Pausa
Voy a dejar de escribir aquí durante alrededor de un mes.
Algo va terriblemente mal en mi vida y voy a dedicar un tiempo a analizarlo y solucionarlo.
Necesito concentrar todas mis energías en mí mismo por un tiempo. Si a alguien le gusta de verdad este blog, que se entretenga con los archivos. Hay para rato. O, aún mejor, que coja un buen libro.
Algo va terriblemente mal en mi vida y voy a dedicar un tiempo a analizarlo y solucionarlo.
Necesito concentrar todas mis energías en mí mismo por un tiempo. Si a alguien le gusta de verdad este blog, que se entretenga con los archivos. Hay para rato. O, aún mejor, que coja un buen libro.
Tesis
De repente, me encuentro ocupado otra vez con diferentes asuntos. No con las correcciones de la tesis, porque sólo he tenido que cambiar ocho palabras de las 220 páginas de que consta (una ese que se me escapó aquí, un guión que se me olvidó allá...) Vamos que, básicamente, no he tenido correcciones. Sólo se conocía un caso similar en mi laboratorio antes de mí.
Mi madre estaría orgullosa.
Si alguien se quiere descargar mi tesis en formato PDF (algo más de 5 Mb), que pinche aquí.
Otro día les desmenuzo cómo fue el examen. Ahora es hora de dormir.
Mi madre estaría orgullosa.
Si alguien se quiere descargar mi tesis en formato PDF (algo más de 5 Mb), que pinche aquí.
Otro día les desmenuzo cómo fue el examen. Ahora es hora de dormir.
Trust me. I'm a doctor.
En las últimas cuatro horas me ha dado tiempo a ganarme el doctorado en física y a emborracharme como un quinceañero en su primer botellón. Ahora mismo, de hecho, estoy bastante ebrio.
Supongo que el no haber comido nada durante las últimas 36 horas ha contribuido a que dos copas de champán dieran conmigo en la casa de Baco.
Soy doctor. La lectura fue una experiencia maravillosa. No hubo preguntas difíciles.
Me mareo. Otro día os cuento detalles.
Soy doctor.
Repita conmigo. Soy doctor, soy doctor, soy doctor...
P. S. No voy a dejar pasar la ocasión de comentar que la principal preocupación del tribunal era si yo había escrito de verdad mi tesis. Según ellos, mi inglés era demasiado bueno.
Take that, Dr. Moroni...
Supongo que el no haber comido nada durante las últimas 36 horas ha contribuido a que dos copas de champán dieran conmigo en la casa de Baco.
Soy doctor. La lectura fue una experiencia maravillosa. No hubo preguntas difíciles.
Me mareo. Otro día os cuento detalles.
Soy doctor.
Repita conmigo. Soy doctor, soy doctor, soy doctor...
P. S. No voy a dejar pasar la ocasión de comentar que la principal preocupación del tribunal era si yo había escrito de verdad mi tesis. Según ellos, mi inglés era demasiado bueno.
Take that, Dr. Moroni...
Vamos al lío, Gregorio.
3... 2... 1...
Me voy al matadero. Me espera la madre de todas las batallas.
Ya os contaré.
Glup.
Me voy al matadero. Me espera la madre de todas las batallas.
Ya os contaré.
Glup.
Well done, Dr. Moroni.
Yesterday was Dennis' viva (that's the word we use to refer to the thesis examination in the UK, from the latin Viva Voce). Yes, Mr. Dennis Moroni is now Dr. Dennis Moroni.
I told him I might comment on it on my blog and he suggested me to write it in english so he can read what sort of crap I say about him.
No worries, my man. There you go.
I popped in the lab in the morning, just to check that Dennis was mentally stable. He was not. He was talking rubbish all along the way. Man, how much bullshit can a mouth release in a matter of seconds. Well, I guess it's normal for a person under those circumstances to just talk stupid.
But then, I told him, what's the worst thing that could happen to you? That you fail? The nine-hours viva? That you will be pushed against the wall and get screwed in turn by the examiners? Hey, you might enjoy it! No, seriously. I think the day after the viva you are as clever (or as dumb) as the day before. Only with three more letters to add to your name.
After the event there was the usual meeting in the common room to celebrate. Champagne bottles kept appearing from God knows where. I was fearing there would be none left for my Monday celebration. Dennis told me later that his examiner started off the examination by saying: "Ok, your thesis is fine. You have no major corrections to make, so we have to somehow make up the viva". That's pretty reassuring. I imagined that I would be nicely relaxed for the whole of the examination after listening to such a nice statement. But, in contrast, I had a mental picture of my external examiner, Professor Pickett, telling me: "Well, we read your thesis and it's absolutely hopeless. So you better perform now like a fucking genius if you want to get something similar to a degree out of this meeting". Ouch. That's gotta hurt.
Dammit! I'm happy for Dennis and absolutely terrified for myself. Why should I? Dennis was asking me physics questions up to two hours before his viva. Hell, do I know more physics that he does? Probably... But then again, the guy is so lucky. He's the luckiest bastard over the face of this rotten world. I'm sure I'll be asked "What did you do to your samples to get the data?" and... I'll go blank. Just simply, plain blank. "Uh, oh... Sorry, say again?"
Dennis, man, what do you reckon? Do I have what it takes? After all, you've gone through the process, you should know it.
Anyway, I'm so glad you made it. We started our Ph. D. on the same week, you remember? And then we are going to finish it (hopefully) with a difference of 4 kilominutes. The timing was just about perfect, wasn't it?
You deserved it, Dennis. You worked hard. Well done, mate.
You DA MAN!!!
I told him I might comment on it on my blog and he suggested me to write it in english so he can read what sort of crap I say about him.
No worries, my man. There you go.
I popped in the lab in the morning, just to check that Dennis was mentally stable. He was not. He was talking rubbish all along the way. Man, how much bullshit can a mouth release in a matter of seconds. Well, I guess it's normal for a person under those circumstances to just talk stupid.
But then, I told him, what's the worst thing that could happen to you? That you fail? The nine-hours viva? That you will be pushed against the wall and get screwed in turn by the examiners? Hey, you might enjoy it! No, seriously. I think the day after the viva you are as clever (or as dumb) as the day before. Only with three more letters to add to your name.
After the event there was the usual meeting in the common room to celebrate. Champagne bottles kept appearing from God knows where. I was fearing there would be none left for my Monday celebration. Dennis told me later that his examiner started off the examination by saying: "Ok, your thesis is fine. You have no major corrections to make, so we have to somehow make up the viva". That's pretty reassuring. I imagined that I would be nicely relaxed for the whole of the examination after listening to such a nice statement. But, in contrast, I had a mental picture of my external examiner, Professor Pickett, telling me: "Well, we read your thesis and it's absolutely hopeless. So you better perform now like a fucking genius if you want to get something similar to a degree out of this meeting". Ouch. That's gotta hurt.
Dammit! I'm happy for Dennis and absolutely terrified for myself. Why should I? Dennis was asking me physics questions up to two hours before his viva. Hell, do I know more physics that he does? Probably... But then again, the guy is so lucky. He's the luckiest bastard over the face of this rotten world. I'm sure I'll be asked "What did you do to your samples to get the data?" and... I'll go blank. Just simply, plain blank. "Uh, oh... Sorry, say again?"
Dennis, man, what do you reckon? Do I have what it takes? After all, you've gone through the process, you should know it.
Anyway, I'm so glad you made it. We started our Ph. D. on the same week, you remember? And then we are going to finish it (hopefully) with a difference of 4 kilominutes. The timing was just about perfect, wasn't it?
You deserved it, Dennis. You worked hard. Well done, mate.
You DA MAN!!!
?
Escuchen. Me he leído hoy los dos primeros capítulos de mi tesis. Mañana leeré el tercero, el viernes el cuarto y el fin de semana quinto y apéndices. Lo estoy repasando para hacer tiempo, para no pensar en el incierto futuro, para no tener imágenes de paranoia recorriéndome las meninges. Porque, me pregunto, ¿qué demonios van a preguntarme? Si lo explico todo allí. Está todo explicado en la tesis, como para que lo entienda un niño de cuatro años.
Tal vez debiera examinarme un niño de cuatro años. ¿Debería prepararme una breve introducción de unos 15 ó 20 minutos por si me la piden? Bah... Paso. Si me lo piden, improviso. En Re mayor.
Ha sido curioso lo que me ha ocurrido (me está ocurriendo) en los últimos cuatro días. Me encuentro sumido en un pozo. Un pozo donde sólo yo me he metido y de donde sólo yo me puedo sacar.
No he hecho ejercicio desde las sentadillas que comenté el sábado pasado. Nada. Ni correr, ni pesas ni nada.
Me paso el día en mi cuarto, preguntándome en qué momento me aparté de la senda que me conducía por la vida. Mirando por la ventana. Corrigiendo exámenes. Leyendo el entramado de frases simplistas que constituye mi tesis. Imaginando que sólo soy pensamiento, puro concepto, nada material me ata al mundo.
Vuelo.
Hoy he estado pensando que me canso de llamar a la gente por teléfono. Lo he comprobado estos cuatro días, si yo no llamo a mi familia a mí no me llama nadie. Eso está bien en periodos como éste, donde lo que menos me apetece es oir que me cuenten lo que están viendo por la tele. Pero por otra parte pienso que si me diera un tabardillo ahora mismo, mientras escribo esto, pasarían varios días hasta que alguien se preguntara qué ha sido de mí y abrieran mi cuarto. Supongo que la escena no sería agradable.
Me molesta la gente que me llama sólo cuando no tienen otro recurso.
Dentro de unos días, semanas o meses leeré todo esto y me preguntaré si realmente fui yo quien lo escribió. No me gusta lo que escribo, no ya estilísticamente, sino el contenido. Estoy lleno de amargura.
Pero he de escribir. He de conocerme más a mí mismo, porque yo soy mi principal enemigo. Y, si quiero vencerme, he de aprender mis reacciones. Mis pensamientos.
Todos tenemos nuestro rinconcito oscuro. Yo estoy abriendo parte del mío aquí y lo que aparece no es bonito. Ando muy cerca de sentir odio y no quiero. El odio hace sentirse vivo y, al cabo del tiempo, es adictivo. Como el amor. No es malo sentir odio, pero ya hay suficiente odio en el mundo. No quiero añadir más. Quiero despertar y descubrir que tengo trece años y que puedo evitar todos los errores que cometí.
