Soy gilipollas.
Hoy, en exclusiva para los lectores de "Hitting the fan", les presentamos un nuevo capítulo (sí, uno más) de las tristes y muy discretas aventuras de su físico incompetente favorito.
Imagínense ustedes ese recién doctorado, esa oveja negra del laboratorio, ese monaguillo de la ciencia que se dirige al cajero automático para efectuar la operación definitoria y caracterizante de las modernas sociedades de consumo: sacar dinero. Ese primate con poco pelo que introduce el rectángulo de plástico en la ranura correspondiente mientras piensa en el teorema de Wiener-Kintchine. Introduzca PIN. Fale. Withdraw cash. Stupendo. Escúpeme diez libras, manolo. Ruidillo en las tripas de la máquina. Ñiqui, ñiqui, ñí... Tres mozas en edad de merecer hacen cola tras nuestro héroe. Y qué bien huelen las jodías. Y qué ligeritas de trapos que andan, ahora que ha llegado la primavera. Imposible decidir si lo que llevan son minifaldas o cinturones. Si es que hasta las trompas de Falopio se les ven. Los pitiditos del cajero arrojan a nuestro monaguillo al mundo real. Tarjeta a la cartera. Billete al bolsillo. Un momento. ¡Coño, cómo ha cambiado Darwin! Por fin se ha afeitado esas barbas. Y ese bigotillo que se ha dejado, a lo Benito Pérez Galdós... Espera, espera... Este tío no es Darwin. Es Elgar. Elgar el compositor. Virgen bendita, esto es un billete de 20 libras.
El científico incompetente se dirige al laboratorio para comprobar la operación. Página web de Natwest. Log in. Download statement. Efectivamente, la operación ha sido de 10 libras. El monaguillo no se cree su buena suerte y, eufórico, corre a contárselo al Dr. Nyeki, que anda por allí manipulando nitrógeno líquido. El Dr. Nyeki escucha la historia y mira al monaguillo con ojos incrédulos.
- ¿Y qué cojones estás haciendo aquí?
El monaguillo mira sin entender y boquea un poquito, como un pez recién pescado.
- ¿Tú crees que los billetes los meten uno a uno en los cajeros automáticos?
El monaguillo entiende al fin, porque hasta la imbecilidad tiene un límite en los seres humanos, pese a lo que dijera Einstein. Sale corriendo al cajero, dispuesto a repetir la operación hasta superar el límite diario de la tarjeta. Por el camino calcula unas doscientas libras de beneficio. Con el colmillo goteando, dobla la esquina. Horror... Hay una cola frente al cajero de unas veinte personas. El cajero de al lado, curiosamente, está libre. Nuestro idiota hace cola, a pesar de todo, por si acaso. Mientras espera se da cuenta de que nació subnormal y que subnormal se irá a la tumba. El único consuelo es que hay humanos más subnormales que él. Verbigracia, ése que ha tenido la brillante idea de esparcir la noticia tan altruista y regaladamente.
El monaguillo aprovecha la espera para cagarse unas siete veces en la madre de Adam Smith. Cuando llega su turno, lógicamente, la máquina sólo escupe estampitas de Darwin de nuevo.
Sí, amigos, ése personajillo que por allí véis, caminando a pasos cortitos, de mente lenta, ateo, español y gilipollas es el mismo que aún abriga esperanzas de colocarse en un laboratorio y hacer algo por la ciencia.
Incompetentes del mundo, yo soy vuestro santo patrón.
Imagínense ustedes ese recién doctorado, esa oveja negra del laboratorio, ese monaguillo de la ciencia que se dirige al cajero automático para efectuar la operación definitoria y caracterizante de las modernas sociedades de consumo: sacar dinero. Ese primate con poco pelo que introduce el rectángulo de plástico en la ranura correspondiente mientras piensa en el teorema de Wiener-Kintchine. Introduzca PIN. Fale. Withdraw cash. Stupendo. Escúpeme diez libras, manolo. Ruidillo en las tripas de la máquina. Ñiqui, ñiqui, ñí... Tres mozas en edad de merecer hacen cola tras nuestro héroe. Y qué bien huelen las jodías. Y qué ligeritas de trapos que andan, ahora que ha llegado la primavera. Imposible decidir si lo que llevan son minifaldas o cinturones. Si es que hasta las trompas de Falopio se les ven. Los pitiditos del cajero arrojan a nuestro monaguillo al mundo real. Tarjeta a la cartera. Billete al bolsillo. Un momento. ¡Coño, cómo ha cambiado Darwin! Por fin se ha afeitado esas barbas. Y ese bigotillo que se ha dejado, a lo Benito Pérez Galdós... Espera, espera... Este tío no es Darwin. Es Elgar. Elgar el compositor. Virgen bendita, esto es un billete de 20 libras.
El científico incompetente se dirige al laboratorio para comprobar la operación. Página web de Natwest. Log in. Download statement. Efectivamente, la operación ha sido de 10 libras. El monaguillo no se cree su buena suerte y, eufórico, corre a contárselo al Dr. Nyeki, que anda por allí manipulando nitrógeno líquido. El Dr. Nyeki escucha la historia y mira al monaguillo con ojos incrédulos.
- ¿Y qué cojones estás haciendo aquí?
El monaguillo mira sin entender y boquea un poquito, como un pez recién pescado.
- ¿Tú crees que los billetes los meten uno a uno en los cajeros automáticos?
El monaguillo entiende al fin, porque hasta la imbecilidad tiene un límite en los seres humanos, pese a lo que dijera Einstein. Sale corriendo al cajero, dispuesto a repetir la operación hasta superar el límite diario de la tarjeta. Por el camino calcula unas doscientas libras de beneficio. Con el colmillo goteando, dobla la esquina. Horror... Hay una cola frente al cajero de unas veinte personas. El cajero de al lado, curiosamente, está libre. Nuestro idiota hace cola, a pesar de todo, por si acaso. Mientras espera se da cuenta de que nació subnormal y que subnormal se irá a la tumba. El único consuelo es que hay humanos más subnormales que él. Verbigracia, ése que ha tenido la brillante idea de esparcir la noticia tan altruista y regaladamente.
El monaguillo aprovecha la espera para cagarse unas siete veces en la madre de Adam Smith. Cuando llega su turno, lógicamente, la máquina sólo escupe estampitas de Darwin de nuevo.
Sí, amigos, ése personajillo que por allí véis, caminando a pasos cortitos, de mente lenta, ateo, español y gilipollas es el mismo que aún abriga esperanzas de colocarse en un laboratorio y hacer algo por la ciencia.
Incompetentes del mundo, yo soy vuestro santo patrón.
Escapada
Se acabó. Me he liado la manta a la cabeza y he reservado un billete de avión para España. Me voy tres días, de sábado a martes. A ver si se me despeja el horizonte con el sol. Y lo hago precisamente cuando mi laboratorio me ha ofrecido un puesto (con beneficios pecuniarios incluidos) hasta que encuentre un empleo en otra parte. Obviamente, he aceptado, pero necesito un respiro antes de hacer nada.
Si todo va bien, los análisis de Fourier que he venido haciendo (y aún hago) desde noviembre producirán un artículo de discreta importancia antes de junio. Publish or perish. Mi currículo empezará pronto a tener buen aspecto.
La semana que viene se decide el puesto de Cambridge. Daría mucho por obtener ese puesto, es muy goloso. Mi jefe me comentó que había escrito un correo electrónico al jefe del grupo de Semiconductores de Cambridge recomendándome. Dado que mi jefe es uno de los peces gordos en materia condensada a nivel mundial, espero que, por una vez, la mafia juegue a mi favor.
Y ahora voy a ver si hago unas sentadillas y estiro un poco más mi umbral del dolor.
Si todo va bien, los análisis de Fourier que he venido haciendo (y aún hago) desde noviembre producirán un artículo de discreta importancia antes de junio. Publish or perish. Mi currículo empezará pronto a tener buen aspecto.
La semana que viene se decide el puesto de Cambridge. Daría mucho por obtener ese puesto, es muy goloso. Mi jefe me comentó que había escrito un correo electrónico al jefe del grupo de Semiconductores de Cambridge recomendándome. Dado que mi jefe es uno de los peces gordos en materia condensada a nivel mundial, espero que, por una vez, la mafia juegue a mi favor.
