Recuerdos de mi niñez.
El recuerdo de mi niñez que más a menudo viene a mi cabeza (e incluso a mis ojos porque por instantes parece que estoy viviéndolo de nuevo) es un partido de fútbol de los que jugábamos los niños de antes, en la calle, fabricando las porterías con cuatro piedras o dos mochilas o dos sudaderas o una mezcla de todos estos objetos (oda a la imaginación).
Vivían mis padres de alquiler en un callejón al lado de un taller mecánico y en frente de un almacén de un supermercado primero y años más tarde de un videoclub (años de prosperidad del VHS). Nos juntábamos unos cuantos amigos del bloque, de la calle, del barrio... y teníamos un equipo; un equipo sin nombre que jugaba partidos contra otros equipos armados por el mismo método e igualmente sin nombre. Evidentemente, ni pensar en un balón reglamentario o en equipaciones. Yo sentía que nuestro estadio era nuestra calle y casi memorizados los chandals y camisetas de mis compañeros para poder pasarles el balón. En mi cabeza estaba todo eso, que si un día disputábamos un partido en mi calle al día siguiente nos tocaría jugarlo en otra calle, en otro estadio, con la presión del equipo visitante.
Era bonito pensar que no había suplentes o titulares, sabías que ibas a jugar y eso daba una responsabilidad. Te las tenías que ingeniar para que uno fuera el portero porque siendo un puesto imprescindible a ninguno nos hacía gracia utilizar las manos... pero quiero recordar que nosotros teníamos un portero fijo con el que contábamos (casi) siempre.
Normalmente no había tiempo de juego estipulado, aquello era fútbol total y ganaba el equipo que llegara antes a un número de goles concertado entre ambas formaciones.
El partido protagonista de este recuerdo se jugaba en nuestra calle, una tarde de invierno después de haberte comido un buen bocata de nocilla.
Colocamos las porterías, acordamos el número de goles, utilizamos el sistema de "pares y nones" para elegir saque o portería y el partido comenzaba con un "ya vale" majestuoso. Teníamos aquella tarde un elemento extraño en el campo de juego y es que había aparcada una camioneta (nunca pude saber si pertenecía al taller o al almacén y es una cosa que hoy, bastantes años después, me sigue intrigando profundamente) que se llevó un sinfín de pelotazos (seguidos todos de maldiciones infantiles).
El partido estaba igualado y mi equipo marcó el gol final. Ganamos. Pero había más ganas de jugar, éramos niños incansables y no teníamos nada mejor que hacer. Acordamos otros cuantos goles más y continuamos, más pelotazos a la camioneta.
A poco de la continuación, una prórroga solicitada por el otro equipo, comenzó a llover y para mí aquello era el diluvio universal, creo que todavía hoy nunca estuve debajo de tanta lluvia. Nadie podía renunciar, lo acordado tenía que seguir y si un equipo se retiraba perdía y eso de retirarse era una deshonra. Hasta que no marcamos los goles totales no nos pudimos ir. Volvimos a ganar.
Al día siguiente, todos con gripe... y una satisfacción de haber luchado y vencido. La gripe se fue y la gloria quedaba.
Por eso, hoy, cuando paso por aquella calle veo la camioneta y a mis amigos de la infancia celebrando los goles. Me alegro mucho por aquella tarde, por haber crecido feliz en la calle, con despreocupación, sin excesivos peligros.
Cuando alguien me confiesa que no le gusta el fútbol pienso que no tuvo una tarde de porterías inventadas, mucha lluvia y miles de pelotazos a una camioneta blanca.
Vivían mis padres de alquiler en un callejón al lado de un taller mecánico y en frente de un almacén de un supermercado primero y años más tarde de un videoclub (años de prosperidad del VHS). Nos juntábamos unos cuantos amigos del bloque, de la calle, del barrio... y teníamos un equipo; un equipo sin nombre que jugaba partidos contra otros equipos armados por el mismo método e igualmente sin nombre. Evidentemente, ni pensar en un balón reglamentario o en equipaciones. Yo sentía que nuestro estadio era nuestra calle y casi memorizados los chandals y camisetas de mis compañeros para poder pasarles el balón. En mi cabeza estaba todo eso, que si un día disputábamos un partido en mi calle al día siguiente nos tocaría jugarlo en otra calle, en otro estadio, con la presión del equipo visitante.
Era bonito pensar que no había suplentes o titulares, sabías que ibas a jugar y eso daba una responsabilidad. Te las tenías que ingeniar para que uno fuera el portero porque siendo un puesto imprescindible a ninguno nos hacía gracia utilizar las manos... pero quiero recordar que nosotros teníamos un portero fijo con el que contábamos (casi) siempre.
Normalmente no había tiempo de juego estipulado, aquello era fútbol total y ganaba el equipo que llegara antes a un número de goles concertado entre ambas formaciones.
El partido protagonista de este recuerdo se jugaba en nuestra calle, una tarde de invierno después de haberte comido un buen bocata de nocilla.
Colocamos las porterías, acordamos el número de goles, utilizamos el sistema de "pares y nones" para elegir saque o portería y el partido comenzaba con un "ya vale" majestuoso. Teníamos aquella tarde un elemento extraño en el campo de juego y es que había aparcada una camioneta (nunca pude saber si pertenecía al taller o al almacén y es una cosa que hoy, bastantes años después, me sigue intrigando profundamente) que se llevó un sinfín de pelotazos (seguidos todos de maldiciones infantiles).
El partido estaba igualado y mi equipo marcó el gol final. Ganamos. Pero había más ganas de jugar, éramos niños incansables y no teníamos nada mejor que hacer. Acordamos otros cuantos goles más y continuamos, más pelotazos a la camioneta.
A poco de la continuación, una prórroga solicitada por el otro equipo, comenzó a llover y para mí aquello era el diluvio universal, creo que todavía hoy nunca estuve debajo de tanta lluvia. Nadie podía renunciar, lo acordado tenía que seguir y si un equipo se retiraba perdía y eso de retirarse era una deshonra. Hasta que no marcamos los goles totales no nos pudimos ir. Volvimos a ganar.
Al día siguiente, todos con gripe... y una satisfacción de haber luchado y vencido. La gripe se fue y la gloria quedaba.
Por eso, hoy, cuando paso por aquella calle veo la camioneta y a mis amigos de la infancia celebrando los goles. Me alegro mucho por aquella tarde, por haber crecido feliz en la calle, con despreocupación, sin excesivos peligros.
Cuando alguien me confiesa que no le gusta el fútbol pienso que no tuvo una tarde de porterías inventadas, mucha lluvia y miles de pelotazos a una camioneta blanca.





