Salsa
Cómo se me ha podido pasar hasta ahora contar aquí mis escarceos con el baile. Sí, también me ha dado por ahí. En realidad, no importa en qué afición penséis, lo más seguro es que me haya dado por ella en algún momento de mi vida. Bueno, salvo, tal vez, la taxidermia.
La cosa comenzó en el baile aquél en que le hice claras mis intenciones a El Cuerpo por primera vez. En cuanto vi que ella no hacía más que mirar a los tíos que bailaban mejor y se lanzaba a pedirles un baile, una imagen se instaló en mi mente: clases de danza. La web del Club de Danza de la Universidad ofrecía un abanico de opciones bastante amplio. Casi para todos los gustos: Offbeat, Tango argentino, Dancesport (aún no sé qué cojones es eso), Salsa, Rock 'n Roll y bailes de salón en general. Como esa semana ya se me había pasado la clase de Salsa, me dije que, para una primera toma de contacto, el Tango argentino me iba a servir como cualquier otra cosa. Además, pensé, se baila bien agarradito.
Así pues, un viernes por la tarde cogí la bici tras el trabajo y me planté en la clase de Tango. Con dos cojones. Llegué tarde, por supuesto, y al entrar vi que el profesor estaba enseñando algunos pasos básicos rodeado de gente. De gente... bastante... hum... mayorcita, por así decirlo. Volví a salir de la clase. Desanduve el pasillo, tic, tac, tic, tac. Sonrisa a la recepcionista que, por lo que parecía, era la única que aún iba a ver los cuarenta en aquel edificio. Asomo la cabeza por la puerta principal hacia la calle. Miro hacia arriba. "St Columba's Hall". Os juro que yo esperaba ver "Geriatric", "old people's home" o algo parecido. Pero no.
Se me presentaron entonces dos opciones, claras como los cabellos de los tangueros (de los que aún tenían cabello, digo). A saber: saltar en mi bici y alejarme de allí lo más rápidamente posible, cualquier dirección vale, para no volver jamás o volver como un machote y tratar de aprender algo, ya que estaba allí. Como, por una parte, me apasiona probar cosas nuevas y por otra la curiosidad por saber si era capaz de encadenar un punta-tacón sin dislocarme las rodillas (lo de mi descoordinación física es motivo de una entrada aparte en este blog) me estaba consumiendo, decidí respirar hondo y volver al matadero.
Cuando volví a entrar en la clase la escena no había cambiado: corrillo del inserso alrededor del profesor de baile. Que, por cierto, no tenía un pelo de tonto. Ni de listo. Ustedes ya me entienden. No tardó en pedirnos que encontráramos pareja para empezar a practicar lo que acababa de demostrar. Y yo, allí en una esquina, tratando de hacerme chiquitito, chiquitito, para no llamar mucho la atención mientras me preguntaba si no era mejor que me sacara a bailar uno de los abueletes, porque la oferta femenina era... digamos que... En fin, dejémoslo en que a mí nunca me había atraído especialmente bailar con mi abuela.
Y entonces se me abrió el cielo. Porque, sí, entre tanto Matusalén se hallaba una doncella que no pasaba de los cincuenta. Y antes de hacer un chequeo mental previo de la ninfa ya estaba yo frente a ella con los brazos en cuarta posición y con los ojos suplicantes. La muchacha aceptó. Y sólo entonces me di cuenta de que tampoco me había salido muy bien la jugada. Porque delante de mí tenía lo más parecido a Carrie que he visto fuera del celuloide: falda hasta los tobillos y más allá, aire de novicia, ojos de qué casta soy, válgame el cielo el uno y de cásate conmigo el otro. Y, no hace falta decirlo, mirada de psicópata de pata negra.
Pasé toda la clase tratando de no mirarla a los ojos y de no trastabillarme los pies. Lo primero, no fue difícil. Lo segundo empecé a sospechar que iba a ser de todo punto imposible. Cuando salí de la dichosa clase sabía que no iba a volver a bailar Tango en mi puta vida.