Y ahora voy a ver si hago unas sentadillas y estiro un poco más mi umbral del dolor.
La mugre del alma
16 de abril. Domingo, con dos cojones. Me despierto tarde, como a las 10. Mientras ruedo del lecho y estiro las piernas para levantarme, me pregunto para qué. Qué es lo que voy a hacer con este día. Nada. Lo mismo que he hecho con los cinco o seis días anteriores. Pasarme las horas en mi mazmorra, mirando el techo, sin ser capaz de imaginarme un futuro, no ya medianamente apacible, sino digno de ser vivido. Tumbado en la cama fijo los ojos en algún punto sobre mi cabeza. Tengo la absurda sensación de que esto ha sido mi vida, lo que queda no es sino un epílogo extenso y aburrido.
Afuera, en el jardín, cantan los pájaros que es un primor. Y qué jarana se tienen montada, los muy hijos de puta. Si tuviera una piedra me cargaba a uno y lo asaba. Me planteo la posibilidad de emplear el móvil, que hace ya tiempo sólo uso como despertador, para tan relajante propósito. Por pura vagancia, permanezco en la cama. No me reconozco. Yo era no hace mucho la antítesis del vago. Ahora, quizás como castigo a mi afán de perfeccionismo, me he convertido en lo que más odiaba. Consecuencia: me odio. Cada segundo de mis días. Me odio mucho y lentamente. Y cuanto más daño me hago, más novelesca va quedando esta historia.
En fin, que al final me levanto porque el colchón ya me está comenzando a producir picores. Enciendo el ordenador. Leo cosas en internet. Lo apago. Y ahora, ¿qué? Ni idea. El tiempo tiene la condenada manía de transcurrir a 60 minutos por hora, ni más ni menos. Y aquí estoy yo, sufriendo las consecuencias. No es que me aburra, es que hasta el aire que respiro me produce vómitos. ¿Han leído ustedes "La naúsea", de Jean Paul Sartre? Pues lo mismito. ¿Qué no la han leído? Vergüenza debería de darles. El día se me antoja infinito. Y eso que no me he puesto a pensar en mañana. Y sí, tengo cosas que hacer, pero me niego a hacerlas. Simplemente por curiosidad, por ver cuáles serán las consecuencias de faltar a mis deberes.
Por fin me doy al recurso del gilipollas: enciendo la tele. La tele en Inglaterra es como en España. Un insulto a la inteligencia de lo que se entiende por un ser humano, pero muy adecuada a la inmensa mayoría de la población. Todos los canales ponen películas. No sé cómo calificarlas, porque el diccionario se me queda corto. Cinco minutos zapeando bastan para que me cague en la madre de los hermanos Lumière.
No se callan esos pájaros de Satanás. Y aún le quedan casi 12 horas al día. Apago la tele y tiro el mando al otro extremo del cuarto antes de que se me ocurra tirarme yo por la ventana. Decido probar a ver cuánto tiempo seguido puedo pasar durmiendo, pero no hay manera de coger el sueño. Ni siquiera me apetece leer. Por primera vez en mi vida tengo la sensación de que perder el tiempo es lo único que tiene sentido. De alguna manera consigo que sean las nueve de la noche. Hala, un día menos para que me saboreen los gusanos: algo bueno tenía que tener el domingo de Pascua.
Hay unas cuantas cosas más que podría escribir sobre hoy, pero son tan desagradables (sí, aún más) que mejor no menearlo.
Venga, que mañana es lunes. Y a lo mejor dedico el día a cocinar pajaritos fritos, previamente macerados en lejía, a rellenarlos con Nurofren y a dárselos de comer a los lindos mininos que se me cagan en el jardín.
Joder.
Afuera, en el jardín, cantan los pájaros que es un primor. Y qué jarana se tienen montada, los muy hijos de puta. Si tuviera una piedra me cargaba a uno y lo asaba. Me planteo la posibilidad de emplear el móvil, que hace ya tiempo sólo uso como despertador, para tan relajante propósito. Por pura vagancia, permanezco en la cama. No me reconozco. Yo era no hace mucho la antítesis del vago. Ahora, quizás como castigo a mi afán de perfeccionismo, me he convertido en lo que más odiaba. Consecuencia: me odio. Cada segundo de mis días. Me odio mucho y lentamente. Y cuanto más daño me hago, más novelesca va quedando esta historia.
En fin, que al final me levanto porque el colchón ya me está comenzando a producir picores. Enciendo el ordenador. Leo cosas en internet. Lo apago. Y ahora, ¿qué? Ni idea. El tiempo tiene la condenada manía de transcurrir a 60 minutos por hora, ni más ni menos. Y aquí estoy yo, sufriendo las consecuencias. No es que me aburra, es que hasta el aire que respiro me produce vómitos. ¿Han leído ustedes "La naúsea", de Jean Paul Sartre? Pues lo mismito. ¿Qué no la han leído? Vergüenza debería de darles. El día se me antoja infinito. Y eso que no me he puesto a pensar en mañana. Y sí, tengo cosas que hacer, pero me niego a hacerlas. Simplemente por curiosidad, por ver cuáles serán las consecuencias de faltar a mis deberes.
Por fin me doy al recurso del gilipollas: enciendo la tele. La tele en Inglaterra es como en España. Un insulto a la inteligencia de lo que se entiende por un ser humano, pero muy adecuada a la inmensa mayoría de la población. Todos los canales ponen películas. No sé cómo calificarlas, porque el diccionario se me queda corto. Cinco minutos zapeando bastan para que me cague en la madre de los hermanos Lumière.
No se callan esos pájaros de Satanás. Y aún le quedan casi 12 horas al día. Apago la tele y tiro el mando al otro extremo del cuarto antes de que se me ocurra tirarme yo por la ventana. Decido probar a ver cuánto tiempo seguido puedo pasar durmiendo, pero no hay manera de coger el sueño. Ni siquiera me apetece leer. Por primera vez en mi vida tengo la sensación de que perder el tiempo es lo único que tiene sentido. De alguna manera consigo que sean las nueve de la noche. Hala, un día menos para que me saboreen los gusanos: algo bueno tenía que tener el domingo de Pascua.
Hay unas cuantas cosas más que podría escribir sobre hoy, pero son tan desagradables (sí, aún más) que mejor no menearlo.
Venga, que mañana es lunes. Y a lo mejor dedico el día a cocinar pajaritos fritos, previamente macerados en lejía, a rellenarlos con Nurofren y a dárselos de comer a los lindos mininos que se me cagan en el jardín.
Joder.
... De la mano de Dios. Cuento religioso.
Vivimos en un mundo dejado de la mano de Dios. Aunque soy ateo, creo que si de verdad existiera un Dios sería más o menos como lo describo en este cuento. Bien mirado, mi versión del Todopoderoso no es mucho más ridícula que las que nos venden los distintos grupos religiosos. Si acaso, el Dios que describo tiene más talento y es menos persistente que los dioses tradicionales.
Sin más preámbulos, os dejo con mi historia.
... De la mano de Dios
- Om, te tengo dicho que recogas tus cosas cuando termines de usarlas. No estoy dispuesta a ir detrás de ti ocupándome del desorden que dejas a tu paso.
- Pero el desorden es el estado al que tiende el Universo, mamá. No hay necesidad de ocuparse de él.
- No en esta casa, señorito. Me trae sin cuidado tu Universo. Por lo que a mí respecta, esta casa es el Universo y la quiero ordenada. ¿Entendido?
- Sí, mamá...
Om deja a un lado, con desgana, la pistola de neutrones con que trabaja la superficie de su próximo proyecto para la clase de Filosofía Universal del profesor Zea. Poco a poco recoge los utensilios desperdigados por la habitación. Experimentos inacabados, herramientas viejas y nuevas, algunas ya inservibles, sistemas endergónicos que absorben calor del entorno, motores... Sin proceder de manera metódica lo apila todo en un rincón de la estancia. Al fin y al cabo, no merece la pena esforzarse mucho, la entropía aumentará tarde o temprano de nuevo y el desorden ganará una vez más la partida.
