El guardián de los libros
Hoy se podía haber cumplido una de las ilusiones de mi niñez. La cosa fue como sigue. Esta semana ha terminado el segundo trimestre en la universidad y los estudiantes se han desvanecido como por encanto. Yo solía recibir estas fechas con grandes alegrías, pues el departamento se quedaba vacío de veinteañeros abriendo y cerrando puertas y yo podía tomar mis datos en paz. Ahora piso poco el laboratorio y ya no me afecta tanto que hayan acabado las clases... hasta hoy.
A eso de las cuatro de la tarde decido acercarme a la biblioteca en plan puramente recreacional. No hay lugar en el mundo donde me sienta más vivo que en una biblioteca. El silencio, el olor a páginas viejas y nuevas, las vidas y dolores atrapados entre los lomos de los volúmenes me suelen hacer sentir por unos momentos que este condenado mundo merece la pena. La biblioteca, por supuesto, está prácticamente vacía. Un estudiante de color (negro) y una mozalbeta de color blanco-rosa inglés y con un busto generoso por lo prominente repasan sus apuntes tras el mostrador de préstamo mientras se sacan un dinerillo con el que hacer frente al alto coste de la vida en el campus. Paso junto a ellos. El estudiante me mira. Le sonrío. Me sonríe. Subo por las escaleras a la primera planta, que da acceso a la sección de libros sobre estudios hispánicos.
Si no fuera por los fluorescentes que me observan a unos cuatro metros de distancia sobre mi cabeza, podría asegurar que estoy en pleno siglo XIX. Las interminables hileras de muebles repletos de estanterías me observan silenciosas, invitadoras. Respiro hondo. Dios, éste es el mejor aroma del mundo. Salvo el del cabello de mi novia, quizás. Los muebles son de 1886, año en que se fundó este campus y murió Franz Liszt, entre otros. La madera, deteriorada pero aún robusta, me anticipa el placer que hallaré en los ejemplares que soporta. Bajo unas escaleras. Vuelvo a estar en la planta baja, pero esta vez en el ala este. Desde aquí no hay comunicación con el exterior salvo desandando lo andado. Los ventanales son enormes, una sinfonía de arabescos que proporciona una luz más que generosa a primeras horas de la tarde. Sentada al fondo de la estancia se halla una estudiante bajita y con cierto aire a lo Jodie Foster. Tiene una cara de mala leche que desentona profundamente con la atmósfera solemne, casi religiosa, de la estancia. Me meto entre dos hileras de estanterías antes de llegar a su altura. Entre estas dos hileras se encuentran todos los libros en español de que dispone la biblioteca. Unos ciento y pico volúmenes que abarcan lo más granado de las letras castellanas desde "El Mío Cid" hasta Juan Marsé. Se echan en falta, por supuesto, numerosos clásicos. No se puede encontrar nada, por ejemplo, de Buero Vallejo, aunque, por algún motivo, aparece en el catálogo. Tampoco hallé nunca aquí obra alguna de Muñoz Seca. Tras un rato jugueteando con los ejemplares, me decanto por "Los sueños", de Quevedo. Me siento en el suelo, allí, entre las dos hileras de estanterías que me obligan a mantener las piernas dobladas y me sumergo en las sátiras quevedescas.
Cuando vuelvo al mundo real son las siete y cuarto. He pasado dos de las mejores horas de mi vida, pero a las siete y media hay partido de fútbol programado y yo les había prometido a los muchachos que acudiría, con lo que los equipos ya deben de estar hechos. No estaría bien faltar... Con infinita tristeza vuelvo el Quevedo a su lugar, de donde seguramente nadie lo apartará en los próximos dos o tres años.
Salgo a la sala. No hay rastro de Jodie Foster. Los fluorescentes están apagados. Qué raro, me digo. La biblioteca cierra a las nueve los viernes. Subo las escalerillas hasta la primera planta. Ni un alma. Bajo por el ala oeste hasta el vestíbulo.
Nadie.
Nadie tras el mostrador. Ni el negro ni la mujer a unas tetas pegada. Nada. Temiéndome lo peor corro hacia la puerta de salida. Empujo. Tiro. No hay manera. Está cerrada.
