logotipo

img_google
Las Increibles Aventuras de Jotade
Taller personal de historias comunes y propias
Sindicación
 
Supertocha: superhéroe olfatil
La otra noche conocía a un superhéroe. Quizá, si ya conoceis a alguno, no os resulte tan extravagante, pero yo nunca tuve una experiencia así y hoy, todavía, estoy conmocionado con el suceso. Ocurrió en una fiesta que organizaron unos antiguos amigos en su casa. Una vez hechas las presentaciones me percaté de su poder: el olfato. El tipo era capaz de oler a varios metros de distancia. Bien es verdad que si hay superhéroes que nacen con un superpoder sin saber muy bien por qué ni a qué se debe ese don, hay otros que desarrollan sus particulares efectos tras sufrir una mutación. Pues ni uno ni otro, este chavalito de aspecto distraído y despistado había desarrollado ese superpoder a base de un gran esfuerzo, de luchar contra sí mismo y superarse. Era un superhéroe que se había fabricado así mismo.

Cuando era niño, me contó, a su padre lo trasladaron a trabajar en Marruecos como supervisor de unas construcciones que estaba desarrollando su empresa. En Marruecos vivieron durante dos años y un día en un barrio en el que sus convecinos se pasaban el día fabricando hachis en sus múltiples variedades y colores.
Al ser un niño, que todo lo absorve, pues jugaba a identificar olores; iba por la calle pensando: "humm... huele a hachis del primo Mohammed (el rey de Marruecos y el de España cada vez que salen juntos por la tele dicen que son primos hermanos)" o "aquello que viene por allí tiene toda la pinta de ser de casa Aziz", y es que en el barrio se conocía todo el mundo.

Al regresar a España todos sintieron mucho su regreso. Sus vecinos lo pasaban bien con "el niño que todo lo huele", que era como lo conocían, sólo que dicho en árabe suena mucho más corto; ya no podrían dsifrutar más de su presencia y cualidades olfativas.

Esta tierna historia infantil tiene sus frutos, este chico transformado en superhéroe va por las calles de Sevilla identificando quien guarda hachis en sus bolsillos, es capaz de identificar una buena mierda de un apaleao a cien metros de distancia.
Nosotros lo conocemos como SUPERTOCHA y nunca te pide de fumar... a no ser que reconozca la artesanía de su antiguo barrio en el humo. Entonces sí que te pide unas caladitas para recordar aquellas tardes de la primavera marroquí en las que con un bocata de nocilla olía fabricar hachis.
 
De bicicletas, Raimundo Amador y Madonna.
La bicicleta es un medio de transporte limpio (siempre que no te manches de grasa), rápido (siempre y cuando la uses a menudo porque si no vas jodido con las agujetas) y tiene un aire modernete que huele a kilómetros (siempre). Que conste que yo defiendo a la bici, que quede claro, me encanta montar en ciclos desde siempre. Y me he comprado una en un mercadillo, tiene toda la pinta de ser robada.

Los domingos en Sevilla montan un mercadillo en el que puedes comprar desde discos de vinilo hasta verduras, pasando por ropa, libros antiguos, cromos y un sinfín de objetos de lo más variado y pintoresco. Sin duda es recomendable ir (a ser posible habiendo dormido y no de empalmada porque tal grado de flipadez puede causar daños irreversibles). Mi bici la tenía un gitano entre un canasto de aceitunas y un cajón de granadas, de las de comer, claro. El tipo se me daba un aire a Raimundo Amador, con un poco de menos buen rollo, porque no me negará nadie que el Tío Raimundo no inspira buen rollo.

Entre mis amigos de Badajoz existe la costumbre de bautizar con nombre de mujer las bicicletas de cada uno; así, la primera en tener nombre fue la de Néstor: Reyes. Le siguieron Javier: Petra (la bicicletra), la que usa Carlos-Papi (porque es del Luci): Agnes; etcétera. La mía se llama Gerundina, como la guitarra de Raimundo, pero en casa la llamamos Geru, que es más cortito y suena más jovial y alegre... "¡Ay mi Geru!"

Madonna adoptó hace unos días un niño de un país africano sin haber realizado todo el papeleo, trámites y demás pifostio general que se monta en estas ocasiones. Aunque para montarse, lo que ha venido después: el padre de la criatura diciendo que no sabía, la chacha de Madonna (aunque la llaman asistenta personal en la televisión sigue siendo la chacha) tapando al nene con una sudadera sudada, la artista que sólo tendrá al niño durante unos meses (o sea... que es para tirarse el rollo y ponele la miel en los labios al chavalito)...

Y a mí va y me da por comparar esa situación con mi relación con la Geru. El gitano la roba pero no quiere saber mucho más de la bici, me hace descuento en cuanto lo presiono un poco; los municipales que pasean alrededor del mercadillo no preguntan; y a mí que me registren que con tunear a la Geru y ponerla guapa antes de airearla por ahí ya tengo bastante, no vaya a ser que esté su primer padre por ahí buscándola.