La semana siguiente acudí por fin a la clase de Salsa. Lo primero que me llamó la atención, muy gratamente, fue que la media de edad era como unos cuarenta años más baja que en la clase de Tango. Lo segundo, que aquello estaba de bote en bote. La leche, cuánta afición. Las clases de Salsa las daba un tal Russell. Que, no sé si por coincidencia o por exigencias de contrato, también tenía el cráneo más brillante que Mr. Proper. Y el cuerpo de Dani de Vito. Nada que ver con el estereotipo, si es que eso existe, de profesor de baile latino. Pero me bastaron dos minutos para comprobar que el tipo bailaba bien. Y hacía la clase amena. Me lo pasé bastante bien durante aquella primera clase. Mucho one-and-two-and-three-and-close, muchas miraditas a la fila de enfrente (Russell nos había separado por sexos en dos filas enfrentadas) donde la progesterona aún se hallaba en cantidades considerables, mucho open basic y menos tropezones que en el tango. Cuando llegó la hora de encontrar pareja a mí ya se me caía la baba de buenas que me parecía que estaban todas. Me lancé a por una de cabellos largos y rizados, levemente más alta que yo y un aire en el rostro a lo Audrey Hepburn. Ah, y cintura de avispa. Y no sólo estaba pero que muy follable, sino que además no me miraba como si fuera a pasarme a cuchillo de un momento a otro. Ya saben qué miradas digo, esas de ojos sin párpados. Y sonreía.
Al cabo, terminamos cruzando unas cuantas frases y ella me dijo que yo bailaba bastante bien. Como por mi acento se colije enseguida que no soy de Newcastle, me preguntó que de dónde era. Se lo dije. "Por eso bailas bien, claro. Lo llevas en la sangre". A esas alturas lo que yo llevaba en la sangre era un cóctel de feromonas fortísimo. Mezclado, no agitado.
Semana siguiente, segunda clase de Salsa, segunda oportunidad de estrechar lazos con Audrey. Antes de que Russell hubiera terminado de pronunciar "Find a partner" ya estaba yo agarrado a mi objetivo como una lapa. "Hola", dije, "eras Anna, ¿verdad?" "No", dijo ella. "Allison". Mierda. Para un nombre que tengo que recordar y mi memoria me sale rana. "Ah", traté de arreglarlo mientras mis ojos recorrían al resto de la clase, "entonces Anna debe de estar por aquí en alguna parte". Ni qué decir tiene que Allison no volvió a bailar conmigo. Tampoco yo volví a intentar hacerlo, hay miradas que advierten y sé reconocerlas. En principio, no debería de ser tan grave el no haber recordado su nombre, pero hay gente rara por ahí.
A partir de entonces las cosas empezaron a ir mal. En las siguientes dos clases no anduve fino al elegir pareja y acabé siendo yo el elegido. Por supuesto, me tocó lo que nadie quería. La primera fue una mujer madura, y cuando digo madura estoy hablando de unos 87 años, con la peor halitosis que he olido en mi vida y que, os lo juro, bailaba como si estuviéramos jugando al corro de la patata. La segunda, una japonesa que, si bien me dio buenas vibraciones en un principio, porque las japonesas suelen bailar bien, en cuanto empezó a moverse me di cuenta de que era un caso perdido. Ni bailaba bien ni iba a bailar bien aunque practicara cada uno de los minutos que le quedaban por vivir. Aceptémoslo, hay gente que no tiene ritmo en el cuerpo, será un gen ausente o algo así. No hay nada de malo en ello, por supuesto, tampoco es que yo sea Fred Astaire. Es sólo que en aquellos momentos no me hizo mucha ilusión.