No... No funcionaría.
Cometería otros errores.
Que alguien me prohíba escribir por las noches.
Decía García Márquez que no hay mal, por grande que sea, que no se pueda aliviar con un par de horas de buena lectura. Aunque creo que exageraba, yo no me he acercado a una buena lectura en estos cuatro días. Sólo he leído cosas escritas por mí. He de leer algo bueno. Cualquier cosa. No. Cualquier cosa no. Cualquier cosa menos Nietzsche. Pero yo no tengo nada de Nietzsche en mi cuarto.
Miro mi pequeña biblioteca. Tengo a Galdós, a Joyce, a Tolkien... Pérez-Reverte, Sillitoe, Steinbeck. Conrad, O´Brian, Jane Austen. Ken Follett. ¿Ken Follett? ¿Cómo demonios acabó Ken Follet en mi estantería? Recuerdo. Se lo olvidó mi padre, en una de sus visitas. Se lo olvidó sin habérselo leído. Sólo he visto a mi padre leer una o dos veces en mi vida. Yo era muy niño. Aún vivía mi madre, creo. O no. Mi padre leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Las cambiaba en el quiosco de la esquina. Cuando acababa una, la cambiaba por otra. Creo que ya no quedan muchos quioscos que hagan eso hoy día. Tal vez esa sea la causa de que mi padre ya no lea.
Un día recuerdo que comentó que había leído "Papillon" y que era una obra maestra.
No sé quién escribió "Papillon". No me importa. Lo único genial que yo conozco relacionado con la palabra papillon es la obra homónima de Schumann.
Tengo miedo del lunes. ¿Y si fallo? ¿Cómo podré volverme a mirar a la cara en el espejo si fallo? He conocido a gente en mi departamento que ha pasado la defensa sin saber la diferencia entre un bosón y un fermión. He conocido a postdocs que no sabían qué transferir a un criostato para mantenerlo a cuatro Kelvin. Eran doctores en física de bajas temperaturas.
Si fallo el lunes, nadie me convencerá nunca de que no soy mediocre. Si fallo el lunes, significará que hay justicia en el mundo.
Estoy cansado. No entiendo por qué me hago daño. No sé vivir sin disciplina monástica. Hace tiempo que perdí el manual de instrucciones para la vida. Vivo improvisando.
... Y no improviso bien.
Tal vez debiera examinarme un niño de cuatro años. ¿Debería prepararme una breve introducción de unos 15 ó 20 minutos por si me la piden? Bah... Paso. Si me lo piden, improviso. En Re mayor.
Ha sido curioso lo que me ha ocurrido (me está ocurriendo) en los últimos cuatro días. Me encuentro sumido en un pozo. Un pozo donde sólo yo me he metido y de donde sólo yo me puedo sacar.
No he hecho ejercicio desde las sentadillas que comenté el sábado pasado. Nada. Ni correr, ni pesas ni nada.
Me paso el día en mi cuarto, preguntándome en qué momento me aparté de la senda que me conducía por la vida. Mirando por la ventana. Corrigiendo exámenes. Leyendo el entramado de frases simplistas que constituye mi tesis. Imaginando que sólo soy pensamiento, puro concepto, nada material me ata al mundo.
Vuelo.
Hoy he estado pensando que me canso de llamar a la gente por teléfono. Lo he comprobado estos cuatro días, si yo no llamo a mi familia a mí no me llama nadie. Eso está bien en periodos como éste, donde lo que menos me apetece es oir que me cuenten lo que están viendo por la tele. Pero por otra parte pienso que si me diera un tabardillo ahora mismo, mientras escribo esto, pasarían varios días hasta que alguien se preguntara qué ha sido de mí y abrieran mi cuarto. Supongo que la escena no sería agradable.
Me molesta la gente que me llama sólo cuando no tienen otro recurso.
Dentro de unos días, semanas o meses leeré todo esto y me preguntaré si realmente fui yo quien lo escribió. No me gusta lo que escribo, no ya estilísticamente, sino el contenido. Estoy lleno de amargura.
Pero he de escribir. He de conocerme más a mí mismo, porque yo soy mi principal enemigo. Y, si quiero vencerme, he de aprender mis reacciones. Mis pensamientos.
Todos tenemos nuestro rinconcito oscuro. Yo estoy abriendo parte del mío aquí y lo que aparece no es bonito. Ando muy cerca de sentir odio y no quiero. El odio hace sentirse vivo y, al cabo del tiempo, es adictivo. Como el amor. No es malo sentir odio, pero ya hay suficiente odio en el mundo. No quiero añadir más. Quiero despertar y descubrir que tengo trece años y que puedo evitar todos los errores que cometí.
No... No funcionaría.
Cometería otros errores.
Que alguien me prohíba escribir por las noches.
Decía García Márquez que no hay mal, por grande que sea, que no se pueda aliviar con un par de horas de buena lectura. Aunque creo que exageraba, yo no me he acercado a una buena lectura en estos cuatro días. Sólo he leído cosas escritas por mí. He de leer algo bueno. Cualquier cosa. No. Cualquier cosa no. Cualquier cosa menos Nietzsche. Pero yo no tengo nada de Nietzsche en mi cuarto.
Miro mi pequeña biblioteca. Tengo a Galdós, a Joyce, a Tolkien... Pérez-Reverte, Sillitoe, Steinbeck. Conrad, O´Brian, Jane Austen. Ken Follett. ¿Ken Follett? ¿Cómo demonios acabó Ken Follet en mi estantería? Recuerdo. Se lo olvidó mi padre, en una de sus visitas. Se lo olvidó sin habérselo leído. Sólo he visto a mi padre leer una o dos veces en mi vida. Yo era muy niño. Aún vivía mi madre, creo. O no. Mi padre leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Las cambiaba en el quiosco de la esquina. Cuando acababa una, la cambiaba por otra. Creo que ya no quedan muchos quioscos que hagan eso hoy día. Tal vez esa sea la causa de que mi padre ya no lea.
Un día recuerdo que comentó que había leído "Papillon" y que era una obra maestra.
No sé quién escribió "Papillon". No me importa. Lo único genial que yo conozco relacionado con la palabra papillon es la obra homónima de Schumann.
Tengo miedo del lunes. ¿Y si fallo? ¿Cómo podré volverme a mirar a la cara en el espejo si fallo? He conocido a gente en mi departamento que ha pasado la defensa sin saber la diferencia entre un bosón y un fermión. He conocido a postdocs que no sabían qué transferir a un criostato para mantenerlo a cuatro Kelvin. Eran doctores en física de bajas temperaturas.
Si fallo el lunes, nadie me convencerá nunca de que no soy mediocre. Si fallo el lunes, significará que hay justicia en el mundo.
Estoy cansado. No entiendo por qué me hago daño. No sé vivir sin disciplina monástica. Hace tiempo que perdí el manual de instrucciones para la vida. Vivo improvisando.
... Y no improviso bien.
Una dosis de versos mediocres
EPÍLOGO
Cantó el cisne por fin su son postrero.
¡Qué corta fue su vida! ¡Qué tortura
su muerte! Y su agonía... ¡cuán oscura!
¡Qué triste su lamento lastimero!
¿Por qué me quitaste lo que más quiero?
¿Por qué el destino infame me asegura
que no gozaré más de tu hermosura?
¿Por qué sigo viviendo mientras muero?
No puedo concebir sin ti la vida.
El tren de mi ilusión se ha detenido
y el fuego de tu amor ya se ha apagado.
Se desvanece al fin mi alma transida.
Se pierden uno a uno mis latidos...
Hoy vuelvo a ser un solo atormentado.
Ya no quiero ser físico. Sólo quiero ser escritor. Pero esto es lo máximo de lo que soy capaz.
Podría conseguir el Nobel de Literatura en un planeta de subnormales. ¿Para cuándo los viajes intergalácticos?
Cantó el cisne por fin su son postrero.
¡Qué corta fue su vida! ¡Qué tortura
su muerte! Y su agonía... ¡cuán oscura!
¡Qué triste su lamento lastimero!
¿Por qué me quitaste lo que más quiero?
¿Por qué el destino infame me asegura
que no gozaré más de tu hermosura?
¿Por qué sigo viviendo mientras muero?
No puedo concebir sin ti la vida.
El tren de mi ilusión se ha detenido
y el fuego de tu amor ya se ha apagado.
Se desvanece al fin mi alma transida.
Se pierden uno a uno mis latidos...
Hoy vuelvo a ser un solo atormentado.
Ya no quiero ser físico. Sólo quiero ser escritor. Pero esto es lo máximo de lo que soy capaz.
Podría conseguir el Nobel de Literatura en un planeta de subnormales. ¿Para cuándo los viajes intergalácticos?
Morfeo me da calabazas y yo me alzo en guerra contra el mundo
Hoy, tras mucho tiempo, me visita de nuevo mi viejo amigo el Insomnio. No ha cambiado mucho. Tiene la misma cara de hijoputa que la última vez que me honró con su compañía. Ya no me desespero: le hago un hueco en mi silla y le cuento mi perra vida. Disimulo el odio que le tengo. No es bueno abrir el corazón al Insomnio, porque se alimenta, principalmente, de sentimientos. Morfeo, que con su sola presencia reduciría a jirones de bostezos al repugnante intruso, al parecer ha tenido cosas mejores que hacer esta noche. Les miento a la madre. A los dos. A uno por no venir y al otro por presentarse. Pasan las horas indicando que mis juramentos, a estos dos miserables, les resbalan.
Me pongo a escribir lipogramas. Uno con cada vocal. Los de la "a" y la "e" son muy jodidos. Los colgaré aquí cuando los termine. Si los termino.
Tras una hora y media me canso de los lipogramas y me meto en esta web. Encargo un par de paquetes de incienso. Por puro aburrimiento. Supongo que me llegarán el martes. Voy a convertir mi cuarto en un puto salón de meditación. A ver si entro en trance y escribo de una vez la novela de los cojones.
No sé si se nota que estoy cabreado. Voy a llenar el post de juramentos porque no le puedo partir la cara al Insomnio. El muy hijo de perra es incorpóreo.
