Mi tesis ya está parida
Empiezo a ver la luz al final del túnel. El jefe me ha dado luz verde para mandar la tesis a la Senate House Library de la Universidad de Londres. El resto es mera burocracia. Y digo mera sarcásticamente, pues desde que se manda la tesis hasta que tiene lugar la defensa pueden transcurrir hasta cuatro meses (!!!). De hecho, y a pesar de que mandé mi solicitud en Octubre, mi supervisor aún no ha recibido la carta preguntando por mis examinadores. El proceso es lento: una vez que mi supervisor sugiere el nombre de los dos examinadores, el comité de tesis (este no es su nombre oficial) tiene que aprobar la elección. Pero, ay, dicho comité se reúne una vez al mes y la próxima reunión no tendrá lugar hasta Marzo. Y aún entonces podrían declinar nuestra propuesta sin estar obligados a dar una razón oficial. Dichas declinaciones son más habituales de lo que sería deseable, así que bien podría ser que me dieran las uvas, literalmente, sin armarme caballero.
Mis examinadores, si todo anda bien, serán George Pickett y Mike Lea. Ambos son expertos en mi campo, por lo que la defensa se avecina jugosa y disputada.
Las lecturas de tesis en Londres son algo diferentes a lo que uno está acostumbrado en España. Aquí, la defensa se hace en privado y sólo están autorizados a asistir los dos examinadores y el supervisor, este último bajo mi consentimiento. El supervisor, caso de asistir, no puede decir ni mu. En mi caso no es probable que el jefe asista, no tiene costumbre. A mí me la trae bien floja, en cuanto me pongo a hablar de física se me olvida quién está en la audiencia y mi cerebro incluso borra momentáneamente el concepto de especie humana. Me ha ocurrido llevándoles la contraria a más de un premio Nobel en las conferencias a las que he asistido. Parecerá increíble, pero acabaron callándose la boca, supongo que por suponer que yo era un caso perdido.
Pensaba llevar mañana la tesis a Londres y encuadernarla. Pero me temo que no va a ser posible: aún tengo que imprimirla, lo que llevará la mayor parte de la mañana, visto cómo funcionan últimamente las impresoras láser del departamento y, por otra parte, en este país los comercios cierran alrededor de las 17 horas, probablemente para tener tiempo de llegar al coma etílico en el pub de turno antes de que llegue la hora de las brujas. Y mire usted, que no me gusta generalizar, pero los pubs ingleses a partir de las 6 de la tarde están de bote en bote.
En otro orden de cosas, llevo unos 10 días comiendo mierda. ¿Por qué?, me preguntará usted, sabiamente. Pues porque soy gilipollas. No voy a dar ninguna excusa porque no la tengo, igual que no la tiene nadie que se dedique a comer esas porquerías. Simplemente hay fases de mi vida en las que soy mi peor enemigo. Tengo una faceta altamente autodestructiva en mi personalidad. Afortunadamente estos episodios duran poco, aunque lo suficiente para causar daños notables en mi aspecto físico. He debido de pasar de 10% de grasa corporal a 15%. Así de eficiente es el cuerpo humano cuando se trata de almacenar grasa. No en vano evolucionamos en un entorno donde las calorías tenían un alto precio y el hecho de que ahora mismo estemos aquí es consecuencia de nuestra facilidad para engordar.
He decidido, por lo tanto, agarrar el toro por los cuernos y comenzar un plan de choque que me lleve a un 7% de grasa corporal. Un punto donde no he estado en toda mi puñetera vida. Y ya va siendo hora. Mi plan está extraído del libro "Sliced" de Bill Reynolds y Negrita Jayde. En breve, se trata de establecer ciclos de seis días y dividirlos en dos partes: en la primera parte, o de depleción, se ingieren aproximadamente la mitad de las calorías necesarias para mantener el peso del individuo. La restricción calórica proviene, en su mayor parte, de carbohidratos. Durante estos tres días uno se tiene que pelar el culo en el gimnasio y levantar pesas como un animal salvaje, con dos cojones, sangre en el ojo y "Eye of the tiger" sonando de fondo. Cuando uno deja la última mancuerna en el suelo no se mete en la ducha, no. Se calza las bambas y sale a correr una horita llueva, nieve o caigan chuzos de punta. Luego, sí, ya se puede meter uno en la ducha y, posteriormente, echar un vistazo al menú para lo que queda del día, con dos lagrimones resbalando suavemente por las rosadas mejillas al darse cuenta de que todo lo que hay es un puñado de coles de bruselas, un bistec cocinado a pelo, sin aceite ni sal ni nada, y una cucharadita de aceite de linaza. Esto se repite, como digo, por tres días. Para cuando llega la noche del tercer día uno tiene más mala leche que Fernando Fernán Gómez en mitad de un atasco camino del aeropuerto.
