Galería de "creaturas"
El laboratorio Cavendish y, más concretamente, el grupo de Semiconductores, del que formo parte, cuentan con una fauna... curiosa, por decirlo comedidamente, para lo que suele ser un centro de investigación.
Durante las dos semanas que llevo trabajando aquí no he podido, ni de lejos, conocerlos a todos. Pero lo que he visto hasta ahora me resulta chocante en extremo. No hay tiempo para aburrirse.
En primer lugar, quisiera desmontar un tópico. Ése que dice que en la física no hay mujeres bellas. Mi grupo cuenta con un especimen que le hace a uno replantearse el concepto de compañero de trabajo. La muchacha, no sólo está buena, sino que también es una de las que lleva más años en el grupo y, por lo tanto, una de las que corta el bacalao. Es culturista (aquí, un inciso: las mujeres que dedican tiempo a trabajar con pesas y a cuidar su nutrición no suelen parecer travestis en tanga a no ser que se metan testosterona directamente en vena. Simplemente, suelen tener un cuerpo más bonito que la mayoría de sus congéneres; un cuerpo tal y como lo diseñó la anciana y sabia madre Naturaleza. Lo digo por si hay alguna chica leyendo esto y alguna vez ha pensado que por levantar una mancuerna más pesada de la cuenta al día siguiente se iba a despertar con más músculos que Arnie). Y, al ser culturista, pues compartimos afición y la hora del almuerzo se centra en discutir porcentajes de macronutrientes, rutinas de ejercicio, HIIT, Tabata, EPHAs, y un montón de siglas más. Voy a tener que poner límite a eso porque se nos alargan los almuerzos una hora y yo estoy en Cambridge para lo que estoy: hacer mi nombre inmortal en la historia de la Ciencia. Estas charlas de sobremesa me son más gratas por el tema que por el interlocutor. Y la frase anterior no es gratuita: en cualquier hora elijo a mi novia antes que a cualquier otra mujer del mundo. Si no, no estaría con ella. La amo pero reconozco también un cuerpo bonito cuando lo veo. Me gusta la anatomía humana. Tanto la masculina como la femenina, siempre desde el punto de vista más puramente estético. Lo cortés no quita lo valiente.
El Cuerpo, que así la llamaré aquí, no tiene un rostro de esos que vienen dentro de los portafotos nuevos, pero tampoco desentona en demasía con el resto de su fisonomía. Las manos son feas, sí. Supongo que de no usar guantes en el gimnasio. No quiero pensar de qué otra forma le han podido salir todos esos callos. No. Mejor no imaginar nada.
Cuando hablé en este blog sobre mi entrevista, algo así como dos meses atrás, mencioné a unas cuantas personas con las que me encontré. Una de ellas fue Penderecki, el estudiante que se partió el pecho en mi cara por no acordarme de las particularidades del efecto Kondo. Penderecki ahora me sigue como un perrito allá donde voy. Ignoro por qué. Durante mi primera semana le eché una mano con unas medidas que tenía que tomar y le di unos cuantos consejos sobre cómo usar el criostato de manera más eficiente. Ahora viene a mí en cuanto le surge una duda. Me cae bien. Por cierto, sigo sin repasarme el efecto Kondo, tengo una agenda demasiado repleta estos días.
Y, lo que son las cosas, el otro muchacho flacucho que me cayó tan bien, Saggy, me habla como si yo estuviera en el escalón más bajo de la cadena alimenticia del Cavendish (lo cual, probablemente, sea cierto). Es un estudiante brillante, tal vez sea por eso. Pero yo también lo fui (sin falsa modestia, joder, ya somos todos mayorcitos) y nunca hice de menos a ningún postdoc. Y mira que los encontré torpes... Cualquier cosa que sugiero para preservar la vida de los frigoríficos hace que Saggy se ponga a la defensiva y me rebata. Nada de lo que propongo le parece bien. A los demás, sí. Incluyendo algún jefe. Como sólo llevo dos semanas he pensado que no es cuestión de presionar. Ya iré haciendo las cosas a mi manera poco a poco. Al fin y al cabo, los criostatos son responsabilidad mía y si yo digo que hay que cambiar algunas infraestructuras, lo lógico es que se cambien.