No me he emborrachado más que una vez en mi miserable vida, pero la sensación que tuve es muy parecida a la que siento en estos momentos. Me cruzan la mente pensamientos incoherentes y estúpidos. Corrijo, más estúpidos que de costumbre. La diferencia es que cuando me emborraché estaba más preocupado por controlar mis funciones corporales (sin éxito) que por poner en palabras mis insensateces. Ahora la tecnología pone en mis manos la herramienta para lanzar al mundo sinsentidos que no significan nada y que, seguramente, alguien acabará leyendo.
¿Puede uno emborracharse de Insomnio?
Mañana me espera un día de perros. He de ir al laboratorio. No recuerdo para qué, pero sé que he de ir. Mi cerebro se encuentra en estos momentos en medio de un bucle infinito y algunos de sus rincones me son inaccesibles. Luego he de empezar a preparar las preguntas que imagino surgirán durante la defensa de la tesis. Y debería a empezar a plantearme seriamente el arreglar mi cuarto. Poner la lavadora y esas cosas. No puedo estudiar con desorden a mi alrededor. Mi mente se estanca. Sí, aún más. Créeme, tú que estás leyendo esto, puedo ser aún más estúpido de lo que demuestran estas líneas. Mis sábanas parecen cartón. Si las doblo, se quiebran y sueltan polvillo. Mi cama se abre como un libro. Un libro infame, de tapas duras. Y yo soy el texto.
Voy a sincerarme un poco. Hoy (¿o fue ayer?) he llamado a mi padre para felicitarlo. Lo he hecho porque sé que de otra forma se hubiera sentido dolido. Pero no me apetecía en absoluto. Felicitarle, digo. Llamarle sí me apetecía. Joder, qué cruel que soy.
Voy a sincerarme un poco más. Mi madre tuvo la mala ocurrencia de morirse un 6 de noviembre. El de 1981, para ser más exactos. Últimamente, pienso mucho en ella. Daría lo que fuera por haber compartido aunque sólo fuera una hora de mi vida adulta con ella. Pero no. Mi padre volvió a casarse y yo tuve la suerte de que una mujer hiciera de madre de manera ejemplar hasta que el infierno empezó a desatarse en nuestra familia. Hasta el día en que me muera besaré el suelo que pisa mi madre adoptiva. Pero quisiera haber conocido más a mi madre natural. Qué perra es la vida. O qué aguda.
Soy consciente de que todo lo escrito más arriba parece obra de alguien que se ha metido un buen chute de algo fuerte. Estoy sobrio, sin embargo. Sobrio, cabreado, amargado y en guerra con la vida y con la noche. ¿Y si después de estos párrafos empiezo a caerle mal a los cuatro o cinco lectores que pasan por aquí de vez en cuando? Pues entonces, aquí paz y después gloria. Esto se convertirá en un blog privado. Un escritor y un único lector fundidos en la misma persona. La versión digital de "Mi pequeño diario". "Mi pequeño diario". Vaya título de mierda. Estoy escupiendo palabras como el que escupe gargajos negros y podridos. Escribo sin ton ni son. He redactado todo lo anterior en unos siete u ocho minutos. Tal como me salen las palabras, las arrojo a la pantalla, cual vómitos verdes de bilis putrefacta. Me siento una mezcla entre Gregorio Samsa y Raskolnikov. Mañana me despertaré convertido en cucaracha y asesinaré a una ancianita. Tal vez sea eso lo máximo que me puedo acercar a la buena literatura.
Voy a apagar esto y a leer la guía telefónica hasta que el jodido Insomnio salga por donde coño quiera que ha entrado. Si tú,querido lector, has leído hasta aquí, quisiera que sepas que normalmente no escribo esta clase de cosas. Hoy, sin embargo, el futuro y la vida me la traen bien floja.
Que duerman bien, ustedes que pueden.
Me pongo a escribir lipogramas. Uno con cada vocal. Los de la "a" y la "e" son muy jodidos. Los colgaré aquí cuando los termine. Si los termino.
Tras una hora y media me canso de los lipogramas y me meto en esta web. Encargo un par de paquetes de incienso. Por puro aburrimiento. Supongo que me llegarán el martes. Voy a convertir mi cuarto en un puto salón de meditación. A ver si entro en trance y escribo de una vez la novela de los cojones.
No sé si se nota que estoy cabreado. Voy a llenar el post de juramentos porque no le puedo partir la cara al Insomnio. El muy hijo de perra es incorpóreo.
No me he emborrachado más que una vez en mi miserable vida, pero la sensación que tuve es muy parecida a la que siento en estos momentos. Me cruzan la mente pensamientos incoherentes y estúpidos. Corrijo, más estúpidos que de costumbre. La diferencia es que cuando me emborraché estaba más preocupado por controlar mis funciones corporales (sin éxito) que por poner en palabras mis insensateces. Ahora la tecnología pone en mis manos la herramienta para lanzar al mundo sinsentidos que no significan nada y que, seguramente, alguien acabará leyendo.
¿Puede uno emborracharse de Insomnio?
Mañana me espera un día de perros. He de ir al laboratorio. No recuerdo para qué, pero sé que he de ir. Mi cerebro se encuentra en estos momentos en medio de un bucle infinito y algunos de sus rincones me son inaccesibles. Luego he de empezar a preparar las preguntas que imagino surgirán durante la defensa de la tesis. Y debería a empezar a plantearme seriamente el arreglar mi cuarto. Poner la lavadora y esas cosas. No puedo estudiar con desorden a mi alrededor. Mi mente se estanca. Sí, aún más. Créeme, tú que estás leyendo esto, puedo ser aún más estúpido de lo que demuestran estas líneas. Mis sábanas parecen cartón. Si las doblo, se quiebran y sueltan polvillo. Mi cama se abre como un libro. Un libro infame, de tapas duras. Y yo soy el texto.
Voy a sincerarme un poco. Hoy (¿o fue ayer?) he llamado a mi padre para felicitarlo. Lo he hecho porque sé que de otra forma se hubiera sentido dolido. Pero no me apetecía en absoluto. Felicitarle, digo. Llamarle sí me apetecía. Joder, qué cruel que soy.
Voy a sincerarme un poco más. Mi madre tuvo la mala ocurrencia de morirse un 6 de noviembre. El de 1981, para ser más exactos. Últimamente, pienso mucho en ella. Daría lo que fuera por haber compartido aunque sólo fuera una hora de mi vida adulta con ella. Pero no. Mi padre volvió a casarse y yo tuve la suerte de que una mujer hiciera de madre de manera ejemplar hasta que el infierno empezó a desatarse en nuestra familia. Hasta el día en que me muera besaré el suelo que pisa mi madre adoptiva. Pero quisiera haber conocido más a mi madre natural. Qué perra es la vida. O qué aguda.
Soy consciente de que todo lo escrito más arriba parece obra de alguien que se ha metido un buen chute de algo fuerte. Estoy sobrio, sin embargo. Sobrio, cabreado, amargado y en guerra con la vida y con la noche. ¿Y si después de estos párrafos empiezo a caerle mal a los cuatro o cinco lectores que pasan por aquí de vez en cuando? Pues entonces, aquí paz y después gloria. Esto se convertirá en un blog privado. Un escritor y un único lector fundidos en la misma persona. La versión digital de "Mi pequeño diario". "Mi pequeño diario". Vaya título de mierda. Estoy escupiendo palabras como el que escupe gargajos negros y podridos. Escribo sin ton ni son. He redactado todo lo anterior en unos siete u ocho minutos. Tal como me salen las palabras, las arrojo a la pantalla, cual vómitos verdes de bilis putrefacta. Me siento una mezcla entre Gregorio Samsa y Raskolnikov. Mañana me despertaré convertido en cucaracha y asesinaré a una ancianita. Tal vez sea eso lo máximo que me puedo acercar a la buena literatura.
Voy a apagar esto y a leer la guía telefónica hasta que el jodido Insomnio salga por donde coño quiera que ha entrado. Si tú,
Que duerman bien, ustedes que pueden.
Un día más. Un día menos.
El despertador suena a las 5:45 de la mañana. El berrido electrónico me arranca de un sueño intenso y con un aroma a realidad espeluznante. A los quince segundos ya no recuerdo qué estaba soñando.
Mientras me pongo los calcetines me doy cuenta de que salir a correr hoy no va a ser una buena idea. Ayer hice una sesión de sentadillas y hoy tengo la sensación de tener alambres de Indio en lugar de piernas. Decido suspender la sesión de entrenamiento aeróbico. Bajo a la cocina y mi pierna derecha falla en el penúltimo de los trece escalones. Me agarro como puedo a la barandilla, librándome de un feo accidente. Me siento un viejito. Sin embargo, sé por experiencia que el sábado que viene mis piernas estarán más fuertes y podré hacer una sentadilla más que ayer. Me obsesiona mejorar mi cuerpo. La gente me lo dice continuamente: estás obsesionado. Al principio me molestaba enormemente. Ahora me gusta. Lo considero un cumplido. Significa que estoy en el buen camino, que cada mañana venzo a la pereza para hacer crecer mi interior mientras los que me acusan de obsesivo disfrutan un par de horas más de ese tiempo que tomamos prestado a la muerte y que llamamos sueño. Normalmente, cada mañana a las 7 yo ya he hecho más ejercicio que el que la mayoría de la gente hace durante un mes. Adoro el gusto metálico, a sangre, de la disciplina.
"Obsesión" es una palabra que la gente vaga utiliza cuando quiere decir "Dedicación".
Entro en la cocina y pongo un cazo y una sartén al fuego. Mientras preparo el desayuno, escucho "Don Giovanni" con auriculares. ¿Cuántas veces he escuchado esta ópera? ¿Cien? ¿Mil? Sin duda, está más cerca de mil que de cien. No me canso. No me podría cansar nunca de esta maravilla. Mozart fue un regalo que el cielo le hizo a la humanidad.
