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Hitting the fan
Llenando la www con más basura todavía.
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When the shit hits the fan.
Sindicación
 
La mugre del alma
16 de abril. Domingo, con dos cojones. Me despierto tarde, como a las 10. Mientras ruedo del lecho y estiro las piernas para levantarme, me pregunto para qué. Qué es lo que voy a hacer con este día. Nada. Lo mismo que he hecho con los cinco o seis días anteriores. Pasarme las horas en mi mazmorra, mirando el techo, sin ser capaz de imaginarme un futuro, no ya medianamente apacible, sino digno de ser vivido. Tumbado en la cama fijo los ojos en algún punto sobre mi cabeza. Tengo la absurda sensación de que esto ha sido mi vida, lo que queda no es sino un epílogo extenso y aburrido.

Afuera, en el jardín, cantan los pájaros que es un primor. Y qué jarana se tienen montada, los muy hijos de puta. Si tuviera una piedra me cargaba a uno y lo asaba. Me planteo la posibilidad de emplear el móvil, que hace ya tiempo sólo uso como despertador, para tan relajante propósito. Por pura vagancia, permanezco en la cama. No me reconozco. Yo era no hace mucho la antítesis del vago. Ahora, quizás como castigo a mi afán de perfeccionismo, me he convertido en lo que más odiaba. Consecuencia: me odio. Cada segundo de mis días. Me odio mucho y lentamente. Y cuanto más daño me hago, más novelesca va quedando esta historia.

En fin, que al final me levanto porque el colchón ya me está comenzando a producir picores. Enciendo el ordenador. Leo cosas en internet. Lo apago. Y ahora, ¿qué? Ni idea. El tiempo tiene la condenada manía de transcurrir a 60 minutos por hora, ni más ni menos. Y aquí estoy yo, sufriendo las consecuencias. No es que me aburra, es que hasta el aire que respiro me produce vómitos. ¿Han leído ustedes "La naúsea", de Jean Paul Sartre? Pues lo mismito. ¿Qué no la han leído? Vergüenza debería de darles. El día se me antoja infinito. Y eso que no me he puesto a pensar en mañana. Y sí, tengo cosas que hacer, pero me niego a hacerlas. Simplemente por curiosidad, por ver cuáles serán las consecuencias de faltar a mis deberes.

Por fin me doy al recurso del gilipollas: enciendo la tele. La tele en Inglaterra es como en España. Un insulto a la inteligencia de lo que se entiende por un ser humano, pero muy adecuada a la inmensa mayoría de la población. Todos los canales ponen películas. No sé cómo calificarlas, porque el diccionario se me queda corto. Cinco minutos zapeando bastan para que me cague en la madre de los hermanos Lumière.

No se callan esos pájaros de Satanás. Y aún le quedan casi 12 horas al día. Apago la tele y tiro el mando al otro extremo del cuarto antes de que se me ocurra tirarme yo por la ventana. Decido probar a ver cuánto tiempo seguido puedo pasar durmiendo, pero no hay manera de coger el sueño. Ni siquiera me apetece leer. Por primera vez en mi vida tengo la sensación de que perder el tiempo es lo único que tiene sentido. De alguna manera consigo que sean las nueve de la noche. Hala, un día menos para que me saboreen los gusanos: algo bueno tenía que tener el domingo de Pascua.

Hay unas cuantas cosas más que podría escribir sobre hoy, pero son tan desagradables (sí, aún más) que mejor no menearlo.

Venga, que mañana es lunes. Y a lo mejor dedico el día a cocinar pajaritos fritos, previamente macerados en lejía, a rellenarlos con Nurofren y a dárselos de comer a los lindos mininos que se me cagan en el jardín.

Joder.
 
Comentario:
Tao Sen, a mí me es imposible regocijarme en la inactividad. Ojalá pudiera. El tiempo pasa por mí a golpe de cincel, tallando penas en mis cansadas carnes.

Rezznar, te regalaría todo mi tiempo. Todo el que me queda en este mundo. Aún no sé cómo hacerlo, pero estoy en ello.
 
Comentario:


Y a veces, cuánto se desea tener algo de tiempo para disfrutar de esos ratos vacíos....
 
Comentario:
A mí me pasa exactamente igual cada vez que vengo a casa en vacaciones o de fin de semana: soy incapaz de hacer nada. Una y otra vez intento ponerme a estudiar, a hacer prácticas,etc. pero no hay manera.

Así que, si no puedo con el enemigo me uno a él. Me regocijo en la inactividad, me convierto en el ser pasivo por excelencia. Sólo me consuela pensar que, de alguna manera, estoy recargando las pilas.
No