Y ya que he hablado de jefes, el único con el que hasta ahora he tenido algún contacto ha sido Tentetieso. Tentetieso hizo su tesis en el Cavendish cuando los refrigeradores de dilución aún funcionaban con manivelas. Ha ido ascendiendo en la escala jerárquica del grupo hasta estar a un pelito nada más de conseguir un Professorship. Todo se andará, digo yo. Tentetieso me pregunta constantemente cosas técnicas, cómo reduciríamos el ruido aquí, cómo mejoraríamos el contacto térmico allá... Igualito que si yo fuera un experto. Espera. Eso es lo que debe pensar él, al fin y al cabo es uno de los que propuso mi contratación y un experto era precisamente lo que ellos necesitaban. Así que, sí. La gente me tiene por un experto en criogenia. En buena me he metido.
Al canadiense que me acompañó a la salida el día de mi entrevista, Figo, ya lo he mencionado aquí. Ahora es mi compañero de oficina. Terminó la tesis más o menos al mismo tiempo que yo pero, no nos engañemos. Creo que lleva en el Cavendish desde que Watson y Crick discutían por estos pasillos sobre la estructura del ácido desoxirribonucleico (a ver si diciéndolo así me llegan visitas vía Google). Figo me ayuda mucho explicándome las leyes no escritas del grupo, que son muchas y aconsejándome sobre lo que hacer para lanzar mi carrera científica en los próximos tres años. Por otra parte, da la impresión de que Figo pisaría el cadáver caliente de su santa madre con tal de hacerse un nombre en la física de semiconductores. Extraña contradicción que espero resolver en no mucho tiempo. Y, a ser posible, antes de que sea demasiado tarde para mí. Ya me entendéis.
Otros personajes del grupo son Tarzán, Ringo I, Ringo II, Mesías y MA, por mencionar algunos. Pero de ellos ya hablaré próximamente. No quiero finalizar esta entrada, sin embargo, sin mencionar a Stoichkov. Stoichkov está en el grupo de microelectrónica aunque pertenecía a semiconductores hasta hace poco. Poseedor del Cuello más Largo del Mundo (TM), no consigue alcanzarse la cintura con la punta de los dedos aun estirando los brazos en toda su extensión. De ahí lo de Stoichkov. No sé si es que tiene el cuerpo muy corto o las piernas muy largas. Es tan bajito como yo, así que supongo que es lo primero. Ya se sabe, el vaso medio lleno o medio vacío. O, simplemente, el vaso es demasiado grande. Pero a lo que vamos. Stoichkov se quiere hacer al El Cuerpo. Se la quiere hacer cosa mala y a toda costa. Suele sentarse con nosotros a almorzar mientras nos cuenta cómo la mayoría de la gente que ostenta una posición permanente en semiconductores provienen del grupo de microelectrónica. "¿Tú eres el que se va a encargar de los criostatos?", me dice. "Buena suerte". Y yo pienso que con una décima parte de la suerte que necesitará él para llevarse al catre a El Cuerpo me doy por bien servido. Y no es que dude del mal gusto de El Cuerpo, que todo podría ser. Es que Stoichkov almuerza cosas como salchichas en salsa de queso con puré de patatas y pan de ajo seguido de pastel de manzana bañado en natillas que hacen que El Cuerpo mire su plato con cara de disgusto. Las culturistas no se llevan bien con los carbohidratos simples ni con las grasas saturadas. Y, mucho menos, con la gente que las traga. Hay cosas en esta vida que, sencillamente, no son compatibles.
No obstante, y tal vez debido a ese sentimiento de identificación que sentimos hacia los que emprenden misiones imposibles, le deseo a Stoichkov la mejor de las suertes en conseguir el polvo de su vida. Venga, chaval, que los brazos son cortos, pero con ese cuello llegas a donde jamás humano alguno osó poner sus miras. Campeón.