Canto. Me olvido brevemente del mundo. A los pocos segundos, callo: Carlsten, mi compañero de piso, tiene su cuarto junto a la cocina. No quisiera despertarlo. Me limito a mover los labios mientras preparo el desayuno. Me sé el texto de memoria, recitativos incluidos. Casco cinco huevos en un bol y separo las claras de las yemas mientras se cuece la avena. Cuando termino de separarlas, tiro las yemas, vierto las claras en la sartén y pelo un pomelo, la mitad del cual añado a la avena. Guardo en el frigorífico la otra mitad. He desayunado esto casi cada día durante los últimos dos años. Al igual que Don Giovanni, no me cansa. Completo el desayuno con una buena taza de té verde (sin azúcar, el azúcar es para los críos) y, haciendo gala de la técnica adquirida en mi etapa de camarero en Escocia, subo las escaleras con dos platos en una mano y una taza de té hirviendo más una botella de dos litros de agua en la otra. Afortunadamente, esta vez no me fallan las piernas y consigo llegar a mi cuarto sin dejar las escaleras como un cuadro de Tápies.
Mientras desayuno veo la salida del Gran Premio de Malasia de Fórmula 1. Alonso sale séptimo y antes de la primera curva ya se ha puesto tercero. El zagal es antipático pero tiene talento. Me cae bien. Raikonnen, capaz de lo mejor y de lo peor, manda su coche a tomar por culo en la primera vuelta. También me cae bien el finlandés, al que la buena fortuna y el gafe se disputan semana tras semana. En cuanto se estabiliza la carrera, apago la tele. El resto me resulta aburrido, incluso saber quién gana. Sólo me interesan las salidas.
Conforme avanza el día me empieza a inundar la familiar sensación depresiva que me viene acompañando desde que terminé de escribir la tesis. Tengo cuatro borradores de correos electrónicos que he de mandar a distintos laboratorios (Cambridge por duplicado, Manchester y Göteborg) y llevo tres días procastinando y sin editarlos. Me digo que de hoy no pasa, pero estoy seguro de que acabaré incumpliendo mi promesa. Hay cosas en las que soy el más estricto de los seres humanos y cosas en las que, simplemente, me pierdo. Tal vez por eso mi vida sea el desastre que es.
Mi cuenta de correo de la Universidad ha muerto por segunda vez en los últimos seis días. Algún espabilado supuso que yo ya no estaba vinculado al departamento y la suspendió. Me quejé y me la reabrieron. Hoy vuelve a estar caída. Me la pela. Hace tiempo que sólo uso esa cuenta para comunicarme con mi jefe. Y si éste quiere decirme algo puede esperar a mañana y decírmelo en persona en el laboratorio.
He empezado la novela que mencioné el otro día. He escrito la primera frase. Me ha parecido tan mala que he cerrado el WinEdt de inmediato. No puedo escribir esa novela. No aún. La idea es demasiado buena para desperdiciarla en un escritor mediocre como yo. He de escribir primero un millar de volúmenes deleznables antes siquiera de plantearme componer este coloso.
No tengo talento para la literatura. La vida me tortura con la idea de una novela. Una idea cojonuda. Y yo... no tengo talento para escribirla. Ni tiempo para pulir una técnica que camuflara esa falta de talento. Porque tendría que justificarme ante todo mi entorno. "He dejado la física y la búsqueda de empleo porque quiero escribir cien mil ensayos con los que obtener el estilo literario que me permita escribir la obra de mi vida". Pensarían que me estoy quedando con ellos.
Cae la tarde y, con ella, mi ánimo. No recuerdo cuándo fue la última vez que reí. No sé por qué me siento mal. Mi búsqueda no tiene sentido. Me siento un viejo, esta vez espiritualmente. No me gusta este pueblo, no me gustan sus calles, sus gentes. No me gusta mi cuarto, en el que paso la mayor parte de mi tiempo.
Soy un ser asocial. Hay gente que me quiere, que me lo dice cada día, pero no son más que una voz metálica al otro lado del teléfono.
Vivo en un mundo irreal. Miento. No vivo. Existo, respiro, camino por el tiempo... Dentro de mil años, nada de esto tendrá importancia. Y tampoco la tiene en estos momentos. Hoy soy más solipsista que nunca.
Me tiendo en mi cama. Cierro los ojos y, por alguna razón, pienso en Orlando Gibbons. Pronto mi mente deriva hacia la mecánica estadística. Recuerdo que Boltzmann desarrolló la mecánica estadística y murió por su propia mano. Poco después, Ehrenfest retomó su trabajo y tuvo un final parecido. Ahora es mi turno de abordar la mecánica estadística para poner a punto la defensa de mi tesis. Tal vez debería hacerlo con cautela...
Mientras me pongo los calcetines me doy cuenta de que salir a correr hoy no va a ser una buena idea. Ayer hice una sesión de sentadillas y hoy tengo la sensación de tener alambres de Indio en lugar de piernas. Decido suspender la sesión de entrenamiento aeróbico. Bajo a la cocina y mi pierna derecha falla en el penúltimo de los trece escalones. Me agarro como puedo a la barandilla, librándome de un feo accidente. Me siento un viejito. Sin embargo, sé por experiencia que el sábado que viene mis piernas estarán más fuertes y podré hacer una sentadilla más que ayer. Me obsesiona mejorar mi cuerpo. La gente me lo dice continuamente: estás obsesionado. Al principio me molestaba enormemente. Ahora me gusta. Lo considero un cumplido. Significa que estoy en el buen camino, que cada mañana venzo a la pereza para hacer crecer mi interior mientras los que me acusan de obsesivo disfrutan un par de horas más de ese tiempo que tomamos prestado a la muerte y que llamamos sueño. Normalmente, cada mañana a las 7 yo ya he hecho más ejercicio que el que la mayoría de la gente hace durante un mes. Adoro el gusto metálico, a sangre, de la disciplina.
"Obsesión" es una palabra que la gente vaga utiliza cuando quiere decir "Dedicación".
Entro en la cocina y pongo un cazo y una sartén al fuego. Mientras preparo el desayuno, escucho "Don Giovanni" con auriculares. ¿Cuántas veces he escuchado esta ópera? ¿Cien? ¿Mil? Sin duda, está más cerca de mil que de cien. No me canso. No me podría cansar nunca de esta maravilla. Mozart fue un regalo que el cielo le hizo a la humanidad.
Canto. Me olvido brevemente del mundo. A los pocos segundos, callo: Carlsten, mi compañero de piso, tiene su cuarto junto a la cocina. No quisiera despertarlo. Me limito a mover los labios mientras preparo el desayuno. Me sé el texto de memoria, recitativos incluidos. Casco cinco huevos en un bol y separo las claras de las yemas mientras se cuece la avena. Cuando termino de separarlas, tiro las yemas, vierto las claras en la sartén y pelo un pomelo, la mitad del cual añado a la avena. Guardo en el frigorífico la otra mitad. He desayunado esto casi cada día durante los últimos dos años. Al igual que Don Giovanni, no me cansa. Completo el desayuno con una buena taza de té verde (sin azúcar, el azúcar es para los críos) y, haciendo gala de la técnica adquirida en mi etapa de camarero en Escocia, subo las escaleras con dos platos en una mano y una taza de té hirviendo más una botella de dos litros de agua en la otra. Afortunadamente, esta vez no me fallan las piernas y consigo llegar a mi cuarto sin dejar las escaleras como un cuadro de Tápies.
Mientras desayuno veo la salida del Gran Premio de Malasia de Fórmula 1. Alonso sale séptimo y antes de la primera curva ya se ha puesto tercero. El zagal es antipático pero tiene talento. Me cae bien. Raikonnen, capaz de lo mejor y de lo peor, manda su coche a tomar por culo en la primera vuelta. También me cae bien el finlandés, al que la buena fortuna y el gafe se disputan semana tras semana. En cuanto se estabiliza la carrera, apago la tele. El resto me resulta aburrido, incluso saber quién gana. Sólo me interesan las salidas.
Conforme avanza el día me empieza a inundar la familiar sensación depresiva que me viene acompañando desde que terminé de escribir la tesis. Tengo cuatro borradores de correos electrónicos que he de mandar a distintos laboratorios (Cambridge por duplicado, Manchester y Göteborg) y llevo tres días procastinando y sin editarlos. Me digo que de hoy no pasa, pero estoy seguro de que acabaré incumpliendo mi promesa. Hay cosas en las que soy el más estricto de los seres humanos y cosas en las que, simplemente, me pierdo. Tal vez por eso mi vida sea el desastre que es.
Mi cuenta de correo de la Universidad ha muerto por segunda vez en los últimos seis días. Algún espabilado supuso que yo ya no estaba vinculado al departamento y la suspendió. Me quejé y me la reabrieron. Hoy vuelve a estar caída. Me la pela. Hace tiempo que sólo uso esa cuenta para comunicarme con mi jefe. Y si éste quiere decirme algo puede esperar a mañana y decírmelo en persona en el laboratorio.
He empezado la novela que mencioné el otro día. He escrito la primera frase. Me ha parecido tan mala que he cerrado el WinEdt de inmediato. No puedo escribir esa novela. No aún. La idea es demasiado buena para desperdiciarla en un escritor mediocre como yo. He de escribir primero un millar de volúmenes deleznables antes siquiera de plantearme componer este coloso.
No tengo talento para la literatura. La vida me tortura con la idea de una novela. Una idea cojonuda. Y yo... no tengo talento para escribirla. Ni tiempo para pulir una técnica que camuflara esa falta de talento. Porque tendría que justificarme ante todo mi entorno. "He dejado la física y la búsqueda de empleo porque quiero escribir cien mil ensayos con los que obtener el estilo literario que me permita escribir la obra de mi vida". Pensarían que me estoy quedando con ellos.
Cae la tarde y, con ella, mi ánimo. No recuerdo cuándo fue la última vez que reí. No sé por qué me siento mal. Mi búsqueda no tiene sentido. Me siento un viejo, esta vez espiritualmente. No me gusta este pueblo, no me gustan sus calles, sus gentes. No me gusta mi cuarto, en el que paso la mayor parte de mi tiempo.
Soy un ser asocial. Hay gente que me quiere, que me lo dice cada día, pero no son más que una voz metálica al otro lado del teléfono.
Vivo en un mundo irreal. Miento. No vivo. Existo, respiro, camino por el tiempo... Dentro de mil años, nada de esto tendrá importancia. Y tampoco la tiene en estos momentos. Hoy soy más solipsista que nunca.