Siempre coqueteé con la idea de quedarme encerrado en una biblioteca durante una noche. Parece que, involuntariamente, lo he conseguido. Sin duda, el encargado de apagar las luces y comprobar que todo estaba en orden antes del cierre no me advirtió tal como estaba yo, escondido en un pasillo de libros y a mil millones de kilómetros del mundo.
¿Por qué se habrá ido todo el mundo tan pronto? Entonces recuerdo que no estamos ya en periodo docente y la biblioteca ha adelantado su hora de cierre a las siete de la tarde. Me pongo a pensar en lo que debería hacer. Volver al Quevedo, terminármelo, y empezar con Lope se me antoja más que apetecible. Luego tal vez podría echar un vistazo a los ordenadores de la biblioteca y cotillear un rato. E incluso podría manosear libremente un puñado de incunables de acceso restringido pero sin ninguna protección en ausencia de personal de la biblioteca.
Y, de repente, pienso que no es una buena idea. No sé por qué, no debería quedarme aquí. Nadie se enteraría, por supuesto, pero la noche es muy larga. Mañana será sábado y abrirán tarde. Eso significa unas 15 horas como poco aquí. No es que me importe dormir en el suelo en caso de entrarme sueño, pero me siento un profanador de templos.
Todo, a mi alrededor, es demasiado precioso para corromperlo con mi presencia. Los libros, por las noches, han de estar solos. Con un nudo en el estómago cojo el teléfono junto al sitio que no ha ni una hora ocupaba el exuberante trasero de la bibliotecaria inglesa y llamo a seguridad. En dos frases les expongo mi situación. Me dicen que no me mueva (¿?) y que estarán aquí en cinco minutos.
Tres minutos más tarde me abre un tipo con un manojo de llaves más grande que mi cabeza. Me sonríe y me hace comentarios jocosos sobre lo ocurrido. Qué lejos está de imaginar lo que me he arrepentido durante esos tres minutos de haber hecho esa llamada. Él debe de pensar que acaba de sacar a alguien que estaba a punto de sufrir un ataque de claustrofobia. Seguro que esta noche se lo cuenta a su mujer y ésta le obsequia con una ración extra de puré de patatas.
Mientras me dirijo al campo de fútbol me maldigo una y mil veces. Si sigo desaprovechando así las oportunidades que me da la vida voy a terminar vendiendo coches usados, con gafas de culo de vaso, una corbata con estampados de la cara de Chiquito y engañado por los clientes.
A unos cien metros del edificio, me vuelvo. Todo indicio de complicidad entre la biblioteca y yo se ha desvanecido. Durante unos minutos fue mía, como la mujer bella que cae en nuestros brazos, no por nuestros encantos, sino porque al destino a veces le gusta jugar a juegos crueles, y durante una noche nos pertenece en cuerpo y alma para al día siguiente despreciarnos como hombres que somos. Indignos siquiera de su mirada. La biblioteca me mira con desprecio. Fuimos un solo ser durante un breve lapso de tiempo y luego me escupió de vuelta al mundo, dándome a entender que no soy más que un hombre entre tantos.
Me alejo con pasos lentos y silenciosos con la incómoda sensación de que el edificio no admite mediocres en sus entrañas, de que la decisión de coger el teléfono no fue mía.
No fue mía en absoluto.
A eso de las cuatro de la tarde decido acercarme a la biblioteca en plan puramente recreacional. No hay lugar en el mundo donde me sienta más vivo que en una biblioteca. El silencio, el olor a páginas viejas y nuevas, las vidas y dolores atrapados entre los lomos de los volúmenes me suelen hacer sentir por unos momentos que este condenado mundo merece la pena. La biblioteca, por supuesto, está prácticamente vacía. Un estudiante de color (negro) y una mozalbeta de color blanco-rosa inglés y con un busto generoso por lo prominente repasan sus apuntes tras el mostrador de préstamo mientras se sacan un dinerillo con el que hacer frente al alto coste de la vida en el campus. Paso junto a ellos. El estudiante me mira. Le sonrío. Me sonríe. Subo por las escaleras a la primera planta, que da acceso a la sección de libros sobre estudios hispánicos.