Tardé poco en dejar las clases de Russell. No tanto por miedo a la anciana, que tras el primer contacto ya no me había apartado los ojos, como por puro aburrimiento de repetir los mismos pasos una y otra vez, semana tras semana. Así que dejé a Russell y su Salsa Beginners y me apunté a la sesión de Salsa Intermediates. Sesión que era impartida por una tipa muy pequeñita, con cara de tigresa en celo y que movía las caderas como si no hubiera hecho otra cosa en este mundo. Claro, entre que era una clase para gente más avanzada y que yo ya me había perdido, entre Tangos y Russells, más de medio trimestre, la primera vez no me enteré ni de si tenía que coger la mano de mi compañera de forma pronada o supinada (que, por cierto, es pronada). Pero uno sólo aprende de verdad cuando se sale un poco de su zona de confort y la verdad es que en las cuatro clases que recibí de Catwoman aprendí bastante. Ahora mismo, por ejemplo, no me cortaría un pelo en sacar a bailar Salsa a cualquier dama. Así, en frío y todo.
Oí a alguien, en cierta ocasión, decir que por cada hora de clase de baile hay que practicar unas seis para sacarle provecho. Si bien yo no he llegado a tanto por falta material de tiempo, también es verdad que tengo a la fregona de casa hasta el mango de ensayar conmigo. El Cuerpo es un capítulo pasado de mi vida y la razón que me impulsó a aprender a bailar en un principio ya no es válida. Pero he encontrado otras. Siempre necesito terminar lo que empiezo. Y, joder, me está empezando a gustar mucho lo de bailar Salsa, no sé si por las caderas de Catwoman o porque ya no parece que voy pisando uvas. Así que el trimestre que viene voy a seguir con ello.
Y no, no voy a colgar ningún vídeo aquí de un servidor bailando Salsa. Sé que os iba a alegrar el día después de unos segundos de vergüenza ajena, pero todo tiene un límite en esta vida y yo ya he sobrepasado el mío en esta entrada.
La cosa comenzó en el baile aquél en que le hice claras mis intenciones a El Cuerpo por primera vez. En cuanto vi que ella no hacía más que mirar a los tíos que bailaban mejor y se lanzaba a pedirles un baile, una imagen se instaló en mi mente: clases de danza. La web del Club de Danza de la Universidad ofrecía un abanico de opciones bastante amplio. Casi para todos los gustos: Offbeat, Tango argentino, Dancesport (aún no sé qué cojones es eso), Salsa, Rock 'n Roll y bailes de salón en general. Como esa semana ya se me había pasado la clase de Salsa, me dije que, para una primera toma de contacto, el Tango argentino me iba a servir como cualquier otra cosa. Además, pensé, se baila bien agarradito.
Así pues, un viernes por la tarde cogí la bici tras el trabajo y me planté en la clase de Tango. Con dos cojones. Llegué tarde, por supuesto, y al entrar vi que el profesor estaba enseñando algunos pasos básicos rodeado de gente. De gente... bastante... hum... mayorcita, por así decirlo. Volví a salir de la clase. Desanduve el pasillo, tic, tac, tic, tac. Sonrisa a la recepcionista que, por lo que parecía, era la única que aún iba a ver los cuarenta en aquel edificio. Asomo la cabeza por la puerta principal hacia la calle. Miro hacia arriba. "St Columba's Hall". Os juro que yo esperaba ver "Geriatric", "old people's home" o algo parecido. Pero no.
Se me presentaron entonces dos opciones, claras como los cabellos de los tangueros (de los que aún tenían cabello, digo). A saber: saltar en mi bici y alejarme de allí lo más rápidamente posible, cualquier dirección vale, para no volver jamás o volver como un machote y tratar de aprender algo, ya que estaba allí. Como, por una parte, me apasiona probar cosas nuevas y por otra la curiosidad por saber si era capaz de encadenar un punta-tacón sin dislocarme las rodillas (lo de mi descoordinación física es motivo de una entrada aparte en este blog) me estaba consumiendo, decidí respirar hondo y volver al matadero.