Me tiendo en mi cama. Cierro los ojos y, por alguna razón, pienso en Orlando Gibbons. Pronto mi mente deriva hacia la mecánica estadística. Recuerdo que Boltzmann desarrolló la mecánica estadística y murió por su propia mano. Poco después, Ehrenfest retomó su trabajo y tuvo un final parecido. Ahora es mi turno de abordar la mecánica estadística para poner a punto la defensa de mi tesis. Tal vez debería hacerlo con cautela...
Días de fútbol
Es costumbre en nuestro departamento jugar un partido de fútbol los viernes a las 17:30 h. No sé dónde se pierden los orígenes de tan arraigada costumbre, pero yo llevo más de tres años aquí y no recuerdo un viernes en que no haya habido partidillo. A menudo se comenta en los pasillos del departamento que ganar o perder cada viernes es cuestión de vida o muerte. Ilusos. Es mucho más que eso.
Los partidos se juegan muy en serio. Se entra con hombría y sin retirar el pie. Las lesiones llueven viernes tras viernes y uno nunca sabe si el lunes va a poder ir al curro sin muletas. Entre las lesiones se recuerdan roturas de clavícula, menisco, tabiques nasales e incontables contusiones y magulladuras. Yo mismo olvidé en Diciembre quitarme las gafas para jugar y hoy día las llevo remendadas con la resina que uso en el laboratorio para sellar mis celdas experimentales. Sí, en estos partidos impera la ley de la selva pero, seamos francos, no estamos hablando de ajedrez aquí.
Un colectivo de rusos se encarga de mantener el listón de la hombría bien alto. Por un lado, está Rais. Una mole. Mil seiscientos kilos de humanidad corriendo la banda como una manada de rinocerontes en estampida. Sí, tiene menos técnica que Julio Salinas, pero la gente no suele ponérsele por delante. Todos queremos ir en el equipo de Rais. Nuestras probabilidades de supervivencia se ven incrementadas en ese caso en un 500%, punto arriba, punto abajo.
También está Igor, el Schevchenko del grupo. Igor es todo fibra y estoy seguro de que, con la velocidad a la que se mueve, en más de una ocasión ha experimentado efectos relativistas. Pero Igor tiene un problema: como los perros de Pavlov salivaban al oir las campanillas, Igor también tiene su reflejo particular. En cuanto ve un balón suelto, botando indeciso sin nadie en medio metro a la redonda, chuta. Aunque sea portero. ¡Y cómo chuta Igor!... Persona que alcanza con su disparo, familia que viste de luto. Suele mandar a la M25 una media de dos balones por partido. Eso sí, cuando el tiro va a puerta, nada que hacer, oye. Mete dentro defensa, portero y todo el equipo contrario que se le pusiera delante. Un fenómeno, este Igor. Criado en los rigores de la escasez de medios soviética, nada es lo suficientemente duro para él. Cuando me estaba preparando para correr el Maratón de Londres, hace un año, me dio un consejo que, si bien no me atreví a poner en práctica, era lo suficientemente loco como para planteárselo seriamente. Me dijo Igor: "Mira, Antonio, tú lo que tienes que hacer es lo siguiente. En cuanto den la salida, sales esprintando. Pon unos cuantos cientos de metros entre ti y los demás. Eso te ayudará de dos maneras: por un lado, correrás solo y no tendrás a gente molestándote por delante y por detrás. Por otra parte, estarás plantando la semilla del miedo en la moral de tus adversarios. Sin duda un tipo que sale tan fuerte ha de ser duro de batir. Lo único que tienes que hacer entonces es mantener la distancia durante unos 10 kilómetros. Entonces, cuando veas que los demás quieren apretar para cerrar el hueco, atacas de nuevo. Pon otros 2 ó 3 kilómetros entre tú y el grupo perseguidor. Que sepan quién es el que manda. Después ya es pan comido, lo único que tienes que hacer es correr los últimos 25 kilómetros esprintando al 100%. Victoria segura". No seguí el consejo por no abusar. Preferí la paz del anonimato.
El resto de rusos son machotes, pero quedan bastante lejos de Rais e Igor. Otro a destacar es Dennis, que ya ha aparecido alguna vez en estas páginas. No voy a decir nada de Dennis porque prometí una entrega de "Fauna de aquí" sobre él y aquí y ahora me comprometo a redactarla en un futuro próximo. Entonces analizaremos en profundidad a tan peculiar individuo.
Durante un tiempo se nos unió en los partidillos George, de Grecia. Fue un periodo breve, desde que terminó de escribir su tesis hasta que tuvo lugar la defensa y voló hacia pastos más verdes. El pobre diablo no sabía en qué demonios ocupar su tiempo y alguien debió decirle que los viernes la gente se juntaba para darle patadas a un balón. George no había jugado al fútbol en su puñetera vida pero era todo fe y ganas. Como no sabía qué hacer con la pelota en sus pies, en cuanto la veía cerca, le atizaba. Por pura cuestión de probabilidad acabó metiendo un par de goles memorables. Con esa suerte que se alía con los torpes, todos los rebotes le favorecían. Los más peloteros del grupo trataban (tratábamos) de divertirnos a costa suya, poniéndole la pelota a huevo para luego regatearlo vilmente. Pero nos solía salir el tiro por la culata, porque, ya he dicho, el chaval tenía la suerte de su parte. Se hizo célebre el grito de "Don't underestimate George!" en el campo de juego. Se le echa de menos a George. Para cuando se fue, todo el mundo le quería de defensa central en su equipo. Con Rais por la banda y George guardando el área, pocos balones se colaban dentro.
Sería injusto no comentar nada sobre mí mismo. Durante el primer año que jugué me gané el apodo de Maradona. Ya en España me lo habían llamado a menudo. Mi físico era casi clavado al del "Pelusa", soy bajito y entonces era bastante rechonchón. Qué cojones, era un gordo de tomo y lomo. Ochenta y tantos kilos en un metro sesenta y cinco, ya me diréis. Además, no había más que ver los pelos que llevaba. Igualito que el 10. Pero, por alguna razón, se me daba bien la pelota. Mi jugada preferida era intentar el "Gol del siglo", una y otra vez. Sí, yo era del tipo pelotero chupón. Si alguna vez conseguía burlar a todos los jugadores del equipo contrario y me plantaba delante del arco, me holgaba de volver sobre mis pasos, regateando a todo bicho viviente de nuevo mientras mis compañeros gritaban "Pass! Pass the fucking ball, you cunt!!!!", hasta llegar a mi área, momento en que le pasaba el balón a mi portero. Me divertía como el enano que soy.
Hoy día sólo peso unos 65 kilos y ya no me llaman Maradona. Simplemente, no pega. Me suelen llamar Raúl, lo que me hace maldita la gracia. Qué bajo he caído. Con la grasa de más perdí las ganas de gambetear. Ahora me gusta más hacer paredes con Igor. Por supuesto, sin pasarle balones cómodos, porque entonces, ya se sabe, el muchacho dispara.
Mi doctorado no hubiera sido lo mismo, ni mucho menos, sin estos viernes de patadas y gritos. El tiempo, que en Inglaterra nunca acompaña, no es excusa. Hemos jugado bajo la nieve, el granizo e incluso recuerdo a Igor jugando en calzones y camiseta de tirantes a dos grados sobre cero. Según él, comparado con Moscú, esto es Hawaii.
Muchachos, me quedan pocos viernes con vosotros. Bien sabe el cielo lo que os voy a echar de menos.
Los partidos se juegan muy en serio. Se entra con hombría y sin retirar el pie. Las lesiones llueven viernes tras viernes y uno nunca sabe si el lunes va a poder ir al curro sin muletas. Entre las lesiones se recuerdan roturas de clavícula, menisco, tabiques nasales e incontables contusiones y magulladuras. Yo mismo olvidé en Diciembre quitarme las gafas para jugar y hoy día las llevo remendadas con la resina que uso en el laboratorio para sellar mis celdas experimentales. Sí, en estos partidos impera la ley de la selva pero, seamos francos, no estamos hablando de ajedrez aquí.
Un colectivo de rusos se encarga de mantener el listón de la hombría bien alto. Por un lado, está Rais. Una mole. Mil seiscientos kilos de humanidad corriendo la banda como una manada de rinocerontes en estampida. Sí, tiene menos técnica que Julio Salinas, pero la gente no suele ponérsele por delante. Todos queremos ir en el equipo de Rais. Nuestras probabilidades de supervivencia se ven incrementadas en ese caso en un 500%, punto arriba, punto abajo.
También está Igor, el Schevchenko del grupo. Igor es todo fibra y estoy seguro de que, con la velocidad a la que se mueve, en más de una ocasión ha experimentado efectos relativistas. Pero Igor tiene un problema: como los perros de Pavlov salivaban al oir las campanillas, Igor también tiene su reflejo particular. En cuanto ve un balón suelto, botando indeciso sin nadie en medio metro a la redonda, chuta. Aunque sea portero. ¡Y cómo chuta Igor!... Persona que alcanza con su disparo, familia que viste de luto. Suele mandar a la M25 una media de dos balones por partido. Eso sí, cuando el tiro va a puerta, nada que hacer, oye. Mete dentro defensa, portero y todo el equipo contrario que se le pusiera delante. Un fenómeno, este Igor. Criado en los rigores de la escasez de medios soviética, nada es lo suficientemente duro para él. Cuando me estaba preparando para correr el Maratón de Londres, hace un año, me dio un consejo que, si bien no me atreví a poner en práctica, era lo suficientemente loco como para planteárselo seriamente. Me dijo Igor: "Mira, Antonio, tú lo que tienes que hacer es lo siguiente. En cuanto den la salida, sales esprintando. Pon unos cuantos cientos de metros entre ti y los demás. Eso te ayudará de dos maneras: por un lado, correrás solo y no tendrás a gente molestándote por delante y por detrás. Por otra parte, estarás plantando la semilla del miedo en la moral de tus adversarios. Sin duda un tipo que sale tan fuerte ha de ser duro de batir. Lo único que tienes que hacer entonces es mantener la distancia durante unos 10 kilómetros. Entonces, cuando veas que los demás quieren apretar para cerrar el hueco, atacas de nuevo. Pon otros 2 ó 3 kilómetros entre tú y el grupo perseguidor. Que sepan quién es el que manda. Después ya es pan comido, lo único que tienes que hacer es correr los últimos 25 kilómetros esprintando al 100%. Victoria segura". No seguí el consejo por no abusar. Preferí la paz del anonimato.