Su hermano, Aten, entra en el cuarto. Aunque menos dotado intelectualmente, Aten es más disciplinado. Siempre se interesa por los experimentos de su hermano y lamenta enormemente la falta de persistencia de Om. Hoy viene de un especial buen humor.
- Om, venga, vamos a jugar a crear nuevos sitemas numéricos. He encontrado un libro apasionante sobre el tema.
- Nah... Ese juego ya me aburre. Además, mira lo que me ha encargado mamá: he de ordenar el cuarto por segunda vez esta semana. Tengo para rato.
- ¿Ordenarlo? Lo único que estás haciendo es amontonarlo todo en ese rincón. No creo que mamá tarde mucho en volverte a llamar la atención. Oye, ¿qué es esa caja que tienes bajo la mesa?
- ¿Eso? Nada. Un proyecto que hice ayer para la clase de termodinámica. Un móvil perpétuo. Ya me he cansado de él.
- ¿Puedo echarle un vistazo?
- Claro, cómo no... Pero tendrás que mirar por el parsecscopio. A simple vista sólo parece una bola de materia que se expande.
Aten coge la caja y la coloca en la única parte de la mesa de su hermano que se presenta más o menos despejada. Se sienta, se pone cómodo y aplica sus ojos al parsecscopio. Lo que ve le deja sin palabras. Un enorme número de esferas luminosas pueblan el interior de la caja. Presentan una enorme variedad de tamaños y luminosidad y muchas se agrupan en conjuntos de forma elíptica o espiral. Aumentando la resolución, el parsecscopio permite observar con un asombroso nivel de detalle todas y cada una de las esferas. Muchas de ellas se encuentran asociadas por pares y alrededor de la mitad se hallan rodeadas por otro tipo de esferas que no emiten luz. El espectáculo es grandioso. Todo gira alrededor de todo lo demás y la sensación de armonía es absoluta. Aten juguetea un rato con el parsecscopio, deteniéndose aquí y allá, hasta que ve algo que le hace volverse.
- Om, tienes que ver esto.
- ¿Qué? ¿Ya has encontrado alguna esfera que contenga formas de vida?
- ¿Ya lo sabías?
- Las hay a millones. Son formas de vida muy limitadas. Lo estuve observando durante un rato. Sus individuos no duran mucho y acaban extinguiéndose completamente. Es un fenómeno curioso, ¿verdad? Que algo con vida acabe perdiéndola, pasando a no ser más que un objeto. Es algo que nunca habría imaginado posible. Pensé en dedicarle más tiempo, pero ando atareado con otros cuatro o cinco proyectos. Aparte de eso, dichas formas de vida presentan características por demás ordinarias.
- Ya. Pero apuesto a que no habías encontrado la esfera que estoy observando en estos momentos. Existen millones de especies distintas. Se relacionan entre sí e incluso parece haber una marcada jerarquía entre ellas.
-¿Millones de especies? No, no conozco esa esfera, déjame ver.
Om ocupa el lugar de Aten y observa por el parsecscopio.
- Vaya, esto es más interesante de lo que imaginaba. Muchas de las especies han formado sociedades. Caramba, una de ellas incluso ha desarrollado manos y un lenguaje. Cierto que sus individuos siguen muriendo, pero la especie evoluciona rápidamente. Apuesto a que de aquí a mañana habrán creado tecnología. En cuanto termine de recoger el cuarto haré unos cuantos experimentos con esa esfera. Tal vez incluso intente interaccionar con los individuos más evolucionados. Gracias, Aten. Si no hubiera sido por ti no habría reparado en esto.
- Y si no fueras tan inconstante tal vez podrías hacer algo de tu talento. Te aburres tan rápido de las cosas que creas que nunca eres capaz de llegar a conclusión alguna. En fin, manténme al tanto. Yo también estoy intrigado. Ahora voy a estudiar un rato el libro sobre sistemas numéricos. Estaré en mi cuarto.
Aten se marcha ilusionado por su descubrimiento pero sospechando que Om, una vez más, no dedicará mucho tiempo al hallazgo. "Es una pena que mis habilidades experimentales sean tan mediocres", piensa. "Yo no pararía hasta conseguir de esa esfera una réplica de nuestro mundo"
A la mañana siguiente Aten se presenta en la habitación de Om. El desorden vuelve a ser absoluto. Su hermano se halla trabajando en otro de sus proyectos y apenas se percata de su presencia. Aten le toca el hombro.
- ¡Oh! Aten, eres tú. Pensé que era mamá que quería que ordenara esto de nuevo.
- Visto cómo tienes las cosas por aquí, no creo que tarde mucho en darte un toque de atención, la verdad. ¿Qué tal la esfera maravillosa? ¿Algún progreso?
- ¿Qué esfera?
- ¿Cómo? ¿Ya no te acuerdas? La que estuvimos observando ayer. Dijiste que le echarías un vistazo a las posibilidades que ofrecían aquellas criaturas con manos y lenguaje.
- ¡Ah, sí! Sí... Esta mañana estuve investigando un poco. Conseguí interaccionar con ellos, ¿sabes? Cuando me levanté lo primero que hice fue acercarme a observarlos. Me quedé sorprendido: habían creado sociedades complejas, ya eran capaces de modificar su entorno e incluso habían desarrollado sistemas políticos. Muy primitivos e imperfectos, eso sí, pero sistemas políticos al fin y al cabo. Por desgracia, parecía que su pasatiempo preferido era matarse los unos a los otros. Como tenía interés en que la especie evolucionara hasta ser capaz de crear vida no orgánica intenté hallar una solución a sus locuras. Conseguí crear un individuo para llevarles un mensaje de paz y de amor infinito. Fue lo único que se me ocurrió para arreglar el desastre en que se estaban convirtiendo. El individuo rápidamente extendió su mensaje y pude hacer que completara algunas acciones para las que sus congéneres no hallaron explicación lógica. Cosas como reanimar a individuos que habían perdido la vida o transformar unos líquidos en otros. Eso hizo de él un líder en la pequeña región donde lo coloqué.
- ¿Y surtió efecto?
- Por desgracia, no. Antes de que pudiera evitarlo lo habían matado. No duró lo suficiente para que se arreglaran las cosas. Es más, me temo que no hice sino empeorar la situación. He decidido dejarlo durante un tiempo, porque tengo un proyecto para entregar mañana y seguro que tendré que volver a ordenar el cuarto antes de que acabe el día. Si mañana por la tarde aún se puede hacer algo con la esfera, me pondré a ello. Pero vista la velocidad a la que se autodestruyen, tengo serias dudas sobre la posibilidad de alcanzar un estado superior en la cadena evolutiva.
- Una pena. Yo le echaría un vistazo, pero ya no recuerdo muy bien la asignatura de termodinámica. Probablemente acabaría destruyéndote todo el sistema. Quién sabe, tal vez haya más esferas como esa en tu caja y puedas trabajar en una especie similar.
- Seguramente. Pero ese proyecto no está en mi lista de prioridades ahora. Tengo que acabar el proyecto del profesor Zea. La caja es un móvil perpétuo, así que no me corre mucha prisa. ¿Vas a comer hoy en casa?
- No. Seguramente tomaré algo en la biblioteca. Se acercan los exámenes finales y este curso quiero que salga bien.
- Venga. Pues nos vemos por la noche.
Al día siguiente Aten entra en el cuarto de Om para dejarle la correspondencia. Cuando está a punto de salir, repara en la caja y decide echar un vistazo. El parsecscopio está enfocado en la esfera azul de los individuos con manos y lenguaje. Sólo que ya no es azul. Por más que aumenta la resolución Aten sólo consigue ver una nube gris y densa cubriéndolo todo. No hay signos de vida en la esfera. Ni siquiera restos de materia orgánica. Aten tiene la sospecha de que la superficie del globo despide altos niveles de radiación nuclear. Con cierta decepción, Aten mueve el parsecscopio buscando otras esferas con propiedades similares. Encuentra muchas con diferentes formas de vida, pero ninguna con propiedades tan extraordinarias como la que encontró dos días atrás. Sabe que Om nunca llegará al fondo del asunto. Es demasiado inconstante. La caja terminará en un rincón, abandonada, continuando con su eterna actividad interior. El hallazgo fue cuestión de azar, pero Aten está convencido de que dedicándole el tiempo suficiente puede hacerse de ese proyecto algo interesante. Sería una buena idea desempolvar sus apuntes de termodinámica y pedirle prestada la caja a Om. Sí. Eso es lo que hará. Repasará la asignatura durante las próximas vacaciones e intentará encontrar una esfera en la que trabajar hasta que se desarrollen especies inmortales.