Cuando volví a entrar en la clase la escena no había cambiado: corrillo del inserso alrededor del profesor de baile. Que, por cierto, no tenía un pelo de tonto. Ni de listo. Ustedes ya me entienden. No tardó en pedirnos que encontráramos pareja para empezar a practicar lo que acababa de demostrar. Y yo, allí en una esquina, tratando de hacerme chiquitito, chiquitito, para no llamar mucho la atención mientras me preguntaba si no era mejor que me sacara a bailar uno de los abueletes, porque la oferta femenina era... digamos que... En fin, dejémoslo en que a mí nunca me había atraído especialmente bailar con mi abuela.
Y entonces se me abrió el cielo. Porque, sí, entre tanto Matusalén se hallaba una doncella que no pasaba de los cincuenta. Y antes de hacer un chequeo mental previo de la ninfa ya estaba yo frente a ella con los brazos en cuarta posición y con los ojos suplicantes. La muchacha aceptó. Y sólo entonces me di cuenta de que tampoco me había salido muy bien la jugada. Porque delante de mí tenía lo más parecido a Carrie que he visto fuera del celuloide: falda hasta los tobillos y más allá, aire de novicia, ojos de qué casta soy, válgame el cielo el uno y de cásate conmigo el otro. Y, no hace falta decirlo, mirada de psicópata de pata negra.
Pasé toda la clase tratando de no mirarla a los ojos y de no trastabillarme los pies. Lo primero, no fue difícil. Lo segundo empecé a sospechar que iba a ser de todo punto imposible. Cuando salí de la dichosa clase sabía que no iba a volver a bailar Tango en mi puta vida.
La semana siguiente acudí por fin a la clase de Salsa. Lo primero que me llamó la atención, muy gratamente, fue que la media de edad era como unos cuarenta años más baja que en la clase de Tango. Lo segundo, que aquello estaba de bote en bote. La leche, cuánta afición. Las clases de Salsa las daba un tal Russell. Que, no sé si por coincidencia o por exigencias de contrato, también tenía el cráneo más brillante que Mr. Proper. Y el cuerpo de Dani de Vito. Nada que ver con el estereotipo, si es que eso existe, de profesor de baile latino. Pero me bastaron dos minutos para comprobar que el tipo bailaba bien. Y hacía la clase amena. Me lo pasé bastante bien durante aquella primera clase. Mucho one-and-two-and-three-and-close, muchas miraditas a la fila de enfrente (Russell nos había separado por sexos en dos filas enfrentadas) donde la progesterona aún se hallaba en cantidades considerables, mucho open basic y menos tropezones que en el tango. Cuando llegó la hora de encontrar pareja a mí ya se me caía la baba de buenas que me parecía que estaban todas. Me lancé a por una de cabellos largos y rizados, levemente más alta que yo y un aire en el rostro a lo Audrey Hepburn. Ah, y cintura de avispa. Y no sólo estaba pero que muy follable, sino que además no me miraba como si fuera a pasarme a cuchillo de un momento a otro. Ya saben qué miradas digo, esas de ojos sin párpados. Y sonreía.
Al cabo, terminamos cruzando unas cuantas frases y ella me dijo que yo bailaba bastante bien. Como por mi acento se colije enseguida que no soy de Newcastle, me preguntó que de dónde era. Se lo dije. "Por eso bailas bien, claro. Lo llevas en la sangre". A esas alturas lo que yo llevaba en la sangre era un cóctel de feromonas fortísimo. Mezclado, no agitado.
Semana siguiente, segunda clase de Salsa, segunda oportunidad de estrechar lazos con Audrey. Antes de que Russell hubiera terminado de pronunciar "Find a partner" ya estaba yo agarrado a mi objetivo como una lapa. "Hola", dije, "eras Anna, ¿verdad?" "No", dijo ella. "Allison". Mierda. Para un nombre que tengo que recordar y mi memoria me sale rana. "Ah", traté de arreglarlo mientras mis ojos recorrían al resto de la clase, "entonces Anna debe de estar por aquí en alguna parte". Ni qué decir tiene que Allison no volvió a bailar conmigo. Tampoco yo volví a intentar hacerlo, hay miradas que advierten y sé reconocerlas. En principio, no debería de ser tan grave el no haber recordado su nombre, pero hay gente rara por ahí.