¿Remordimientos de conciencia? Pues sí un poco, así que he llamado a Madonna y tras reirse me ha aconsejado que:
1- Diseñe una línea de ropa deportiva para H&M lo más fea posible.
2- Convoque una rueda de prensa (o junta de vecinos) y explique que sólo tendré a Geru unos meses, hasta final de Junio (pero sin decir que pasará con ella después de dicha fecha).
3- Tape a Geru con una manta roñosa cuando la aparque por ahí. Amén de atarla con dos cadenas como poco.
4- No montar eb ella bajo los efectos de sustancias peligrosas o con alto contenido en psicotrópicos.
5- Publicar un libro de fotografías llamado "BICEX" conmigo y mis amantes junto a Geru en diferentes momentos, situaciones y posiciones.
6- Si sigo pensando en gilipolleces de la conciencia, una de dos, que me apunte a la Cienciología o que cite algo de la corrupción en España: está de moda y hace parecer que lo mío no es tan grave.
Ni que decir tiene que tras la conversación me he quedado mucho más tranquilo. ¡Qué contento estoy con mi bici nueva!
 
El Increible Jotade contra la lluvia.
Jueves 27 de Octubre. Primer día de clase en el curso de experto en Mediación Familiar. Como todos los primeros días de cualquier cosa te los imaginas como algo maravilloso, con su puntito de misterio y te preocupas por tener un aspecto favorable. Bien, pues esa era mi idea para mi primer día de clase tras más de dos años sin pisar un aula para tales efectos. Incluso llegué a plantearme comer en la cafetería de la Universidad para ir entrando en ambiente y llegar a buena hora, puntualidad, elegir bien el sitio o pupitre, esas cosas que puede hacer un tipo como yo en su afán por sentirse lo más a gusto en esta primera vez.
La cosa ya de entrada no empezaba demasiado bien porque me levanté tarde, con un pequeño dolor de cabeza... causado por una fiesta erasmus del día anterior. El dolor, bajo el agua de la ducha, no tardó en irse (por el desagüe). Comida de rápida preparación y no en grandes dosis. Las 15:30 en el reloj, la cuenta atrás comienza; peinate, lávate los piños, mete en la mochila algunos folios, etcétera. Tenía fijada mi hora de salida media hora más tarde, tiempo suficiente para arreglarlo todo. Estábamos citados para las 17 horas (como los toros, y algunos toreros, se citan en esta ciudad allá por Abril y su Feria con la muerte).
Y las cosas comienzan a truncarse. Para empezar no encontraba mi bolígrafo talismán, y esto para la gente que nos da por escribir es bastante necesario. Por necesidades de tiempo paso del amuleto. Miro por la ventana, el cielo está totalmente encapotado pero no llueve y yo confío en mi suerte para llegar en quince minutos a la parada del autobus correspondiente sin mojarme nada. Es evidente que no me imaginaba lo que el destino me tenía guardado.
Saliendo por la puerta me da por meter en la mochila mi chubasquero (ganado por méritos propios: gracias Cacique) y mi paraguas que compré en una pequeña tienda en Triana a precio de dos euros (entenderíais ese precio si hubieseis visto al susodicho... a cuadritos, fino como un alambre de peseta y blando como una ameba).
Llego a la calle, camino unos pasos hasta la esquina y me encuentro con el mayor aguacero que jamás haya visto yo. Lo primero que haces es pararte, por supuesto; lo segundo es decir: "¡Hostia!" (haciendo incidencia en la "o", que suene "hooostia") y lo tercero es convertirte en gladiador: saca el chubasquero, que no olvidemos que era de propaganda de un ron, póntelo (pónselo); ese paraguas minúsculo, y lánzate al coso. A mi derecha, el río Guadalquivir; a mi izquierda, un río de coches; y debajo de mis tobillos, un río creado gracias a que el sistema de alcantarillado de esta ciudad no está acostumbrado a chupar tanta agua. En ese momento parecía una isla, rodeado de agua por todas partes.
Renegando contra el cielo, contra los que allá viven, lanzando improperios paar que se detuviera el grifo... y venga más agua. Ese paraguas miserable se volcaba a causa del viento, el chubasquero se colaba a la altura del cogote, mis piernas empapadas, en lugar de zapatillas tendría que haberme bajado las chanclas, para el caso hubiera sido lo mismo.
Dejo atrás la Maestranza y no soporto más a ese maldito paraguas, aprovechando una esquina le he propinado tres certeros golpes contra ella, se ha deshecho, lo he mirado bajo la lluvia, una señora que venía tras de mí me mira y aligera el paso, recojo los trozos de ese inútil trasto y los deposito en un contenedor de los normales, que eso no era ni reciclable ni nada. Por un momento me he quitado un poco de tensión, pero la lluvia sigue ahí y no me queda más remedio que confiar toda mi suerte al chubasquero y a mis improperios bucales.
Llegué al autobus como una sopa y a la primera clase tarde y con los dedos como garbanzos, todos arrugados.
Un señor que estaba hablando, luego me enteré que era el director de todo aquello, me ha mirado y he sentido que me comprendía. O eso espero.
Be water, my friend.
 