Quién sabe... Quizá un proyecto así podría incluso publicarse.
Sin más preámbulos, os dejo con mi historia.
- Om, te tengo dicho que recogas tus cosas cuando termines de usarlas. No estoy dispuesta a ir detrás de ti ocupándome del desorden que dejas a tu paso.
- Pero el desorden es el estado al que tiende el Universo, mamá. No hay necesidad de ocuparse de él.
- No en esta casa, señorito. Me trae sin cuidado tu Universo. Por lo que a mí respecta, esta casa es el Universo y la quiero ordenada. ¿Entendido?
- Sí, mamá...
Om deja a un lado, con desgana, la pistola de neutrones con que trabaja la superficie de su próximo proyecto para la clase de Filosofía Universal del profesor Zea. Poco a poco recoge los utensilios desperdigados por la habitación. Experimentos inacabados, herramientas viejas y nuevas, algunas ya inservibles, sistemas endergónicos que absorben calor del entorno, motores... Sin proceder de manera metódica lo apila todo en un rincón de la estancia. Al fin y al cabo, no merece la pena esforzarse mucho, la entropía aumentará tarde o temprano de nuevo y el desorden ganará una vez más la partida.
Su hermano, Aten, entra en el cuarto. Aunque menos dotado intelectualmente, Aten es más disciplinado. Siempre se interesa por los experimentos de su hermano y lamenta enormemente la falta de persistencia de Om. Hoy viene de un especial buen humor.
- Om, venga, vamos a jugar a crear nuevos sitemas numéricos. He encontrado un libro apasionante sobre el tema.
- Nah... Ese juego ya me aburre. Además, mira lo que me ha encargado mamá: he de ordenar el cuarto por segunda vez esta semana. Tengo para rato.
- ¿Ordenarlo? Lo único que estás haciendo es amontonarlo todo en ese rincón. No creo que mamá tarde mucho en volverte a llamar la atención. Oye, ¿qué es esa caja que tienes bajo la mesa?
- ¿Eso? Nada. Un proyecto que hice ayer para la clase de termodinámica. Un móvil perpétuo. Ya me he cansado de él.
- ¿Puedo echarle un vistazo?
- Claro, cómo no... Pero tendrás que mirar por el parsecscopio. A simple vista sólo parece una bola de materia que se expande.
Aten coge la caja y la coloca en la única parte de la mesa de su hermano que se presenta más o menos despejada. Se sienta, se pone cómodo y aplica sus ojos al parsecscopio. Lo que ve le deja sin palabras. Un enorme número de esferas luminosas pueblan el interior de la caja. Presentan una enorme variedad de tamaños y luminosidad y muchas se agrupan en conjuntos de forma elíptica o espiral. Aumentando la resolución, el parsecscopio permite observar con un asombroso nivel de detalle todas y cada una de las esferas. Muchas de ellas se encuentran asociadas por pares y alrededor de la mitad se hallan rodeadas por otro tipo de esferas que no emiten luz. El espectáculo es grandioso. Todo gira alrededor de todo lo demás y la sensación de armonía es absoluta. Aten juguetea un rato con el parsecscopio, deteniéndose aquí y allá, hasta que ve algo que le hace volverse.
- Om, tienes que ver esto.
- ¿Qué? ¿Ya has encontrado alguna esfera que contenga formas de vida?
- ¿Ya lo sabías?
- Las hay a millones. Son formas de vida muy limitadas. Lo estuve observando durante un rato. Sus individuos no duran mucho y acaban extinguiéndose completamente. Es un fenómeno curioso, ¿verdad? Que algo con vida acabe perdiéndola, pasando a no ser más que un objeto. Es algo que nunca habría imaginado posible. Pensé en dedicarle más tiempo, pero ando atareado con otros cuatro o cinco proyectos. Aparte de eso, dichas formas de vida presentan características por demás ordinarias.
- Ya. Pero apuesto a que no habías encontrado la esfera que estoy observando en estos momentos. Existen millones de especies distintas. Se relacionan entre sí e incluso parece haber una marcada jerarquía entre ellas.
-¿Millones de especies? No, no conozco esa esfera, déjame ver.
Om ocupa el lugar de Aten y observa por el parsecscopio.
- Vaya, esto es más interesante de lo que imaginaba. Muchas de las especies han formado sociedades. Caramba, una de ellas incluso ha desarrollado manos y un lenguaje. Cierto que sus individuos siguen muriendo, pero la especie evoluciona rápidamente. Apuesto a que de aquí a mañana habrán creado tecnología. En cuanto termine de recoger el cuarto haré unos cuantos experimentos con esa esfera. Tal vez incluso intente interaccionar con los individuos más evolucionados. Gracias, Aten. Si no hubiera sido por ti no habría reparado en esto.
- Y si no fueras tan inconstante tal vez podrías hacer algo de tu talento. Te aburres tan rápido de las cosas que creas que nunca eres capaz de llegar a conclusión alguna. En fin, manténme al tanto. Yo también estoy intrigado. Ahora voy a estudiar un rato el libro sobre sistemas numéricos. Estaré en mi cuarto.
Aten se marcha ilusionado por su descubrimiento pero sospechando que Om, una vez más, no dedicará mucho tiempo al hallazgo. "Es una pena que mis habilidades experimentales sean tan mediocres", piensa. "Yo no pararía hasta conseguir de esa esfera una réplica de nuestro mundo"
A la mañana siguiente Aten se presenta en la habitación de Om. El desorden vuelve a ser absoluto. Su hermano se halla trabajando en otro de sus proyectos y apenas se percata de su presencia. Aten le toca el hombro.
- ¡Oh! Aten, eres tú. Pensé que era mamá que quería que ordenara esto de nuevo.
- Visto cómo tienes las cosas por aquí, no creo que tarde mucho en darte un toque de atención, la verdad. ¿Qué tal la esfera maravillosa? ¿Algún progreso?
- ¿Qué esfera?
- ¿Cómo? ¿Ya no te acuerdas? La que estuvimos observando ayer. Dijiste que le echarías un vistazo a las posibilidades que ofrecían aquellas criaturas con manos y lenguaje.
- ¡Ah, sí! Sí... Esta mañana estuve investigando un poco. Conseguí interaccionar con ellos, ¿sabes? Cuando me levanté lo primero que hice fue acercarme a observarlos. Me quedé sorprendido: habían creado sociedades complejas, ya eran capaces de modificar su entorno e incluso habían desarrollado sistemas políticos. Muy primitivos e imperfectos, eso sí, pero sistemas políticos al fin y al cabo. Por desgracia, parecía que su pasatiempo preferido era matarse los unos a los otros. Como tenía interés en que la especie evolucionara hasta ser capaz de crear vida no orgánica intenté hallar una solución a sus locuras. Conseguí crear un individuo para llevarles un mensaje de paz y de amor infinito. Fue lo único que se me ocurrió para arreglar el desastre en que se estaban convirtiendo. El individuo rápidamente extendió su mensaje y pude hacer que completara algunas acciones para las que sus congéneres no hallaron explicación lógica. Cosas como reanimar a individuos que habían perdido la vida o transformar unos líquidos en otros. Eso hizo de él un líder en la pequeña región donde lo coloqué.
- ¿Y surtió efecto?
- Por desgracia, no. Antes de que pudiera evitarlo lo habían matado. No duró lo suficiente para que se arreglaran las cosas. Es más, me temo que no hice sino empeorar la situación. He decidido dejarlo durante un tiempo, porque tengo un proyecto para entregar mañana y seguro que tendré que volver a ordenar el cuarto antes de que acabe el día. Si mañana por la tarde aún se puede hacer algo con la esfera, me pondré a ello. Pero vista la velocidad a la que se autodestruyen, tengo serias dudas sobre la posibilidad de alcanzar un estado superior en la cadena evolutiva.
