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Hitting the fan
Llenando la www con más basura todavía.
Acerca de
When the shit hits the fan.
Sindicación
 
Un día más. Un día menos.
El despertador suena a las 5:45 de la mañana. El berrido electrónico me arranca de un sueño intenso y con un aroma a realidad espeluznante. A los quince segundos ya no recuerdo qué estaba soñando.

Mientras me pongo los calcetines me doy cuenta de que salir a correr hoy no va a ser una buena idea. Ayer hice una sesión de sentadillas y hoy tengo la sensación de tener alambres de Indio en lugar de piernas. Decido suspender la sesión de entrenamiento aeróbico. Bajo a la cocina y mi pierna derecha falla en el penúltimo de los trece escalones. Me agarro como puedo a la barandilla, librándome de un feo accidente. Me siento un viejito. Sin embargo, sé por experiencia que el sábado que viene mis piernas estarán más fuertes y podré hacer una sentadilla más que ayer. Me obsesiona mejorar mi cuerpo. La gente me lo dice continuamente: estás obsesionado. Al principio me molestaba enormemente. Ahora me gusta. Lo considero un cumplido. Significa que estoy en el buen camino, que cada mañana venzo a la pereza para hacer crecer mi interior mientras los que me acusan de obsesivo disfrutan un par de horas más de ese tiempo que tomamos prestado a la muerte y que llamamos sueño. Normalmente, cada mañana a las 7 yo ya he hecho más ejercicio que el que la mayoría de la gente hace durante un mes. Adoro el gusto metálico, a sangre, de la disciplina.

"Obsesión" es una palabra que la gente vaga utiliza cuando quiere decir "Dedicación".

Entro en la cocina y pongo un cazo y una sartén al fuego. Mientras preparo el desayuno, escucho "Don Giovanni" con auriculares. ¿Cuántas veces he escuchado esta ópera? ¿Cien? ¿Mil? Sin duda, está más cerca de mil que de cien. No me canso. No me podría cansar nunca de esta maravilla. Mozart fue un regalo que el cielo le hizo a la humanidad.

Canto. Me olvido brevemente del mundo. A los pocos segundos, callo: Carlsten, mi compañero de piso, tiene su cuarto junto a la cocina. No quisiera despertarlo. Me limito a mover los labios mientras preparo el desayuno. Me sé el texto de memoria, recitativos incluidos. Casco cinco huevos en un bol y separo las claras de las yemas mientras se cuece la avena. Cuando termino de separarlas, tiro las yemas, vierto las claras en la sartén y pelo un pomelo, la mitad del cual añado a la avena. Guardo en el frigorífico la otra mitad. He desayunado esto casi cada día durante los últimos dos años. Al igual que Don Giovanni, no me cansa. Completo el desayuno con una buena taza de té verde (sin azúcar, el azúcar es para los críos) y, haciendo gala de la técnica adquirida en mi etapa de camarero en Escocia, subo las escaleras con dos platos en una mano y una taza de té hirviendo más una botella de dos litros de agua en la otra. Afortunadamente, esta vez no me fallan las piernas y consigo llegar a mi cuarto sin dejar las escaleras como un cuadro de Tápies.

Mientras desayuno veo la salida del Gran Premio de Malasia de Fórmula 1. Alonso sale séptimo y antes de la primera curva ya se ha puesto tercero. El zagal es antipático pero tiene talento. Me cae bien. Raikonnen, capaz de lo mejor y de lo peor, manda su coche a tomar por culo en la primera vuelta. También me cae bien el finlandés, al que la buena fortuna y el gafe se disputan semana tras semana. En cuanto se estabiliza la carrera, apago la tele. El resto me resulta aburrido, incluso saber quién gana. Sólo me interesan las salidas.

Conforme avanza el día me empieza a inundar la familiar sensación depresiva que me viene acompañando desde que terminé de escribir la tesis. Tengo cuatro borradores de correos electrónicos que he de mandar a distintos laboratorios (Cambridge por duplicado, Manchester y Göteborg) y llevo tres días procastinando y sin editarlos. Me digo que de hoy no pasa, pero estoy seguro de que acabaré incumpliendo mi promesa. Hay cosas en las que soy el más estricto de los seres humanos y cosas en las que, simplemente, me pierdo. Tal vez por eso mi vida sea el desastre que es.

Mi cuenta de correo de la Universidad ha muerto por segunda vez en los últimos seis días. Algún espabilado supuso que yo ya no estaba vinculado al departamento y la suspendió. Me quejé y me la reabrieron. Hoy vuelve a estar caída. Me la pela. Hace tiempo que sólo uso esa cuenta para comunicarme con mi jefe. Y si éste quiere decirme algo puede esperar a mañana y decírmelo en persona en el laboratorio.

He empezado la novela que mencioné el otro día. He escrito la primera frase. Me ha parecido tan mala que he cerrado el WinEdt de inmediato. No puedo escribir esa novela. No aún. La idea es demasiado buena para desperdiciarla en un escritor mediocre como yo. He de escribir primero un millar de volúmenes deleznables antes siquiera de plantearme componer este coloso.

No tengo talento para la literatura. La vida me tortura con la idea de una novela. Una idea cojonuda. Y yo... no tengo talento para escribirla. Ni tiempo para pulir una técnica que camuflara esa falta de talento. Porque tendría que justificarme ante todo mi entorno. "He dejado la física y la búsqueda de empleo porque quiero escribir cien mil ensayos con los que obtener el estilo literario que me permita escribir la obra de mi vida". Pensarían que me estoy quedando con ellos.

Cae la tarde y, con ella, mi ánimo. No recuerdo cuándo fue la última vez que reí. No sé por qué me siento mal. Mi búsqueda no tiene sentido. Me siento un viejo, esta vez espiritualmente. No me gusta este pueblo, no me gustan sus calles, sus gentes. No me gusta mi cuarto, en el que paso la mayor parte de mi tiempo.

Soy un ser asocial. Hay gente que me quiere, que me lo dice cada día, pero no son más que una voz metálica al otro lado del teléfono.

Vivo en un mundo irreal. Miento. No vivo. Existo, respiro, camino por el tiempo... Dentro de mil años, nada de esto tendrá importancia. Y tampoco la tiene en estos momentos. Hoy soy más solipsista que nunca.

Me tiendo en mi cama. Cierro los ojos y, por alguna razón, pienso en Orlando Gibbons. Pronto mi mente deriva hacia la mecánica estadística. Recuerdo que Boltzmann desarrolló la mecánica estadística y murió por su propia mano. Poco después, Ehrenfest retomó su trabajo y tuvo un final parecido. Ahora es mi turno de abordar la mecánica estadística para poner a punto la defensa de mi tesis. Tal vez debería hacerlo con cautela...
No