Si no fuera por los fluorescentes que me observan a unos cuatro metros de distancia sobre mi cabeza, podría asegurar que estoy en pleno siglo XIX. Las interminables hileras de muebles repletos de estanterías me observan silenciosas, invitadoras. Respiro hondo. Dios, éste es el mejor aroma del mundo. Salvo el del cabello de mi novia, quizás. Los muebles son de 1886, año en que se fundó este campus y murió Franz Liszt, entre otros. La madera, deteriorada pero aún robusta, me anticipa el placer que hallaré en los ejemplares que soporta. Bajo unas escaleras. Vuelvo a estar en la planta baja, pero esta vez en el ala este. Desde aquí no hay comunicación con el exterior salvo desandando lo andado. Los ventanales son enormes, una sinfonía de arabescos que proporciona una luz más que generosa a primeras horas de la tarde. Sentada al fondo de la estancia se halla una estudiante bajita y con cierto aire a lo Jodie Foster. Tiene una cara de mala leche que desentona profundamente con la atmósfera solemne, casi religiosa, de la estancia. Me meto entre dos hileras de estanterías antes de llegar a su altura. Entre estas dos hileras se encuentran todos los libros en español de que dispone la biblioteca. Unos ciento y pico volúmenes que abarcan lo más granado de las letras castellanas desde "El Mío Cid" hasta Juan Marsé. Se echan en falta, por supuesto, numerosos clásicos. No se puede encontrar nada, por ejemplo, de Buero Vallejo, aunque, por algún motivo, aparece en el catálogo. Tampoco hallé nunca aquí obra alguna de Muñoz Seca. Tras un rato jugueteando con los ejemplares, me decanto por "Los sueños", de Quevedo. Me siento en el suelo, allí, entre las dos hileras de estanterías que me obligan a mantener las piernas dobladas y me sumergo en las sátiras quevedescas.
Cuando vuelvo al mundo real son las siete y cuarto. He pasado dos de las mejores horas de mi vida, pero a las siete y media hay partido de fútbol programado y yo les había prometido a los muchachos que acudiría, con lo que los equipos ya deben de estar hechos. No estaría bien faltar... Con infinita tristeza vuelvo el Quevedo a su lugar, de donde seguramente nadie lo apartará en los próximos dos o tres años.
Salgo a la sala. No hay rastro de Jodie Foster. Los fluorescentes están apagados. Qué raro, me digo. La biblioteca cierra a las nueve los viernes. Subo las escalerillas hasta la primera planta. Ni un alma. Bajo por el ala oeste hasta el vestíbulo.
Nadie.
Nadie tras el mostrador. Ni el negro ni la mujer a unas tetas pegada. Nada. Temiéndome lo peor corro hacia la puerta de salida. Empujo. Tiro. No hay manera. Está cerrada.
Siempre coqueteé con la idea de quedarme encerrado en una biblioteca durante una noche. Parece que, involuntariamente, lo he conseguido. Sin duda, el encargado de apagar las luces y comprobar que todo estaba en orden antes del cierre no me advirtió tal como estaba yo, escondido en un pasillo de libros y a mil millones de kilómetros del mundo.
¿Por qué se habrá ido todo el mundo tan pronto? Entonces recuerdo que no estamos ya en periodo docente y la biblioteca ha adelantado su hora de cierre a las siete de la tarde. Me pongo a pensar en lo que debería hacer. Volver al Quevedo, terminármelo, y empezar con Lope se me antoja más que apetecible. Luego tal vez podría echar un vistazo a los ordenadores de la biblioteca y cotillear un rato. E incluso podría manosear libremente un puñado de incunables de acceso restringido pero sin ninguna protección en ausencia de personal de la biblioteca.
Y, de repente, pienso que no es una buena idea. No sé por qué, no debería quedarme aquí. Nadie se enteraría, por supuesto, pero la noche es muy larga. Mañana será sábado y abrirán tarde. Eso significa unas 15 horas como poco aquí. No es que me importe dormir en el suelo en caso de entrarme sueño, pero me siento un profanador de templos.
Todo, a mi alrededor, es demasiado precioso para corromperlo con mi presencia. Los libros, por las noches, han de estar solos. Con un nudo en el estómago cojo el teléfono junto al sitio que no ha ni una hora ocupaba el exuberante trasero de la bibliotecaria inglesa y llamo a seguridad. En dos frases les expongo mi situación. Me dicen que no me mueva (¿?) y que estarán aquí en cinco minutos.