El resto de rusos son machotes, pero quedan bastante lejos de Rais e Igor. Otro a destacar es Dennis, que ya ha aparecido alguna vez en estas páginas. No voy a decir nada de Dennis porque prometí una entrega de "Fauna de aquí" sobre él y aquí y ahora me comprometo a redactarla en un futuro próximo. Entonces analizaremos en profundidad a tan peculiar individuo.
Durante un tiempo se nos unió en los partidillos George, de Grecia. Fue un periodo breve, desde que terminó de escribir su tesis hasta que tuvo lugar la defensa y voló hacia pastos más verdes. El pobre diablo no sabía en qué demonios ocupar su tiempo y alguien debió decirle que los viernes la gente se juntaba para darle patadas a un balón. George no había jugado al fútbol en su puñetera vida pero era todo fe y ganas. Como no sabía qué hacer con la pelota en sus pies, en cuanto la veía cerca, le atizaba. Por pura cuestión de probabilidad acabó metiendo un par de goles memorables. Con esa suerte que se alía con los torpes, todos los rebotes le favorecían. Los más peloteros del grupo trataban (tratábamos) de divertirnos a costa suya, poniéndole la pelota a huevo para luego regatearlo vilmente. Pero nos solía salir el tiro por la culata, porque, ya he dicho, el chaval tenía la suerte de su parte. Se hizo célebre el grito de "Don't underestimate George!" en el campo de juego. Se le echa de menos a George. Para cuando se fue, todo el mundo le quería de defensa central en su equipo. Con Rais por la banda y George guardando el área, pocos balones se colaban dentro.
Sería injusto no comentar nada sobre mí mismo. Durante el primer año que jugué me gané el apodo de Maradona. Ya en España me lo habían llamado a menudo. Mi físico era casi clavado al del "Pelusa", soy bajito y entonces era bastante rechonchón. Qué cojones, era un gordo de tomo y lomo. Ochenta y tantos kilos en un metro sesenta y cinco, ya me diréis. Además, no había más que ver los pelos que llevaba. Igualito que el 10. Pero, por alguna razón, se me daba bien la pelota. Mi jugada preferida era intentar el "Gol del siglo", una y otra vez. Sí, yo era del tipo pelotero chupón. Si alguna vez conseguía burlar a todos los jugadores del equipo contrario y me plantaba delante del arco, me holgaba de volver sobre mis pasos, regateando a todo bicho viviente de nuevo mientras mis compañeros gritaban "Pass! Pass the fucking ball, you cunt!!!!", hasta llegar a mi área, momento en que le pasaba el balón a mi portero. Me divertía como el enano que soy.
Hoy día sólo peso unos 65 kilos y ya no me llaman Maradona. Simplemente, no pega. Me suelen llamar Raúl, lo que me hace maldita la gracia. Qué bajo he caído. Con la grasa de más perdí las ganas de gambetear. Ahora me gusta más hacer paredes con Igor. Por supuesto, sin pasarle balones cómodos, porque entonces, ya se sabe, el muchacho dispara.
Mi doctorado no hubiera sido lo mismo, ni mucho menos, sin estos viernes de patadas y gritos. El tiempo, que en Inglaterra nunca acompaña, no es excusa. Hemos jugado bajo la nieve, el granizo e incluso recuerdo a Igor jugando en calzones y camiseta de tirantes a dos grados sobre cero. Según él, comparado con Moscú, esto es Hawaii.
Muchachos, me quedan pocos viernes con vosotros. Bien sabe el cielo lo que os voy a echar de menos.
Carta abierta a Javier Montaño
Querido Javier.
Me encuentro con la grata sorpresa de que, no sólo mi último post te ha inspirado para hacer públicos tus sueños, sino que me has enlazado en tu bitácora, convirtiendo este vaivén de ilusiones en, probablemente, el meme más efímero del mundo.
Hace tiempo que los comentarios de este blog no son sino una especie de correspondencia entre tú y yo, cosa que me place y honra. Correspondencia, por otra parte, pública, pues leerme, lo que se dice leerme, hay gente que me lee. Sin embargo, y sé que no lo haces por eso, no te harás célebre comentando en mi pequeño rincón. El récord de visitas está en 28 (!). No te digo más. O sí te digo, porque, reconozcámoslo, gusta que nos comenten. Gusta del mismo modo que el naúfrago que lanza su mensaje al mar se holgaría de saber que dentro de cien, doscientos años, alguien va a leerlo, muy tarde ya, sí, para acudir al rescate. Así que te agradezco tanto tus comentarios aquí, como tu mención a esta página en tu blog.
La entrada sobre tus sueños me suscitó tantos comentarios y observaciones que consideré oportuno dedicarle un pequeño texto en este espacio. Veamos. Comienzas mencionando a Kafka, Hesse (para mí el mejor novelista del s. XX tras, tal vez, James Joyce) y... Saramago. Aún más, cuelgas la portada de "Ensayo sobre la ceguera". Pues verás... "Ensayo sobre la ceguera" sea tal vez lo único que me haya disuadido de escribir la novela que hace años anida en mi mente. La tenía planeada, desarrollada, compuesta en la imaginación. Había hecho mis pequeñas investigaciones para no dejar cabos sueltos. Prometía tener un mínimo de originalidad. Entonces va Saramago y publica "Ensayo sobre la ceguera". Si yo escribiera mi novela y, supongamos, que es mucho suponer, me hiciera un nombre en los puestos de ventas, las acusaciones de plagio no tendrían fin. No es que sea el mismo argumento, ni mucho menos. No tienen nada que ver. Y sin embargo... Comparten una característica que la gente no vería como casual. Dicha característica no es el núcleo de mi novela, pero sí su catalizador. En suma, se me ha quedado en la recámara. Tal vez la acabe escribiendo, al fin y al cabo. ¿Quién publicaría semejante tira de diálogos lacrimógenos?
Quieres trabajar en el MIT. ¿Qué te impide hacerlo? La realizabilidad de ese sueño depende de lo importante que sea para ti. Si tienes otros sueños más importantes, descártalo (de momento). Si eso es algo sin lo que tu vida no sería plena, hazlo. Trata de conseguir el mejor expediente posible y llama a las puertas del MIT una y mil veces. Hasta que te abran, aunque sea por cansancio. Si yo tuviera claro dónde quiero trabajar, mi búsqueda de empleo se simplificaría enormemente. Sólo tendría que insistir. Ahora, dentro de un año, dos... Hasta conseguirlo.
Infiero que ya has participado en la Ruta Quetzal. Un amigo y yo, durante el instituto, bromeábamos con apuntarnos al concurso. Desafortunadamente, no éramos más que unos bocas y la cosa, como tantas, se quedó en proyecto. Eres verdaderamente afortunado. Te insto a que cuentes esa experiencia un día en tu blog. Nunca he conocido a nadie que participara en una aventura así.
Lo de invitar a tu familia a comer... Es una de esas cosas sencillas de la vida que la hacen tan hermosa. Si estás pensando en invitar a tu famillia a comer, de nuevo te digo, tienes suerte. Mi familia, por ejemplo, es una merienda de negros. Dos horas antes de dejar mi domicilio familiar para siempre (nunca he vuelto a pisarlo desde entonces ni volveré a hacerlo, entre otras cosas porque fue derruido hace unos tres años) estaba yo en gallumbos y calcetines tocando el piano en mi cuarto. Era una noche fría y nada auguraba que ya nunca más dormiría en aquella, mi cama. Los detalles de lo que pasó aquella noche me los reservo, pero colegirás que, dado lo intempestivo de la hora, la emigración no estuvo planificada. Salí de casa con una muda y una partitura. De Ravel. La relación familiar ha mejorado desde entonces. Un poco. Pero mi núcleo familiar, sencillamente, ya no existe. Cada uno vamos por nuestro lado. Mis padres acabaron separándose. Ya no habrá más cenas de nochebuena y a menudo pienso que no sé a quién cojones invitar a mi boda, porque juntarlos de nuevo crearía una atmósfera "tensa", por decirlo suavemente. Por eso haces bien en preocuparte por tu familia. Nunca sabes cuánto va a durar.
Lo que me lleva a otro punto: lo de ser un padre y marido diferente. Es muy loable que te plantees las cosas así, porque el 90% de los padres deberían tener prohíbido concebir. Es curioso que todo el mundo tenga derecho a algo sobre lo que poca gente tiene la más repajolera idea: educar a un hijo. Mi consejo para que tus hijos besen el suelo por donde pisas es que aprendas a redescubrir el mundo con ellos. Comparte todo lo que puedas, pasa con ellos el mayor tiempo posible. Y, sobre todo, dales la oportunidad de cometer sus propios errores y aprender de ellos. Nunca dejes de ofrecerles tu mano, pero sin interferir demasiado. No sé si es un buen consejo, pero es lo que yo más he echado en falta en mi vida, el derecho a cometer mis propios errores. El tiempo, irónicamente, me ha terminado dando la razón y mis padres han terminado reconociéndolo. Demasiado tarde, sin embargo. Cuánto dolor he dejado atrás.
Y, bueno, esto era lo que quería decirte, Javi. Nada más. Tienes la vida bien encaminada. Eres joven y tu futuro está lleno de maravillas. Simplemente, no interfieras. Déjalas que ocurran.
Eso es. Déjalas que ocurran.
Salud, camarada.
Me encuentro con la grata sorpresa de que, no sólo mi último post te ha inspirado para hacer públicos tus sueños, sino que me has enlazado en tu bitácora, convirtiendo este vaivén de ilusiones en, probablemente, el meme más efímero del mundo.
Hace tiempo que los comentarios de este blog no son sino una especie de correspondencia entre tú y yo, cosa que me place y honra. Correspondencia, por otra parte, pública, pues leerme, lo que se dice leerme, hay gente que me lee. Sin embargo, y sé que no lo haces por eso, no te harás célebre comentando en mi pequeño rincón. El récord de visitas está en 28 (!). No te digo más. O sí te digo, porque, reconozcámoslo, gusta que nos comenten. Gusta del mismo modo que el naúfrago que lanza su mensaje al mar se holgaría de saber que dentro de cien, doscientos años, alguien va a leerlo, muy tarde ya, sí, para acudir al rescate. Así que te agradezco tanto tus comentarios aquí, como tu mención a esta página en tu blog.
