¿Qué quieres ser de mayor?
Hay gente que nace con la bendición de saber exactamente cuál es su misión en la vida. Y es éste uno de los más preciosos tesoros que nos pueden ser dados junto con un cuerpo y (en ocasiones) un alma. Quien nace sabiendo a lo que va a dedicarse tiene ya logrado lo más difícil. El resto es garabatear renglones hasta hacerlos perfectos, crear el guión de los días propios, ser, en suma, autores de nuestras propias vidas. No importa la meta. Ya sea ésta pisar la luna, alcanzar a comprender los más intrínsecos misterios del genoma humano, comercializar la pizza de chocolate con mayonesa o convertirse en el padre perfecto... Si uno tiene un porqué, el cómo surge fácil.
Es importante distinguir entre sueños y caprichos, en cualquier caso. Si uno quiere ser piloto de aviones de guerra o pastor de vacas en una tribu masai, por poner dos ejemplos comunes, y no lo consigue, eso no era un sueño: era un capricho. La mente humana es fascinante y tiene el poder de convertir en realidad aquello en lo que realmente cree.
Todo esto viene a cuenta de que no tengo ni la más repajolera idea de cuál es mi función en el mundo. Durante los últimos meses mi consciencia ha despertado a tan incómoda realidad. Dije en mi primer post que siempre quise ser Leonardo da Vinci. Eso, obviamente, era un capricho, porque cualquiera que me conozca sabrá que hay menos distancia entre Nuria Bermúdez y Stephen Wolfram que entre mí y el semidios italiano.
No todas las metas se hacen patentes en la primera infancia: a veces el despertar tiene lugar a edades tardías, sin que por ello se vea afectada la capacidad del individuo para llegar a autorrealizarse plenamente.
Por eso aún tengo esperanzas.
Yo tuve diferentes etapas en la infancia en las que quise ser diferentes cosas, siempre en paralelo con mi capricho de ser Leonardo. Primero, quise ser futbolista, incluso antes de saber escribir mi propio nombre. No me duró mucho la tontería, probablemente porque me aterrorizaban los gritos e insultos que proferían los mayores cuando se colocaban delante de las 625 líneas para ver corretear a aquellos señores en calzones. Mi primo, sin embargo, se las apañó para llegar a primera división y jugar contra Beckham, Ronaldo y compañía. Luego los genes están. Están.
Después quise ser torero hasta que me llevaron a ver tan sangrante espectáculo y me sorprendí animando al toro. No he vuelto a ver una corrida (de toros) desde aquella primera. Ni ganas.
Más tarde me obsesioné con ganar el Nobel de la Paz. Joder, me decía yo a mí mismo, es que mataría por ese premio.
De mis intentos de ser pianista no voy a hablar mucho por ser de infausto recuerdo para el que esto firma. Estuve a puntito de dar el salto internacional. Pero, una vez más, mi falta de ambición me convenció de que ésa tampoco era mi misión en la vida.
Y aquí estoy, a punto de ser doctor en física, lo que me colocaría dentro del 1% más inteligente de la población mundial, y sin saber distinguir el arroz de la nuez moscada. He dedicado una obscena cantidad de horas a diseñar un plan de desarrollo personal y he de confesar que los resultados han sido escasos. A mi entender, se me presentan 5 opciones:
1-. Lo que tenía decidido hace un mes: acabar la tesis, hacerme trader de bolsa, ganar una cantidad de dinero que haría marearse al Sr. Botín y retirarme a hacer ironmanes en Lanzarote y Hawaii.
2-. Lo que tenía decidido hace tres días: acabar la tesis, volver a España, hacer oposiciones para profesor de secundaria, tener más vacaciones que el tipo que hace los doblajes de Harpo Marx, escribir la novela que anida en mi mente desde mis tempranos veinte y, probablemente, terminar acribillado a tiros en un callejón oscuro por un adolescente resentido al que no le sentó nada bien que le suspendiera con un cuatro y medio.