Pero la vida, a veces, guarda una recompensa para aquellos que se sacrifican. Y ahí entra el cuarto día, primero de la segunda mitad del ciclo, o fase de recarga. Durante el cuarto día uno ingiere unas 200 calorías por encima de su nivel de mantenimiento, haciendo especial hincapié en los carbohidratos. Yo me calzaré entre 300 y 400 gramos de carbohidratos. Pero, ojo, no cualquier carbohidrato, no miréis la bolsa de magdalenas con mirada golosa. No. Solamente cosas limpias: patatas asadas (sin aderezo), arroz o pasta integral, avena... Los niveles de energía se disparan entonces; los músculos, secos como una esponja en mitad del desierto tras tres días de restricción calórica y entrenamiento salvaje, hacen acopio de los carbohidratos y no permiten que ni un solo gramo se almacene como grasa. De repente, la vida, que ayer parecía una eterna condena en el averno, es maravillosa. Durante el cuarto día no se entrena. Los siguientes dos días son una copia exacta de el cuarto día, con la diferencia de que uno vuelve a entrenar como si su vida dependiera de ello. Sólo pesas esta vez. Nada de cardio, hay que conservar esos carbohidratos para la próxima fase de depleción.
A este programa se la trae floja el que la semana tenga siete días. El séptimo día es una copia del primero. Es un ciclo, por tanto, de módulo 6 (qué lindos aquellos tiempos en que estudiaba el espacio cociente). Uno puede esperar, con esta estrategia, perder entre medio y un kilo de grasa pura a la semana y, lo que es más, preservar la masa muscular. El cuerpo, por otra parte, es incapaz de adaptarse al régimen de dieta y entrenamiento y la pérdida de grasa es lenta, pero constante, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las dietas hipocalóricas.
Todo esto, claro, es sobre el papel y diferentes individuos pueden responder de manera diferente a este programa. Yo tengo curiosidad por ver si funciona en mí. En el peor de los casos volveré a mi antiguo plan, con el que sé que puedo llegar sin esfuerzo a 10% de grasa corporal y, con infinito esfuerzo, probablemente a 8%.
Si alguien quiere más detalles, que lo dudo, no tiene más que pedírmelos.
Joder, qué tarde se me ha hecho. Actualizo poco, sí, pero cuando lo hago esto parece el Decamerón.
Hala, buenas noches y vayan preparando las tarjetas de crédito, que ya es Navidad en el Corte Inglés.
Mis examinadores, si todo anda bien, serán George Pickett y Mike Lea. Ambos son expertos en mi campo, por lo que la defensa se avecina jugosa y disputada.
Las lecturas de tesis en Londres son algo diferentes a lo que uno está acostumbrado en España. Aquí, la defensa se hace en privado y sólo están autorizados a asistir los dos examinadores y el supervisor, este último bajo mi consentimiento. El supervisor, caso de asistir, no puede decir ni mu. En mi caso no es probable que el jefe asista, no tiene costumbre. A mí me la trae bien floja, en cuanto me pongo a hablar de física se me olvida quién está en la audiencia y mi cerebro incluso borra momentáneamente el concepto de especie humana. Me ha ocurrido llevándoles la contraria a más de un premio Nobel en las conferencias a las que he asistido. Parecerá increíble, pero acabaron callándose la boca, supongo que por suponer que yo era un caso perdido.
Pensaba llevar mañana la tesis a Londres y encuadernarla. Pero me temo que no va a ser posible: aún tengo que imprimirla, lo que llevará la mayor parte de la mañana, visto cómo funcionan últimamente las impresoras láser del departamento y, por otra parte, en este país los comercios cierran alrededor de las 17 horas, probablemente para tener tiempo de llegar al coma etílico en el pub de turno antes de que llegue la hora de las brujas. Y mire usted, que no me gusta generalizar, pero los pubs ingleses a partir de las 6 de la tarde están de bote en bote.