La entrada sobre tus sueños me suscitó tantos comentarios y observaciones que consideré oportuno dedicarle un pequeño texto en este espacio. Veamos. Comienzas mencionando a Kafka, Hesse (para mí el mejor novelista del s. XX tras, tal vez, James Joyce) y... Saramago. Aún más, cuelgas la portada de "Ensayo sobre la ceguera". Pues verás... "Ensayo sobre la ceguera" sea tal vez lo único que me haya disuadido de escribir la novela que hace años anida en mi mente. La tenía planeada, desarrollada, compuesta en la imaginación. Había hecho mis pequeñas investigaciones para no dejar cabos sueltos. Prometía tener un mínimo de originalidad. Entonces va Saramago y publica "Ensayo sobre la ceguera". Si yo escribiera mi novela y, supongamos, que es mucho suponer, me hiciera un nombre en los puestos de ventas, las acusaciones de plagio no tendrían fin. No es que sea el mismo argumento, ni mucho menos. No tienen nada que ver. Y sin embargo... Comparten una característica que la gente no vería como casual. Dicha característica no es el núcleo de mi novela, pero sí su catalizador. En suma, se me ha quedado en la recámara. Tal vez la acabe escribiendo, al fin y al cabo. ¿Quién publicaría semejante tira de diálogos lacrimógenos?
Quieres trabajar en el MIT. ¿Qué te impide hacerlo? La realizabilidad de ese sueño depende de lo importante que sea para ti. Si tienes otros sueños más importantes, descártalo (de momento). Si eso es algo sin lo que tu vida no sería plena, hazlo. Trata de conseguir el mejor expediente posible y llama a las puertas del MIT una y mil veces. Hasta que te abran, aunque sea por cansancio. Si yo tuviera claro dónde quiero trabajar, mi búsqueda de empleo se simplificaría enormemente. Sólo tendría que insistir. Ahora, dentro de un año, dos... Hasta conseguirlo.
Infiero que ya has participado en la Ruta Quetzal. Un amigo y yo, durante el instituto, bromeábamos con apuntarnos al concurso. Desafortunadamente, no éramos más que unos bocas y la cosa, como tantas, se quedó en proyecto. Eres verdaderamente afortunado. Te insto a que cuentes esa experiencia un día en tu blog. Nunca he conocido a nadie que participara en una aventura así.
Lo de invitar a tu familia a comer... Es una de esas cosas sencillas de la vida que la hacen tan hermosa. Si estás pensando en invitar a tu famillia a comer, de nuevo te digo, tienes suerte. Mi familia, por ejemplo, es una merienda de negros. Dos horas antes de dejar mi domicilio familiar para siempre (nunca he vuelto a pisarlo desde entonces ni volveré a hacerlo, entre otras cosas porque fue derruido hace unos tres años) estaba yo en gallumbos y calcetines tocando el piano en mi cuarto. Era una noche fría y nada auguraba que ya nunca más dormiría en aquella, mi cama. Los detalles de lo que pasó aquella noche me los reservo, pero colegirás que, dado lo intempestivo de la hora, la emigración no estuvo planificada. Salí de casa con una muda y una partitura. De Ravel. La relación familiar ha mejorado desde entonces. Un poco. Pero mi núcleo familiar, sencillamente, ya no existe. Cada uno vamos por nuestro lado. Mis padres acabaron separándose. Ya no habrá más cenas de nochebuena y a menudo pienso que no sé a quién cojones invitar a mi boda, porque juntarlos de nuevo crearía una atmósfera "tensa", por decirlo suavemente. Por eso haces bien en preocuparte por tu familia. Nunca sabes cuánto va a durar.
Lo que me lleva a otro punto: lo de ser un padre y marido diferente. Es muy loable que te plantees las cosas así, porque el 90% de los padres deberían tener prohíbido concebir. Es curioso que todo el mundo tenga derecho a algo sobre lo que poca gente tiene la más repajolera idea: educar a un hijo. Mi consejo para que tus hijos besen el suelo por donde pisas es que aprendas a redescubrir el mundo con ellos. Comparte todo lo que puedas, pasa con ellos el mayor tiempo posible. Y, sobre todo, dales la oportunidad de cometer sus propios errores y aprender de ellos. Nunca dejes de ofrecerles tu mano, pero sin interferir demasiado. No sé si es un buen consejo, pero es lo que yo más he echado en falta en mi vida, el derecho a cometer mis propios errores. El tiempo, irónicamente, me ha terminado dando la razón y mis padres han terminado reconociéndolo. Demasiado tarde, sin embargo. Cuánto dolor he dejado atrás.
Y, bueno, esto era lo que quería decirte, Javi. Nada más. Tienes la vida bien encaminada. Eres joven y tu futuro está lleno de maravillas. Simplemente, no interfieras. Déjalas que ocurran.
Eso es. Déjalas que ocurran.
Salud, camarada.
Sobre sueños y metas
Hay una serie de cosas que quisiera conseguir antes de morir. Cosas que me harán sentir vivo y en paz conmigo mismo. No son, en definitiva, sino una forma de conferir sentido a una existencia que no lo tiene. Seamos realistas: nuestras vidas carecen completamente de propósito;
somos consecuencia de la casualidad. Es en nuestros actos, en la manera de construir nuestro destino y afectar al de los demás, donde reside el significado de nuestro paso por el mundo.
Cada persona es autora de su propia historia. La suerte juega un pequeño papel que, en mi opinión, tiene efectos nulos al final de nuestros días. Culpar a la fortuna de nuestros fracasos no es sino un intento desesperado y vergonzante de ocultar nuestra responsabilidad.
Hace un tiempo que decidí empezar a crear el destino que deseo para mí. Sin embargo, el modo de hacerlo no está claramente escrito en ninguna parte. Otros seres humanos han aportado ideas y pistas para conseguir tan noble propósito, pero todos somos diferentes. Si queremos ser lo principales guionistas de nuestras vidas hemos de empezar por conocernos a nosotros mismos. Empezando por nuestros pensamientos. De todas las funciones que realiza el cerebro cada día, los pensamientos, ya sean conscientes o inconscientes, que crea probablemente sean las que más impacto tienen en las personas en que nos convertiremos. Los pensamientos se transforman en palabras. Las palabras, en actos. Los actos, en nuestro destino. Hay maneras de controlar nuestros pensamientos. Como todo, requieren disciplina férrea y honestidad con uno mismo. Este pequeño librito habla sobre todo esto. Debería ser de lectura obligada en todos los programas escolares del mundo.
Voy a hablar de mis sueños. Podría escribir una lista de cien páginas y me quedarían cosas en el tintero, así que mencionaré los que son para mí absolutamente imprescindibles. Si consigo todo lo que voy a poner aquí daré mi vida por bien empleada y moriré sabiendo que fui fiel a mí mismo.
Empecemos. Hay cuatro obras pianísticas que quiero dominar a la perfección. Cuatro titanes sobre los que se apoyan los restantes cientos de miles de obras escritas para el instrumento. Son estas obras las siguientes:
- Variaciones Goldberg, BWV 988, de Johan Sebastian Bach.
- Sonata Op. 111, de Ludwig van Beethoven.
- Sonata en si menor, de Franz Liszt.
- "Gaspard de la nuit", de Maurice Ravel.
Quisiera, además, tener la oportunidad de tocar con una orquesta. No me importa la obra, cualquier concierto del repertorio habitual me parecería bien, pero si tuviera que elegir me inclinaría por el Concierto para Piano y Orquesta número 2, Op. 83, en Si bemol mayor de Johannes Brahms, tal vez el mejor concierto para instrumento y orquesta jamás compuesto. Seguido de muy cerca estaría el Concierto para Piano y Orquesta número 4, Op. 58, en Sol mayor, de Ludwig van Beethoven. Uno de los dos estaría bien.
En otro orden de cosas, he aquí lo que me gustaría conseguir hacer con mi cuerpo:
- Terminar un triatlón en todas sus distancias estándares: sprint, olímpico, medio ironman y ironman.
- Correr una milla en menos de 5 minutos.
- Correr 10 km en menos de 35 minutos.
- Correr un medio maratón en menos de 85 minutos.
- Correr un maratón en menos de 3 horas y media.
- Hacer el pino.
- Conseguir un split frontal y lateral.
- Conseguir hacer volteretas hacia adelante y hacia atrás.
- Dominar un arte marcial (Jeet Kune Do estaría bien).
Con respecto a la ciencia, he decidido que no quiero un premio Nobel. Eso supondría un nivel de popularidad que no aportaría nada fructífero a mi vida. Sin embargo, sí que quiero hacer un descubrimiento digno de un premio Nobel.
Y, por último, mi más ambicioso y bello sueño. Los últimos años de mi vida quisiera pasarlos en una pequeña casa en mitad de un bosque. Una casa construida con mis propias manos, con una sola estancia. Un camastro, una mesa austera, un infiernillo, un piano y cientos de libros. Un pequeño huerto afuera, con el que recogería los frutos de la tierra, media docena de gallinas, una cabra, una vaca y un caballo. Y tres perros. Con esos medios, no me faltaría alimento y yo mismo cazaría las proteínas. ¿Se puede imaginar un paraíso más hermoso? Sí. Se puede. Si me acompañara mi princesa y un par de retoños. En ese caso, ampliaría la vivienda, claro.
Esos son mis sueños. Ahora hablemos de metas. ¿Qué es una meta? Para mí, es un sueño definido y medible al que se le ha puesto, por escrito, una fecha tope para su consecución. Por ejemplo, "Quiero ser rico" es un sueño. En cambio, "Para el año 2015 tendré una cuenta bancaria con 5 millones de euros, una mansión victoriana en Mónaco y un Jaguar", es una meta. Si está escrito, claro. Lo de escribirlo no es trivial. La mente nos juega malas pasadas constantemente y es absolutamente imprescindible recordarnos nuestras metas a nosotros mismos cada día antes de acostarnos y nada más levantarnos. Y para eso nada mejor que escribirlas en un pedazo de papel y llevarlas con nosotros a todas partes, en todo momento.