3-. Lo que tenía decidido ayer a las 23:12 GMT: acabar la tesis, escribir la novela y punto. Dando sablazos a familiares y amigos para sobrevivir.
4-. Lo que decidí en la milla 7 del maratón que corrí el pasado abril y desdecidí en la milla 18 porque los dolores de cadera no me dejaban pensar con claridad: acabar la tesis, seguir trabajando en un laboratorio de física hasta que, una de dos, o gane el Nobel y le pague a Pilimindrina lo prometido, o mi novia me deje para fugarse con el trader de bolsa que yo no supe llegar a ser abandonándome con cinco críos que alimentar, el menor de ellos aún dependiente de un pecho que yo no le puedo dar.
5-. Lo que aún no he decidido pero que, de seguir así las cosas, no tardaré en decidir: acabar la tesis, volver a Telepizza, de donde nunca debería haber salido, alquilar un piso compartido, dejar de ser metrosexual y hacerme adicto a la Play Station. Esta última opción sería incompatible con el mantenimiento de este blog.
Lo único que tengo seguro es que voy a acabar la tesis, como habrá quedado claro. Así que creo que no le voy a dar más vueltas al asunto hasta que me doctore, con la esperanza de que un día abriré los ojos antes de la alborada y despertaré a la vida.
Voy a dejar que mi porqué me encuentre a mí, no al contrario.
Entretanto, haré mías las palabras de aquella criaturita que, tras ser preguntada que qué iba a ser de mayor, contetó sin titubeos "más grande".
Es importante distinguir entre sueños y caprichos, en cualquier caso. Si uno quiere ser piloto de aviones de guerra o pastor de vacas en una tribu masai, por poner dos ejemplos comunes, y no lo consigue, eso no era un sueño: era un capricho. La mente humana es fascinante y tiene el poder de convertir en realidad aquello en lo que realmente cree.
Todo esto viene a cuenta de que no tengo ni la más repajolera idea de cuál es mi función en el mundo. Durante los últimos meses mi consciencia ha despertado a tan incómoda realidad. Dije en mi primer post que siempre quise ser Leonardo da Vinci. Eso, obviamente, era un capricho, porque cualquiera que me conozca sabrá que hay menos distancia entre Nuria Bermúdez y Stephen Wolfram que entre mí y el semidios italiano.
No todas las metas se hacen patentes en la primera infancia: a veces el despertar tiene lugar a edades tardías, sin que por ello se vea afectada la capacidad del individuo para llegar a autorrealizarse plenamente.
Por eso aún tengo esperanzas.
Yo tuve diferentes etapas en la infancia en las que quise ser diferentes cosas, siempre en paralelo con mi capricho de ser Leonardo. Primero, quise ser futbolista, incluso antes de saber escribir mi propio nombre. No me duró mucho la tontería, probablemente porque me aterrorizaban los gritos e insultos que proferían los mayores cuando se colocaban delante de las 625 líneas para ver corretear a aquellos señores en calzones. Mi primo, sin embargo, se las apañó para llegar a primera división y jugar contra Beckham, Ronaldo y compañía. Luego los genes están. Están.
Después quise ser torero hasta que me llevaron a ver tan sangrante espectáculo y me sorprendí animando al toro. No he vuelto a ver una corrida (de toros) desde aquella primera. Ni ganas.
Más tarde me obsesioné con ganar el Nobel de la Paz. Joder, me decía yo a mí mismo, es que mataría por ese premio.
De mis intentos de ser pianista no voy a hablar mucho por ser de infausto recuerdo para el que esto firma. Estuve a puntito de dar el salto internacional. Pero, una vez más, mi falta de ambición me convenció de que ésa tampoco era mi misión en la vida.
