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Hitting the fan
Llenando la www con más basura todavía.
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When the shit hits the fan.
Sindicación
 
Días de fútbol
Es costumbre en nuestro departamento jugar un partido de fútbol los viernes a las 17:30 h. No sé dónde se pierden los orígenes de tan arraigada costumbre, pero yo llevo más de tres años aquí y no recuerdo un viernes en que no haya habido partidillo. A menudo se comenta en los pasillos del departamento que ganar o perder cada viernes es cuestión de vida o muerte. Ilusos. Es mucho más que eso.

Los partidos se juegan muy en serio. Se entra con hombría y sin retirar el pie. Las lesiones llueven viernes tras viernes y uno nunca sabe si el lunes va a poder ir al curro sin muletas. Entre las lesiones se recuerdan roturas de clavícula, menisco, tabiques nasales e incontables contusiones y magulladuras. Yo mismo olvidé en Diciembre quitarme las gafas para jugar y hoy día las llevo remendadas con la resina que uso en el laboratorio para sellar mis celdas experimentales. Sí, en estos partidos impera la ley de la selva pero, seamos francos, no estamos hablando de ajedrez aquí.

Un colectivo de rusos se encarga de mantener el listón de la hombría bien alto. Por un lado, está Rais. Una mole. Mil seiscientos kilos de humanidad corriendo la banda como una manada de rinocerontes en estampida. Sí, tiene menos técnica que Julio Salinas, pero la gente no suele ponérsele por delante. Todos queremos ir en el equipo de Rais. Nuestras probabilidades de supervivencia se ven incrementadas en ese caso en un 500%, punto arriba, punto abajo.

También está Igor, el Schevchenko del grupo. Igor es todo fibra y estoy seguro de que, con la velocidad a la que se mueve, en más de una ocasión ha experimentado efectos relativistas. Pero Igor tiene un problema: como los perros de Pavlov salivaban al oir las campanillas, Igor también tiene su reflejo particular. En cuanto ve un balón suelto, botando indeciso sin nadie en medio metro a la redonda, chuta. Aunque sea portero. ¡Y cómo chuta Igor!... Persona que alcanza con su disparo, familia que viste de luto. Suele mandar a la M25 una media de dos balones por partido. Eso sí, cuando el tiro va a puerta, nada que hacer, oye. Mete dentro defensa, portero y todo el equipo contrario que se le pusiera delante. Un fenómeno, este Igor. Criado en los rigores de la escasez de medios soviética, nada es lo suficientemente duro para él. Cuando me estaba preparando para correr el Maratón de Londres, hace un año, me dio un consejo que, si bien no me atreví a poner en práctica, era lo suficientemente loco como para planteárselo seriamente. Me dijo Igor: "Mira, Antonio, tú lo que tienes que hacer es lo siguiente. En cuanto den la salida, sales esprintando. Pon unos cuantos cientos de metros entre ti y los demás. Eso te ayudará de dos maneras: por un lado, correrás solo y no tendrás a gente molestándote por delante y por detrás. Por otra parte, estarás plantando la semilla del miedo en la moral de tus adversarios. Sin duda un tipo que sale tan fuerte ha de ser duro de batir. Lo único que tienes que hacer entonces es mantener la distancia durante unos 10 kilómetros. Entonces, cuando veas que los demás quieren apretar para cerrar el hueco, atacas de nuevo. Pon otros 2 ó 3 kilómetros entre tú y el grupo perseguidor. Que sepan quién es el que manda. Después ya es pan comido, lo único que tienes que hacer es correr los últimos 25 kilómetros esprintando al 100%. Victoria segura". No seguí el consejo por no abusar. Preferí la paz del anonimato.

El resto de rusos son machotes, pero quedan bastante lejos de Rais e Igor. Otro a destacar es Dennis, que ya ha aparecido alguna vez en estas páginas. No voy a decir nada de Dennis porque prometí una entrega de "Fauna de aquí" sobre él y aquí y ahora me comprometo a redactarla en un futuro próximo. Entonces analizaremos en profundidad a tan peculiar individuo.

Durante un tiempo se nos unió en los partidillos George, de Grecia. Fue un periodo breve, desde que terminó de escribir su tesis hasta que tuvo lugar la defensa y voló hacia pastos más verdes. El pobre diablo no sabía en qué demonios ocupar su tiempo y alguien debió decirle que los viernes la gente se juntaba para darle patadas a un balón. George no había jugado al fútbol en su puñetera vida pero era todo fe y ganas. Como no sabía qué hacer con la pelota en sus pies, en cuanto la veía cerca, le atizaba. Por pura cuestión de probabilidad acabó metiendo un par de goles memorables. Con esa suerte que se alía con los torpes, todos los rebotes le favorecían. Los más peloteros del grupo trataban (tratábamos) de divertirnos a costa suya, poniéndole la pelota a huevo para luego regatearlo vilmente. Pero nos solía salir el tiro por la culata, porque, ya he dicho, el chaval tenía la suerte de su parte. Se hizo célebre el grito de "Don't underestimate George!" en el campo de juego. Se le echa de menos a George. Para cuando se fue, todo el mundo le quería de defensa central en su equipo. Con Rais por la banda y George guardando el área, pocos balones se colaban dentro.

Sería injusto no comentar nada sobre mí mismo. Durante el primer año que jugué me gané el apodo de Maradona. Ya en España me lo habían llamado a menudo. Mi físico era casi clavado al del "Pelusa", soy bajito y entonces era bastante rechonchón. Qué cojones, era un gordo de tomo y lomo. Ochenta y tantos kilos en un metro sesenta y cinco, ya me diréis. Además, no había más que ver los pelos que llevaba. Igualito que el 10. Pero, por alguna razón, se me daba bien la pelota. Mi jugada preferida era intentar el "Gol del siglo", una y otra vez. Sí, yo era del tipo pelotero chupón. Si alguna vez conseguía burlar a todos los jugadores del equipo contrario y me plantaba delante del arco, me holgaba de volver sobre mis pasos, regateando a todo bicho viviente de nuevo mientras mis compañeros gritaban "Pass! Pass the fucking ball, you cunt!!!!", hasta llegar a mi área, momento en que le pasaba el balón a mi portero. Me divertía como el enano que soy.

Hoy día sólo peso unos 65 kilos y ya no me llaman Maradona. Simplemente, no pega. Me suelen llamar Raúl, lo que me hace maldita la gracia. Qué bajo he caído. Con la grasa de más perdí las ganas de gambetear. Ahora me gusta más hacer paredes con Igor. Por supuesto, sin pasarle balones cómodos, porque entonces, ya se sabe, el muchacho dispara.

Mi doctorado no hubiera sido lo mismo, ni mucho menos, sin estos viernes de patadas y gritos. El tiempo, que en Inglaterra nunca acompaña, no es excusa. Hemos jugado bajo la nieve, el granizo e incluso recuerdo a Igor jugando en calzones y camiseta de tirantes a dos grados sobre cero. Según él, comparado con Moscú, esto es Hawaii.

Muchachos, me quedan pocos viernes con vosotros. Bien sabe el cielo lo que os voy a echar de menos.
No