Miedo
Hoy, durante un brevísimo espacio de tiempo, me ha sido concedido el infrecuente privilegio de verme tal y como soy, sin máscaras ni disfrazes, la cruda realidad que represento. Ignoro el mecanismo por el que la vida me ha mostrado lo que me ha mostrado sin atenerse a un suceso concreto. Estaba yo en mitad del bosque, en el campus, pensando qué hacer con mi vida. Y entonces me he visto.
Y he sentido miedo.
He visto a mi peor enemigo, doblemente peligroso, cuanto que no puedo despegarme de él ni un solo minuto. Está siempre ahí, acechando. Y ataca cuando bajo la guardia. Me he visto y soy repugnante, pero eso es lo que hay. Y la única solución es aprender a amar lo poco bueno que pueda rescatar de mi alma.
A media tarde se me ha acercado Andrew y me ha comentado que necesitan que haga urgentemente unos análisis en unos datos de hace un año. No le he dicho ni que sí ni que no. Simplemente, cuando se ha marchado, he recogido mis cosas y me he venido a casa. Una vez solo, he dedicado un cuarto de hora a llorar. Cruda y amargamente. No me ha hecho sentirme mejor, pero me ha dado algo de calma.
Nadie debería tomarse en serio lo que escribo aquí. Escribo sin trabas y no me permito censura alguna. Mirad los archivos. Hay días en que me parece que voy a alcanzar la luna con simplemente extender la mano y otros días ando buscando la manera menos dolorosa de morir. Llamadme enfermo, sí... Qué importa.
Hace media hora he recibido el siguiente correo electrónico:
NOTA: Tras meditarlo, he decidido quitar el texto del correo, que reproduje íntegro, por no considerar que la publicación de un mensaje privado fuera algo éticamente correcto.
Es decir, el jueves de la semana que viene tengo una entrevista en el laboratorio Cavendish para lo que podría ser el trabajo de mi vida. A pesar del pesimismo que hoy me inunda estoy seguro de conseguir el puesto.
Sin embargo, hace mucho, mucho, que ya no puedo tallar una sonrisa en la línea de mis labios. Se me ha roto la máquina de reir.
Sigo teniéndome miedo.
Y he sentido miedo.
He visto a mi peor enemigo, doblemente peligroso, cuanto que no puedo despegarme de él ni un solo minuto. Está siempre ahí, acechando. Y ataca cuando bajo la guardia. Me he visto y soy repugnante, pero eso es lo que hay. Y la única solución es aprender a amar lo poco bueno que pueda rescatar de mi alma.
A media tarde se me ha acercado Andrew y me ha comentado que necesitan que haga urgentemente unos análisis en unos datos de hace un año. No le he dicho ni que sí ni que no. Simplemente, cuando se ha marchado, he recogido mis cosas y me he venido a casa. Una vez solo, he dedicado un cuarto de hora a llorar. Cruda y amargamente. No me ha hecho sentirme mejor, pero me ha dado algo de calma.
Nadie debería tomarse en serio lo que escribo aquí. Escribo sin trabas y no me permito censura alguna. Mirad los archivos. Hay días en que me parece que voy a alcanzar la luna con simplemente extender la mano y otros días ando buscando la manera menos dolorosa de morir. Llamadme enfermo, sí... Qué importa.
Hace media hora he recibido el siguiente correo electrónico:
NOTA: Tras meditarlo, he decidido quitar el texto del correo, que reproduje íntegro, por no considerar que la publicación de un mensaje privado fuera algo éticamente correcto.
Es decir, el jueves de la semana que viene tengo una entrevista en el laboratorio Cavendish para lo que podría ser el trabajo de mi vida. A pesar del pesimismo que hoy me inunda estoy seguro de conseguir el puesto.
Sin embargo, hace mucho, mucho, que ya no puedo tallar una sonrisa en la línea de mis labios. Se me ha roto la máquina de reir.
Sigo teniéndome miedo.