Mis sueños son aún sólo eso, sueños. Estoy en una etapa de mi vida en el que nada está siquiera levemente definido. No es momento para establecer metas conscientes, salvo una: conseguir un empleo en física en un laboratorio europeo antes de Julio de este año. Lo demás, ahora, sólo estorba.
Pero mis sueños, me guste o no, están ahí, conmigo. A veces se tornan difusos y vagos. E incluso absurdos. Pero siempre vuelven. Porque son parte de mí.
Siempre vuelven.
¿Cuáles son vuestros sueños? ¿Y vuestras metas? Mañana estaremos todos un día más cerca de nuestras muertes que esta mañana. Saquemos el mayor partido posible a nuestras horas. Seamos honestos con nosotros mismos.
Hala, feliz Navidad.
NOTA: He releído varias veces esta entrada y he de pedir disculpas porque el estilo literario y la estructura son decididamente espantosos. Y eso sin contar los innumerables errores tipográficos que he tenido que corregir. Hay días en los que uno, decididamente, no está inspirado. Lo dejo tal como está a modo de advertencia sobre lo increíblemente mediocre que puedo llegar a ser si no tengo cuidado. O aunque lo tenga. Y ahora, luces... y a dormir.
somos consecuencia de la casualidad. Es en nuestros actos, en la manera de construir nuestro destino y afectar al de los demás, donde reside el significado de nuestro paso por el mundo.
Cada persona es autora de su propia historia. La suerte juega un pequeño papel que, en mi opinión, tiene efectos nulos al final de nuestros días. Culpar a la fortuna de nuestros fracasos no es sino un intento desesperado y vergonzante de ocultar nuestra responsabilidad.
Hace un tiempo que decidí empezar a crear el destino que deseo para mí. Sin embargo, el modo de hacerlo no está claramente escrito en ninguna parte. Otros seres humanos han aportado ideas y pistas para conseguir tan noble propósito, pero todos somos diferentes. Si queremos ser lo principales guionistas de nuestras vidas hemos de empezar por conocernos a nosotros mismos. Empezando por nuestros pensamientos. De todas las funciones que realiza el cerebro cada día, los pensamientos, ya sean conscientes o inconscientes, que crea probablemente sean las que más impacto tienen en las personas en que nos convertiremos. Los pensamientos se transforman en palabras. Las palabras, en actos. Los actos, en nuestro destino. Hay maneras de controlar nuestros pensamientos. Como todo, requieren disciplina férrea y honestidad con uno mismo. Este pequeño librito habla sobre todo esto. Debería ser de lectura obligada en todos los programas escolares del mundo.
Voy a hablar de mis sueños. Podría escribir una lista de cien páginas y me quedarían cosas en el tintero, así que mencionaré los que son para mí absolutamente imprescindibles. Si consigo todo lo que voy a poner aquí daré mi vida por bien empleada y moriré sabiendo que fui fiel a mí mismo.
Empecemos. Hay cuatro obras pianísticas que quiero dominar a la perfección. Cuatro titanes sobre los que se apoyan los restantes cientos de miles de obras escritas para el instrumento. Son estas obras las siguientes:
- Variaciones Goldberg, BWV 988, de Johan Sebastian Bach.
- Sonata Op. 111, de Ludwig van Beethoven.
- Sonata en si menor, de Franz Liszt.
- "Gaspard de la nuit", de Maurice Ravel.
Quisiera, además, tener la oportunidad de tocar con una orquesta. No me importa la obra, cualquier concierto del repertorio habitual me parecería bien, pero si tuviera que elegir me inclinaría por el Concierto para Piano y Orquesta número 2, Op. 83, en Si bemol mayor de Johannes Brahms, tal vez el mejor concierto para instrumento y orquesta jamás compuesto. Seguido de muy cerca estaría el Concierto para Piano y Orquesta número 4, Op. 58, en Sol mayor, de Ludwig van Beethoven. Uno de los dos estaría bien.
En otro orden de cosas, he aquí lo que me gustaría conseguir hacer con mi cuerpo:
- Terminar un triatlón en todas sus distancias estándares: sprint, olímpico, medio ironman y ironman.
- Correr una milla en menos de 5 minutos.
- Correr 10 km en menos de 35 minutos.
- Correr un medio maratón en menos de 85 minutos.
- Correr un maratón en menos de 3 horas y media.
- Hacer el pino.
- Conseguir un split frontal y lateral.
- Conseguir hacer volteretas hacia adelante y hacia atrás.
- Dominar un arte marcial (Jeet Kune Do estaría bien).
Con respecto a la ciencia, he decidido que no quiero un premio Nobel. Eso supondría un nivel de popularidad que no aportaría nada fructífero a mi vida. Sin embargo, sí que quiero hacer un descubrimiento digno de un premio Nobel.
Y, por último, mi más ambicioso y bello sueño. Los últimos años de mi vida quisiera pasarlos en una pequeña casa en mitad de un bosque. Una casa construida con mis propias manos, con una sola estancia. Un camastro, una mesa austera, un infiernillo, un piano y cientos de libros. Un pequeño huerto afuera, con el que recogería los frutos de la tierra, media docena de gallinas, una cabra, una vaca y un caballo. Y tres perros. Con esos medios, no me faltaría alimento y yo mismo cazaría las proteínas. ¿Se puede imaginar un paraíso más hermoso? Sí. Se puede. Si me acompañara mi princesa y un par de retoños. En ese caso, ampliaría la vivienda, claro.
Esos son mis sueños. Ahora hablemos de metas. ¿Qué es una meta? Para mí, es un sueño definido y medible al que se le ha puesto, por escrito, una fecha tope para su consecución. Por ejemplo, "Quiero ser rico" es un sueño. En cambio, "Para el año 2015 tendré una cuenta bancaria con 5 millones de euros, una mansión victoriana en Mónaco y un Jaguar", es una meta. Si está escrito, claro. Lo de escribirlo no es trivial. La mente nos juega malas pasadas constantemente y es absolutamente imprescindible recordarnos nuestras metas a nosotros mismos cada día antes de acostarnos y nada más levantarnos. Y para eso nada mejor que escribirlas en un pedazo de papel y llevarlas con nosotros a todas partes, en todo momento.
Mis sueños son aún sólo eso, sueños. Estoy en una etapa de mi vida en el que nada está siquiera levemente definido. No es momento para establecer metas conscientes, salvo una: conseguir un empleo en física en un laboratorio europeo antes de Julio de este año. Lo demás, ahora, sólo estorba.
Pero mis sueños, me guste o no, están ahí, conmigo. A veces se tornan difusos y vagos. E incluso absurdos. Pero siempre vuelven. Porque son parte de mí.
Siempre vuelven.
¿Cuáles son vuestros sueños? ¿Y vuestras metas? Mañana estaremos todos un día más cerca de nuestras muertes que esta mañana. Saquemos el mayor partido posible a nuestras horas. Seamos honestos con nosotros mismos.
Hala, feliz Navidad.
NOTA: He releído varias veces esta entrada y he de pedir disculpas porque el estilo literario y la estructura son decididamente espantosos. Y eso sin contar los innumerables errores tipográficos que he tenido que corregir. Hay días en los que uno, decididamente, no está inspirado. Lo dejo tal como está a modo de advertencia sobre lo increíblemente mediocre que puedo llegar a ser si no tengo cuidado. O aunque lo tenga. Y ahora, luces... y a dormir.
Solvente de nuevo
Bueno, pues resulta que he presentado el análisis de Fourier de la superficie que estaba estudiando y me van a pagar 2000 libras por ello. Me vienen como caídas del cielo. Ya estaba yo planteándome servir "fish&chips" en cualquier antro de esos que tanto abundan por aquí.
Ahora puedo respirar y seguir buscando empleo.
Si encuentro algo en Nueva Zelanda, me voy a hacerle compañía a Pilimindrina.
Ahora puedo respirar y seguir buscando empleo.
Si encuentro algo en Nueva Zelanda, me voy a hacerle compañía a Pilimindrina.
Va de fotos
Vale. Vamos a ponerle caras a esta vida que aquí cuento.

Aquí tenemos a tres generaciones de Córcoles. Córcoles I, Córcoles II y Córcoles III, que pronto será Dr. Córcoles III. ¿Que no sabéis quién es quién? Pista: yo soy el "bien peinao".

Hela aquí. La musa de mi vida. El mamífero más bello jamás creado por la naturaleza. Mi amor, mi vida, mi todo. ELLA. Yo soy el de la perilla.

Un consejo, no os comáis más de medio kilo de ciruelas maduras de una sentada.
Aquí tenemos a tres generaciones de Córcoles. Córcoles I, Córcoles II y Córcoles III, que pronto será Dr. Córcoles III. ¿Que no sabéis quién es quién? Pista: yo soy el "bien peinao".
Hela aquí. La musa de mi vida. El mamífero más bello jamás creado por la naturaleza. Mi amor, mi vida, mi todo. ELLA. Yo soy el de la perilla.
Un consejo, no os comáis más de medio kilo de ciruelas maduras de una sentada.
Que no se me olvide poner el despertador
El lunes, 27 de marzo de 2006, el que esto escribe se enfrenta a un tribunal sin más ayuda que un puñado de argumentos endebles con el objeto de defender su tesis doctoral.
Iba a escribir algo más, pero en estos momentos soy presa de una profunda depresión post-parto.
Iba a escribir algo más, pero en estos momentos soy presa de una profunda depresión post-parto.
Mareando la perdiz
No tengo tiempo de escribir el dichoso cuento estos días. Por un lado, he de corregir un millón de exámenes para ganarme el pan. Por otro, tengo que dar finiquito al asunto de las transformadas de Fourier.
Mientras tanto, para amansar a las fieras que me maldicen por no elaborar el dichoso relato, les dejo con un vals de Chopin interpretado por el menda lerenda (la grabación data de algún momento del año 2000. Hoy día toco mejor).
Mientras tanto, para amansar a las fieras que me maldicen por no elaborar el dichoso relato, les dejo con un vals de Chopin interpretado por el menda lerenda (la grabación data de algún momento del año 2000. Hoy día toco mejor).