Primera lluvia en Sevilla
Nuevos días de una nueva vida, comienzos aburridos de papeleos y organismos oficiales. Lleno la nevera pensando que no pisaré el mercadona en una semana y al llegar a casa me doy cuenta de que tendré que volver antes de lo pensado... mi mercadona es triste, en el subsuelo de un centro comercial, nunca llega la luz solar; la cajera hace un gesto que si estuvieramos en una película de gente fuertota y que sabe crear peleas se interpretaría como un "por Dios y todos los santos de esta maldita ciudad: ¡sácame de aquí!"
Lamentablemente, estoy pasado de quilos y mientras pienso cómo organizar una huida ella me ha organizado la compra en bolsas, me ha dado un folleto para no-sé.qué tarjeta y se ha puesto con la siguiente clienta de la cola. Me mira y otro gesto: "adios... fue inútil creer en ti... estamos perdidos..."
Salgo del centro comercial pensando en los remordimientos de conciencia que tendría si se hundiera dicho establecimiento.
Miro al cielo que está totalmente nublado y me da la impresión de que eso que dicen de la lluvia en Sevilla y que es una maravilla y tal es una burda mentira porque no llueve nunca y lo bien que vendría un poquito de agua en el campo (¿no os pasa que podeis llegar a saltar de un pensamiento a otro en un espacio demasiado corto de tiempo? Hay veces que me asusto de mi mismo).
Enfrente de mi casa hay un aparcamiento de bicicletas y llevo varios días viendo una muy vieja que se pasa las noches y los días aparcada sin que nadie la toque. Su candado está oxidado con lo que en cuanto cae la noche bajo y me situo delante de ella con el propósito de apoderarme de ese caballo de dos ruedas... en cuanto le pongo la mano encima oigo: "psssst, ¡illo! ¿qué coño hace? a vé si voy a tené que bajá". Me quedo acojonado y flipado y me voy a dar una vuelta para que esa voz no se quede, a parte de con mi cara, con el portal donde vivo.
Ya en casa escucho un ruido y me asomo por la ventana. Son los vecinos de enfrente... como me he sentido espiado, para quitarme la espinita me pongo a espiar yo también. Mis vecinos me aburren y prefiero poner un disco para relajarme y hacer balance del día. El cielo sigue nublado y las calles secas. Mañana más papeleos y posiblemente más aburrido. Por culpa de una canción me acuerdo de ti. Ahora sí que rompe a llover (y el campo lo agradece).
 
Recuerdos de mi niñez.
El recuerdo de mi niñez que más a menudo viene a mi cabeza (e incluso a mis ojos porque por instantes parece que estoy viviéndolo de nuevo) es un partido de fútbol de los que jugábamos los niños de antes, en la calle, fabricando las porterías con cuatro piedras o dos mochilas o dos sudaderas o una mezcla de todos estos objetos (oda a la imaginación).
Vivían mis padres de alquiler en un callejón al lado de un taller mecánico y en frente de un almacén de un supermercado primero y años más tarde de un videoclub (años de prosperidad del VHS). Nos juntábamos unos cuantos amigos del bloque, de la calle, del barrio... y teníamos un equipo; un equipo sin nombre que jugaba partidos contra otros equipos armados por el mismo método e igualmente sin nombre. Evidentemente, ni pensar en un balón reglamentario o en equipaciones. Yo sentía que nuestro estadio era nuestra calle y casi memorizados los chandals y camisetas de mis compañeros para poder pasarles el balón. En mi cabeza estaba todo eso, que si un día disputábamos un partido en mi calle al día siguiente nos tocaría jugarlo en otra calle, en otro estadio, con la presión del equipo visitante.
Era bonito pensar que no había suplentes o titulares, sabías que ibas a jugar y eso daba una responsabilidad. Te las tenías que ingeniar para que uno fuera el portero porque siendo un puesto imprescindible a ninguno nos hacía gracia utilizar las manos... pero quiero recordar que nosotros teníamos un portero fijo con el que contábamos (casi) siempre.
Normalmente no había tiempo de juego estipulado, aquello era fútbol total y ganaba el equipo que llegara antes a un número de goles concertado entre ambas formaciones.
El partido protagonista de este recuerdo se jugaba en nuestra calle, una tarde de invierno después de haberte comido un buen bocata de nocilla.
Colocamos las porterías, acordamos el número de goles, utilizamos el sistema de "pares y nones" para elegir saque o portería y el partido comenzaba con un "ya vale" majestuoso. Teníamos aquella tarde un elemento extraño en el campo de juego y es que había aparcada una camioneta (nunca pude saber si pertenecía al taller o al almacén y es una cosa que hoy, bastantes años después, me sigue intrigando profundamente) que se llevó un sinfín de pelotazos (seguidos todos de maldiciones infantiles).
El partido estaba igualado y mi equipo marcó el gol final. Ganamos. Pero había más ganas de jugar, éramos niños incansables y no teníamos nada mejor que hacer. Acordamos otros cuantos goles más y continuamos, más pelotazos a la camioneta.
A poco de la continuación, una prórroga solicitada por el otro equipo, comenzó a llover y para mí aquello era el diluvio universal, creo que todavía hoy nunca estuve debajo de tanta lluvia. Nadie podía renunciar, lo acordado tenía que seguir y si un equipo se retiraba perdía y eso de retirarse era una deshonra. Hasta que no marcamos los goles totales no nos pudimos ir. Volvimos a ganar.
Al día siguiente, todos con gripe... y una satisfacción de haber luchado y vencido. La gripe se fue y la gloria quedaba.
Por eso, hoy, cuando paso por aquella calle veo la camioneta y a mis amigos de la infancia celebrando los goles. Me alegro mucho por aquella tarde, por haber crecido feliz en la calle, con despreocupación, sin excesivos peligros.
Cuando alguien me confiesa que no le gusta el fútbol pienso que no tuvo una tarde de porterías inventadas, mucha lluvia y miles de pelotazos a una camioneta blanca.
 
