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Hitting the fan
Llenando la www con más basura todavía.
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When the shit hits the fan.
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Momento Eureka
Llevo un par de días frotándome los ojos, incrédulo, ante la forma que de repente han tomado los datos de mi experimento. Esos datos los tomé hace algo más de un mes y no había manera de reconciliarlos con la teoría. Y como la discrepancia era de varios órdenes de magnitud, pues se antojaba improbable que mi experimento fuera a romper moldes y a cambiar la física tal y como la conocemos hoy en día. Es decir, sabemos que la teoría de Ginzburg-Landau es limitada, pero tanto, tanto...

Así que debía de haber algo mal en mi análisis. Y vualá, que un día después de mi cumpleaños, allá por el jueves pasado, se me ocurre aplicar mi vieja táctica de "olvida todo lo que sabes y empieza de cero" que uso cuando me atasco con algo, es decir, siete de cada cinco veces.

La historia es como sigue. Mi muestra es una película de helio tres de unos 130 nanómetros de espesor distribuida a lo largo de un centímetro cuadrado, más o menos. Esa película se forma en la base (y en parte también en el techo) de una celda de unas 100 micras de altura (algo más que el grosor de un cabello humano; un cabello de la cabeza, entiéndase, no un pelo cojonera, que esos son algo más gruesos). Y, claro, la celda es circular y tiene paredes. Tú ponle una pared a un líquido y observa lo que pasa. No, no es magia. Se llama "capilaridad". En efecto, el líquido "se sube por las paredes". Y sube, exactamente, hasta que la fuerza de Van der Waals, la gravedad y la tensión superficial se compensan. De modo que, para tener mi película de 130 nanómetros tengo que poner "un poquito más de líquido" que llene las paredes formando un anillo en los bordes de la celda.

El objetivo del experimento es medir la dependencia de la superfluidez del helio tres con el grosor de la lámina. Para eso uso un oscilador torsional, es decir, una especie de "péndulo" de periodo conocido (no como algunas, ejem) del que la celda forma parte. Una vez el helio tres sufre la transición de fase, el superfluido se "desacopla" y eso repercute en el periodo del oscilador. Hasta aquí todo sencillo. Pero ahora se empiezan a complicar las cosas. Porque el helio en las paredes se comporta como el helio ordinario en tres dimensiones, cuya temperatura de transición está bien determinada, mientras que la lámina, objeto de mis pesquisas, tiene un comportamiento más exótico que es, precisamente, el tema de mi tesis. Yo mido, pues, el cambio en el periodo, y he de extraer el comportamiento de la lámina. El problema, como ya habrá vislumbrado el avieso lector, es que ese cambio en el periodo contiene información tanto de las paredes como de la lámina. ¿Cómo separar, pues, el trigo de la paja para medir lo que realmente quiero medir? ¿Habrá manera alguna? ¿Sí? ¿No? ¿Será una rosa? ¿Será un clavel?

Esas eran las preguntas que me quitaban el sueño (nota mental: dedicar un post a mi insomnio un día de estos) durante las últimas semanas. Pero hete aquí, o no te heas, que he hallado la solución. No voy a entrar en tecnicismos acerca de todas las guarrerías que les hago a los datos antes de ponerlos de manera presentable, con la cara lavada y recién "peinaos". Baste saber que lo que hice fue tratar el anillo y la lámina como si fueran (que lo son) dos sistemas diferentes. Ese es el primer punto crítico. El segundo es darse cuenta de que hay que trabajar con el periodo, no con la frecuencia, ya que cuando uno tiene dos sistemas el periodo total es la suma de los periodos (por ser estos proporcionales al momento de inercia), pero la suma de las frecuencias no es la frecuencia total. Una vez hecho esto con los datos, los representé junto con un experimento hecho en los 80 en Cornell donde estudiaban el mismo sistema pero en tres dimensiones.

Oh...

¡Oh!...

Mis datos caían exactamente sobre la curva de Cornell hasta llegar a 0.72 mK, lugar en el que ambas curvas se separaban en lo que no había ninguna duda era la transición de la lámina. Toma ya. Los datos de la lámina, además, seguían el comportamiento de Ginzburg-Landau cerca de la temperatura de transición, como debe ser.

Hay momentos en la vida en los que algo hace click y uno sabe que está en lo cierto, que no hay vuelta de hoja, que la realidad es incontestable... Ese fue uno de esos momentos. La física me había hecho un precioso regalo de cumpleaños.

Armado con semejante conocimiento, sólo me queda demagnetizar dos muestras más (decirlo es más fácil que hacerlo) antes de coger el vuelo a Florida el 10 de agosto y dar por terminada la etapa experimental de mi tesis. A partir de septiembre todo será escribir. Si Murphy me es benévolo podré completar un bonito juego de datos y enseñaré orgulloso la tesis a mis nietos. Si no... Mi tesis tendrá probablemente quince páginas, ocho de las cuales serán los agradecimientos.

En otro orden de cosas hoy es sábado... Y, como todos los sábados, estoy acojonadísimo. Porque los sábados toca hacer sentadillas con 50 kg. a las espaldas. Y eso duele. Mucho. Mis compañeros de pisos ya no se asustan, pero al principio creo que llegaron a pensar que estaba filmando películas snuff en la privacidad de mi cuarto, tales eran los gritos y alaridos que salían de mi mazmorra. Tras la sesión suelo emplear unos veinte minutos en bajar a la cocina agarrado al pasamanos y con las piernas temblando como si me hubiera dado un tabardillo. Una hora más tarde, de nuevo en mi cuarto tras el delicioso batido de suero y dextrosa, me tumbo en el lecho y relajo las piernas. No hay sensación más dulce en este mundo. Raro es el día que no caigo frito.

Pero, como ya digo, pese al letargo posterior, la sesión acojona. El resto de sesiones semanales (brazos, espalda, abdominales...) simplemente duelen. Los sábados acojonan. Además, los domingos me paso el día andando como Chiquito de la Calzada sobre un colchón de fakir.

Supongo que la mayoría de la gente no entiende por qué hago esto. Yo mismo tengo mis dudas. Supongo que me gusta explorar los límites de mi cuerpo.

Pura curiosidad científica, como todo lo que hago.
No