Durante las dos semanas que llevo trabajando aquí no he podido, ni de lejos, conocerlos a todos. Pero lo que he visto hasta ahora me resulta chocante en extremo. No hay tiempo para aburrirse.
En primer lugar, quisiera desmontar un tópico. Ése que dice que en la física no hay mujeres bellas. Mi grupo cuenta con un especimen que le hace a uno replantearse el concepto de compañero de trabajo. La muchacha, no sólo está buena, sino que también es una de las que lleva más años en el grupo y, por lo tanto, una de las que corta el bacalao. Es culturista (aquí, un inciso: las mujeres que dedican tiempo a trabajar con pesas y a cuidar su nutrición no suelen parecer travestis en tanga a no ser que se metan testosterona directamente en vena. Simplemente, suelen tener un cuerpo más bonito que la mayoría de sus congéneres; un cuerpo tal y como lo diseñó la anciana y sabia madre Naturaleza. Lo digo por si hay alguna chica leyendo esto y alguna vez ha pensado que por levantar una mancuerna más pesada de la cuenta al día siguiente se iba a despertar con más músculos que Arnie). Y, al ser culturista, pues compartimos afición y la hora del almuerzo se centra en discutir porcentajes de macronutrientes, rutinas de ejercicio, HIIT, Tabata, EPHAs, y un montón de siglas más. Voy a tener que poner límite a eso porque se nos alargan los almuerzos una hora y yo estoy en Cambridge para lo que estoy: hacer mi nombre inmortal en la historia de la Ciencia. Estas charlas de sobremesa me son más gratas por el tema que por el interlocutor. Y la frase anterior no es gratuita: en cualquier hora elijo a mi novia antes que a cualquier otra mujer del mundo. Si no, no estaría con ella. La amo pero reconozco también un cuerpo bonito cuando lo veo. Me gusta la anatomía humana. Tanto la masculina como la femenina, siempre desde el punto de vista más puramente estético. Lo cortés no quita lo valiente.
El Cuerpo, que así la llamaré aquí, no tiene un rostro de esos que vienen dentro de los portafotos nuevos, pero tampoco desentona en demasía con el resto de su fisonomía. Las manos son feas, sí. Supongo que de no usar guantes en el gimnasio. No quiero pensar de qué otra forma le han podido salir todos esos callos. No. Mejor no imaginar nada.
Cuando hablé en este blog sobre mi entrevista, algo así como dos meses atrás, mencioné a unas cuantas personas con las que me encontré. Una de ellas fue Penderecki, el estudiante que se partió el pecho en mi cara por no acordarme de las particularidades del efecto Kondo. Penderecki ahora me sigue como un perrito allá donde voy. Ignoro por qué. Durante mi primera semana le eché una mano con unas medidas que tenía que tomar y le di unos cuantos consejos sobre cómo usar el criostato de manera más eficiente. Ahora viene a mí en cuanto le surge una duda. Me cae bien. Por cierto, sigo sin repasarme el efecto Kondo, tengo una agenda demasiado repleta estos días.
Y, lo que son las cosas, el otro muchacho flacucho que me cayó tan bien, Saggy, me habla como si yo estuviera en el escalón más bajo de la cadena alimenticia del Cavendish (lo cual, probablemente, sea cierto). Es un estudiante brillante, tal vez sea por eso. Pero yo también lo fui (sin falsa modestia, joder, ya somos todos mayorcitos) y nunca hice de menos a ningún postdoc. Y mira que los encontré torpes... Cualquier cosa que sugiero para preservar la vida de los frigoríficos hace que Saggy se ponga a la defensiva y me rebata. Nada de lo que propongo le parece bien. A los demás, sí. Incluyendo algún jefe. Como sólo llevo dos semanas he pensado que no es cuestión de presionar. Ya iré haciendo las cosas a mi manera poco a poco. Al fin y al cabo, los criostatos son responsabilidad mía y si yo digo que hay que cambiar algunas infraestructuras, lo lógico es que se cambien.