Tres minutos más tarde me abre un tipo con un manojo de llaves más grande que mi cabeza. Me sonríe y me hace comentarios jocosos sobre lo ocurrido. Qué lejos está de imaginar lo que me he arrepentido durante esos tres minutos de haber hecho esa llamada. Él debe de pensar que acaba de sacar a alguien que estaba a punto de sufrir un ataque de claustrofobia. Seguro que esta noche se lo cuenta a su mujer y ésta le obsequia con una ración extra de puré de patatas.
Mientras me dirijo al campo de fútbol me maldigo una y mil veces. Si sigo desaprovechando así las oportunidades que me da la vida voy a terminar vendiendo coches usados, con gafas de culo de vaso, una corbata con estampados de la cara de Chiquito y engañado por los clientes.
A unos cien metros del edificio, me vuelvo. Todo indicio de complicidad entre la biblioteca y yo se ha desvanecido. Durante unos minutos fue mía, como la mujer bella que cae en nuestros brazos, no por nuestros encantos, sino porque al destino a veces le gusta jugar a juegos crueles, y durante una noche nos pertenece en cuerpo y alma para al día siguiente despreciarnos como hombres que somos. Indignos siquiera de su mirada. La biblioteca me mira con desprecio. Fuimos un solo ser durante un breve lapso de tiempo y luego me escupió de vuelta al mundo, dándome a entender que no soy más que un hombre entre tantos.
Me alejo con pasos lentos y silenciosos con la incómoda sensación de que el edificio no admite mediocres en sus entrañas, de que la decisión de coger el teléfono no fue mía.
No fue mía en absoluto.
Comentario:
Muy buenas descripciones, realmente tienes cualidades literarias interesantes :) sabes transmitir lo que sentías, y eso es lo más difícil e importante.
Un saludo campeón!
Comentario:
Marcos,
normalmente sólo escribo como vía de escape a mis conflictos interiores. Sin embargo, saber que lo que he escrito le ha hecho a alguien pasar unos minutos agradables me resulta impagable.
Gracias por dejarte caer por aquí. Por cierto, aunque ya no sigas una vida de estudiante puedes seguir estudiando y disfrutando del enriquecedor silencio de las bibliotecas.
Suerte en todo.
normalmente sólo escribo como vía de escape a mis conflictos interiores. Sin embargo, saber que lo que he escrito le ha hecho a alguien pasar unos minutos agradables me resulta impagable.
Gracias por dejarte caer por aquí. Por cierto, aunque ya no sigas una vida de estudiante puedes seguir estudiando y disfrutando del enriquecedor silencio de las bibliotecas.
Suerte en todo.
Comentario:
No tienes idèa de el rato tan agradabel que me gaces pasar con leer tu post,pues esas filas de mezas,ese olor,esas luces blancas solo me transportaro a mi vida de estudiante universitario,es memoria agradable.
Garcias por el rato,sabes las bibliotecas de mi amada UNIVERSIDAD DEL ZULIA fueron en su tiempo mi segunda residencia estudiantil.
No sabia por cual de losdos comentarios decidirme,pues te envio los dos juntos
Que rato ytan agradable me brinda con tu post,esa descripcion que haces de la que en su tiempo fue mi segunda residencia estudiantil,La biblioteca de la Universidad del Zulia,ese olor esas filas,ese silencio profundo es memoria agradable,añoro regresar a mi vida de estudiante,lagrimas brotaron de mis ojos al leerte,pero lagrimas de una melancolia por algo divino que no regresarà.
Un abrazo enorme para ti.
Marcos
Garcias por el rato,sabes las bibliotecas de mi amada UNIVERSIDAD DEL ZULIA fueron en su tiempo mi segunda residencia estudiantil.
No sabia por cual de losdos comentarios decidirme,pues te envio los dos juntos
Que rato ytan agradable me brinda con tu post,esa descripcion que haces de la que en su tiempo fue mi segunda residencia estudiantil,La biblioteca de la Universidad del Zulia,ese olor esas filas,ese silencio profundo es memoria agradable,añoro regresar a mi vida de estudiante,lagrimas brotaron de mis ojos al leerte,pero lagrimas de una melancolia por algo divino que no regresarà.
Un abrazo enorme para ti.
Marcos