- Una pena. Yo le echaría un vistazo, pero ya no recuerdo muy bien la asignatura de termodinámica. Probablemente acabaría destruyéndote todo el sistema. Quién sabe, tal vez haya más esferas como esa en tu caja y puedas trabajar en una especie similar.
- Seguramente. Pero ese proyecto no está en mi lista de prioridades ahora. Tengo que acabar el proyecto del profesor Zea. La caja es un móvil perpétuo, así que no me corre mucha prisa. ¿Vas a comer hoy en casa?
- No. Seguramente tomaré algo en la biblioteca. Se acercan los exámenes finales y este curso quiero que salga bien.
- Venga. Pues nos vemos por la noche.
Al día siguiente Aten entra en el cuarto de Om para dejarle la correspondencia. Cuando está a punto de salir, repara en la caja y decide echar un vistazo. El parsecscopio está enfocado en la esfera azul de los individuos con manos y lenguaje. Sólo que ya no es azul. Por más que aumenta la resolución Aten sólo consigue ver una nube gris y densa cubriéndolo todo. No hay signos de vida en la esfera. Ni siquiera restos de materia orgánica. Aten tiene la sospecha de que la superficie del globo despide altos niveles de radiación nuclear. Con cierta decepción, Aten mueve el parsecscopio buscando otras esferas con propiedades similares. Encuentra muchas con diferentes formas de vida, pero ninguna con propiedades tan extraordinarias como la que encontró dos días atrás. Sabe que Om nunca llegará al fondo del asunto. Es demasiado inconstante. La caja terminará en un rincón, abandonada, continuando con su eterna actividad interior. El hallazgo fue cuestión de azar, pero Aten está convencido de que dedicándole el tiempo suficiente puede hacerse de ese proyecto algo interesante. Sería una buena idea desempolvar sus apuntes de termodinámica y pedirle prestada la caja a Om. Sí. Eso es lo que hará. Repasará la asignatura durante las próximas vacaciones e intentará encontrar una esfera en la que trabajar hasta que se desarrollen especies inmortales.
Quién sabe... Quizá un proyecto así podría incluso publicarse.
El guardián de los libros
Hoy se podía haber cumplido una de las ilusiones de mi niñez. La cosa fue como sigue. Esta semana ha terminado el segundo trimestre en la universidad y los estudiantes se han desvanecido como por encanto. Yo solía recibir estas fechas con grandes alegrías, pues el departamento se quedaba vacío de veinteañeros abriendo y cerrando puertas y yo podía tomar mis datos en paz. Ahora piso poco el laboratorio y ya no me afecta tanto que hayan acabado las clases... hasta hoy.
A eso de las cuatro de la tarde decido acercarme a la biblioteca en plan puramente recreacional. No hay lugar en el mundo donde me sienta más vivo que en una biblioteca. El silencio, el olor a páginas viejas y nuevas, las vidas y dolores atrapados entre los lomos de los volúmenes me suelen hacer sentir por unos momentos que este condenado mundo merece la pena. La biblioteca, por supuesto, está prácticamente vacía. Un estudiante de color (negro) y una mozalbeta de color blanco-rosa inglés y con un busto generoso por lo prominente repasan sus apuntes tras el mostrador de préstamo mientras se sacan un dinerillo con el que hacer frente al alto coste de la vida en el campus. Paso junto a ellos. El estudiante me mira. Le sonrío. Me sonríe. Subo por las escaleras a la primera planta, que da acceso a la sección de libros sobre estudios hispánicos.
Si no fuera por los fluorescentes que me observan a unos cuatro metros de distancia sobre mi cabeza, podría asegurar que estoy en pleno siglo XIX. Las interminables hileras de muebles repletos de estanterías me observan silenciosas, invitadoras. Respiro hondo. Dios, éste es el mejor aroma del mundo. Salvo el del cabello de mi novia, quizás. Los muebles son de 1886, año en que se fundó este campus y murió Franz Liszt, entre otros. La madera, deteriorada pero aún robusta, me anticipa el placer que hallaré en los ejemplares que soporta. Bajo unas escaleras. Vuelvo a estar en la planta baja, pero esta vez en el ala este. Desde aquí no hay comunicación con el exterior salvo desandando lo andado. Los ventanales son enormes, una sinfonía de arabescos que proporciona una luz más que generosa a primeras horas de la tarde. Sentada al fondo de la estancia se halla una estudiante bajita y con cierto aire a lo Jodie Foster. Tiene una cara de mala leche que desentona profundamente con la atmósfera solemne, casi religiosa, de la estancia. Me meto entre dos hileras de estanterías antes de llegar a su altura. Entre estas dos hileras se encuentran todos los libros en español de que dispone la biblioteca. Unos ciento y pico volúmenes que abarcan lo más granado de las letras castellanas desde "El Mío Cid" hasta Juan Marsé. Se echan en falta, por supuesto, numerosos clásicos. No se puede encontrar nada, por ejemplo, de Buero Vallejo, aunque, por algún motivo, aparece en el catálogo. Tampoco hallé nunca aquí obra alguna de Muñoz Seca. Tras un rato jugueteando con los ejemplares, me decanto por "Los sueños", de Quevedo. Me siento en el suelo, allí, entre las dos hileras de estanterías que me obligan a mantener las piernas dobladas y me sumergo en las sátiras quevedescas.
Cuando vuelvo al mundo real son las siete y cuarto. He pasado dos de las mejores horas de mi vida, pero a las siete y media hay partido de fútbol programado y yo les había prometido a los muchachos que acudiría, con lo que los equipos ya deben de estar hechos. No estaría bien faltar... Con infinita tristeza vuelvo el Quevedo a su lugar, de donde seguramente nadie lo apartará en los próximos dos o tres años.
Salgo a la sala. No hay rastro de Jodie Foster. Los fluorescentes están apagados. Qué raro, me digo. La biblioteca cierra a las nueve los viernes. Subo las escalerillas hasta la primera planta. Ni un alma. Bajo por el ala oeste hasta el vestíbulo.
Nadie.
Nadie tras el mostrador. Ni el negro ni la mujer a unas tetas pegada. Nada. Temiéndome lo peor corro hacia la puerta de salida. Empujo. Tiro. No hay manera. Está cerrada.
Siempre coqueteé con la idea de quedarme encerrado en una biblioteca durante una noche. Parece que, involuntariamente, lo he conseguido. Sin duda, el encargado de apagar las luces y comprobar que todo estaba en orden antes del cierre no me advirtió tal como estaba yo, escondido en un pasillo de libros y a mil millones de kilómetros del mundo.
¿Por qué se habrá ido todo el mundo tan pronto? Entonces recuerdo que no estamos ya en periodo docente y la biblioteca ha adelantado su hora de cierre a las siete de la tarde. Me pongo a pensar en lo que debería hacer. Volver al Quevedo, terminármelo, y empezar con Lope se me antoja más que apetecible. Luego tal vez podría echar un vistazo a los ordenadores de la biblioteca y cotillear un rato. E incluso podría manosear libremente un puñado de incunables de acceso restringido pero sin ninguna protección en ausencia de personal de la biblioteca.
Y, de repente, pienso que no es una buena idea. No sé por qué, no debería quedarme aquí. Nadie se enteraría, por supuesto, pero la noche es muy larga. Mañana será sábado y abrirán tarde. Eso significa unas 15 horas como poco aquí. No es que me importe dormir en el suelo en caso de entrarme sueño, pero me siento un profanador de templos.
Todo, a mi alrededor, es demasiado precioso para corromperlo con mi presencia. Los libros, por las noches, han de estar solos. Con un nudo en el estómago cojo el teléfono junto al sitio que no ha ni una hora ocupaba el exuberante trasero de la bibliotecaria inglesa y llamo a seguridad. En dos frases les expongo mi situación. Me dicen que no me mueva (¿?) y que estarán aquí en cinco minutos.
Tres minutos más tarde me abre un tipo con un manojo de llaves más grande que mi cabeza. Me sonríe y me hace comentarios jocosos sobre lo ocurrido. Qué lejos está de imaginar lo que me he arrepentido durante esos tres minutos de haber hecho esa llamada. Él debe de pensar que acaba de sacar a alguien que estaba a punto de sufrir un ataque de claustrofobia. Seguro que esta noche se lo cuenta a su mujer y ésta le obsequia con una ración extra de puré de patatas.