Y ya que he hablado de jefes, el único con el que hasta ahora he tenido algún contacto ha sido Tentetieso. Tentetieso hizo su tesis en el Cavendish cuando los refrigeradores de dilución aún funcionaban con manivelas. Ha ido ascendiendo en la escala jerárquica del grupo hasta estar a un pelito nada más de conseguir un Professorship. Todo se andará, digo yo. Tentetieso me pregunta constantemente cosas técnicas, cómo reduciríamos el ruido aquí, cómo mejoraríamos el contacto térmico allá... Igualito que si yo fuera un experto. Espera. Eso es lo que debe pensar él, al fin y al cabo es uno de los que propuso mi contratación y un experto era precisamente lo que ellos necesitaban. Así que, sí. La gente me tiene por un experto en criogenia. En buena me he metido.
Al canadiense que me acompañó a la salida el día de mi entrevista, Figo, ya lo he mencionado aquí. Ahora es mi compañero de oficina. Terminó la tesis más o menos al mismo tiempo que yo pero, no nos engañemos. Creo que lleva en el Cavendish desde que Watson y Crick discutían por estos pasillos sobre la estructura del ácido desoxirribonucleico (a ver si diciéndolo así me llegan visitas vía Google). Figo me ayuda mucho explicándome las leyes no escritas del grupo, que son muchas y aconsejándome sobre lo que hacer para lanzar mi carrera científica en los próximos tres años. Por otra parte, da la impresión de que Figo pisaría el cadáver caliente de su santa madre con tal de hacerse un nombre en la física de semiconductores. Extraña contradicción que espero resolver en no mucho tiempo. Y, a ser posible, antes de que sea demasiado tarde para mí. Ya me entendéis.
Otros personajes del grupo son Tarzán, Ringo I, Ringo II, Mesías y MA, por mencionar algunos. Pero de ellos ya hablaré próximamente. No quiero finalizar esta entrada, sin embargo, sin mencionar a Stoichkov. Stoichkov está en el grupo de microelectrónica aunque pertenecía a semiconductores hasta hace poco. Poseedor del Cuello más Largo del Mundo (TM), no consigue alcanzarse la cintura con la punta de los dedos aun estirando los brazos en toda su extensión. De ahí lo de Stoichkov. No sé si es que tiene el cuerpo muy corto o las piernas muy largas. Es tan bajito como yo, así que supongo que es lo primero. Ya se sabe, el vaso medio lleno o medio vacío. O, simplemente, el vaso es demasiado grande. Pero a lo que vamos. Stoichkov se quiere hacer al El Cuerpo. Se la quiere hacer cosa mala y a toda costa. Suele sentarse con nosotros a almorzar mientras nos cuenta cómo la mayoría de la gente que ostenta una posición permanente en semiconductores provienen del grupo de microelectrónica. "¿Tú eres el que se va a encargar de los criostatos?", me dice. "Buena suerte". Y yo pienso que con una décima parte de la suerte que necesitará él para llevarse al catre a El Cuerpo me doy por bien servido. Y no es que dude del mal gusto de El Cuerpo, que todo podría ser. Es que Stoichkov almuerza cosas como salchichas en salsa de queso con puré de patatas y pan de ajo seguido de pastel de manzana bañado en natillas que hacen que El Cuerpo mire su plato con cara de disgusto. Las culturistas no se llevan bien con los carbohidratos simples ni con las grasas saturadas. Y, mucho menos, con la gente que las traga. Hay cosas en esta vida que, sencillamente, no son compatibles.
No obstante, y tal vez debido a ese sentimiento de identificación que sentimos hacia los que emprenden misiones imposibles, le deseo a Stoichkov la mejor de las suertes en conseguir el polvo de su vida. Venga, chaval, que los brazos son cortos, pero con ese cuello llegas a donde jamás humano alguno osó poner sus miras. Campeón.
Comentario:
Hombre, qué bien, un par de entradas nuevas(que me has pillado el finde fuera) :P. Voy a por la segunda, un saludo! :)