Me gusta la noche
Me gusta la noche para observar la ciudad, el gato que pasea sin horarios, los coches de los que se quedan sin tabaco y lo buscan desesperados.
Me gusta la noche, su silencio para ver una buena película con el volumen justo, en ese punto en el cual si los personajes se susurran al oído casi tienes que imaginar lo que se dicen.
Me gusta la noche cuando comparto confesiones y el último cigarrillo con una amiga.
Me gusta la noche si una mujer me invita a cenar y acabo deshaciendo su cama.
Me gusta la noche mientras escucho un antiguo disco y descubro que sigo enamorado de cada una de las protagonistas de sus canciones.
Me gusta la noche fría... tras un ventanal lleno de vaho, media luz y la televisión encendida (para no hacerle caso).
Me gusta la noche en la cual recuerdo amores, romances, amoríos pasados e intento imaginar dónde están, cómo es su vida... qué habrá sido de ellas.
Me gusta la noche de bar en bar, amigos, alegrías y risas; sin pensar en otra cosa que sea ese ahora.
Me gusta la noche (si es contigo).
 
PUNTO DE PARTIDA
La vida está llena de puntos de partida, desde que abrimos los ojos por la mañana (o a mediodía si tenemos la penitencia en forma de resaca) hasta que te vuelves a ir a la cama. La cama es el punto de partida hacia la primera meada del día, esa meada, al mismo tiempo, es punto de partida hacia la ducha, ésta hacia el desayuno... y así hasta llegar a ese vaso de leche o ese pitillo que te lleva hacia la cama (para partir, así, hacia el sueño con las playas del sur o con la vecina de arriba, eso da igual).
Nuestras decisiones son puntos de partida. También lo son nuestras dudas, errores, confusiones, alegrías, rutinas diarias...

Hoy a pocos días de pasar por un punto de partida bastante importante como es que tu carné de identidad diga que tienes veinticinco veranos, he tomado un nuevo punto de partida. Comienzo este espacio en la llamada "blogosfera" (nombre que aburre muchísimo, por cierto) para varios asuntos, por varias causas, que expongo quizás un tanto desordenadas ya que son intercambiables (y plurales). Principalmente lo hago para contar "historias comunes y propias", sobre todo comunes porque uno no es uno si no hay otro. Ojalá esto me dé la constancia creativa que tanto tiempo llevo extrañando y envidiando a algunos que leeis esto. También lo hago para quedar expuestas mis teorías en estos momentos de cambio y seguirlas al cien por cien.
Esto se va a convertir en un taller de historias, sí, pero aún más en mi historia, en lo que creo y en lo que quiero conseguir.
Y com en toda VIDA que se precie habrá momentos para la risa y el llanto, para la plegaria y la rumba, para lo bueno y lo malo...
Gracias por llegar hasta aquí, partas desde donde partas... a veces no es demasiado importante a donde llegues pero sí el camino que recorres hasta llegar allá, y sobre todo el inicio, no olvidemos de dónde hemos salido, nuestro origen... nuestro punto de partida.