Y aquí estoy, a punto de ser doctor en física, lo que me colocaría dentro del 1% más inteligente de la población mundial, y sin saber distinguir el arroz de la nuez moscada. He dedicado una obscena cantidad de horas a diseñar un plan de desarrollo personal y he de confesar que los resultados han sido escasos. A mi entender, se me presentan 5 opciones:
1-. Lo que tenía decidido hace un mes: acabar la tesis, hacerme trader de bolsa, ganar una cantidad de dinero que haría marearse al Sr. Botín y retirarme a hacer ironmanes en Lanzarote y Hawaii.
2-. Lo que tenía decidido hace tres días: acabar la tesis, volver a España, hacer oposiciones para profesor de secundaria, tener más vacaciones que el tipo que hace los doblajes de Harpo Marx, escribir la novela que anida en mi mente desde mis tempranos veinte y, probablemente, terminar acribillado a tiros en un callejón oscuro por un adolescente resentido al que no le sentó nada bien que le suspendiera con un cuatro y medio.
3-. Lo que tenía decidido ayer a las 23:12 GMT: acabar la tesis, escribir la novela y punto. Dando sablazos a familiares y amigos para sobrevivir.
4-. Lo que decidí en la milla 7 del maratón que corrí el pasado abril y desdecidí en la milla 18 porque los dolores de cadera no me dejaban pensar con claridad: acabar la tesis, seguir trabajando en un laboratorio de física hasta que, una de dos, o gane el Nobel y le pague a Pilimindrina lo prometido, o mi novia me deje para fugarse con el trader de bolsa que yo no supe llegar a ser abandonándome con cinco críos que alimentar, el menor de ellos aún dependiente de un pecho que yo no le puedo dar.
5-. Lo que aún no he decidido pero que, de seguir así las cosas, no tardaré en decidir: acabar la tesis, volver a Telepizza, de donde nunca debería haber salido, alquilar un piso compartido, dejar de ser metrosexual y hacerme adicto a la Play Station. Esta última opción sería incompatible con el mantenimiento de este blog.
Lo único que tengo seguro es que voy a acabar la tesis, como habrá quedado claro. Así que creo que no le voy a dar más vueltas al asunto hasta que me doctore, con la esperanza de que un día abriré los ojos antes de la alborada y despertaré a la vida.
Voy a dejar que mi porqué me encuentre a mí, no al contrario.
Entretanto, haré mías las palabras de aquella criaturita que, tras ser preguntada que qué iba a ser de mayor, contetó sin titubeos "más grande".
Comentario:
Pilimindrina, depende de lo que entiendas por "una vida feliz".
Domaniom, no es que me imagine que algún día gane el Nobel, es que en mi mente ya he recogido el premio del rey de Suecia unas 50.000 veces. Tantos porcentajes no sé si van a ser posibles. Hagamos una cosa, yo te doy el porcentaje que del PIB destine España a la investigación científica el año del premio. Hala, ya te estás apuntando a manifestaciones si quieres pillar tajo.
Domaniom, no es que me imagine que algún día gane el Nobel, es que en mi mente ya he recogido el premio del rey de Suecia unas 50.000 veces. Tantos porcentajes no sé si van a ser posibles. Hagamos una cosa, yo te doy el porcentaje que del PIB destine España a la investigación científica el año del premio. Hala, ya te estás apuntando a manifestaciones si quieres pillar tajo.
Comentario:
Madre mía, te imaginas que algún día ganas el Nobel? Y tú que piensas ahora que lo de dar un porcentaje es una tontería... ¡Ya veremos si pensarás lo mismo si sucede!
Por cierto, yo tmb quiero un porcentaje. :D
Por cierto, yo tmb quiero un porcentaje. :D
Comentario:
Yo siempre quise ser científica y ahora, aunque sigo con mi vovación, me pregunto si la forma de tratar a la ciencia es compatible con una vida feliz...
Un abrazo de la asturianina, que sigue esperando el porcentaje de ese Nóbel ;P
Un abrazo de la asturianina, que sigue esperando el porcentaje de ese Nóbel ;P