En otro orden de cosas, llevo unos 10 días comiendo mierda. ¿Por qué?, me preguntará usted, sabiamente. Pues porque soy gilipollas. No voy a dar ninguna excusa porque no la tengo, igual que no la tiene nadie que se dedique a comer esas porquerías. Simplemente hay fases de mi vida en las que soy mi peor enemigo. Tengo una faceta altamente autodestructiva en mi personalidad. Afortunadamente estos episodios duran poco, aunque lo suficiente para causar daños notables en mi aspecto físico. He debido de pasar de 10% de grasa corporal a 15%. Así de eficiente es el cuerpo humano cuando se trata de almacenar grasa. No en vano evolucionamos en un entorno donde las calorías tenían un alto precio y el hecho de que ahora mismo estemos aquí es consecuencia de nuestra facilidad para engordar.
He decidido, por lo tanto, agarrar el toro por los cuernos y comenzar un plan de choque que me lleve a un 7% de grasa corporal. Un punto donde no he estado en toda mi puñetera vida. Y ya va siendo hora. Mi plan está extraído del libro "Sliced" de Bill Reynolds y Negrita Jayde. En breve, se trata de establecer ciclos de seis días y dividirlos en dos partes: en la primera parte, o de depleción, se ingieren aproximadamente la mitad de las calorías necesarias para mantener el peso del individuo. La restricción calórica proviene, en su mayor parte, de carbohidratos. Durante estos tres días uno se tiene que pelar el culo en el gimnasio y levantar pesas como un animal salvaje, con dos cojones, sangre en el ojo y "Eye of the tiger" sonando de fondo. Cuando uno deja la última mancuerna en el suelo no se mete en la ducha, no. Se calza las bambas y sale a correr una horita llueva, nieve o caigan chuzos de punta. Luego, sí, ya se puede meter uno en la ducha y, posteriormente, echar un vistazo al menú para lo que queda del día, con dos lagrimones resbalando suavemente por las rosadas mejillas al darse cuenta de que todo lo que hay es un puñado de coles de bruselas, un bistec cocinado a pelo, sin aceite ni sal ni nada, y una cucharadita de aceite de linaza. Esto se repite, como digo, por tres días. Para cuando llega la noche del tercer día uno tiene más mala leche que Fernando Fernán Gómez en mitad de un atasco camino del aeropuerto.
Pero la vida, a veces, guarda una recompensa para aquellos que se sacrifican. Y ahí entra el cuarto día, primero de la segunda mitad del ciclo, o fase de recarga. Durante el cuarto día uno ingiere unas 200 calorías por encima de su nivel de mantenimiento, haciendo especial hincapié en los carbohidratos. Yo me calzaré entre 300 y 400 gramos de carbohidratos. Pero, ojo, no cualquier carbohidrato, no miréis la bolsa de magdalenas con mirada golosa. No. Solamente cosas limpias: patatas asadas (sin aderezo), arroz o pasta integral, avena... Los niveles de energía se disparan entonces; los músculos, secos como una esponja en mitad del desierto tras tres días de restricción calórica y entrenamiento salvaje, hacen acopio de los carbohidratos y no permiten que ni un solo gramo se almacene como grasa. De repente, la vida, que ayer parecía una eterna condena en el averno, es maravillosa. Durante el cuarto día no se entrena. Los siguientes dos días son una copia exacta de el cuarto día, con la diferencia de que uno vuelve a entrenar como si su vida dependiera de ello. Sólo pesas esta vez. Nada de cardio, hay que conservar esos carbohidratos para la próxima fase de depleción.
A este programa se la trae floja el que la semana tenga siete días. El séptimo día es una copia del primero. Es un ciclo, por tanto, de módulo 6 (qué lindos aquellos tiempos en que estudiaba el espacio cociente). Uno puede esperar, con esta estrategia, perder entre medio y un kilo de grasa pura a la semana y, lo que es más, preservar la masa muscular. El cuerpo, por otra parte, es incapaz de adaptarse al régimen de dieta y entrenamiento y la pérdida de grasa es lenta, pero constante, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las dietas hipocalóricas.
Todo esto, claro, es sobre el papel y diferentes individuos pueden responder de manera diferente a este programa. Yo tengo curiosidad por ver si funciona en mí. En el peor de los casos volveré a mi antiguo plan, con el que sé que puedo llegar sin esfuerzo a 10% de grasa corporal y, con infinito esfuerzo, probablemente a 8%.
Si alguien quiere más detalles, que lo dudo, no tiene más que pedírmelos.
Joder, qué tarde se me ha hecho. Actualizo poco, sí, pero cuando lo hago esto parece el Decamerón.
Hala, buenas noches y vayan preparando las tarjetas de crédito, que ya es Navidad en el Corte Inglés.