Mientras me dirijo al campo de fútbol me maldigo una y mil veces. Si sigo desaprovechando así las oportunidades que me da la vida voy a terminar vendiendo coches usados, con gafas de culo de vaso, una corbata con estampados de la cara de Chiquito y engañado por los clientes.
A unos cien metros del edificio, me vuelvo. Todo indicio de complicidad entre la biblioteca y yo se ha desvanecido. Durante unos minutos fue mía, como la mujer bella que cae en nuestros brazos, no por nuestros encantos, sino porque al destino a veces le gusta jugar a juegos crueles, y durante una noche nos pertenece en cuerpo y alma para al día siguiente despreciarnos como hombres que somos. Indignos siquiera de su mirada. La biblioteca me mira con desprecio. Fuimos un solo ser durante un breve lapso de tiempo y luego me escupió de vuelta al mundo, dándome a entender que no soy más que un hombre entre tantos.
Me alejo con pasos lentos y silenciosos con la incómoda sensación de que el edificio no admite mediocres en sus entrañas, de que la decisión de coger el teléfono no fue mía.
No fue mía en absoluto.
A eso de las cuatro de la tarde decido acercarme a la biblioteca en plan puramente recreacional. No hay lugar en el mundo donde me sienta más vivo que en una biblioteca. El silencio, el olor a páginas viejas y nuevas, las vidas y dolores atrapados entre los lomos de los volúmenes me suelen hacer sentir por unos momentos que este condenado mundo merece la pena. La biblioteca, por supuesto, está prácticamente vacía. Un estudiante de color (negro) y una mozalbeta de color blanco-rosa inglés y con un busto generoso por lo prominente repasan sus apuntes tras el mostrador de préstamo mientras se sacan un dinerillo con el que hacer frente al alto coste de la vida en el campus. Paso junto a ellos. El estudiante me mira. Le sonrío. Me sonríe. Subo por las escaleras a la primera planta, que da acceso a la sección de libros sobre estudios hispánicos.
Si no fuera por los fluorescentes que me observan a unos cuatro metros de distancia sobre mi cabeza, podría asegurar que estoy en pleno siglo XIX. Las interminables hileras de muebles repletos de estanterías me observan silenciosas, invitadoras. Respiro hondo. Dios, éste es el mejor aroma del mundo. Salvo el del cabello de mi novia, quizás. Los muebles son de 1886, año en que se fundó este campus y murió Franz Liszt, entre otros. La madera, deteriorada pero aún robusta, me anticipa el placer que hallaré en los ejemplares que soporta. Bajo unas escaleras. Vuelvo a estar en la planta baja, pero esta vez en el ala este. Desde aquí no hay comunicación con el exterior salvo desandando lo andado. Los ventanales son enormes, una sinfonía de arabescos que proporciona una luz más que generosa a primeras horas de la tarde. Sentada al fondo de la estancia se halla una estudiante bajita y con cierto aire a lo Jodie Foster. Tiene una cara de mala leche que desentona profundamente con la atmósfera solemne, casi religiosa, de la estancia. Me meto entre dos hileras de estanterías antes de llegar a su altura. Entre estas dos hileras se encuentran todos los libros en español de que dispone la biblioteca. Unos ciento y pico volúmenes que abarcan lo más granado de las letras castellanas desde "El Mío Cid" hasta Juan Marsé. Se echan en falta, por supuesto, numerosos clásicos. No se puede encontrar nada, por ejemplo, de Buero Vallejo, aunque, por algún motivo, aparece en el catálogo. Tampoco hallé nunca aquí obra alguna de Muñoz Seca. Tras un rato jugueteando con los ejemplares, me decanto por "Los sueños", de Quevedo. Me siento en el suelo, allí, entre las dos hileras de estanterías que me obligan a mantener las piernas dobladas y me sumergo en las sátiras quevedescas.
Cuando vuelvo al mundo real son las siete y cuarto. He pasado dos de las mejores horas de mi vida, pero a las siete y media hay partido de fútbol programado y yo les había prometido a los muchachos que acudiría, con lo que los equipos ya deben de estar hechos. No estaría bien faltar... Con infinita tristeza vuelvo el Quevedo a su lugar, de donde seguramente nadie lo apartará en los próximos dos o tres años.
Salgo a la sala. No hay rastro de Jodie Foster. Los fluorescentes están apagados. Qué raro, me digo. La biblioteca cierra a las nueve los viernes. Subo las escalerillas hasta la primera planta. Ni un alma. Bajo por el ala oeste hasta el vestíbulo.
Nadie.
Nadie tras el mostrador. Ni el negro ni la mujer a unas tetas pegada. Nada. Temiéndome lo peor corro hacia la puerta de salida. Empujo. Tiro. No hay manera. Está cerrada.
Siempre coqueteé con la idea de quedarme encerrado en una biblioteca durante una noche. Parece que, involuntariamente, lo he conseguido. Sin duda, el encargado de apagar las luces y comprobar que todo estaba en orden antes del cierre no me advirtió tal como estaba yo, escondido en un pasillo de libros y a mil millones de kilómetros del mundo.
¿Por qué se habrá ido todo el mundo tan pronto? Entonces recuerdo que no estamos ya en periodo docente y la biblioteca ha adelantado su hora de cierre a las siete de la tarde. Me pongo a pensar en lo que debería hacer. Volver al Quevedo, terminármelo, y empezar con Lope se me antoja más que apetecible. Luego tal vez podría echar un vistazo a los ordenadores de la biblioteca y cotillear un rato. E incluso podría manosear libremente un puñado de incunables de acceso restringido pero sin ninguna protección en ausencia de personal de la biblioteca.
Y, de repente, pienso que no es una buena idea. No sé por qué, no debería quedarme aquí. Nadie se enteraría, por supuesto, pero la noche es muy larga. Mañana será sábado y abrirán tarde. Eso significa unas 15 horas como poco aquí. No es que me importe dormir en el suelo en caso de entrarme sueño, pero me siento un profanador de templos.
Todo, a mi alrededor, es demasiado precioso para corromperlo con mi presencia. Los libros, por las noches, han de estar solos. Con un nudo en el estómago cojo el teléfono junto al sitio que no ha ni una hora ocupaba el exuberante trasero de la bibliotecaria inglesa y llamo a seguridad. En dos frases les expongo mi situación. Me dicen que no me mueva (¿?) y que estarán aquí en cinco minutos.
Tres minutos más tarde me abre un tipo con un manojo de llaves más grande que mi cabeza. Me sonríe y me hace comentarios jocosos sobre lo ocurrido. Qué lejos está de imaginar lo que me he arrepentido durante esos tres minutos de haber hecho esa llamada. Él debe de pensar que acaba de sacar a alguien que estaba a punto de sufrir un ataque de claustrofobia. Seguro que esta noche se lo cuenta a su mujer y ésta le obsequia con una ración extra de puré de patatas.
Mientras me dirijo al campo de fútbol me maldigo una y mil veces. Si sigo desaprovechando así las oportunidades que me da la vida voy a terminar vendiendo coches usados, con gafas de culo de vaso, una corbata con estampados de la cara de Chiquito y engañado por los clientes.
A unos cien metros del edificio, me vuelvo. Todo indicio de complicidad entre la biblioteca y yo se ha desvanecido. Durante unos minutos fue mía, como la mujer bella que cae en nuestros brazos, no por nuestros encantos, sino porque al destino a veces le gusta jugar a juegos crueles, y durante una noche nos pertenece en cuerpo y alma para al día siguiente despreciarnos como hombres que somos. Indignos siquiera de su mirada. La biblioteca me mira con desprecio. Fuimos un solo ser durante un breve lapso de tiempo y luego me escupió de vuelta al mundo, dándome a entender que no soy más que un hombre entre tantos.
Me alejo con pasos lentos y silenciosos con la incómoda sensación de que el edificio no admite mediocres en sus entrañas, de que la decisión de coger el teléfono no fue mía.
No fue mía en absoluto.