A partir de entonces las cosas empezaron a ir mal. En las siguientes dos clases no anduve fino al elegir pareja y acabé siendo yo el elegido. Por supuesto, me tocó lo que nadie quería. La primera fue una mujer madura, y cuando digo madura estoy hablando de unos 87 años, con la peor halitosis que he olido en mi vida y que, os lo juro, bailaba como si estuviéramos jugando al corro de la patata. La segunda, una japonesa que, si bien me dio buenas vibraciones en un principio, porque las japonesas suelen bailar bien, en cuanto empezó a moverse me di cuenta de que era un caso perdido. Ni bailaba bien ni iba a bailar bien aunque practicara cada uno de los minutos que le quedaban por vivir. Aceptémoslo, hay gente que no tiene ritmo en el cuerpo, será un gen ausente o algo así. No hay nada de malo en ello, por supuesto, tampoco es que yo sea Fred Astaire. Es sólo que en aquellos momentos no me hizo mucha ilusión.
Tardé poco en dejar las clases de Russell. No tanto por miedo a la anciana, que tras el primer contacto ya no me había apartado los ojos, como por puro aburrimiento de repetir los mismos pasos una y otra vez, semana tras semana. Así que dejé a Russell y su Salsa Beginners y me apunté a la sesión de Salsa Intermediates. Sesión que era impartida por una tipa muy pequeñita, con cara de tigresa en celo y que movía las caderas como si no hubiera hecho otra cosa en este mundo. Claro, entre que era una clase para gente más avanzada y que yo ya me había perdido, entre Tangos y Russells, más de medio trimestre, la primera vez no me enteré ni de si tenía que coger la mano de mi compañera de forma pronada o supinada (que, por cierto, es pronada). Pero uno sólo aprende de verdad cuando se sale un poco de su zona de confort y la verdad es que en las cuatro clases que recibí de Catwoman aprendí bastante. Ahora mismo, por ejemplo, no me cortaría un pelo en sacar a bailar Salsa a cualquier dama. Así, en frío y todo.
Oí a alguien, en cierta ocasión, decir que por cada hora de clase de baile hay que practicar unas seis para sacarle provecho. Si bien yo no he llegado a tanto por falta material de tiempo, también es verdad que tengo a la fregona de casa hasta el mango de ensayar conmigo. El Cuerpo es un capítulo pasado de mi vida y la razón que me impulsó a aprender a bailar en un principio ya no es válida. Pero he encontrado otras. Siempre necesito terminar lo que empiezo. Y, joder, me está empezando a gustar mucho lo de bailar Salsa, no sé si por las caderas de Catwoman o porque ya no parece que voy pisando uvas. Así que el trimestre que viene voy a seguir con ello.
Y no, no voy a colgar ningún vídeo aquí de un servidor bailando Salsa. Sé que os iba a alegrar el día después de unos segundos de vergüenza ajena, pero todo tiene un límite en esta vida y yo ya he sobrepasado el mío en esta entrada.
Comentario:
Y si prefieres no espumosos, yo me tiro por el Vega Sicilia, la verdad. Casi que cualquier cosecha vale. La de 2000 creo que no está mal, pero no la he catado.
Comentario:
Taosen, si tienes la oportunidad de echarle mano algún día a una botella de Billecart Salmon del año 96, no repares en gastos. Confía en mí, merecerá la pena.
Un abrazo.
Un abrazo.
Comentario:
Clases de salsa voluntarias? Joder... mi novia me insiste todos los meses en que nos apuntemos a bailes de salón (que también tiene salsa, creo) me imagino, porque está harta de tener que bailar con otros que de verdad sepan llevarla y no moverse como guirnaldas sin levantar los pies del suelo (yo).
Pero la idea de imaginarme la situación en clase me supera, quizás, porque ya tengo alguien con quien dormir por la noche... supongo.
Por cierto, estoy intentado aprender a beber vino solo (sin coca-cola)... ¿qué me recomiendas, sommelier?
Un abrazo.
