho de que ahora mismo estemos aquí es consecuencia de nuestra facilidad para engordar.
He decidido, por lo tanto, agarrar el toro por los cuernos y comenzar un plan de choque que me lleve a un 7% de grasa corporal. Un punto donde no he estado en toda mi puñetera vida. Y ya va siendo hora. Mi plan está extraído del libro "Sliced" de Bill Reynolds y Negrita Jayde. En breve, se trata de establecer ciclos de seis días y dividirlos en dos partes: en la primera parte, o de depleción, se ingieren aproximadamente la mitad de las calorías necesarias para mantener el peso del individuo. La restricción calórica proviene, en su mayor parte, de carbohidratos. Durante estos tres días uno se tiene que pelar el culo en el gimnasio y levantar pesas como un animal salvaje, con dos cojones, sangre en el ojo y "Eye of the tiger" sonando de fondo. Cuando uno deja la última mancuerna en el suelo no se mete en la ducha, no. Se calza las bambas y sale a correr una horita llueva, nieve o caigan chuzos de punta. Luego, sí, ya se puede meter uno en la ducha y, posteriormente, echar un vistazo al menú para lo que queda del día, con dos lagrimones resbalando suavemente por las rosadas mejillas al darse cuenta de que todo lo que hay es un puñado de coles de bruselas, un bistec cocinado a pelo, sin aceite ni sal ni nada, y una cucharadita de aceite de linaza. Esto se repite, como digo, por tres días. Para cuando llega la noche del tercer día uno tiene más mala leche que Fernando Fernán Gómez en mitad de un atasco camino del aeropuerto.
Pero la vida, a veces, guarda una recompensa para aquellos que se sacrifican. Y ahí entra el cuarto día, primero de la segunda mitad del ciclo, o fase de recarga. Durante el cuarto día uno ingiere unas 200 calorías por encima de su nivel de mantenimiento, haciendo especial hincapié en los carbohidratos. Yo me calzaré entre 300 y 400 gramos de carbohidratos. Pero, ojo, no cualquier carbohidrato, no miréis la bolsa de magdalenas con mirada golosa. No. Solamente cosas limpias: patatas asadas (sin aderezo), arroz o pasta integral, avena... Los niveles de energía se disparan entonces; los músculos, secos como una esponja en mitad del desierto tras tres días de restricción calórica y entrenamiento salvaje, hacen acopio de los carbohidratos y no permiten que ni un solo gramo se almacene como grasa. De repente, la vida, que ayer parecía una eterna condena en el averno, es maravillosa. Durante el cuarto día no se entrena. Los siguientes dos días son una copia exacta de el cuarto día, con la diferencia de que uno vuelve a entrenar como si su vida dependiera de ello. Sólo pesas esta vez. Nada de cardio, hay que conservar esos carbohidratos para la próxima fase de depleción.
A este programa se la trae floja el que la semana tenga siete días. El séptimo día es una copia del primero. Es un ciclo, por tanto, de módulo 6 (qué lindos aquellos tiempos en que estudiaba el espacio cociente). Uno puede esperar, con esta estrategia, perder entre medio y un kilo de grasa pura a la semana y, lo que es más, preservar la masa muscular. El cuerpo, por otra parte, es incapaz de adaptarse al régimen de dieta y entrenamiento y la pérdida de grasa es lenta, pero constante, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las dietas hipocalóricas.
Todo esto, claro, es sobre el papel y diferentes individuos pueden responder de manera diferente a este programa. Yo tengo curiosidad por ver si funciona en mí. En el peor de los casos volveré a mi antiguo plan, con el que sé que puedo llegar sin esfuerzo a 10% de grasa corporal y, con infinito esfuerzo, probablemente a 8%.
Si alguien quiere más detalles, que lo dudo, no tiene más que pedírmelos.
Joder, qué tarde se me ha hecho. Actualizo poco, sí, pero cuando lo hago esto parece el Decamerón.
Hala, buenas noches y vayan preparando las tarjetas de crédito, que ya es Navidad en el Corte Inglés.