Digresión que no hace al caso
Qué mal está el mercado laboral para un doctor en física en los tiempos que corren. He mandado cerca de 30 solicitudes y he recibido todo tipo de respuestas: amables, groseras, escuetas, extendidas... Y muchas no respuestas también, por supesto. En definitiva, todas venían a decir lo mismo: NO.
Esto no pasaba hace 50 años. Entonces salía rentable estudiar. Ahora no es así. Desde luego, el estudio es imprescindible para el desarrollo personal, pero hoy día yo no estoy seguro de que alentaría a un hijo mío para que basara su futuro en su paso por la universidad. A los fontaneros y a los constructores se les han quedado los bolsillos pequeños. Y yo que sólo quiero formar una familia...
Joder, todos esos laboratorios que me han dado la espalda no saben lo que se han perdido. Está claro que no soy Osheroff pero soy un físico experimental más que notable. Bah, en realidad soy un físico experimental excelente. Y trabajo como un burro cuando me dan la oportunidad.
En fin, laboratorios del mundo... Arrieritos somos.
Esto no pasaba hace 50 años. Entonces salía rentable estudiar. Ahora no es así. Desde luego, el estudio es imprescindible para el desarrollo personal, pero hoy día yo no estoy seguro de que alentaría a un hijo mío para que basara su futuro en su paso por la universidad. A los fontaneros y a los constructores se les han quedado los bolsillos pequeños. Y yo que sólo quiero formar una familia...
Joder, todos esos laboratorios que me han dado la espalda no saben lo que se han perdido. Está claro que no soy Osheroff pero soy un físico experimental más que notable. Bah, en realidad soy un físico experimental excelente. Y trabajo como un burro cuando me dan la oportunidad.
En fin, laboratorios del mundo... Arrieritos somos.
Ave Fénix
Ya vale de hacer el gilipollas. Ya está bien de andar por ahí llorando, quejándome de no sé qué cosas, de dejar pasar los días compadeciéndome a mí mismo. Se acabó el inútil pasatiempo de hacer rosarios con mis lágrimas.
Soy un héroe. Voy a enseñarle al mundo de lo que soy capaz.
Como aperitivo, mañana voy a retomar la sana costumbre de levantarme antes que el Sol y recorrer 10 kilómetros lo más rápido posible. En mis buenos tiempos eso suponía unos 40 minutos, tal vez algo menos. Hoy día me conformo con hacerlos por debajo de 55. Mi cuerpo ha perdido toda la belleza que un día tuvo. Pero por mi vida que voy a recuperarla.
Voy a vencer a mis demonios. Exploraré los límites del ser humano en mi persona.
Antes de que termine el mes de Abril tendré un empleo en un laboratorio de prestigio. Es lo mínimo que me debo a mí mismo ya las personas a la persona que me quiere.
Durante la mayor parte de mi vida no he hecho otra cosa que tener largas conversaciones conmigo mismo, tal vez como consecuencia de ser hijo único y huérfano de madre (ycasi que de padre). Me conozco, por lo tanto, lo suficientemente bien como para asegurar que antes de alcanzar los 40 voy a tener una cátedra. Sólo tengo que mantener a raya a mis fantasmas. Bajones como el que me ha dado estos días me ocurren cada 5 ó 6 años. Afortunadamente, cada vez duran menos. En el año 99 estuve más de diez meses sin levantar cabeza. Luego la gente se asombra de que me costara siete años acabar la licenciatura de física. Me maravillo de que no me costara diez. Aunque, seamos justos, pongamos en la balanza que también me saqué paralelamente el título de piano y por aquel entonces tenía, además de mis estudios, tres empleos, a saber, repartidor de publicidad, repartidor de pizzas y profesor de piano. Dos carreras, tres empleos y una depresión, todo a la vez. Cágate, lorito.
Y aquí estoy hoy, vivo y doctor. Y lo que os espera por descubrir. Si todos nos propusiéramos alcanzar la mejor versión posible de nosotros mismos, sería éste un planeta de superhombres. Eso es a lo que voy a dedicarme durante los próximos ochenta años: a convertirme en el mejor ser humano que me permitan mis genes. Ciencias, artes y letras, voy a dejar mi huella en todas ellas. Yo soy la persona a batir. Cada día seré mejor que el día anterior. No hay reglas, no hay límites...
Ayer dije que quería volar. Pues voy a volar. Os lo juro. Voy a volar. No en el sentido de David Copperfield, por supuesto, sino de manera metafórica. Seré el ejemplar de Homo Sapiens que nuestra especie enviaría como ejemplo a una civilización extraterrestre.
En cuatro palabras: os váis a cagar.
Si alguién quiere comentar, vuelve a ser libre de hacerlo.
Soy un héroe. Voy a enseñarle al mundo de lo que soy capaz.
Como aperitivo, mañana voy a retomar la sana costumbre de levantarme antes que el Sol y recorrer 10 kilómetros lo más rápido posible. En mis buenos tiempos eso suponía unos 40 minutos, tal vez algo menos. Hoy día me conformo con hacerlos por debajo de 55. Mi cuerpo ha perdido toda la belleza que un día tuvo. Pero por mi vida que voy a recuperarla.
Voy a vencer a mis demonios. Exploraré los límites del ser humano en mi persona.
Antes de que termine el mes de Abril tendré un empleo en un laboratorio de prestigio. Es lo mínimo que me debo a mí mismo y
Durante la mayor parte de mi vida no he hecho otra cosa que tener largas conversaciones conmigo mismo, tal vez como consecuencia de ser hijo único y huérfano de madre (y
Y aquí estoy hoy, vivo y doctor. Y lo que os espera por descubrir. Si todos nos propusiéramos alcanzar la mejor versión posible de nosotros mismos, sería éste un planeta de superhombres. Eso es a lo que voy a dedicarme durante los próximos ochenta años: a convertirme en el mejor ser humano que me permitan mis genes. Ciencias, artes y letras, voy a dejar mi huella en todas ellas. Yo soy la persona a batir. Cada día seré mejor que el día anterior. No hay reglas, no hay límites...
Ayer dije que quería volar. Pues voy a volar. Os lo juro. Voy a volar. No en el sentido de David Copperfield, por supuesto, sino de manera metafórica. Seré el ejemplar de Homo Sapiens que nuestra especie enviaría como ejemplo a una civilización extraterrestre.
En cuatro palabras: os váis a cagar.
Si alguién quiere comentar, vuelve a ser libre de hacerlo.
El oficio de llorar
A ver, pónganse cómodos que hoy venimos calentitos. Dije hace unos días que no iba a escribir aquí durante un tiempo. Tal vez no debiera. Seguramente no debiera. Sobre todo con todo lo que pienso soltar aquí en los próximos párrafos. Es igual. A quien no le guste, ALT+F4.
Hoy he tenido una larga e intensa reunión conmigo mismo y he llegado a la conclusión de que estoy deprimido. Pero deprimido en el sentido más clínico de la palabra. Un doctor que tuviera ocasión de examinarme diría que estoy enfermo. Las más de las personas dirían, simplemente, que tengo mucho cuento, una vida muy cómoda y que me quejo de vicio.
Motivos por los que me he autodiagnosticado depresión:
1- Las endorfinas ya no me llaman. No me apetece salir a correr, ni hacer ejercicio. Hace más de dos semanas que no hago nada. Me levanto aletargado y fuera de forma. Como consecuencia, mis pulsaciones en reposo han aumentado de 46 a más de 60. Pienso a menudo que eso me restará años de vida y descubro que no me importa.
2- Cada noche, antes de dormirme, mi último pensamiento es que qué hermoso sería no despertar, no existir. Es un pensamiento originado por la cobardía más rastrera del espíritu humano. Evadir mis responsabilidades, huir de mis miedos, no tener que explicarme a mí mismo por qué no persigo mis sueños...
3- Últimamente duermo mucho. Unas nueve horas cada noche (aunque no logro conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada; las cosas de no tener que madrugar) y luego otras cuatro o cinco horas esparcidas durante el día. Dormir es amigar con la muerte, acostumbrarse a la que un día será nuestra única compañía. Nunca he querido dormir mucho. Ahora quisiera dormir cien años seguidos.