Pero la idea de imaginarme la situación en clase me supera, quizás, porque ya tengo alguien con quien dormir por la noche... supongo.
Por cierto, estoy intentado aprender a beber vino solo (sin coca-cola)... ¿qué me recomiendas, sommelier?
Un abrazo.
Comentario:
La idea es que la Salsa sería un preludio vertical perfecto para otros ejercicios más horizontales. De momento no ha funcionado, pero oye... entre que acabo de empezar y que cada día estoy más bueno, malo será que no me salga un lío en 2007. Y a partir de abril me toca ir a Salsa Improvers, donde la más fea sale en las fotos que vienen cuando uno se compra una cartera de piel.
Y a Tankian... En cuanto lo vea lo pongo yo a bailar antes de que se termine el primer café. O lo que cojones beba.
Y a Tankian... En cuanto lo vea lo pongo yo a bailar antes de que se termine el primer café. O lo que cojones beba.
Comentario:
No te veía yo bailando salsa, pero bueno, si te diviertes es lo importante, bailar es también una forma de hacer "ejercicio" y quitarte estrés. A mi no me gusta el baile como para ir a clases, y bailo mal además, debo ser de esas que mencionas que me falta el gen.
Una cosa, si consigues enseñar a Tankian unos pases de baile después de unas copas... serías el único(creo).
Una cosa, si consigues enseñar a Tankian unos pases de baile después de unas copas... serías el único(creo).
Comentario:
Jejjeje
Un post muy gráfico, en serio, te imaginao como en una peli del cine mudo andando en bici y todo, bailando, poniendo la cara de cordero a la "ANA" (tambien se me ha olividado).
Me he reido bastante... y ¿salsa? jejeje etas loco. Yo en verda soy un pato mareao, aunque no creas algunas me las e ligao bailando ;).
Ya me contarás como te va con la salsa. XD
Un post muy gráfico, en serio, te imaginao como en una peli del cine mudo andando en bici y todo, bailando, poniendo la cara de cordero a la "ANA" (tambien se me ha olividado).
Me he reido bastante... y ¿salsa? jejeje etas loco. Yo en verda soy un pato mareao, aunque no creas algunas me las e ligao bailando ;).
Ya me contarás como te va con la salsa. XD
Comentario:
Nunca se sabe, Tankian... A mí me repelía la carrera continua y acabé corriendo un maratón. Me repelía el vino y poco me falta para ser un "connossieur". Me repelía el baile en general, y ya me ves, me estoy hichando a agarrar caderas...
Un día te enseñaré unos pasos después de unas copas.
Un día te enseñaré unos pasos después de unas copas.
Comentario:
pues yo si quieres pon un vídeo bailando salsa que yo lo veo, pero con el volumen quitao porque la salsa me pone psicótico.
Ah, y el baile y yo nos repelemos.
Ah, y el baile y yo nos repelemos.
Comentario:
Precisamente, Ghiret... Hace un momento tenía yo unas ganas de procastinar tremendas. Pero he pensado que lo voy a dejar para más tarde.
Comentario:
Arf... algún día aprenderé a escribir... cago en... gracias por el tip :).
Voy a ver si hago algo...
The Power of Procastination!
Voy a ver si hago algo...
The Power of Procastination!
Comentario:
Ghiret, para tener fuerza de voluntad primero hay que tener voluntad. Lo de la fuerza, después, viene fácil.
Y ala, la del pollo. Es hala.
Y ala, la del pollo. Es hala.
Comentario:
Pues... la salsa... no sé... tiene gracia pa "de vé en cuando..." :). Pero ánimo :). Ya me gustaría tener tu fuerza de voluntad... xD.
Ala, voy a diseccionar el T+1.
Ala, voy a diseccionar el T+1.
Comentario:
Lástima que sólo sean los comentarios. Por ahora, digo.
Comentario:
Joder.
Hay que ver cuánto me ponen los comentarios de mortiziia.

Hay que ver cuánto me ponen los comentarios de mortiziia.

Comentario:
¡Quién lo habría dicho!