4- No cojo el teléfono a nadie. Bueno, no. A nadie no. A ELLA sí que le cojo el teléfono. No puedo dejar que ELLA no encuentre respuesta. ELLA es todo lo que tengo ahora. A los demás, que les vayan dando. Llama mi padre y no lo cojo. No quiero hablar con mi padre. Esto es, tal vez, lo más cruel que he escrito en mi vida y muchos se llevarían las manos a la cabeza al leerlo. Es cierto. No está bajo mi control, lo siento. No quiero hablar con mi padre. Por otra parte, nadie más me llama a no ser que se equivoquen de número. Ni puta falta que me hace.
5- No puedo disfrutar de las cosas bellas. Todo me hace daño. Beethoven me hace llorar, Mozart me hace llorar. Joder, incluso la obertura 1812 de Tchaikovsky me hace llorar. Lloro con Kafka, con Neruda, con Hesse. Incluso Muñoz Seca y Jardiel Poncela hacen aflorar lágrimas a mis ojos. Y no de alegría.
6- Cualquier futuro que imagine no me satisface. Conseguir un puesto en uno de los mejores grupos de computación cuántica de Europa (por ejemplo, el de Per Delsing) me dejaría frío. Seguiría solo. Hablando por teléfono una hora al día, maldito Graham Bell. Sólo oscuridad y silencio. Por otros tres años. Volver a mi tierra y trabajar de pizzero o de repartidor de publicidad... Un repartidor de publicidad doctorado en física. La imagen más representativa de lo que es ese país de caciques y gilipollas llamado España.
¿Son suficientes motivos? Para mí lo son. Así que lo declaro oficialmente: estoy deprimido. ¿Y ahora qué? Dejo pasar el tiempo. Deseo que pase el dolor, ver alguna luz, encontrar mi camino y redescubrir aquél que fui, ambicioso, imbatible. Capaz de cosas que la mayoría de los seres humanos no se atreven a imaginar siquiera... Pero la vida no responde al deseo. La vida no responde a la necesidad.
Métanse esto en la cabeza: La vida sólo responde a los méritos.
Qué putada, ¿no? "Pedid y se os dará". El problema es que hemos perdido el significado del verbo pedir en algún momento del camino. Pedir no es extender la mano. Pedir es pelarse el culo a base de esfuerzo y alcanzar lo que se desea cueste lo que cueste. Entonces sí. Si pedimos así, nos será dado. Yo ya no quiero pedir nada. Quisiera ser libre, libre de mis miedos y mis fantasmas. Libre de mis pertenencias materiales. Liberarme de los límites que me impone mi cuerpo. Montarme en un rayo de luz, volar...
Mañana amanecerá otra vez, y otra vez tendré que plantearme cómo hacerle frente al día. Cada día es una batalla contra mí mismo que siempre pierdo.
Me siento cual Prometeo. La vida me da otro día para regocijarse en mi dolor. Algún día, sin embargo, despertaré de esta pesadilla.
Sí. Aún me quedan momentos felices en este mundo. Aún. Un día despertaré y volveré a ver color en las cosas. No sé si ocurrirá mañana o dentro de un año. O de diez. Afortunadamente, paciencia me queda. Deseo, no, pero paciencia, mucha.
Me gustaría que esta entrada no tuviera comentarios. Y si alguien piensa que puede ayudarme, se equivoca. Sólo hay una persona en el mundo que puede ayudarme.
Yo.
Hoy he tenido una larga e intensa reunión conmigo mismo y he llegado a la conclusión de que estoy deprimido. Pero deprimido en el sentido más clínico de la palabra. Un doctor que tuviera ocasión de examinarme diría que estoy enfermo. Las más de las personas dirían, simplemente, que tengo mucho cuento, una vida muy cómoda y que me quejo de vicio.
Motivos por los que me he autodiagnosticado depresión:
1- Las endorfinas ya no me llaman. No me apetece salir a correr, ni hacer ejercicio. Hace más de dos semanas que no hago nada. Me levanto aletargado y fuera de forma. Como consecuencia, mis pulsaciones en reposo han aumentado de 46 a más de 60. Pienso a menudo que eso me restará años de vida y descubro que no me importa.
2- Cada noche, antes de dormirme, mi último pensamiento es que qué hermoso sería no despertar, no existir. Es un pensamiento originado por la cobardía más rastrera del espíritu humano. Evadir mis responsabilidades, huir de mis miedos, no tener que explicarme a mí mismo por qué no persigo mis sueños...
3- Últimamente duermo mucho. Unas nueve horas cada noche (aunque no logro conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada; las cosas de no tener que madrugar) y luego otras cuatro o cinco horas esparcidas durante el día. Dormir es amigar con la muerte, acostumbrarse a la que un día será nuestra única compañía. Nunca he querido dormir mucho. Ahora quisiera dormir cien años seguidos.
4- No cojo el teléfono a nadie. Bueno, no. A nadie no. A ELLA sí que le cojo el teléfono. No puedo dejar que ELLA no encuentre respuesta. ELLA es todo lo que tengo ahora. A los demás, que les vayan dando. Llama mi padre y no lo cojo. No quiero hablar con mi padre. Esto es, tal vez, lo más cruel que he escrito en mi vida y muchos se llevarían las manos a la cabeza al leerlo. Es cierto. No está bajo mi control, lo siento. No quiero hablar con mi padre. Por otra parte, nadie más me llama a no ser que se equivoquen de número. Ni puta falta que me hace.
5- No puedo disfrutar de las cosas bellas. Todo me hace daño. Beethoven me hace llorar, Mozart me hace llorar. Joder, incluso la obertura 1812 de Tchaikovsky me hace llorar. Lloro con Kafka, con Neruda, con Hesse. Incluso Muñoz Seca y Jardiel Poncela hacen aflorar lágrimas a mis ojos. Y no de alegría.
6- Cualquier futuro que imagine no me satisface. Conseguir un puesto en uno de los mejores grupos de computación cuántica de Europa (por ejemplo, el de Per Delsing) me dejaría frío. Seguiría solo. Hablando por teléfono una hora al día, maldito Graham Bell. Sólo oscuridad y silencio. Por otros tres años. Volver a mi tierra y trabajar de pizzero o de repartidor de publicidad... Un repartidor de publicidad doctorado en física. La imagen más representativa de lo que es ese país de caciques y gilipollas llamado España.
¿Son suficientes motivos? Para mí lo son. Así que lo declaro oficialmente: estoy deprimido. ¿Y ahora qué? Dejo pasar el tiempo. Deseo que pase el dolor, ver alguna luz, encontrar mi camino y redescubrir aquél que fui, ambicioso, imbatible. Capaz de cosas que la mayoría de los seres humanos no se atreven a imaginar siquiera... Pero la vida no responde al deseo. La vida no responde a la necesidad.
Métanse esto en la cabeza: La vida sólo responde a los méritos.
Qué putada, ¿no? "Pedid y se os dará". El problema es que hemos perdido el significado del verbo pedir en algún momento del camino. Pedir no es extender la mano. Pedir es pelarse el culo a base de esfuerzo y alcanzar lo que se desea cueste lo que cueste. Entonces sí. Si pedimos así, nos será dado. Yo ya no quiero pedir nada. Quisiera ser libre, libre de mis miedos y mis fantasmas. Libre de mis pertenencias materiales. Liberarme de los límites que me impone mi cuerpo. Montarme en un rayo de luz, volar...
Mañana amanecerá otra vez, y otra vez tendré que plantearme cómo hacerle frente al día. Cada día es una batalla contra mí mismo que siempre pierdo.
Me siento cual Prometeo. La vida me da otro día para regocijarse en mi dolor. Algún día, sin embargo, despertaré de esta pesadilla.
Sí. Aún me quedan momentos felices en este mundo. Aún. Un día despertaré y volveré a ver color en las cosas. No sé si ocurrirá mañana o dentro de un año. O de diez. Afortunadamente, paciencia me queda. Deseo, no, pero paciencia, mucha.
Me gustaría que esta entrada no tuviera comentarios. Y si alguien piensa que puede ayudarme, se equivoca. Sólo hay una persona en el mundo que puede ayudarme.
Yo.





